La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

lunes, 23 de diciembre de 2013

Papá y mamá, y viceversa

Los rectos desviados

Desde que en la Argentina se aprobó una ley para tergiversar los géneros a voluntad, todo tipo de situaciones ridículas acontecen. Así, por ejemplo, hace poco un reo salteño “se convirtió en mujer” y consiguió que lo trasladen a un centro penitenciario femenino, sólo para arrepentirse después y comenzar un proceso judicial para revertir su decisión (uno podría pensar que el travestido reflexionó sobre lo que había hecho en su nuevo destino de detención y finalmente entró en razón, pero en realidad el hombre no es más que un aberrosexual que extraña la sodomía y que utiliza su derecho a peticionar ante las autoridades sólo porque desea volver a sentir el cuerpo de otro hombre dentro del suyo con más frecuencia). El nuevo descalabro que ahora nos deparó la perversidad de nuestros legisladores involucra a un hombre y a una mujer que, en Entre Ríos, engendraron a una hija, con el retorcido detalle de que él viste y pretende comportarse como mujer y ella, como hombre.  

De todas maneras este último caso –que, por supuesto, tiene una versión salteña– necesita de un análisis adecuado, ya que no se trata de un hombre o de una mujer tratando de sacar provecho de los errores intencionales de los políticos, sino que más bien se está en presencia de un hombre y de una mujer que hacen lo que les corresponde hacer pero de un modo completamente equivocado.  

La nueva Babel

El Padre Álvaro Sánchez Rueda, un sacerdote católico que es médico, señala que lo más reprochable del matrimonio de travestidos ortosexuales no es la acción individual de la pareja (ya que, desde el punto de vista religioso, todo el vicio del que son culpables lo pagarán debidamente llegado el momento); lo que de verdad merece el repudio es la posición de los comunicadores y comunicólogos, quienes no vacilaron en titular que un hombre había dado a luz a una pequeña. Ciertamente el documento y la partida de nacimiento de esa mujer indican que ella es un hombre, como bien podría indicar que ella es un robot, una oruga o una nube, pero la realidad, aunque no nos guste, impone lo que de verdad es. Entonces utilizar adrede un lenguaje que niega lo real sólo sirve para crear confusión, la misma confusión que nos quita el dominio de las situaciones y nos esclaviza ante quien dicta bajo cual disfraz debemos percibir aquello que estamos percibiendo de un modo completamente diferente.

La Biblia relata la historia de Babel: la gente estaba construyendo una inmensa torre que opacaría a Dios, así que Él castigó a los hombres con la multiplicidad de las lenguas, obligando a cada nación a reiniciar el humilde camino del aprendizaje hasta volver a encontrar la claridad que supere a la enemistad. Hoy en día nuestra nación, en lugar de avanzar hacia la claridad, permite que se genere más confusión, con el penoso fin de que cada ser humano hable una lengua que sólo él entenderá, incomunicando a la gente entre si para dejar vivo sólo el vínculo del dinero. Es decir el castigo que Dios le había impuesto antaño a los hombres debido a su arrogancia, ahora el hombre se lo impone arrogantemente a si mismo, sólo para distanciarse cada vez más de Dios.  

Egoístas 

Al estar el sexo determinado genéticamente, no caben dudas de que las parejas de rectos desviados entrerrianos y salteños deberían cumplir con el mandato biológico que, de hecho, ya cumplen. Pero la cultura los condiciona para que inviertan roles: así papá se pinta los labios y mamá se deja crecer el bigote. ¿Hay necesidad de todo ello?

La evidencia me exime de probar que los que optan por la homosexualidad lo hacen motivados por una triste combinación de lascivia individual y marginación social. Quien no padece de ambas cosas jamás caerá en la homosexualidad. Pero constituir una familia, precisamente, implica refrenar la lascivia e integrarse socialmente. Para hacer ello es necesario amar al otro, al punto tal de aceptar limitar el propio deseo y acatar las normas pensadas para beneficiar a los indefensos y a quienes cuidan de ellos. O sea formar una familia equivale a aceptar que hay un Dios encima nuestro y que el mundo se maneja de tal manera que el otro –especialmente el otro que es demasiado joven, o demasiado viejo, o demasiado débil, o demasiado desorientado– es reconocido no como un obstáculo que bloquea la felicidad personal, sino como aquello que de hecho la posibilita. Lo que quiero decir es que la homosexualidad es, por definición, una cuestión de egoísmo, mientras que la familia es todo lo contrario.

La tercera posición

Lo más probable es que ambas parejas sufran por su situación de anormal normalidad. Una pareja –y me refiero a dos amantes– nunca se trata de dos personas, pues siempre hay un tercero: Dios. ¿Entenderán esto así esas personas? Desconozco la situación particular de la pareja salteña, pero la pareja entrerriana se declaró católica y pidió que un cura de la localidad de Victoria los case. El cura, correctamente, se negó a hacerlo, aunque dijo que está dispuesto a bautizar a la niña, pues no deben pagar los hijos por los pecados de los padres.

Si las parejas se han encontrado el uno al otro y han decidido ya no ser sólo ellos, sino ser alguien más, entonces Dios se encuentra allí. Pero, en este caso, puedo asegurar que, aunque le hayan mandado un correo electrónico al Papa, Dios no ha bendecido a la pareja. Y no lo ha hecho no porque Él sea un malvado que le niega la felicidad a la gente: no lo ha hecho porque esa gente, esas parejas de travestidos, persisten en su egoísmo, o sea niegan a Dios.

No conozco el caso lo suficiente para determinar con exactitud por qué niegan a Dios en concreto aun cuando existe aparentemente una voluntad de abandonar esa postura, pero puedo afirmar con mucha seguridad que el tema pasa por la cuestión de la identidad personal. Estos travestidos, en su lascivia y marginación, permitieron que su personalidad sea reducida a su sexualidad. Prefirieron no concebirse como cuerpo y alma que se integran en el mundo para darse cuenta de quienes son, sino que optaron por verse como almas atrapadas en cuerpos extraños; no quisieron la integración, escogieron en su lugar colgarse una etiqueta externa para no olvidarse quienes son internamente. Por ello ahora buscan que la Iglesia o el Estado los homologue: saben que la naturaleza les deparó un destino y saben que una cultura intenta justificar su desvío, pero íntimamente no saben quienes son, pues no se animan a dejar de vivir para si mismos y empezar a vivir para los otros.



Antonella Díaz