La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 27 de abril de 2014

El combate contra los monstruos

La incorrecta verdad

Nuestra sociedad considera a los pedófilos como escoria humana. Tal caracterización no parece ser exagerada. Si el Estado no garantizara los derechos de todos sus ciudadanos, probablemente estos individuos (sobre todo los pedófilos hombres) terminarían sus días linchados por una multitud indignada. Para el común de la gente ello es lo menos que merecen.

El problema con estos enfermos mentales, claro, no es el hecho de que padezcan lo que padecen. El problema es cuando llevan a cabo acciones que lesionan a otros para satisfacer sus bajos instintos. En ese sentido son idénticos a los homosexuales, pues, de hecho, el pedófilo, el homosexual, el bestialista y todos los desviados en general no son más que aberrosexuales, es decir no son más que sujetos que han optado por efectuar aberraciones de índole sexual. En lugar de contener sus impulsos antinaturales, estos enfermos –con mayor o menor soltura– intentan desatarlos. Y por ello terminan causando daños en terceros.

Ciertamente, hoy en día, los homosexuales son el grupo de la galaxia aberrosexual que más facilidad tiene para pervertir a los inocentes, puesto que décadas de cabildeo les ha permitido hacer que lo evidente (v. gr. la condena espontánea a la sodomía por ser contraria ésta al orden natural) sea percibido como incorrecto. Sin embargo, no muy lejos de ellos, se encuentran los pedófilos, quienes, siguiendo a sus camaradas aberrosexuales, también han comenzado a cabildear para alterar lo verdadero.

Hay dos tipos de pedófilos: los heterosexuales y los homosexuales. Es difícil saber cual de los dos tipos es más numeroso, pero está clarísimo que ambos son igual de peligrosos e indeseables para una sociedad que pretenda proteger y garantizarle la integridad física y psíquica a sus miembros. Si se revisan los expedientes judiciales, se constatará que el número de pedocriminales homosexuales es menor que el de pedocriminales heterosexuales; de todos modos ello no quiere decir que el abuso sexual entre hombres sea más infrecuente que otro tipo de abuso sexual: lo que quiere decir es que hay menos casos denunciados.

La mala educación

En los últimos meses en el NOA, afortunadamente, algunos de estos lamentables personajes fueron denunciados, y la Justicia avanzó en contra suyo. Así, por un lado, en Salta, un profesor de artes marciales fue detenido después de haber sido acusado de haber abusado sexualmente de, al menos, cinco niñas en las instalaciones del club Colón. Por otro lado, la delegación tucumana de la Policía Federal detuvo a otro profesor –esta vez de educación física– después de que empresas norteamericanas de servicios informáticos le avisaran al FBI que el sujeto, domiciliado en la calle Crisóstomo Álvarez al 1569 de la capital provincial, se encontraba en posesión de material pedopornográfico (el caso, por sus particularidades, despertó la memoria de muchos tucumanos, quienes recordaron que en 2011 las fuerzas del orden allanaron el estudio de un conocido abogado del fuero local y secuestraron espantosas cantidades de pedopornografía).  

Lo más preocupante de estos episodios puntuales es que los criminales operan bajo el disfraz de educadores. En el caso del salteño detenido ello es más que claro, pero el silencio que rodeó a la difusión de la noticia que protagonizó su colega tucumano no permitió aclarar si el material aberrante que este sujeto poseía era de producción ajena o de producción propia.

Una escriba de El Tribuno, Laura Álvarez Chamale, aprovechó el caso del taekwondista salteño para propagandear a esa infame doctrina elegebetista que en las escuelas nacionales circula bajo el rótulo de “Educación Sexual Integral”. Partiendo del hecho de que el pedocriminal fue detenido gracias a que una niña, después de que su madre le leyese un manual de ESI, le comentó a su familia sobre el abuso que había sufrido, Álvarez Chamale elogió perversidades injustificables como que a un niño de la escuela inicial se le enseñe que no hay nada antinatural y anormal en la homosexualidad. La falacia es más que evidente: una cosa muy valiosa es que se ayude a los niños a blindar su inocencia para que se protejan del abuso, y otra cosa muy nociva es deseducarlos para que se conviertan en esos mismos monstruos que se dedican a abusar de los que poco pueden hacer para defenderse, o, dicho de otro modo, una cosa es que se les de una educación ortosexual (explicándoles acerca de la importancia del amor, la familia y la integridad personal para vivir una vida feliz), y otra cosa es que se los adoctrine en el aberrosexualismo (lavándoles el cerebro con conceptos ridículos e ideologizados para permitir la felicidad de las sinarquías).

El idioma de la ideología

La diferencia más notoria entre el pedófilo salteño disfrazado de educador y el pedófilo tucumano disfrazado de educador es que, según lo que informan los diarios, el primero habría atacado sexualmente a menores de edad, en tanto que el segundo sólo se habría limitado a observar como unos menores de edad eran sexualmente atacados por otros (al menos eso es lo que se difundió, ya que lo imputaron por posesión de material pedopornográfico pero no por abuso y corrupción de niños o adolescentes). ¿Tienen el mismo grado de culpabilidad? Obviamente que no: una cosa es ser un monstruo violador, y otra cosa es ser un pervertido que goza con ver a esos monstruos; una cosa es alguien que aprovecha una situación asimétrica para sacar ventaja, y otra cosa es un repugnante individuo que se estimula sexualmente con imágenes que sólo generan asco y bronca en gente bien nacida.

A mitad de camino entre el abusador de menores y el consumidor de pornopedofilia, está aquel que empieza en un punto y termina en el otro. Un enfermo que encuentra satisfacción sexual en ver como un menor es abusado puede llegar a convertirse en abusador él mismo. No necesariamente una cosa guía a la otra, pero el temor de que ello suceda es muy grande. Sin embargo, por más preocupación que eso nos cause, nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Es por ello que hay que prestar atención sobre lo que ahora se conoce como “grooming”.

Hoy en día se denomina “grooming” al delito en que una persona utiliza medios electrónicos (como Internet o las redes de comunicación de telefonía celular) para entablar relaciones amistosas con menores de edad y llevar eso al plano sexual mientras las personas aún permanecen en la minoría de edad –es decir el grooming no pena a aquel que se contacta por Facebook o WhatsApp con un menor, se hace amigo del mismo y busca sexualizar la relación una vez que éste entró en la mayoría de edad. El grooming –como el bullying– es un concepto con nombre inglés cuyo significado, para los hispanohablantes, resulta poco o nada conocido, por lo que los políticos lo arrojan con mucha premura al corpus legal argentino y los medios masivos de desinformación lo incorporan en el imaginario social con la intención de introducir de manera imprecisa y flexible a un nuevo instrumento de colonización ideológica. Al nombrar con un término extranjero algo que se puede nombrar con un término en español, lo que se busca es la vaguedad conceptual, es decir se busca que el concepto posea un uso múltiple, alejándose todo lo posible de su misión original. Así sucedió con el bullying: de designar el tan habitual hostigamiento sistemático que un joven efectúa contra otro en contextos escolares, pasó a denominar en el habla popular a cualquier acto en donde se registre un roce mínimamente agresivo entre dos personas, por lo que, hoy en día, criticar a alguien pareciera ser bullying. Quizás no falte mucho para que el grooming se descontextualice, y cualquier mujer que a través de una red social o de un sistema de mensajería instantánea reciba una propuesta sexual de un hombre que no le interesa emocionalmente pueda denunciarlo por haber cometido un crimen.

Los peligros del delincuente imaginario

En el norte de Salta se detuvo a un hombre que le había propuesto un encuentro íntimo a una adolescente por intermedio del WhatsApp. Al sujeto se lo capturó antes de concretar sus intenciones, y se le secuestró una mochila con cámaras filmadoras, pendrives y preservativos. El imputado enfrenta ahora la posibilidad de sufrir duras penas de prisión, ya que se considera a todo el contacto comunicacional previo como elemento de prueba suficiente para endilgarle el estupro, o sea se equipara a la labor de persuasión del hombre hacia las jóvenes con el acto mismo de la violación física.

Aunque suene tentador para muchos imponer castigos basados en las intenciones de los sujetos, esto es abusivo. Es decir se puede condenar a alguien por cometer un delito en el grado de tentativa, pero no se le puede dar la misma pena que se le da a alguien que concreta el acto delictivo de manera efectiva. En nuestra legislación actual existen los delitos de corrupción de menores y estupro: un depredador que usa las redes sociales o la mensajería instantánea probablemente se las arreglaría para cometer sus crímenes aberrantes aunque la tecnología fuese otra. Por este motivo es que se vuelve obvio que el grooming resulta superfluo, y se deja en evidencia que su existencia tiene el obscuro objetivo de amordazar a los usuarios de Internet.

La constante captura de depravados que abusan de criaturas o que acopian pedopornografía no debe hacernos entrar en pánico a los ciudadanos decentes. Un violador de menores, un consumidor de pedopornografía y un corruptor de niños deben ser castigados severamente y estigmatizados socialmente (como al incluirlos en registros públicos de ofensores sexuales) para garantizar la protección de los inocentes; y, como parte de su resocialización, deben ser debidamente castrados, empleando la castración quirúrgica o química, según amerite cada caso. Pero antes de ajusticiarlos es importante constatar que realmente son artífices de delitos aberrantes contra la integridad sexual, ya que en un país en donde se adoctrina en el elegebetismo, el hembrismo y el dedehachehachismo no sería de extrañar que, histéricamente, se multipliquen las denuncias sin fundamentos.  



Antonella Díaz