La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

viernes, 21 de febrero de 2014

La Cuestión Boliviana

La fiebre del uranio

Hace veinte días atrás escribí un artículo sobre el actual conflicto limítrofe que enfrenta a la Argentina contra Bolivia en el departamento de Santa Victoria, provincia de Salta. Para redactar aquel texto lo que hice fue revisar en la prensa boliviana la información relativa a Tarija. Así descubrí que Willy Gareca –un caudillo militar tarijeño– reclama desde hace años que Argentina le devuelva unos 600 kilómetros cuadrados a Bolivia, los cuales, según su opinión, nuestro país se los habría sustraído al suyo de manera arbitraria. Curiosamente, la información difundida por El Tribuno señalaba que el gobierno boliviano habría anexado 600 kilómetros cuadrados de Santa Victoria. Entonces subrayé que las cifras no parecían azarosas.

Ahora la información sobre el asunto se está multiplicando. Lo penoso es que sólo El Tribuno trabaja en el asunto. El resto de la prensa adicta o/y mercenaria prefirió adherir al relato oficial formulado por el Canciller Timerman que sostiene que no pasa nada de nada, por más de que hayan 17 familias argentinas diciendo lo contrario.

La novedad que dio a conocer el diario salteño de mayor tirada es que el gobierno boliviano detectó la presencia de uranio y torio en cantidades importantes en el departamento de Tarija, lo que los ha motivado a movilizarse para llevar a cabo su extracción. En la frontera donde estalló el conflicto, los bolivianos no sólo han puesto una escuela (un gesto simbólico de soberanía), también han construido un camino de un tamaño nada despreciable, ideal para colaborar con las explotaciones mineras. Todo ello al mismo tiempo que el gobierno argentino niega sistemáticamente que haya algo extraño en todo este asunto.

Gareca reclama 6.000 hectáreas para sembrar caña de azúcar. Creo que las 6.000 hectáreas rebosantes en uranio y torio valen mucho más que el azúcar, el alcohol, el papel o lo que sea que hagan con la caña.

Ineptitud o complicidad

La reacción del actual gobierno argentino (tanto del nacional como del provincial) ha sido el completo desinterés. Sólo se limitaron a afirmar que existen tratados limítrofes vigentes desde hace décadas, y que no ha habido voluntad de ninguno de los dos Estados de alterar dichos tratados.

Gustavo Barbarán, un jurista salteño experto en derecho internacional, señaló que si bien es cierto que no hay un conflicto limítrofe, es bastante evidente que hay un problema de demarcación. En noviembre del año pasado, Bolivia decidió ajustar la demarcación de su territorio, incomodando a unas 17 familias argentinas que viven y poseen territorios en el área fronteriza. Aparentemente ello no sería un atropello en contra de los tratados binacionales, pero si lo sería en contra de la costumbre a través de la cual organizan sus vidas nuestros compatriotas en el norte de Santa Victoria.

El Gobernador Juan Manuel Urtubey sostuvo que todo este asunto está narrado en un tono tremendista por la prensa opositora, y, durante las celebraciones por un nuevo aniversario de la Batalla de Salta, el político indicó que la provincia no puede armar un cuerpo militar y declararle la guerra al país vecino. Ciertamente hay cosas que Salta como provincia no puede hacer, pero hay otras que si: un ejemplo sería el agitar el asunto en Buenos Aires, especialmente en el espacio del Congreso de la Nación, pero, salvo por las honrosas excepciones de Bernardo Biella y Juan Carlos Romero, ni pejotistas, ni renovadores, ni trotskistas se han pronunciado sobre el asunto. El periodista Francisco Sotelo ha propuesto dos hipótesis –excluyentes la una con la otra– para explicar este extraño episodio: o al gobierno argentino directamente no le interesa lo que sucede en su territorio (sería como que nos diera lo mismo que las Malvinas sean inglesas) o el kirchnerismo está encubriendo un ilícito que le reporta un beneficio que los demás argentinos ignoramos. 

El comienzo y no el final

Este súbito enfrentamiento con Bolivia trae a la palestra pública a la Cuestión Boliviana. Argentina y Bolivia, alguna vez, fueron parte del mismo territorio. Luego llegó el tiempo de las independencias hispanoamericanas y dos naciones diferentes nacieron. Tras 200 años, cada país evolucionó siguiendo caminos distintos. Hoy en día eso hace que argentinos y bolivianos se perciban como dos pueblos radicalmente diferentes, aunque no faltan los bienintencionados que se esfuerzan por resaltar los puntos en común en donde las naciones coinciden.

La principal diferencia entre bolivianos y argentinos que muchos acentúan está relacionada a una supuesta brecha racial. Argentina sería tierra de “blancos”, mientras que Bolivia la sería de “negros”. Sin embargo el racialismo, en Argentina, no tiene el peso que tiene en Bolivia: desde que gobierna Evo Morales, la tensión racial ha comenzado a golpear profundo en la sociedad boliviana. El gobierno de allá utiliza el tema del racismo para victimizarse y para cercenar la libertad de expresión. En Argentina, en cambio, lo que hay (y desde hace siglos) es una ceguera racial: blancos, pardos y mestizos conviven aquí vindicando la herencia común que los hace argentinos. En Bolivia, el gobierno actual les hace creer a su población que los pobres son pobres porque los ricos son racistas, mientras que en Argentina sabemos que los pobres son pobres porque los responsables de sacarlos de esa situación son unos miserables, con independencia de la raza, religión, ideología, sexo o edad que tengan.

He visto a muchos argentinos ofendidos ante quienes se quejan del ventajismo boliviano. Porque esa es la opinión generalizada entre nosotros: los bolivianos son gente cordial y pacífica ante los argentinos, pero, cuando aparece algún tipo de asunto económico en la relación entre ambos, ellos, los bolivianos, siempre buscan sacar ventaja. Quizás eso sea una generalización peligrosa, pero, más allá de que no todos los bolivianos se comporten así, sobran ejemplos de los que si lo hacen. Algo de comprensible hay en esa actitud. Históricamente el acceso a la riqueza ha sido más efectivo en Argentina que en Bolivia, de allí que los bolivianos vean a nuestro país como un campo de oportunidades, mientras que nosotros sólo lo vemos como un lugar en el cual únicamente puede uno dedicarse a sobrevivir, ya que el país vive alternando periodos de prosperidad con periodos de crisis. Por ende es difícil que el argentino crea verdaderamente en la “hermandad latinoamericana” que con tanta corrección política se predica como el nuevo Evangelio de estos tiempos: lo nuestro sería más bien un paternalismo, si no fuera por el hecho de que los hijos no acostumbran a perjudicar a los padres cada vez que tienen la posibilidad.

La Cuestión Boliviana obliga a cambiar la forma de ver las cosas. Es fácil desde Buenos Aires decir que en un confín perdido del país no está pasando nada con una línea imaginaria, pese a que decenas de compatriotas se quejen ante el peligro de que les expropien sus tierras: al fin y al cabo los bolivianos son “nuestros hermanos” y ya se ha planeado colocar una estatua de Juana Azurduy de Padilla para desplazar a la de Cristóbal Colón en las cercanías de la Casa Rosada, por lo que la “Patria Grande” no es un proyecto a futuro sino una realidad ya operativa. Es, precisamente, una visión unitaria de este tipo lo peor que puede pasarle al país.

Argentina, según su Constitución Nacional, es una república federal, no un barco piloteado desde una ciudad con un puerto. Por tanto lo que le hace falta a este país es crear la conciencia de que en los límites, en ese montón de mojones y líneas invisibles que separan a nuestro país de los demás, es donde empieza la Argentina y no donde termina. Las fronteras no son el lugar sucio donde concluye el patio de la casa, son –o más bien deberían ser– el pórtico vistoso desde donde aquel al que dejamos entrar comprende que ha ingresado a un territorio con tradiciones, leyes y costumbres propias, que debe si o si respetar.



Francisco Vergalito