La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

miércoles, 29 de octubre de 2014

El caballito anda suelto

El Salvaje Oeste y el Barbárico Norte

San Miguel de Tucumán, al igual que muchas otras ciudades del país, está infestada de motochorros. Pero en la capital tucumana también hay delincuentes que operan a caballo, justo igual que aquellos viejos bandidos rurales a los que se los creía extintos.

Hace unos días en el Barrio Miguel Lillo la policía se tiroteo con dos ladrones que montaban a caballo, y logró capturar a uno de los malvivientes después de que éste protagonizara una violenta escena similar a la histórica balacera del O.K. Corral.

En esta oportunidad el delincuente abatido tuvo la suerte de caer en manos de la policía, ya que los vecinos no llegaron a acercársele. De haberlo hecho, seguramente le hubiesen dado una buena golpiza.

Donde si hubo un intento de linchamiento fue en la esquina de Laprida y Manuel Estrada: dos delincuentes asaltaron una despensa y se dieron a la fuga; los propietarios del lugar hicieron sonar una alarma barrial y los vecinos corrieron en su auxilio; un comisario que vive en la zona disparó contra los delincuentes, logrando herir a uno de ellos en el pie; la gente se abalanzó contra el caído, llegando a propinarle algunos golpes, pero el comisario y otro oficial vecino detuvieron a la turba enardecida.

Mientras la indignación popular no dejaba de crecer por la intervención de la policía a favor del delincuente (acción correcta por cierto), se conoció que otro ladrón fue linchado en el Barrio Lincoln, luego de que el malviviente tratara de quitarle el bolso a una mujer. Las fotos del golpeado circularon por las redes sociales a gran velocidad y luego, sin ningún pudor, fueron reproducidas por muchos medios de prensa.  

Todo esto ocurrió apenas un par semanas después de que se conociese un video en el que un policía trataba inapropiadamente a un delincuente detenido. Los periodistas armaron un gran escándalo por las imágenes, mientras que la gente, en su gran mayoría, se puso del lado de los oficiales: el argumento era que, de estar frente a un delincuente, ellos reaccionarían de igual o peor modo; y, al parecer, la gente no mentía.

Del consejo a la acción

Justo a tres cuadras de Laprida y Manuel Estrada asesinaron a Iván Senneke en el año 2011. El muchacho de 19 años volvía de trabajar cuando fue abordado por dos motochorros que, no conformes con quitarle su mochila, lo ejecutaron de un tiro en la cabeza. Senneke había intentado resistirse al asalto.

El Comisario Mario Rojas, Subjefe de la Policía de Tucumán, sostuvo que afortunadamente no se repitió el Caso Senneke, porque esta vez los delincuentes optaron por no usar sus armas. Y aconsejó que ante un asalto en el que el malhechor esté armado, el ciudadano víctima debe evitar resistirse. Según él, los delincuentes de hoy en día son impredeciblemente violentos, pues los efectos de las drogas y/o su pasado delictivo los vuelve altamente peligrosos (ya que no miden las consecuencias al actuar).

Esas declaraciones dispararon una catarata de réplicas de la ciudadanía: hay cientos de casos en donde la víctima no se resiste y, sin embargo, termina herida o muerta. ¿Entonces como distinguir al ladrón con códigos del ladrón sin códigos? Eso no es algo que le corresponda hacer al ciudadano.

La policía no puede darle consejos a una víctima sobre como obrar en una situación de vida o muerte, pues en todo caso terminaría teniendo algo de responsabilidad por esos episodios en donde los delincuentes ejecutan a sangre fría a gente que hasta incluso colaboró con ellos por temor a no perder la vida.

Lo que la policía debe hacer es capacitar a la gente para que aprendan a obrar del modo más adecuado posible cuando sufren un delito o cuando le sucede a alguien más. Hoy en día en Tucumán reparten alarmas barriales, las cuales suelen ser activadas por los vecinos cuando se encuentran en peligro. ¿Y qué sucede? No mucho: los vecinos salen a la calle a ver qué sucedió, y a veces realizan un arresto ciudadano, mientras que otras veces sólo terminan por convertirse en testigos del crimen.   

La idea de que la policía es una caja negra que debe ser transparentada ante la sociedad para que ésta pueda fiscalizarla, es sólo la mitad del camino para reinstaurar el orden de seguridad; lo otro que se precisa es garantizarle a la gente común su derecho a ejercer la legítima defensa de un modo exitoso.

Las nubes gaseosas de los mandarines

Roberto Delgado es una de las plumas más importantes del influyente diario La Gaceta. Este sujeto, apóstol de los DDHH, suele escribir sobre cuestiones vinculadas a la acción policial, normalmente para denigrar a la fuerza usando los paupérrimos argumentos del tipo “la policía argentina fracasa a la hora de relacionarse con la sociedad porque sigue siendo la misma policía de la época de la Dictadura”.

Pues bien, en una columna reciente, Delgado señaló que la sociedad “comienza a considerar que el [problema del aumento de la violencia] involucra otros estamentos del Estado [además de la policía], entre otras cosas porque hay causas sociales profundas, como la exclusión social, tal como planteó el jurista Mario Juliano, de la Asociación Pensamiento Penal.” El tal Mario Juliano al que cita como autoridad Delgado es uno de los epígonos de Zaffaroni más famosos de la actualidad. Para este personaje (y los miles de imberbes y peleles que comparten sus ideas) la manera más exitosa de disminuir a la violencia es a través de la inclusión social. Suponen que en una sociedad más justa e integradora, la inseguridad no tendrá lugar.

Uno de los bandoleros vivos más famosos de Tucumán es Germán “Mocho” Zamudio, un sujeto que es hijo de Enrique Zamudio, viejo dirigente del PJ que llegó hasta ocupar un cargo de ministro provincial. El “Mocho”, evidentemente, no necesita de la mentada “inclusión”, porque ya está más que incluido; sin embargo este sujeto no para de delinquir. ¿Por qué sucede esto?

Académicos de la Universidad Nacional de Tucumán presentaron recientemente el libro Investigaciones sobre Economía de la Delincuencia en el que se apunta algo interesante: los planes sociales sirven para disminuir los robos sin violencia, como el hurto o el pillaje, pero los delitos más graves, los que incluyen la violencia expropiadora y más preocupación causan entre la población, no están vinculados a tener o no tener un plan social.

Aquel que agarra un arma blanca o un arma de fuego y sale a delinquir no lo hace para sobrevivir, lo hace para gozar de una vida a la que se niega a acceder por el camino del trabajo y del esfuerzo. Es un problema de valores el que genera la delincuencia más brutal.

Leandro Santoro es uno de los últimos radicales K que quedan (pero uno de los muchos uceristas progresistas que día a día se multiplican). Este sujeto, en un programa de televisión, realizó una espeluznante apología de los presidiarios. Según él, un preso liberado sufre del desempleo porque los posibles empleadores se niegan a tomarlo cuando se enteran de sus antecedentes. Entonces eso genera resentimiento, y ello explicaría no sólo el alto índice de reincidencia del hampa argentino, sino también el creciente empleo de la violencia.

Semejante sofisma ignora lo obvio: el delincuente es responsable de su situación, es decir él es culpable de la suerte que le toca. Una persona resentida es una persona orgullosa, o sea una persona que no siente vergüenza. El problema de las cárceles argentinas es que sólo amontonan cuerpos, pero allí no se trabaja sobre las mentalidades de los detenidos. Los presos argentinos, al ingresar a una unidad penitenciaria, buscan afiliarse al Vatayón Militante o a pandillas similares, a través de las cuales pueden convertir a su experiencia carcelaria en un periodo de vacaciones pagas (que incluye, claro, consumo de drogas y prostitutas, y salidas transitorias semiclandestinas). Ciertamente una cárcel así no sólo es inútil, sino que además es perniciosa: actualmente si el delincuente no sale con más ganas de delinquir que antes para proseguir su carrera en donde la dejó, entonces hace los contactos suficientes durante su encierro como para devenir barrabrava, puntero o algo en esa línea.

La cárcel, el destino final del criminal, debe convertirse en escuela de ciudadanía, no de delito. Y para ello es necesario trabajar con la mentalidad del delincuente quebrándolo psicológicamente para reintroducirle la capacidad de sentir vergüenza y culpa, y luego reconstruir su espíritu con los valores del Evangelio y del Martín Fierro. La idea es que cuando retorne a la sociedad, lo haga arrepentido por haber causado daño y entienda que cualquier cosa es más digna que el crimen.  


Pablo Ulises Soria 

1 comentario:

  1. Delgado es uno de esos genios que dicen que hay que "democratizar" a la policía. Creo que antes debería ser prioritario "democratizar" al Poder Ejecutivo y al Poder Legislativo.

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