La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

miércoles, 29 de octubre de 2014

El caballito anda suelto

El Salvaje Oeste y el Barbárico Norte

San Miguel de Tucumán, al igual que muchas otras ciudades del país, está infestada de motochorros. Pero en la capital tucumana también hay delincuentes que operan a caballo, justo igual que aquellos viejos bandidos rurales a los que se los creía extintos.

Hace unos días en el Barrio Miguel Lillo la policía se tiroteo con dos ladrones que montaban a caballo, y logró capturar a uno de los malvivientes después de que éste protagonizara una violenta escena similar a la histórica balacera del O.K. Corral.

En esta oportunidad el delincuente abatido tuvo la suerte de caer en manos de la policía, ya que los vecinos no llegaron a acercársele. De haberlo hecho, seguramente le hubiesen dado una buena golpiza.

Donde si hubo un intento de linchamiento fue en la esquina de Laprida y Manuel Estrada: dos delincuentes asaltaron una despensa y se dieron a la fuga; los propietarios del lugar hicieron sonar una alarma barrial y los vecinos corrieron en su auxilio; un comisario que vive en la zona disparó contra los delincuentes, logrando herir a uno de ellos en el pie; la gente se abalanzó contra el caído, llegando a propinarle algunos golpes, pero el comisario y otro oficial vecino detuvieron a la turba enardecida.

Mientras la indignación popular no dejaba de crecer por la intervención de la policía a favor del delincuente (acción correcta por cierto), se conoció que otro ladrón fue linchado en el Barrio Lincoln, luego de que el malviviente tratara de quitarle el bolso a una mujer. Las fotos del golpeado circularon por las redes sociales a gran velocidad y luego, sin ningún pudor, fueron reproducidas por muchos medios de prensa.  

Todo esto ocurrió apenas un par semanas después de que se conociese un video en el que un policía trataba inapropiadamente a un delincuente detenido. Los periodistas armaron un gran escándalo por las imágenes, mientras que la gente, en su gran mayoría, se puso del lado de los oficiales: el argumento era que, de estar frente a un delincuente, ellos reaccionarían de igual o peor modo; y, al parecer, la gente no mentía.

Del consejo a la acción

Justo a tres cuadras de Laprida y Manuel Estrada asesinaron a Iván Senneke en el año 2011. El muchacho de 19 años volvía de trabajar cuando fue abordado por dos motochorros que, no conformes con quitarle su mochila, lo ejecutaron de un tiro en la cabeza. Senneke había intentado resistirse al asalto.

El Comisario Mario Rojas, Subjefe de la Policía de Tucumán, sostuvo que afortunadamente no se repitió el Caso Senneke, porque esta vez los delincuentes optaron por no usar sus armas. Y aconsejó que ante un asalto en el que el malhechor esté armado, el ciudadano víctima debe evitar resistirse. Según él, los delincuentes de hoy en día son impredeciblemente violentos, pues los efectos de las drogas y/o su pasado delictivo los vuelve altamente peligrosos (ya que no miden las consecuencias al actuar).

Esas declaraciones dispararon una catarata de réplicas de la ciudadanía: hay cientos de casos en donde la víctima no se resiste y, sin embargo, termina herida o muerta. ¿Entonces como distinguir al ladrón con códigos del ladrón sin códigos? Eso no es algo que le corresponda hacer al ciudadano.

La policía no puede darle consejos a una víctima sobre como obrar en una situación de vida o muerte, pues en todo caso terminaría teniendo algo de responsabilidad por esos episodios en donde los delincuentes ejecutan a sangre fría a gente que hasta incluso colaboró con ellos por temor a no perder la vida.

Lo que la policía debe hacer es capacitar a la gente para que aprendan a obrar del modo más adecuado posible cuando sufren un delito o cuando le sucede a alguien más. Hoy en día en Tucumán reparten alarmas barriales, las cuales suelen ser activadas por los vecinos cuando se encuentran en peligro. ¿Y qué sucede? No mucho: los vecinos salen a la calle a ver qué sucedió, y a veces realizan un arresto ciudadano, mientras que otras veces sólo terminan por convertirse en testigos del crimen.   

La idea de que la policía es una caja negra que debe ser transparentada ante la sociedad para que ésta pueda fiscalizarla, es sólo la mitad del camino para reinstaurar el orden de seguridad; lo otro que se precisa es garantizarle a la gente común su derecho a ejercer la legítima defensa de un modo exitoso.

Las nubes gaseosas de los mandarines

Roberto Delgado es una de las plumas más importantes del influyente diario La Gaceta. Este sujeto, apóstol de los DDHH, suele escribir sobre cuestiones vinculadas a la acción policial, normalmente para denigrar a la fuerza usando los paupérrimos argumentos del tipo “la policía argentina fracasa a la hora de relacionarse con la sociedad porque sigue siendo la misma policía de la época de la Dictadura”.

Pues bien, en una columna reciente, Delgado señaló que la sociedad “comienza a considerar que el [problema del aumento de la violencia] involucra otros estamentos del Estado [además de la policía], entre otras cosas porque hay causas sociales profundas, como la exclusión social, tal como planteó el jurista Mario Juliano, de la Asociación Pensamiento Penal.” El tal Mario Juliano al que cita como autoridad Delgado es uno de los epígonos de Zaffaroni más famosos de la actualidad. Para este personaje (y los miles de imberbes y peleles que comparten sus ideas) la manera más exitosa de disminuir a la violencia es a través de la inclusión social. Suponen que en una sociedad más justa e integradora, la inseguridad no tendrá lugar.

Uno de los bandoleros vivos más famosos de Tucumán es Germán “Mocho” Zamudio, un sujeto que es hijo de Enrique Zamudio, viejo dirigente del PJ que llegó hasta ocupar un cargo de ministro provincial. El “Mocho”, evidentemente, no necesita de la mentada “inclusión”, porque ya está más que incluido; sin embargo este sujeto no para de delinquir. ¿Por qué sucede esto?

Académicos de la Universidad Nacional de Tucumán presentaron recientemente el libro Investigaciones sobre Economía de la Delincuencia en el que se apunta algo interesante: los planes sociales sirven para disminuir los robos sin violencia, como el hurto o el pillaje, pero los delitos más graves, los que incluyen la violencia expropiadora y más preocupación causan entre la población, no están vinculados a tener o no tener un plan social.

Aquel que agarra un arma blanca o un arma de fuego y sale a delinquir no lo hace para sobrevivir, lo hace para gozar de una vida a la que se niega a acceder por el camino del trabajo y del esfuerzo. Es un problema de valores el que genera la delincuencia más brutal.

Leandro Santoro es uno de los últimos radicales K que quedan (pero uno de los muchos uceristas progresistas que día a día se multiplican). Este sujeto, en un programa de televisión, realizó una espeluznante apología de los presidiarios. Según él, un preso liberado sufre del desempleo porque los posibles empleadores se niegan a tomarlo cuando se enteran de sus antecedentes. Entonces eso genera resentimiento, y ello explicaría no sólo el alto índice de reincidencia del hampa argentino, sino también el creciente empleo de la violencia.

Semejante sofisma ignora lo obvio: el delincuente es responsable de su situación, es decir él es culpable de la suerte que le toca. Una persona resentida es una persona orgullosa, o sea una persona que no siente vergüenza. El problema de las cárceles argentinas es que sólo amontonan cuerpos, pero allí no se trabaja sobre las mentalidades de los detenidos. Los presos argentinos, al ingresar a una unidad penitenciaria, buscan afiliarse al Vatayón Militante o a pandillas similares, a través de las cuales pueden convertir a su experiencia carcelaria en un periodo de vacaciones pagas (que incluye, claro, consumo de drogas y prostitutas, y salidas transitorias semiclandestinas). Ciertamente una cárcel así no sólo es inútil, sino que además es perniciosa: actualmente si el delincuente no sale con más ganas de delinquir que antes para proseguir su carrera en donde la dejó, entonces hace los contactos suficientes durante su encierro como para devenir barrabrava, puntero o algo en esa línea.

La cárcel, el destino final del criminal, debe convertirse en escuela de ciudadanía, no de delito. Y para ello es necesario trabajar con la mentalidad del delincuente quebrándolo psicológicamente para reintroducirle la capacidad de sentir vergüenza y culpa, y luego reconstruir su espíritu con los valores del Evangelio y del Martín Fierro. La idea es que cuando retorne a la sociedad, lo haga arrepentido por haber causado daño y entienda que cualquier cosa es más digna que el crimen.  


Pablo Ulises Soria 

lunes, 27 de octubre de 2014

Bolivia se expande

En la actualidad Bolivia demuestra ser un país pujante, cuyo manejo de la economía nacional lo ha posicionado en un lugar ventajoso ante Argentina. De allí que en los últimos tiempos haya empezado a latir algo que en otra época hubiese parecido insólito: la posibilidad no sólo de que Bolivia avance sobre nuestro territorio, sino que además nuestra población opte por acoger a ese avance como una posibilidad de salvación. Los Kirchner han logrado algo asombroso: castrar el orgullo de ser argentino. 

Tristes trópicos

En el año 2012 se conoció en el país la noticia de que un grupo de ciudadanos chilenos de la región de Aysén clamaban por ser argentinos. Se trataba, claro, de una ironía, puesto que de ese modo aquella gente generaba eco a su protesta: postergados en materia de transporte, salud y energía, la gente de Aysén estaba dispuesta a renunciar a su ciudadanía para recibir aquello que es vital para vivir una vida digna. El Presidente Sebastián Piñera, preocupado por la situación, reaccionó enviando a varios ministros de su gabinete para consensuar soluciones con la ciudadanía.

San Martín es un departamento en el norte de Salta que, pese a las diferencias geográficas, bien podría ser hermano de Aysén. El Trópico de Capricornio domina la vida cotidiana de la zona. En los meses primaverales y veraniegos, los termómetros estallan en ciudades como Tartagal, Embarcación y General Mosconi, pues la temperatura llega a alcanzar los 50º. Resistir ese calor no es fácil, y más cuando la gente de allí se encuentra con el mismo abandono que sufre la gente de Aysén: escasez –por no decir completa desaparición– del agua potable y de la energía eléctrica. Y, al igual que los chilenos reaccionan solicitando convertirse en argentinos, estos argentinos reaccionan solicitando convertirse en bolivianos, pues mientras el sistema hídrico y energético colapsaba aquí y la gente salía a las calles a protestar, del otro lado de la frontera vivían su día como si se tratase de cualquier otro día.

¿Cuál ha sido la respuesta de la Presidencia de la Nación ante semejante escándalo? El más absoluto desinterés, claro. Para esa gente, el norte de Salta, simplemente, les importa un bledo. Mientras la región no entre en rebelión fiscal, entonces para ellos no hay nada de que preocuparse, ni mucho menos nada de lo cual ocuparse.

El calor y la crisis

Los Diputados Provinciales del norte de Salta, oficialistas y opositores, coincidieron en que es urgente que el gobierno intervenga para que la provisión de agua y energía esté garantizada. La ausencia de estos servicios ha sumido a la zona en la indignación y la violencia.

El sábado 18 de octubre, mientras que un apagón afectaba a Tartagal y las canillas de la ciudad no otorgaban ni una gota de agua, un motín de detenidos estalló en la Comisaría Nº 42. Los encerrados esperaban que llegase un camión de bomberos a entregarles un poco de agua, sin embargo las autoridades de la unidad policial les enviaron a un equipo de fumigación que había pautado previamente trabajar ese día en aquella dependencia policial. Los detenidos se enfurecieron con la situación, y se rebelaron. En consecuencia varios oficiales se vieron obligados a intervenir para detener la sublevación. Al final la propia policía intentó desmentir el hecho, asegurando que no hubo ningún motín –por más que los vecinos de la zona digan lo contrario.

Pero eso no fue todo. El norte de Salta está poblado por un ejército piquetero que, desde hace años, trabaja por generar caos para llamar la atención. Ante un escenario de calor y crisis, estos sujetos no se privaron de actuar. Así fue como cortaron la ruta nacional 34 a la altura del acceso a General Mosconi, y se apropiaron de un ómnibus de pasajeros y de un camión cisterna.   

Cuando los funcionarios del gobierno y efectivos de la Gendarmería Nacional fueron a negociar el fin de piquete, los revoltosos les recordaron el fracaso del Fondo de Reparación Histórica (una puesta en escena demagógica que prometió más de lo que logró) y les exigieron la realización urgente de obras de infraestructura, sosteniendo que de no hacerlo volverán a cortar rutas. Lo que se rumorea es que la agrupación Quebracho, protagonista habitual de las acciones violentas en la zona, estaría armando una empresa para ofrecer los servicios de desarrollo de infraestructura que la provincia requiere. La financiación de esta empresa provendría desde Bolivia.

Bolivia nos aspira

Hasta hace poco era muy común que los argentinos cruzaran la frontera internacional argentino-boliviana para adquirir ciertos productos a precios más convenientes que en Argentina. Hoy en día, sin embargo, esta situación se ha revertido. Debido a la devaluación que padecemos, el peso boliviano vale actualmente más que el peso argentino. Eso significa que los bolivianos, con su dinero, pueden comprarnos a nosotros todo lo que ellos necesiten por un precio más barato que el que se maneja en su país.  

Recuerdo haber ido de adolescente a Yacuiba junto a mis padres a hacer compras en la década de 1990. Con muy poco dinero, nos llevábamos bolsas y bolsas de ropa. Nos resultaba más barato. Ahora esto se ha invertido: los bolivianos son los que cada vez con más frecuencia programan los tours de compra. También el contrabando de Argentina hacia Bolivia se ha incrementado en un nivel insólito.  

¿Qué es lo que hace a Bolivia tan próspera que hoy en día nosotros estamos a su sombra? La economía en primer lugar. La explotación y la exportación de sus reservas gasíferas y petroleras se incrementó en los últimos diez años, aumentando también las regalías que le quedan al Estado boliviano (dado que el precio internacional de los combustibles aumentó, las compañías del sector energético consintieron aportarle más a Bolivia sin necesariamente menguar sus ganancias). El sector minero, basado en el litio,  y el sector agrario, basado en la soja y en la quinoa, también contribuyeron positivamente en la economía boliviana.

El dinero recaudado por el Estado boliviano sirvió para incentivar el consumo. Y a la hora de gastar en salud, seguridad o educación, Evo Morales decidió simplemente no hacerlo. Por eso, al día de hoy, los bolivianos siguen viajando a Argentina para recibir asistencia médica de calidad a un muy bajo precio (sólo pagan los gastos de su estadía), el país está colonizado por narcotraficantes que operan sin encontrar resistencia, y su población es aterradoramente inculta e ignorante.

La migración de argentinos a Bolivia quizás pueda llegar a ser un fenómeno positivo, dado que esa gente le aportaría a ese país una cuota de ilustración y conciencia cívica que los bolivianos no tienen. De todos modos, conciente el gobierno boliviano de que ello podría atentar contra la continuidad de su sistema demagógico, hacen todo lo posible para frenar la inmigración, justo lo contrario a lo que sucede en Argentina.

Kirchnerlandia

En enero de este año el diario El Tribuno de Salta dio a conocer el drama que estaban atravesando 17 familias argentinas en el departamento Santa Victoria, cuando el gobierno de Bolivia, interesado por el uranio y el torio, decidió reposicionar los mojones limítrofes para controlar el territorio que, en definitiva, les corresponde controlar.

Cuando la noticia llegó a la prensa nacional, el gobierno kirchnerista acusó al diario salteño de estar fabulando. No les importó que las familias que denunciaban haber sido desplazadas fuesen reales. ¿Para qué enemistarse con la “generosa” Bolivia por sólo un puñado de personas? ¿Acaso unos cuantos hombres y una cuantas mujeres que se sienten identificados con el celeste y blanco de la bandera nacional son más importante que el fraternal abrazo de Néstor Kirchner y Evo Morales que unió el destino de las dos naciones? ¿Sirve de algo escuchar a un grupo de argentinos que desobedecen al régimen kirchnerista por el minúsculo hecho de querer seguir siendo argentinos?

En El Tribuno de hoy salió una nota sobre un caserío en la ciudad de Salta, ubicado a la vera del 2100 de la Avenida Monseñor Tavella. La gente de allí dice no tener servicios básicos, sólo cloacas que se rebalsan cuando llueve. Como la zona no tiene nombre, algunos pensaron en bautizarla “Barrio Che Guevara”, pensando en la posibilidad de que un nombre puede hacer más tangible su existencia. Yo les sugiero a los vecinos de ese lugar que, en lugar de ponerle el nombre del infame filibustero, le pongan “Kirchnerlandia”. En cuanto circulen fotos del lugar que utiliza el “Santo Nombre de Néstor” en vano, los ciegos que gobiernan quizás vayan en su ayuda, quizás sientan vergüenza por primera vez en su vida. 
FUENTE:

lunes, 20 de octubre de 2014

¿Quién canonizó a Mariano Ferreyra?

Víctima de la circunstancia

Mariano Ferreyra fue un muchacho que murió asesinado cuando tenía apenas 23 años. Ocurrió en el marco de una disputa de trabajadores ferroviarios, aunque él no era un trabajador ferroviario. Al momento de su muerte, Ferreyra estaba anotado en una universidad como estudiante de la carrera de Historia, pero aún no había superado el CBC (lo que no le impedía figurar como un dirigente de la FUBA). Tras concluir la escuela media, y mientras se acomodaba lentamente a la vida de estudiante universitario, aprendió el oficio de tornero, pero por su desinterés en progresar no duró en los trabajos que pudo conseguir. Poco antes de morir había comentado que quería estudiar Cine en una universidad bonaerense, porque creía tener inclinaciones artísticas. 

El Partido Obrero (PO) captó a Ferreyra para sus filas durante su adolescencia. Ferreyra jamás se caracterizó por ser un estudiante sobresaliente. Pero si era voluntarioso: creía que la voluntad transforma al mundo, por lo que, para él, todo era cuestión de tratar siempre hasta conseguir los resultados. Murió antes de madurar y comprender lo falaz de esa idea.

El PO es una fuerza marxista, lo que los hace rechazar doctrinariamente al voluntarismo. Sin embargo ello es lo que precisamente los nutre. Es decir, el PO no es más que una pyme comandada por una “vanguardia iluminada” que consigue hacer ruido gracias a que funciona como un espacio receptor de aquellos jóvenes que son demasiado mediocres y asociales como para poder ser miembros productivos de la sociedad, pero que no son tan desastrosos como para andar por las calles consumiendo paco. Sus puertas están abiertas para las víctimas del fracaso personal, pues les ofrecen la contención que no encuentran en otros lugares. Ferreyra satisfacía el perfil a la perfección.

El 20 de octubre de 2010, trabajadores del Ferrocarril General Roca -fogoneados por células sindicales del PO- se propusieron cortar las vías para interrumpir el servicio de trenes. Reclamaban el fin de la precarización laboral que padecían. Por aquella época el kirchnerismo no consentía en enviar a Gendarmería Nacional o a alguna otra fuerza de seguridad para garantizar el derecho a la libre circulación por temor a que se los acusase de “criminalizar a la protesta social” (justo al revés de lo que sucede ahora). Así que fueron hombres de la Unión Ferroviaria, el sindicato de los trabajadores de ferrocarriles, quienes asumieron la tarea de despejar los obstáculos.

Un grupo de choque de la Unión Ferroviaria atacó a los manifestantes, que no eran sólo trabajadores del Roca, sino también militantes del PO los cuales, según se ve, no tenían nada mejor que hacer que acompañar a otros en su reclamo. El grupo de choque triunfó en su tarea, pero se excedió: a un monigote se le ocurrió efectuar disparos amedrentadores con un arma de fuego, que terminaron con tres heridos y un muerto, Mariano Ferreyra.

Así terminó la breve vida de Ferreyra: convertido en víctima casual por estar en el lugar equivocado a la hora equivocada. No lo mataron porque fuese un peligro para la seguridad nacional o para la paz social, lo mataron porque eligió mal la dirección hacia la cual correr.

Mariano Ferreyra, Inc.   

Cuando Ferreyra murió el PO movió todos sus recursos disponibles para comenzar una campaña propagandística pidiendo por justicia para el asesinado. El asunto prosperó gracias a que la CTA y otros actores políticos se sumaron al reclamo: era la oportunidad para tirar el cadáver de un inocente contra la puerta de Casa Rosada, y gozar de la indignación que eso provoca.

Lo que siguió fue un bochornoso y repugnante sainete criollo montado por el gobierno para no hacerse cargo de la tragedia que habían ocasionado. Obviamente la Unión Ferroviaria fue la primera acusada por el crimen, pero como su líder, José Pedraza, era uno de los sindicalistas más lealmente kirchneristas, hubo toda clase de intentos para despegarlo del asunto. Sin embargo pronto sacaron a la luz su currículum y la “Causa Pedraza” se volvió políticamente indefendible.

Acto seguido se montó una operación de prensa muy burda para vincular a Pedraza con Eduardo Duhalde, quien por esa época todavía era visto como un titiritero en las sombras. Pero la truchada no consiguió imponerse, así que Néstor Kirchner, Aníbal Fernández, Cristina Fernández de Kirchner y toda la oligarquía K tuvo que admitir –aunque, claro, off the record– “que se habían mandado una cagada”. De esta manera el gobierno buscó negociar con las víctimas que generaron para minimizar el daño a su imagen: así los Ferreyra se acomodaron en cargos estatales (Pablo Ferreyra, el hermano de Mariano, hasta terminó convertido en Legislador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) y al PO le inyectaron los fondos suficientes como para hacer una exitosa campaña electoral en 2011 (lograron tres diputados nacionales y varias bancas en los parlamentos provinciales y municipales de diversas provincias).  

Instrucciones para bautizar a una plaza

Ferreyra fue una víctima. No merecía morir así. Pero después de él, el kirchnerismo siguió hiriendo y matando gente al reprimir protestas sociales. Estos nuevos muertos se salvaron de ser utilizados políticamente. A la mayoría de ellos no pudieron prostituirlos para alimentar la necrofilia partidista.

Ahora concejales salteños decidieron bautizar con el nombre de “Mariano Ferreyra” a una plaza en el oeste de la capital provincial. Fue una iniciativa de los hombres del PO (la mayoría en el recinto) pero que contó con la adhesión expresa de gente del kirchnerismo, pese a que en la ciudad esté vigente la ordenanza que prohíbe bautizar a un espacio público con el nombre de una persona que lleve menos de cinco años de fallecida.

Quizás no esté mal que algún lugar de la República tenga el nombre del joven asesinado. Un callejón en la Sarandí donde nació, una estación de trenes del Ferrocarril General Roca, pero ciertamente no una plaza en Salta. Se me ocurren mil personas con méritos reales que podrían prestarle su nombre a un espacio público de la ciudad de Salta. Y no es una hipérbole: realmente puedo confeccionar una lista con mil nombres de gente que merece más que Ferreyra el honor que el Concejo Deliberante le hace al chico víctima.

Permítaseme incluir sólo un ejemplo. Los Bravos de Manchalá eran soldados salteños que, en 1975, resultaban ser un tanto más jóvenes que Mariano Ferreyra. Mientras estos muchachos trabajaban en una escuela rural para cambiar sus puertas y ventanas vetustas y para pintar sus paredes derruidas, una centena de terroristas los atacó con armas de fuego. Esos hombres que disparaban defendían las mismas ideas que defendía Ferreyra. Finalmente el triunfo fue para los jóvenes salteños, quienes durante varias horas estuvieron muy cerca de caer abatidos por las balas de los criminales. Hoy en día Salta no tiene ningún espacio para honrar oficialmente a esos jóvenes, a los que la suerte quiso mantener vivos (contrariamente a los muchos que murieron en los montes tucumanos por defender a la Patria). Curioso presente: escarnio para nuestros héroes salteños, una plaza para un invento propagandístico del Partido Obrero.



Zain el-Din Caballero

sábado, 18 de octubre de 2014

Miedo para todos y todas

Amigo lector, 

Hemos visto cómo en las últimas semanas la gavilla que gobierna ha comenzado una campaña de amedrentación: “después de nosotros, el diluvio” dicen convencidos. Claro que nadie pensante toma en serio a estos papanatas, pero, lamentablemente, la gente pensante de este país es una minoría que día a día se reduce. 

La Argentina de hoy está poblada por una gigantesca masa de esclavos, que están dispuestos a sacrificar el futuro de sus hijos y de sus nietos para no perder las dádivas que el Estado les hace. Son gente que le temen al futuro y por ello se aferran a lo poco que les llena el bolsillo en el presente. La dignidad nacional se ha ido por el retrete de la historia. 

José Alperovich, un mamonista, amenazó descaradamente a los humildes de Tucumán al anunciar que si el PJ era desplazado del poder en 2015, la provincia sufriría de escasez de medicamentos y la ayuda social se vería erradicada. Consiguientemente gente de la oposición lo acusó de extorsión, pues se supone que los políticos no están para sembrar el terror sino para lograr la paz social. 

Después de que los tucumanos hemos sobrevivido a los saqueos salvajes de diciembre de 2013, este tiranuelo hebreo nos dice que el mundo será peor sin él. ¡Increíble! 

Alguien debería avisarle a Alperovich que la amenaza más pavorosa es la que promete que, en 2015, Argentina seguirá igual que ahora, naufragando en el fracaso mientras nos despojan de lo último que nos queda.
FUENTE:

lunes, 13 de octubre de 2014

La derrota femenina: una reflexión sobre el último Encuentro Nacional de Mujeres

La guerra en tiempos de paz

El 29º Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) sirvió para que muchos salteños manifestaran su odio cristianofóbico y su resentimiento por tener que vivir en una sociedad construida sobre valores occidentales.

Ya a principios de septiembre las organizadoras del ENM lanzaron una declaración de guerra:Les hicimos 29 Encuentros, les haremos muchos más” era el lema de evidente tono combativo (¿a quien o mejor dicho contra quien se supone que hacen los Encuentros?).

Numerosos vecinos de Salta no vacilaron en denunciar lo que se avecinaba: una manifestación violenta y obscena para exigir el derecho a asesinar impunemente a niños por nacer y agredir gratuitamente a la Iglesia Católica, disfrazada de congreso para debatir sobre la problemática actual de las mujeres argentinas. A los progresistas les indignó que hubiese gente que no sólo decía la verdad, sino que además convocasen a otros a defender el patrimonio edilicio para minimizar los daños que causan las hembristas cada vez que se reúnen. Entonces denunciaron “una caza de brujas”. El desarrollo de los acontecimientos posteriores, al final, le dieron la razón a los ciudadanos que anticiparon que sucedería una bochornosa escena de incivilidad.

Las organizadoras del ENM decidieron que la marcha hembrista que habitualmente cierra el evento con el supuesto objetivo de “visibilizar” a la problemática femenina no desembocaría frente a la Iglesia Catedral. Con ello pretendían realizar un gesto de agradecimiento al gobierno provincial, que subsidió generosamente al ENM y facilitó instalaciones públicas para desarrollar sus actividades. Sin embargo una facción bastante nutrida de asistentes al evento hizo caso omiso de lo dispuesto por las organizadoras e igual concurrieron hasta la plaza central de Salta. Allí quemaron una bandera con los colores del Vaticano, bailaron y cantaron semidesnudas en una suerte de espectáculo cavernícola, agredieron a las personas que estaban ante los vallados que protegían a los edificios, y aprovecharon para ejercer impunemente la obscenidad ante la vista de todos. Es decir esas fanáticas hicieron exactamente lo que unos supuestos carteles “cazabrujas” decían que harían una vez concluido el ENM. ¿Acaso las organizadoras del ENM emitieron una declaración de repudio por lo acontecido y decidieron expulsar de futuras reuniones a las revoltosas? Por supuesto que no.  

Creo que después de lo que pasó en Salta quedó en claro que a las hembristas no les importa difundir su causa sino que sólo buscan confrontar violentamente con quienes no están de acuerdo con ellas. Son un ejército blandiendo una espada, no la luz de la verdad iluminando la obscuridad. El hembrismo se constituye así como una fuerza colonial, una iniciativa imperialista, que recurre a la violencia porque no tiene argumentos válidos para convencer a la gente. ¡Qué diferente que resulta esto de la religión!

Cuando se produce una procesión católica en Salta, la gente no termina pogromeando la sede de Mumala, ni del Partido Obrero, ni nada parecido. Por eso el cristianismo es mayoría: no busca conquistar con pintadas guarangas y cánticos soeces, seduce con la dulzura de la palabra manifestada a través de la canción de alabanza y de la plegaria, y convence a través del sermón. 

El síndrome de la mujer golpeada

El ENM, supuestamente, es consensualista: las mujeres participan de una serie de talleres de discusión, pero en ellos “no hay ganadoras ni perdedoras”, ya que todas las opiniones vertidas sobre los diversos temas terminan reflejadas al final. Esto, en realidad, es falso. Muchas mujeres antihembristas asisten a las reuniones, plantean sus puntos de vista, y luego son ignoradas categóricamente. Es que en el ENM prima “el síndrome de la mujer golpeada”.

En efecto, el objetivo real del multitudinario evento es hacer catarsis. Las propias organizadoras lo dicen: “Miles nos fortalecemos y tras cada Encuentro volvemos fortalecidas a desandar las relaciones familiares y dentro de las demás organizaciones donde nos desempeñamos.” Es claro, ¿verdad? Muchas mujeres sufren en sus hogares o fuera de ellos por no tener el coraje, la inteligencia o el autoestima como para hacerse respetar, y entonces deciden liberarse de todas las ataduras por el plazo de dos días para volver “recargadas” a sus lugares de origen. Eso son los ENM: una excusa para gritar, descontrolarse y autocompadecerse para sentirse mejor con una misma. Por ello necesitan señalar a un enemigo al cual culpar de los padecimientos propios, y como los maridos, los hijos o los patrones no se encuentran cerca, la Iglesia Católica encarna simbólicamente a ese enemigo.

Los ENM son eventos de una esterilidad mayúscula. Los justifica, precisamente, aquello que la mayoría repudia: la creación de una zona temporalmente autónoma en la cual la mujer física o psicológicamente “golpeada” puede ejercer su poder sin limitaciones. La mayoría de las asistentes al ENM entienden que es humillante para la propia mujer pasearse desnudas o semidesnudas vandalizando una ciudad e insultando al viento, pero, como buena golpeada que se aferra a algo que es ligeramente mejor a la situación que vive, aceptan participar de esa ridícula puesta en escena.

La agenda impuesta

Dado que los ENM no son más que manifestaciones del ruido y la furia, nada importa acerca de su contenido. En los últimos 29 años se ha parloteado mucho, pero poco se ha logrado. Toda la legislación hembrista y elegebetista que le impusieron a nuestro país en el último lustro no emergió de los ENM, sino que fue importada desde el extranjero. Y eso es un asunto más grave que en la Argentina nunca se discute: la naturalización de lo radicalizado.

Más allá de las energúmenas que causaron desmanes en Salta, hubo muchas otras mujeres que participaron de los talleres con la intención de obtener algo más que un mero momento de catarsis. Esas eran mujeres que apoyan al gobierno pero que no se conforman con lo mucho que éste ha hecho para arruinar el concepto de familia, por lo que además quieren que el aborto sea legal y el adoctrinamiento hembroelegebetista sea obligatorio en todas las escuelas del país (piden eso al mismo tiempo que cuestionan la enseñanza de la religión en el ámbito escolar). Estas asistentes son, de hecho, más peligrosas que las bandoleras, debido a que predican y practican las mismas aberraciones hembristas pero sin recurrir a la violencia visible.

El resultado de este escenario es nefasto. Hoy en día cualquier hombre que critique a una mujer en la Argentina es tildado automáticamente de “machista”, y cualquiera que atente en contra de la integridad física de alguien del sexo femenino es acusado de ser un “femicida”. No importa si el hombre no está manifestando la superioridad del hombre por sobre la mujer, o si agrede a una mujer por su circunstancia y no por su condición de mujer, para el discurso popular argentino no hay diferencia: todo hombre es un potencial machista y femicida, si no es que de hecho ya lo es de manera activa. Evidentemente hay un abuso de la condición femenina que no es políticamente correcto denunciar.

El triunfo de la corrección política se mide de acuerdo a la ignorancia de la gente pensante: mientras menos ejercen el pensamiento crítico los miembros de una sociedad, mayor es la impostura irracional y los tabúes.

Hoy en día el ENM –como lo ha sido siempre– es un mero adorno. Las mujeres que participan alegremente del mismo son idiotas útiles o, simplemente, idiotas a secas que no distinguen entre el radicalismo hembrista y la posibilidad de saldar las últimas deudas que el mundo contemporáneo debe saldar con las mujeres. Por ello tomaron como algo tan natural que el ENM realizado en Salta esté invadido por hombres con peluca, que por ser tan membrudos difícilmente puedan ser llamados “mujeres”. No entienden y no quieren entender cuáles son sus derechos ni, fundamentalmente, cuáles son sus obligaciones por ser mujeres.

El show de Violetta

Finalmente no quiero dejar pasar la oportunidad de referirme a un episodio bochornoso que sucedió el fin de semana pasado en Salta, porque creo que ilustra bastante bien lo perverso que es el avance del hembrismo en la Argentina.

En el acto de apertura del 29º Encuentro Nacional de Mujeres realizado en el Estadio del Milagro, hubo un violento choque entre unas mujeres que quisieron subirse a la tarima oficial y la gente que custodiaba dicha tarima. La dirigente trotskista Manuela Castañeira intentó llevar hasta los micrófonos a Rocío Girat, pero las organizadoras se lo impidieron, por lo que la mujer decidió no abandonar el escenario como se lo pedían; acto seguido intentaron expulsar a Castañeira del lugar por la fuerza, y la mujer terminó armando un histérico escándalo mientras gritaba “vivimos en democracia”, “no sean cómplices del patriarcado” y cosas similares. Si en lugar de Castañeira hubiese estado alguna de las mujerzuelas de La Cámpora sospecho que la historia hubiese sido diferente.  

Sea como sea, ese choque fue sólo una muestra del trato que habitualmente padece alguien que intenta plantear una disidencia en uno de esos congresos hembristas, pero de todo modos lo que más me interesa es la figura de Rocío Girat.

Girat es una joven marplatense que irrumpió recientemente en la televisión después de que se condenase a su padre por violación. Marcelo Girat, el inculpado, era un hombre perteneciente a la Armada Naval que supuestamente habría violado durante cuatro años a Rocío, su hija. La historia de abuso e incesto causó indignación y la gente, naturalmente, se puso del lado de la víctima. Así, a través de la presión mediática, Rocío consiguió que a su padre se lo traslade a una cárcel común, pues, hasta antes de que ello sucediese, los jueces le habían permitido gozar de prisión domiciliaria sabiendo que la vida de un hombre de las Fuerzas Armadas acusado de violación corre peligro en el interior de una penitenciaría.    

Cuando aparentemente nos enteramos que había triunfado la justicia, empezamos a escuchar a la víctima llevar su testimonio de programa de televisión a programa de televisión (previas reuniones con funcionarios del gobierno que prometieron perseguir a todos los militares cómplices que pudiesen llegar a haber estado involucrados en el caso). En Minuto Uno, el programa de Gustavo Sylvestre en C5N, Rocío y su madre –la ex–esposa de Marcelo Girat– hablaron sobre su pasado y su presente. Allí, la madre de Rocío contó que nada menos que a los 13 años ella comenzó a frecuentar a un “noviecito” que no sólo la superaba en edad, sino que además tenía un historial de consumo de drogas; Marcelo Girat le reprochó duramente a su esposa que permitiese que una situación así sucediese y ella, según su testimonio, minimizó el problema; poco después habrían comenzado las violaciones. ¿No suena esto raro? Es obvio que en la situación descrita por las propias protagonistas quien estaba actuando más coherentemente es el padre, acusado después de violador. También cuando Rocío cuenta que su padre la retiraba de las discotecas y la llevaba ebria a la base naval en la que trabajaba eso nos dice, entre otras cosas, que había un hombre preocupado por su hija menor de edad y que por ello la custodiaba para que retorne junto con él al hogar, evitando así depositarla en su casa sin su supervisión (lo que significaría que, apenas él retornase a su puesto de trabajo, ella podría volver a dejar su hogar para seguir bebiendo descontroladamente en fiestas con otros adolescentes). Todo ello me lleva a sospechar que el Caso Girat más que un horrendo episodio de incesto y abuso podría tratarse de un típico montaje para justificar un divorcio.

En Argentina estamos acostumbrados a mujeres como Estela de Carlotto, Hebe de Bonafini, Susana Trimarco y otras que envueltas en el disfraz de víctimas viven la vida oronda a expensas del pueblo argentino y viajan por el mundo dando lecciones sobre victimización, ¿hace falta sumar a otra de ellas?



Antonella Díaz 

domingo, 12 de octubre de 2014

Armas para el pueblo

Pareciera ser que nadie en la Argentina de hoy está dispuesto a recibir un balazo por otro, pero la evidencia lo desmiente: el 7 de octubre un quincuagenario fue asesinado a sangre fría en San Miguel de Tucumán porque intentó detener con su escopeta el atraco a una casa vecina. Ese crimen es la consecuencia natural de un escenario en el que la violencia delincuencial se ha incrementado y la seguridad ciudadana ha disminuido (porque el policía no está presente para actuar, y cuando finalmente actúa se lo critica incansablemente hasta hacerlo perder su empleo).

Tres delincuentes trataron de ingresar al domicilio del periodista opositor Ramiro Garrocho, cuando un vecino observó la escena desde su residencia. Consciente de que estaba presenciando un tremendo acto de agresión, el hombre decidió asistir a la víctima, así que tomó una escopeta y, mientras hacia un disparo al aire, les gritó a los malvivientes exigiéndoles que se alejaran. Los criminales abrieron fuego mientras se retiraban, dejando un muerto como saldo.

Un ciudadano común harto de vivir con miedo opta por defender a los suyos y termina fulminado. ¿No es hora de que toda esa iniciativa vecinal se formalice? Cada barrio, sea pobre o rico, debería tener sus vecinos policías, pues –al menos en Tucumán– es bastante obvio que las patrullas civiles ya son reales. Y si resulta imposible distribuir a los policías en todos los rincones que pueden llegar a convertirse en blancos de la delincuencia, ¿por qué no capacitar a gente como el vecino asesinado para que se constituya como un cuerpo civil armado coordinado y supervisado por la policía y por los propios ciudadanos?

Ante un Estado que poco hace por prevenir el crimen, no suena descabellado que la misma gente que lo sufre busque modos de combatirlo por sus propios medios. El peligro de ello, claro, radica en que no resulta sencillo enfrentarse al hampa de nuestro país, el cual parece tener cada vez menos límites para despojar a las personas de sus bienes. De allí que si alguien está dispuesto a manipular un arma para ejercer su derecho a la legítima defensa, entonces debe saber manipularla correctamente para no herirse a si mismo y para no caer abatido por delincuentes dispuestos a todo. Y aquí es donde debe entrar en escena el Estado: si quienes gobiernan no creen conveniente hacer todo lo necesario para acabar con el delito, al menos éstos deberían dar mayor asistencia y capacitación a las personas que quieran garantizar su protección y la de sus familias.

En este escenario que planteo el Ejército Argentino, por ejemplo, podría volver a conectarse con la identidad nacional organizando cursos gratuitos de adiestramiento en combate cuerpo a cuerpo y disparo con armas de fuego. Porque miles de familias tucumanas –después de la huelga policial de 2013– ya se encuentran armadas, por tanto la apuesta gubernamental debería ser contribuir con esas personas que no quieren convertirse en víctimas obligadas de la delincuencia. No hacerlo es incubar un conflicto.

Ciertamente darle poder de fuego a la ciudadanía puede llegar a convertirse en un problema, pero tomando las precauciones adecuadas puede tornarse muy beneficioso para las posibles víctimas del delito, siempre y cuando se considere a su acción antidelictiva como un complemento y no suplemento en materia de seguridad. Las armas ya están siendo usadas por el pueblo, lo más óptimo sería que su uso no sea testimonial sino realmente disuasivo y hasta directamente represivo en ciertos casos.


Pablo Ulises Soria

martes, 7 de octubre de 2014

¿Cómo hace el caballito?

El delito y lo inapropiado

El video de un policía tucumano mofándose de un hombre esposado generó polémica. La prensa no vaciló en calificar de “torturas” a la acción policial videograbada una tarde de septiembre, sin embargo al imaginario popular argentino –adoctrinado con sesiones de La noche de los lápices– le cuesta interpretar al episodio como algo relacionado a las torturas. En efecto, para el argentino promedio, gracias a la persistente educación y propaganda dedehachehachista, la tortura es concebida como un acto maligno cuyo destinatario es un inocente, por lo que el espectáculo de un delincuente levemente maltratado lejos está de ser visto como tortura. La imagen que muestra el video es graciosa: el policía no parece escarmentar al malviviente de un modo perverso o malicioso, parece, más bien, un adolescente gastándole una broma a otro, como si fuese alguien ejecutando uno de esos pesados chascarrillos que los muchachos en edad escolar suelen idear sólo para grabarlos y subir luego las imágenes a YouTube.

En su momento el delincuente denunció penalmente a los policías, pero como su cuerpo no retuvo marcas de violencia, la Justicia optó por desestimar el asunto. Es que claramente el policía no intentó ajusticiar él mismo al maleante; de haberlo querido realmente, lo podría haber destrozado. Tampoco parece haber sido el caso de que el uniformado haya buscado aleccionar al ladronzuelo: dudo que el policía crea que, por zarandear un rato a un infeliz acostumbrado a reincidir, éste vaya a cambiar de mentalidad –él trata a diario con cretinos de esa calaña y entiende perfectamente como funciona el mundo de la calle. ¿Entonces?

Calculo no equivocarme al sostener que el policía “boludeó” al ladrón a causa del sentimiento de impotencia que lo acompaña. Seguramente no es la primera vez que el uniformado detiene a un delincuente culpable y ve cómo, en menos de 24 horas, el inservible retorna a las andanzas. De allí el comportamiento inapropiado (exageradamente tildado de “torturas” por los cagatintas de siempre) que el oficial manifiesta.  En 2010 la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Tucumán divulgó un informe que indicaba que mensualmente en las cárceles y comisarías tucumanas se denuncian un promedio de cuatro casos de tortura. Casi todas esas denuncias no son auténticas torturas sino mero comportamiento inapropiado del hombre de las Fuerzas de Seguridad responsable; esos zamarreos, esa imposición física de la autoridad, poco tienen que ver con esas escenas en las que un policía golpea, picanea o quema a alguien.

En la Argentina el delito de torturas está penado con condenas de ocho a veinticinco años de prisión. Las estadísticas que se registran sobre el tema tienen por protagonistas a policías y carceleros, pero nunca a delincuentes. ¿Acaso cuando un delincuente ingresa al hogar de una persona y la golpea mientras la desvalija no es una tortura? No para la Justicia argentina.

Sea como sea imputar por torturas a los policías por lo que hicieron con el detenido (actualmente la Justicia tucumana identificó a cinco uniformados como responsables) es claramente una absoluta exageración. Como mucho esos hombres merecen una suspensión temporal de funciones –con el correspondiente goce de sueldo–, para que al tiempo fuera de servicio lo empleen en algún tipo de clase o curso destinado a recordarles cómo tratar apropiadamente a un detenido. Un castigo mayor sería abuso de poder.  

Un castigo adecuado

El sistema judicial argentino es acusatorio, lo que significa que a un delincuente se lo imputa y se lo libera para que experimente en libertad el desarrollo del proceso judicial en su contra. Hay excepciones, por supuesto, pero la tendencia mayoritaria de los jueces es la de no retener al acusado, porque prácticamente todos los Códigos de Procesamiento Penal del país indican eso. Esto causa indignación en la gente, quien se convierte en víctima de un delincuente, eleva la denuncia y luego –muchas veces en un lapso muy breve– se encuentra compartiendo nuevamente el espacio público con quien la atacó.

El problema no es sólo que se obligue a la víctima a convivir con el victimario, sino que lo que de verdad preocupa es que los casos delictivos de menor gravedad suelen quedar impunes en la Argentina. Cuando nos enteramos que un juez en Catamarca condena a 16 meses de prisión efectiva a alguien por robar una botella de gaseosa y otra de fernet pareciera que se está aplicando la ley rigurosamente, pero lo cierto es que a ese delincuente le cupo esa condena por amenazar con armas de fuego, no por llevarse dos botellas. Si el sujeto se hubiese limitado solamente a sustraer las bebidas, hoy gozaría de la libertad.

¿Cómo impartir justicia y erradicar ese sentimiento de impotencia y miedo que sufre la gente honesta? La respuesta es tan simple que asusta pensarla: hay que descartar la doctrina de los Derechos Humanos que, desde 1983, rige en nuestro país como dogma de fe. Los DDHH son una doctrina ajena a las tradiciones legales, sociales y culturales argentinas, por ello su imposición en 1983 fue casi tan arbitraria como si se hubiese decidido declarar comunista al país.

Ciertamente la salida de la dictadura de los DDHH tiene que darse paulatinamente. Uno de los modos más productivos sería, por ejemplo, implantar el castigo físico judicial en contra de los delincuentes. Muchos países del Caribe (Barbados, Dominica, Bahamas, Trinidad y Tobago, etc), África (Somalia, Nigeria, Tanzania, Lesotho, etc) y Asia (Irán, Afganistán, Qatar, Singapur, etc) permiten los latigazos, bastonazos u otro tipo de flagelación contra quienes delinquen. En Argentina bien podría comenzar a aplicarse ese sistema, lo que habría que discutir es si conviene que sea complementario o supletorio de otras penas.   

El reflejo de la sociedad

El video de los policías comportándose inapropiadamente ante un detenido disparó una catarata de sesudas opiniones de escaso valor. ¿Por qué esas opiniones no aportan nada? Porque constituyen un mero linchamiento mediático a la policía.

En lo que va de octubre dos personas murieron en Tucumán baleadas por delincuentes, sin embargo la prensa local le dedicó mucho más espacio a la información sobre los policías del video. ¿Por qué? Pues porque es más sencillo hacerle la guerra a la policía que a la delincuencia: el objetivo es más sencillo de identificar desde la comodidad de un escritorio y las consecuencias negativas de semejante acción son casi nulas. La idea de que los policías torturan porque eso “es una herencia de la Dictadura” se repitió hasta el cansancio, pese al pequeño detalle de que el uniformado que aparece en el video es un hombre de unos 30 años, que fue educado en la escuela y en la academia de policía por “la Democracia”. Álvaro Aurane, un periodista de La Gaceta, no tuvo mejor idea que vincular el acto de exceso policial videograbado con los defectos de la fuerza (concretamente señaló que la policía que se mofaba de un detenido era la misma policía que se había acuartelado en diciembre pasado, o la que contribuyó con la desaparición de Marita Verón o con el encubrimiento del homicidio de Paulina Lebbos). Y luego repudió el hecho de que mucha gente se haya alegrado por ver el suplicio que fue obligado a padecer el delincuente.

La opinión de Aurane es la opinión del típico opinólogo que tiene respuesta para todo pero iniciativa para nada. Vale preguntar: ¿acaso Aurane está dispuesto a contribuir con la seguridad con algo más que el mero parloteo insustancial? ¿Acaso los que se horrorizaron e indignaron con lo que hicieron los policías alguna vez harán algo más que quejarse de los guardianes del Orden?

Ya lo he señalado en otras oportunidades: uno de los mayores problemas de la policía argentina actual es la calidad humana de sus miembros. Lo mismo pasa con las escuelas: antaño, cuando las maestras eran las hijas de las familias más sólidas, la educación nacional era otra historia; hoy en día esas mujeres son abogadas, contadoras, psicólogas, arquitectas, etc., pero no maestras, por ello los niños sufren las consecuencias. Lo mismo pasa con la policía: hoy en día hay una sobreabundancia de abogados, comunicólogos, pedagogos, sociólogos, filósofos, profesores de educación física, etc., que en otra época podrían haber devenido policías.

Y en caso de que se logre formar una policía de mayor calidad humana, la misma necesitaría, a su vez, de una organización interna, una disciplina de cuerpo y una preparación integral distinta a la actual. Muchos charlatanes le exigen “democratizarse” a la policía argentina, cuando lo conveniente sería lo opuesto: este país se ha venido "democratizando" desde 1983 y la decadencia nunca ha sido tan pronunciada, ¿queremos eso para nuestra policía? Evidentemente no: lo urgente es militarizar más al cuerpo de policía, militarizarlo no sólo para darle más capacitación para el combate contra la delincuencia, sino militarizarlo sobre todo para inculcarles el espíritu heroico y la entereza moral de los grandes guerreros argentinos. Si en este país hay muchos dispuestos a dar “la vida por el Modelo” pero llegado el momento no serían capaces ni de recibir un balazo por defender a la Patria, ¿cómo se espera que alguien busque hacer de la riesgosa defensa del Orden su vocación? Hay un asunto educativo íntimamente ligado al problema de la inseguridad que resulta ser una de las puntas del ovillo.

¿Cómo hace el caballito? Seguramente no del mismo modo en que relinchaban los corceles de quienes galopaban a través de los campos de batalla en donde se combatía por la Libertad. Ese es el sonido que la policía argentina debe anhelar oír.  



Pablo Ulises Soria