La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

sábado, 28 de diciembre de 2013

De madres e hijos

Una triste historia con un final feliz

Una mujer invita a su novio a convivir con ella. En la casa en la que la pareja habita, vive también la hija que la mujer ha tenido con otro hombre. Se trata de una pequeña, que apenas ha alcanzado la pubertad. El hombre se aprovecha de la joven, y abusa de ella en reiteradas ocasiones. Pasan cerca de dos años. Finalmente la adolescente, con 14 años ya, queda embarazada. Al enterarse de ello, la madre denuncia a su pareja por violador y lleva a su hija al hospital. Allí exige que asesinen a la criatura que su hija engendró, ya que quiere deshacerse de todo lo que le remita a ese cretino. Entonces interviene la Justicia.

Con buen tino, la Asesora de Incapaces le pide a un Juez que no permita que se lleve adelante ese aborto. El Juez le hace caso (de todos modos, al parecer, no hay médicos en ese hospital dispuestos a hacerlo). La funcionaria judicial se reúne con enfermeras, psicólogas y trabajadoras sociales y les solicita que se movilicen para informarle a la madre y a la hija que están requiriendo que se cometa un crimen aberrante, y que en la actualidad existen otras opciones a las de tapar un delito con otro delito. Sin embargo la madre de la joven no quiere escuchar. Entonces aparecen unas abogadas a las que les encanta caranchear casos como esos, pues no sienten vergüenza de pertenecer a sinarquías hembristas y promover su agenda.

El relato que hice tiene por protagonistas a la Asesora de Incapaces Claudia Flores Larsen, al Juez de Familia Víctor Soria, a las abogadas Graciela Abutt Carol y Mónica Menini, y a una mujer cuyo nombre no ha trascendido aunque debería de hacerlo (ya que en Salta, a diferencia de otras provincias, los diarios suelen publicar los nombres de los criminales, junto a sus apodos, sus edades y hasta sus fotos).  
La demonización de Soria o el final feliz arruinado

El caso del aborto provocó indignación e ira entre los cultores de la muerte y los promotores del odio. En su mente no cabía que el homicidio de una persona inocente e indefensa se viese frustrado por la decisión de un Juez. Así fue que rápidamente se organizó un linchamiento mediático contra el magistrado.

Soria es un hombre que, como todo hombre, ha tenido aciertos y errores. Este año la AFIP decidió perseguirlo, pues el Juez había tomado la “mala” decisión de permitir que los dueños de una panificadora jujeña ingresen harina desde Bolivia, violando las restricciones a las importaciones que impuso la Secretaría de Comercio Interior. Pero donde la prensa se hizo un festín fue con las denuncias que su mujer le hizo por violencia verbal ejercida contra ella y por violencia física ejercida contra la hija de ambos. La mujer despechada, además, señaló que Soria es un alcohólico. Todo ello, sumado a su valiente defensa de la vida del niño por de nacer y de la de su madre, bastó para que la fauna progresista de Salta y del resto del país pidiese la cabeza del Juez.

Claro que nadie dio un argumento coherente para destituir a Soria. El fallo FAL, que es como un texto sagrado para los genocidas abortistas, fue invocado como si se tratase de una ley, cuando en realidad no es más que la interpretación perversa y violenta de los fragmentos más penosos del artículo 86 del Código Penal Argentino. Soria dictó una resolución impidiendo el aborto, interpretando el caso con un criterio completamente válido, con amplio sustento doctrinal y jurisprudencial.  

No faltaron los peleles de siempre que salieron a indicar cómo deben obrar los funcionarios judiciales, infiltrando sus visiones enunciadas desde una ideología miserable. La administración de justicia es una función del Estado que, como todo lo que proviene de esa institución, debe necesariamente desarrollarse como servicio, ya que el individuo no está para servir al Estado ni para servirse del mismo, sino para ser servido por él. El Estado tiene leyes, pero se puede legislar sobre cualquier cosa, produciendo cualquier zafarrancho. Por tanto los jueces tienen la tarea de ser más que meros aplicadores de la ley elaborada por un grupo de insensatos bajo vaya uno a saber cual influencia exterior perversa: los jueces están para que haya justicia en el mundo, aun a pesar de las leyes que la niegan. Cuando dos derechos colisionan como en este caso (el derecho a la vida del feto contra el derecho a la salud de la adolescente violada), los jueces tienen la dura tarea de ir en contra de la corriente política actual a la que le importa un bledo la justicia, porque interpreta que al niño por nacer hay que darle la muerte como aquello que le corresponde.

Soria obró como se espera que un buen juez lo haga: fue servicial, imparcial y justo. Siguió la ley, la ley más elemental que sostiene que una persona en el vientre materno no debe enfrentar la ejecución, puesto que no ha hecho nada que lo amerite, ya que existir no es un delito (a menos, claro, que se tome una postura genocida y se busque eliminar a alguien por el simple hecho de ser quien es).

La tragedia de la vida

Lamentablemente, la Corte de Justicia Salta dejó sin efecto la medida cautelar impulsada por el Juez Soria, y autorizó la realización del aborto en la provincia. De todos modos la adolescente y su madre, ni lentas ni perezosas, aprovecharon el tumulto para salirse por la puerta trasera y viajar en silencio a Capital Federal para llevar a cabo el homicidio allí de su familiar, ya que en ese distrito, aparentemente, hay una amplia oferta de sicarios que estudiaron medicina para trabajar como verdugos.

Abutt Carol, la abogada, envió una carta a los medios para victimizar a quienes resultaron ser victimarias. Textualmente la letrada escribió: “Resulta contraintuitiva la idea de que el sistema de salud, normalmente orientado a proteger la salud y la vida de las personas, o el que una Asesora de Menores e Incapaces, o un Juez de Personas y Familia, sean capaces de imprimir torturas en una menor indefensa, revictimizándola luego de su tragedia”. En su mente, un grupo de profesionales hablándole a la joven de lo violento que significa asesinar a una persona y del trauma que ocasiona ese acto equivale a una sesión de tortura, intolerable en un Estado democrático como el nuestro. Al mismo tiempo, Abutt Carol no ve (o, peor, no quiere ver) que todo aborto es un episodio de cruenta tortura, seguido de horrenda muerte, y que ni siquiera cuenta con un trato digno post-mortem, ya que a los restos del cadáver los arrojan en una bolsa que va a parar a la basura o a las manos de alguien que hace quien sabe qué con el cuerpecito destruido, y la mujer -lo mismo que al haber sido torturada- comienza un proceso de negación y olvido del evento, como si eso alcanzase para eliminar las pesadillas.

Al mismo tiempo que el debate entre quienes defienden la vida y los necios que sólo predican la muerte se desarrollaba, en la ciudad de Orán una mujer embarazada fue atacada por motochorros, que no se conformaron solamente con robarle, sino que además procuraron lastimarla lo suficiente como para dejarla al borde de la muerte. Afortunadamente el bebé que llevaba en su vientre –que nació a través de una cesárea de emergencia– está a salvo, pero su madre sigue en grave estado. Ante este caso, prácticamente todos los que pedían a gritos que se apruebe el aborto se horrorizaron: no condenaron al robo en sí, sino que los enfureció el hecho de que traten con tanto desprecio a una mujer, sólo porque son víctimas más accesibles que los hombres.

¿Cuál es la diferencia entre el pequeño Baltasar que nació en medio de la tragedia que sufrió su madre y la criaturita salteña arrojada al limbo en un hospital porteño? Ninguna. La tragedia de uno estuvo en el momento de nacimiento, la del otro en el de la concepción, pero eso no hace merecedor de la muerte a ninguno de los dos. Son víctimas, como sus madres. Quienes deben pagar, y pagar con todo el peso de la ley son los que les hicieron daño. A las madres y a los hijos.



Antonella Díaz