La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

sábado, 22 de noviembre de 2014

Evo el Conquistador

El décimo pilar

2014 quizás pasará a la historia como el año cero para las relaciones entre Bolivia y Argentina: con pequeños gestos cargados de un gran simbolismo, el país del norte nos ha avisado que está dispuesto a revertir el sistema geopolítico regional para convertirnos en sus vasallos. Aprovechando el trabajo de desintegración que las sinarquías han ejecutado sobre nuestra nación, los bolivianos están dispuestos a colonizarnos. Ciertamente no avanzan sobre nosotros con la violencia con la que avanzaron los hunos y los godos sobre Roma, pero si buscan propagandear su modelo neoimperial hasta instalarse definitivamente en la Argentina. Porque no se trata aquí de meros saqueadores probando suerte, sino que más bien es una cultura con sus propios valores (en muchos casos ajenos o contrarios a los nuestros) expandiéndose más allá de sus fronteras.

En enero de este año ocurrió el penoso Incidente de los Mojones Limítrofes: el diario El Tribuno denunció que el Estado boliviano había agredido a unas 17 familias argentinas residentes en el norte de Salta, después de haber realizado tareas de demarcación limítrofe para completar su plan de desarrollo minero en una zona rica en uranio. La actitud del gobierno argentino fue vergonzosa, pues nuestros líderes no hicieron más que negar cualquier tipo de tensión, ignorando categóricamente el testimonio (y la existencia) de las familias desplazadas por las autoridades bolivianas.

El Incidente de los Mojones Limítrofes generó euforia entre los “andalucistas” de Tarija: en Bolivia a Tarija se la llama la “Andalucía boliviana”, porque, como la Andalucía española, constituye la marca sur del país –cuando en realidad debería ser llamada la “Asturias argentina”, ya que históricamente la provincia representa nuestra marca norte.

Unos meses después, más precisamente en julio de este año, ocurrió otro episodio peculiar: la imagen de la Virgen de Urkupiña visitó Jujuy y Salta. Esto fue todo un acontecimiento, ya que nunca antes la “Patrona de la Integración Nacional Boliviana” había desembarcado en el norte argentino. Sería como que la tradicional peregrinación anual hacia la Basílica de Nuestra Señora de Luján o la Fiesta del Milagro se realizasen en el extranjero. El evento sorprendió a propios y a extraños, ya que, si bien es cierto que desde hace décadas los residentes bolivianos en la Argentina celebran con fervor a la fiesta dedicada a la virgen, jamás habían tenido la oportunidad de que las autoridades de su país de origen transplantasen a la celebración fuera de sus tierras.

Las honras a la Virgen de Urkupiña se caracterizan por ser estruendosas y desmadradas: a los bolivianos les gusta ambientar la procesión con tinkus y pirotecnia, y es común que en esos días de celebración religiosa la gente se entregue a la bebida. Por ello miles de salteños estaban aterrados con lo que sucedería. Sin embargo, pese a que más de cincuenta mil personas asistieron al evento mariano bajo la mirada protectora y vigilante de un millar y medio de policías argentinos, los bolivianos estuvieron impecables. Entre las asociaciones de residentes bolivianos circuló la orden de que debía evitarse a toda costa cualquier situación que pudiera generar fricciones con la población local, por lo que muchos se abstuvieron de reproducir sus festejos habituales, pese a que en el fondo se morían de ganas de convertir a todo en una quermés de mal gusto. Los que intentaron salirse de la regla impuesta sufrieron duros choques contra los miembros de su colectividad, los cuales en algunos casos terminaron hasta con agresiones físicas.

¿Por qué Bolivia presionó territorialmente e invadió culturalmente a Argentina de ese modo? En 2013 el gobierno boliviano dio a conocer un plan estratégico de gobierno llamado “Agenda Patriótica del Bicentenario”, el cual tiene el propósito de desarrollar una serie de políticas de Estado que pongan a Bolivia a la vanguardia suramericana para el año 2025. El plan consta de trece puntos o pilares, siendo el décimo el que sostiene que para Evo Morales y compañía es necesario lograr la “integración complementaria de los pueblos con soberanía, orientada a unir a los pueblos”. La complementariedad es un concepto tomado del utopismo andino: se supone que esa idea es la que estaba detrás de la cohesión social y territorial de los ayllus. Sin embargo, con sólo ver lo que el evomoralismo hace con los indígenas bolivianos desde que estallase el conflicto del TIPNIS, queda en claro que no es la solidaridad internacional y el respeto entre los pueblos lo que se predica; por el contrario, así como los norteamericanos invaden países para llevar “democracia” y “libertad”, la idea de los bolivianos es exportar la “complementariedad”, aún aunque no la necesitemos.

Una lección de demagogia

El broche de oro del avance boliviano en 2014 fue la visita de Evo Morales a Salta el 20 de noviembre pasado, justo el día en que los argentinos celebramos la defensa de nuestra Soberanía Nacional. A lo largo del año el Presidente Morales estuvo estrechando vínculos con políticos argentinos (como cuando se reunió en Tarija con Miguel Isa, Intendente de Salta, y Alberto Ortiz, Intendente de Palpalá, o cuando invitó a Sergio Leavy, Intendente de Tartagal, y a Rolando Ficoseco, Intendente de Perico, a la inauguración de una planta de energía en Yacuiba, o como cuando coordinó a las filiales argentinas del MAS para que, con la logística de Milagro Sala, arriasen ciudadanos que le sumen votos desde nuestro país). Su objetivo era el de tantear el terreno y ofrecerles recursos nada despreciables para sus futuras campañas electorales.

Durante su paso por Salta, Morales realizó tres actividades públicas: un acto en Campo Santo para apadrinar a la Escuela Julio Argentino Cornejo en la que estudió cuando era niño, un discurso en la sede la Universidad Nacional de Salta (UNSA) al recibir su trigésimo segundo doctorado honoris causa, y un partido de fútbol en el Estadio Delmi entre la delegación boliviana y funcionarios del gobierno de Salta. En el medio de esos eventos, Morales mantuvo encuentro con políticos y sindicalistas. A quienes no recibió fue a los bolivianos o descendientes de bolivianos residentes en nuestro país que sólo querían acercarles presentes, intercambiar algunas palabras con él o sacarse fotos (el temor del entorno presidencial era que entre los asistentes hubiese alguien residente en el Abra de Santa Cruz, epicentro del Incidente de los Mojones Limítrofes).

En Campo Santo, después de que el Intendente local invitase a Morales a develar una placa que anuncia la creación de una escuela ¡que lleva su nombre!, el Presidente de Bolivia brindó un discurso cargado de emotividad. Contó que en 1966, cuando tenía siete años de edad, llegó junto a su familia a la Argentina para acompañar a su padre, que era un peón rural golondrina. Según Morales, él era analfabeto ¡y no entendía el castellano! De todos modos no duró mucho en la escuela y al poco tiempo terminó vendiendo picolé y enterrando el dinero para ahorrar lo ganado. Cuando retornó a su país, Morales dijo que se llevó consigo algunos hábitos vernáculos como el comer lechuga o dormir en catre, dando a entender que él era una especie de argentino, o al menos un boliviano argentinizado. Quizás por ello al final del acto se puso un poncho colorado y se sacó una foto con un busto del General Güemes.

Tras su esfuerzo por presentarse como un pobre que, gracias a su fuerza de voluntad y a los sabios consejos de sus padres y maestros, cumplió con el sueño de progresar, Morales habló en la UNSA. Allí aseguró que la prosperidad que experimenta actualmente Bolivia es fruto de haber gobernado en contra del imperialismo capitalista transnacional. La careta que se puso fue la del indio que, con su lanza en la mano y el taparrabos cubriéndole las vergüenzas, venció a las corporaciones multinacionales y a la banca usurocrática.

Finalmente la ridiculez del partido de fútbol le sirvió a Morales para sugerir que él es un hombre vital, descontracturado y amante de la vida sana. ¡El amigo Evo!         

Lo cierto es que todo lo que Evo Morales hizo en Salta fue de una demagogia más que calculada, la cual, obviamente, obnubiló a las prensa argentina, ¿pues a quien no le gustan las historietas de autosuperación personal?

La agenda faltante

El gran anfitrión de Evo Morales fue el Gobernador Juan Manuel Urtubey. Un rumor que no cesó de circular sostiene que Urtubey estaría dispuesto a dejarse auspiciar por Morales para una futura candidatura presidencial en 2015 o 2019. Otro rumor señala que el acercamiento de Urtubey a Morales tiene por objetivo sumar aliados para frenar el avance de Juan Carlos Romero en su campaña para retornar al gobierno provincial. Sea como sea, nadie puede negar que Urtubey se mostró complacido ante Morales, y que, a su modo, reprodujo el infame discurso de la “hermandad latinoamericana”, la “Patria Grande” y el “kirchnerismo continental”. 

A medida que Morales parloteaba en la UNSA sobre geopolítica y macroeconomía, muchos esperábamos que mencione lo evidente: el problema del narcotráfico. El día anterior al arribo del Presidente boliviano a Salta, una avioneta tripulada por dos bolivianos se estrelló en el departamento de Anta, mientras llevaba consigo una carga superior a los 200 kilogramos de cocaína. La avioneta cayó al suelo gracias a un desperfecto técnico, puesto que en Argentina nadie se ocupa de derribar aeronaves sospechosas que violan el espacio aéreo nacional. El episodio fue totalmente ignorado por Morales, quien, cínicamente, sólo atinó a decir sobre el narcotráfico que este asunto es un problema “del Norte”, o sea que, en la mente del Presidente de Bolivia, en los países desarrollados permitirían de alguna manera el consumo de drogas para tener una excusa con la cual presionar a los países subdesarrollados que las producen.

Recientemente el gobierno de los EEUU denunció que Bolivia es el tercer país que más cocaína produce en el mundo, sólo superado por Colombia y Perú. ¿Cómo reaccionó Morales ante esta información? Pues desacreditándola, como no podía ser de otro modo. En rigor los bolivianos no dijeron que los norteamericanos estuviesen mintiendo, sino que señalaron que es inapropiado que un país desarrollado incluya a uno subdesarrollado en algún tipo de lista negativa, ya que eso sería como un acto de estigmatización internacional. Por tanto a esa gente no les molesta que los narcos cogobiernen, les molesta que ello se sepa.

Ya en 2008, apenas dos años después de haber asumido por primera vez la presidencia de su país, Morales expulsó a la agencia norteamericana Administración para el Control de Drogas (DEA) del territorio boliviano. Según sus propios estudios, en estos últimos seis años Bolivia ha hecho más para frenar el narcotráfico que lo que hizo la DEA durante los treinta y cinco en que operó en ese país. Claro que no hay ni un solo investigador experto en tráfico de drogas imparcial y objetivo que avale esa afirmación, pero ello no parece importarle al tal Morales.

El inventado

Evo Morales no es quien dice ser. Todos amamos el relato del changuito pobre que devino un líder justo, pero ello no es más que solamente un relato. No quiero decir que Morales no haya sido pobre, quiero decir que el cuento del ascenso de este hombre al estrellato ignora todo lo que sucedió en el medio.

Antes de ser presidente, Morales fue un líder sindical. Representaba a los cocaleros. Durante el tramo final de la Guerra Fría, EEUU lanzó la consigna global de erradicar la cocaína, la cual, traducida en los países cocaleros, significaba erradicar a la hoja de coca misma. A fines de la década de 1980 se formó la Federación del Trópico, un enorme gremio que velaba por los intereses de la industria cocalera. Morales fue jefe de esa organización, lo que le permitió convertirse en un influyente líder social.

Fernando Vargas –un indígena que fuese candidato presidencial por el Partido Verde en las últimas elecciones bolivianas– denunció que en todos estos años Morales no ha dejado de comandar a la Federación del Trópico, usando así su puesto en el Estado para favorecer a sus viejos socios y compañeros. El asunto se agrava al recordar que ha sido el propio Presidente de Bolivia quien reconoció que los productores de coca que integran la Federación del Trópico forman parte de la industria de los narcóticos.

Vargas también señala que si en el poder está un hombre que contribuye con la expansión del narcotráfico, no es de extrañar que Bolivia se haya convertido en un nido de delincuentes que alberga y ampara a contrabandistas, traficantes de armas y personajes de esa calaña.

Otra cosa criticable que ha hecho Morales en los años en que ha ejercido la presidencia está directamente relacionada al asunto de la identidad nacional boliviana. En efecto, durante su paso por Salta a Morales se lo escuchó decir que “los indios demostramos que podemos gobernar”. Aquí es probable que el término “indio” esté usado en un sentido figurado, pero a Morales le gusta usarlo en un sentido literal. Y eso es un embuste: Morales no es un indio, es un mestizo. En Argentina el tema del mestizaje no suele ponerse en discusión, puesto que la inmigración europea que el país recibió en los últimos doscientos años y el sistema educativo nacional cambiaron el modo de percibir los asuntos raciales en estas latitudes. En Bolivia, en cambio, esa transformación no se produjo, por lo que desde su perspectiva el mestizaje si es un tema relevante. Es decir dado que Bolivia fue históricamente un país pobre, el viejo sistema de castas raciales se convirtió en un sistema de castas económicas. Entonces, al ser Morales un mestizo y no un indio, los indios bolivianos -la gente más postergada de ese país- no se siente enteramente identificada con el líder populista.  

Para resolver este inconveniente, Morales no tuvo mejor idea que erradicar el mestizaje. La “raza cósmica” de José Vasconcelos, el “autóctono” de Franz Tamayo, y el “mestizo como síntesis universal” de Mariano Picón Salas se han convertido en personajes de ciencia ficción ante el “originario milenario” y “el originario contemporáneo” de Evo Morales.

El problema se reflejó en el Censo Nacional de Bolivia de 2012. Con la reforma constitucional que sufrió el país en 2009, la vieja República fue reemplazada por el nuevo Estado Plurinacional. Más allá de todas las transformaciones institucionales de cariz populista que se hicieron, lo más destacado de aquel texto constitucional era que establecía el reconocimiento oficial de 36 etnias indígenas en territorio boliviano. Al momento del censo, aproximadamente el 60% de la población de Bolivia no se identificaba a si misma como miembro de ningún tipo de etnia originaria. Ello significa que esa gente se autopercibe como blancos (criollos o de otro origen) o, mayormente, mestizos. Álvaro García Linera, el Vicepresidente de Bolivia, sostuvo que el mestizaje no es una matriz de identidad, así que si o si aquel boliviano que no se viese como blanco tenía que afiliarse obligatoriamente a una de las 36 etnias indígenas. De ese modo la bolivianidad es reemplazada por el culto a los cadáveres mitológicos sacrificados ante altares paganos. O sea, bajo el disfraz del pluralismo, el evomoralismo propone la atomización como política identitaria: seremos todos indios en pie de guerra, miembros de tribus que deben permanecer unidas y bajo un liderazgo único para que no retornen los “invasores” de Occidente a arrojarnos cruces y espadas. En este contexto defender el pasado hispánico y los valores cristianos, vale decir ser mestizo, es lo mismo que no ser boliviano.

El ideólogo de esta patraña es el propio García Linera, personaje siniestro si los hay. El Vicepresidente de Bolivia es la eminencia gris detrás de Evo Morales. Javier Cornejo ha destacado que García Linera es uno de los diseñadores del plan geoestratégico boliviano, el cual contempla agitar la bandera ecologista ante la opinión pública internacional mientras instalan plantas de energía nuclear a lo largo y ancho del país, destruyen reservas naturales para instalar carreteras y ganar hectáreas para el cultivo de coca y ostentan el record por tener la mayor huella de dióxido de carbono de toda América del Sur.

Como penetrar en Chile les está costando demasiado, la intención de los bolivianos es expandirse hacia el norte y hacia el sur, es decir hacia Perú y Argentina. La idea no es nueva: ya el Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana (quien era mestizo como Morales y masón como García Linera) la había intentado poner en marcha. Como resultado nuestro país sufrió el desmembramiento de Salta, ya que los bolivianos fueron los más interesados en autonomizar a Jujuy para absorber el territorio en lo que fue la Confederación Peruano-Boliviana con la que nuestro país entró en guerra para salvaguardar la soberanía territorial (fue una de esas guerras que no suelen ser contadas en Paka Paka). Morales ha declarado sentirse orgulloso por estar pronto por sobrepasar a Santa Cruz en relación a la cantidad de años de enquistamiento en el poder.  

Paradigma invertido

La devaluación del peso argentino hizo que el peso boliviano aumentase su poder de compra en nuestro país. Por ello el contrabando de Argentina hacia Bolivia se ha incrementado. Los bolivianos compran aquí todo más barato y luego se las ingenian para introducirlo en su país. A raíz de ello las autoridades bolivianas han comenzado a incrementar los mecanismos de control para ingresar a Bolivia desde Argentina (algo que, por ejemplo, debería contribuir a reducir el número de denuncias de jóvenes que desaparecen en nuestro país por haber sido trasladados al país vecino, de no ser por el hecho de que el personal aduanero de allá lo que hace es, fundamentalmente, controlar el acceso de bienes y no de personas).

Uno de los bienes que los bolivianos adquieren son los combustibles. En un país como el nuestro, en donde el desabastecimiento de nafta y gasoil es un fantasma que permanentemente sobrevuela entre la gente, día a día los bolivianos llegan al norte de Jujuy y de Salta para cargar combustible en sus vehículos y llevarse consigo bidones llenos del tan preciado líquido.

Para intentar evitar ese fenómeno y garantizar el abastecimiento, un concejal de Orán perteneciente al partido Salta Somos Todos propuso que los autos con patente extranjera que lleguen al municipio a cargar nafta o gasoil deben pagar el precio internacional y sujetarse a un cupo de X cantidad de litros para que no retornen a su país con reservas.

Que yo sepa esta iniciativa es una de las pocas reacciones políticas que ha habido frente al cambio del paradigma económico argentino-boliviano durante este último año. La propuesta de reciprocidad no fue bien recibida por los progresistas locales, quienes la consideran un acto de xenofobia. Sin embargo estos personajes poco o nada dicen sobre el discurso incómodo para feministas y elegebetistas que el admirado Evo Morales constantemente promueve. Es que el Presidente de Bolivia puede ser un buen amigo de lo ilegal, pero tiene cierto reparo para apoyar a ciertas inmoralidades. Eso, por supuesto, le da una ventaja a Bolivia en materia de dominio regional.    


Francisco Vergalito

jueves, 13 de noviembre de 2014

Ley 26.657 o la nefasta reforma en materia de salud mental

La destrucción de la psiquiatría

En noviembre de 2010 se aprobó la Ley 26.657 que modifica la actividad de los psiquiatras en nuestro país, introduciendo la doctrina de los Derechos Humanos como principio ordenador, perjudicando así el desarrollo de la práctica científica para facilitar el control ideológico de la salud mental.

En Tucumán, el gobierno local –después de una fuerte campaña de presión por parte de la sucursal provincial del Inadi– promovió la adhesión a la ley y sumergió así a los psiquiatras en un mar de problemas. Mientras la Senadora Nacional Beatriz Rojkés de Alperovich se jacta de ser una de las mayores impulsoras del proyecto, cientos de psiquiatras manifiestan en voz baja su preocupación por las modificaciones que deben introducir en sus prácticas laborales.

El cambio más profundo que la ley genera es que prácticamente les quita a los profesionales de la salud la posibilidad de internar a un enfermo que puede dañarse a sí mismo o a los demás. La intención de quienes promovieron la reforma es erradicar los hospitales psiquiátricos y reemplazarlos por la medicación adecuada. El fundamento para esto proviene de la obra de autores como Michel Foucault, Franco Basaglia y Thomas Szasz, quienes –por motivos políticos– equipararon a los hospitales psiquiátricos con las cárceles, y repudiaron la existencia de ambas instituciones.

Desde esta perspectiva toda internación equivale a una privación ilegítima de la libertad. Por tanto se busca que los pacientes psiquiátricos circulen libremente, justo igual a cualquier otro ciudadano. Es la familia del enfermo quien deberá hacerse cargo a partir de ahora de esa persona.

Como los hospitales psiquiátricos tienden a reducirse, a los pacientes con problemas mentales se los envía cada vez con más frecuencia a los hospitales civiles. Allí se supone que recibirán atención por parte de un equipo multidisciplinario, pero, claro, esto rara vez ocurre (sobre todo en Tucumán), por el simple hecho de que los mentados equipos no existen. Es decir en la actualidad hay mucha gente de diversas profesiones (psiquiatras, psicólogos, médicos clínicos, trabajadores sociales, abogados, etc.) que pululan por algunos hospitales, cobran sus sueldos, pero poco saben acerca de cómo trabajar de modo coordinado, haciendo cada uno aquello que le parece lo más correcto sin la necesidad de buscar la coincidencia de opinión. Los resultados son pocos satisfactorios, y muchas veces hasta contradictorios.

El paciente psiquiátrico en un hospital civil muchas veces incomoda a los otros pacientes, y otras veces los pone en peligro. Ante un paciente desbordado los médicos poco pueden hacer sin riesgo a ser denunciados después. Un psiquiatra me comentó que cuando uno de sus colegas decide retener a un enfermo, normalmente trata de adivinar si tiene o no parientes que lo puedan denunciar más tarde (en Tucumán ya empezaron a aparecer abogados “caranchos” que merodean los hospitales para anoticiarse sobre esas situaciones y convencer a los familiares de los enfermos de hacer la denuncia con el fin de obtener un resarcimiento económico).

Corrupción e hipocresía

Puesto que muchos pacientes psiquiátricos mantienen un vínculo muy frágil con sus familias (o directamente no tienen ningún tipo de relación con ellas), al deshopitalizarse uno de ellos termina deambulando sin ningún tipo de contención por las calles. Para resolver esa situación, el área de salud del gobierno tucumano ha puesto en marcha algo que llama “residencias tutelares”. ¿Qué son estas instituciones? Pues nada más y nada menos que manicomios en pequeña escala, destinados a albergar a toda aquella gente que por no tener una familia quedan flotando en las calles. Refuncionalizan los hospitales psiquiátricos sólo para reducirlos y enviarlos a diversos barrios, en tanto que venden públicamente que han dedehachehachizado a la psiquiatría haciéndola “más inclusiva y menos estigmatizante”.  Absoluta hipocresía.

El Hospital de Salud Mental “Nuestra Señora del Carmen” viene siendo transformado desde el año 2007. Fundado en 1920, la institución fue un casa de alienados de gran importancia que, a partir de 1982, reformuló sus principios para convertirse en un hospital modelo en materia de salud mental en el NOA. Pero desde 2007 la infame Minera La Alumbrera comenzó a inyectarle dinero para remodelar sus instalaciones. En unos pocos años todo cambió adentro del hospital, disminuyendo el número de pacientes internados pero multiplicando el número no sólo de trabajadores de la salud (psiquiatras y enfermeros principalmente, pero también psicólogos, neurólogos, ginecólogos, nutricionistas, dentistas, oculistas, y un largo etcétera), sino también de abogados, trabajadores sociales y educadores de todo tipo que organizan talleres “terapéuticos”, los cuales incluyen actividades como la jardinería, el bordado, algo llamado “expresión corporal” y muchas otras cosas similares que parecen escapadas del catálogo de intereses de Utilísima. Se comenta que el número de profesionales que trabajan allí superan ampliamente al número de gente que atienden, levantando dudas sobre si realmente están haciendo algo por la salud de la comunidad o si algunos pocos sólo coparon una institución pública para acomodar en el universo del empleo estatal a hijos y entenados con títulos universitario.

Las drogas ganan

La Ley 26.657 es promocionada como una obra maestra de la corrección política. Sin embargo es más que claro que hay una relación directa entre la normativa que regula el abordaje de los problemas de salud mental en la Argentina y quienes se benefician con el comercio (legal e ilegal) de drogas.

Día a día crece en nuestro país la venta de psicolépticos. Como los psiquiatras no pueden desarrollar terapias sin el consentimiento expreso por parte del paciente, cada vez más sostienen su práctica sobre la medicación. Esto, claro, ha generado que la circulación de psicolépticos haya aumentado, aumentando también el mercado negro que alimenta a aquellas personas que usan estas drogas de modo recreativo.

Pero los verdaderos beneficiados con esta ley son los narcotraficantes. El psiquiatra Eduardo Kalina ha denunciado valientemente a este hecho. Según Kalina, como la despenalización del consumo de drogas ilegales en nuestro país es efectiva (ningún juez del país tiene las agallas para penalizar con la cárcel a un consumidor de estupefacientes), queda en mano de los psiquiatras proteger a la sociedad ayudando al mismo tiempo a los individuos que se autoagreden a través de las drogas. Empero la nueva ley le ata las manos a los psiquiatras de un modo casi ridículo: si, por ejemplo, hay un adicto con un brote psicótico o en estado paranoico portando un arma (sea blanca o de fuego), un psiquiatra no puede actuar para medicarlo o internarlo, o si quiera reducirlo, ya que ello iría en contra de la voluntad del enfermo y sería lo mismo que un secuestro. Al psiquiatra sólo le queda conversar con el individuo alterado y tratar de hacerlo entrar en razón. Permítaseme la frase: ¡una locura! 

Kalina sostiene que un adicto sufre un cambio químico en su cerebro, lo que le hace percibir a la realidad de un modo que sólo corresponde a su mente. La mayoría de estos sujetos provienen de hogares que padecen una infinidad de problemas y van a parar a comunidades terapéuticas que trabajan con más voluntad que capacidad. Por tanto lo más lógico sería que el psiquiatra pueda tomar el control de la situación para beneficiar al consumidor, pero ello ya no se puede hacer.

Hay una burocratización espantosa en la nueva ley, que obliga a que antes de ayudar a un enfermo el equipo multidisciplinario delibere sobre la conveniencia o inconveniencia del caso. Entonces si una persona llega a un hospital bajo los efectos de la marihuana o de la cocaína, el psiquiatra no puede ordenar la retención del paciente como ha hecho siempre, sino que ahora tiene que convocar a los miembros del comité, limpiándole así al drogado el camino para volver a la vía pública con todos los peligros que ello implica. El que consume drogas ahora ya no sólo no es un delincuente, sino que tampoco es un enfermo: se trata simplemente de un consumidor que desea gastar su dinero como le place, por más que ello genere un grave daño contra él y contra todos los que lo rodean o lo cruzan. La monstruosidad más absoluta del individualismo.



Pablo Ulises Soria