La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

miércoles, 9 de octubre de 2013

La Salta cuasi-católica

Una necesidad básica

En el pasado mes de julio, la Corte de Justicia de Salta hizo lugar parcialmente al recurso de apelación contra la sentencia que el juez Marcelo Domínguez emitió en 2012 ordenando prohibir las prácticas religiosas en las escuelas públicas de la provincia. A partir de ahora, y por decisión del órgano superior del Poder Judicial salteño, dichas “prácticas religiosas” repudiadas por el juez (las cuales, aparentemente, se trataban de oraciones católicas), sólo podrán ser efectuadas en los horarios fijados para la enseñanza de la religión, lo que significa preservarlas intactas pero dentro de determinados límites.

En la fundamentación del fallo se sostiene que en Salta rige como derecho la libertad religiosa, lo que no equivale a excluir lo religioso sino que, por el contrario, significa contar con los medios necesarios para poder elegir sin presiones físicas, psíquicas o sociales el camino hacia Dios que uno desea tomar. Ese ha sido el gran acierto de los jueces: desentenderse de la idea de que la “religión” es una patología (que es más o menos la posición que defendían quienes promovieron la acción anti-religiosa en las escuelas), para, en su lugar, reafirmar la obviedad de que la religión es un componente central en la vida de todo ser humano, ya que vivir sin religión es como vivir sin respirar o sin alimentarse. En efecto, lo religioso es un mandato antropológico, pues si no se religa uno con Dios muerto sobre un madero, termina religándose con una serpiente de tres cabezas, una figurilla de San La Muerte, un equipo de fútbol, una banda de rock, un presidente asesinado o, peor, una presidente viva.

Quitar la religión de las escuelas públicas implica satisfacer a una pequeña minoría que por diversos motivos desprecia a Dios, e implica a su vez perjudicar a una inmensa mayoría que no tiene nada en contra Suyo. Que el Estado no garantice la religión en las escuelas públicas es similar a que elimine a los deportes, a las artes o a las ciencias: ¿de qué otra manera un joven que proviene de una familia de recursos limitados podrá acceder a ellas? (La pregunta, evidentemente, es retórica, pues si se la tomase literalmente, entonces habría que responder “financiando generosamente a los clubes de barrio, a los centros culturales, a los círculos de difusión científica y a las iglesias”, cosa que enfadaría a los enemigos de la religión, que no sólo quieren erradicar a lo religioso de las escuelas sino que también piden que no se les conceda ningún tipo de beneficio económico a las personas e instituciones involucradas en esa área).

La verdad de fondo

La objeción que puede hacerse ante la presencia de la religión en las escuelas públicas es que no parece correcto que sea obligatoria. Sin embargo ello es cuestionable. ¿Por qué la religión debe ser opcional, si los deportes, las artes y las ciencias no lo son? Un joven con problemas físicos evita la práctica deportiva o artística pero aun así rinde la materia. ¿Y qué hay de la ciencia? Si yo no estoy de acuerdo con la teoría de la evolución, la enseñanza de la historia argentina, la gramática o la aritmética, ¿acaso no debería tener un derecho a evitarlas? La respuesta es “no”.

La escuela tiene por función transmitir la verdad, para que el ciudadano acceda a ella y sea libre. Ese es su fundamento sociopolítico. Entonces si el maestro de música debe enseñarles a sus alumnos el modo adecuado para que al tocar una flauta esta produzca música, y si el profesor de educación física debe impartir sus clases para que toda la actividad beneficie a los cuerpos en lugar de perjudicarlos, y si los que transmiten conocimientos científicos deben procurar que lo que dicen coincida con la realidad, ¿por qué la religión verdadera debe relativizarse?

Ser católico implica aceptar que la salvación del alma se produce únicamente a través de la aceptación de Cristo y su Iglesia. Nadie por fuera de la Iglesia y en la negación de Cristo puede salvarse. Por ese motivo yerran los jueces al salomonizar la cuestión, instando a que el Ministerio de Educación proponga un programa alternativo para todos aquellos que no deseen tolerar la perspectiva católica en la enseñanza de la religión. Si hoy se permite que en la escuela entre en materia religiosa algo diferente a la religión verdadera, ¿no se le está abriendo la puerta a la mentira y la falsificación?, ¿no se está desintegrando el sentido mismo de la existencia de la escuela?

La abogada Graciela Abutt Carol califica de “segregacionista” a la idea de la Corte de Justicia de Salta de que el Estado provea de una educación diferenciada al estudiante que no quiere quedarse en el aula escuchando sobre Cristo. Coincido con la señora. Si un joven es un insensato, un hereje o un infiel, no debe huir de Dios; debe confrontar su posición, preguntar, debatir, demostrarse a si mismo que desea seguir condenándose o que desea algo distinto (pues muchas veces los jóvenes son como son por la mala influencia de los padres que los engendraron pero que no supieron criarlos, por lo que las clases de religión para la mayoría de los casos de gente no católica serían realmente positivas para ellos).   

La guerra o la paz

La Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE) emitió un comunicado repudiando el hecho de que en Salta se imparta religión en las escuelas públicas. Según su perspectiva, algo como lo que sucede en la provincia impide la efectivización “de la plena libertad e igualdad religiosa”. La clave de su discurso, por supuesto, es el uso del concepto de “igualdad”.

Lo que la FAIE pretende es acabar con las “desigualdades que marcan la vida humana”, ya que ellas “son contrarias a [su] comprensión de la voluntad del Creador”. Es más que claro que ese fanatismo igualitario de estos autodenominados “evangelistas” tiene por propósito poner a su culto a la altura del catolicismo, lo que significa denigrar a la religión verdadera. Si esto acontece, si lo católico queda equiparado con sus desviaciones heréticas, entonces todo vale. El día de mañana puede alguien salir a rendirle culto a Satanás y pedir que se le de un espacio en una mesa de “diálogo interreligioso” para tomar café gratis y sacarse fotos para la prensa, y nadie podría objetarle algo sin contradecirse.

Después de haber demostrado su vehemente espíritu anticatólico, el comunicado de la FAIE se cierra sosteniendo, justamente, que no hay un anticatolicismo en su repudio a Salta sino un ecumenismo que plantea la necesidad de efectuar un diálogo entre iguales. Pero todos sabemos que los iguales no necesitan dialogar: el silencio alcanza para quienes son iguales, ya que su lenguaje es idéntico y sólo puede producir tautologías del tipo “amar es amar” o “querer es querer”. Pero si al decir algo tautológico se precisa de otro tipo de proposición, entonces la igualdad se ha agotado y se está en terreno de lo desigual. Un diálogo sin dialéctica es la comunicación sin comunidad, por lo que sus participantes nunca llegan verdaderamente a ponerse en contacto entre si. En cambio en un diálogo dialéctico si hay comunidad y contacto; sin embargo en este tipo de diálogo pueden ocurrir dos cosas: o bien las palabras se multiplican infinitamente para producir un ensordecedor ruido que estalla en la guerra, o bien las palabras se reducen hasta devenir el silencio que contiene la paz. En el primer caso están los igualitaristas que, aun sabiendo que están en el error, quieren recibir el trato reservado para los que están en la verdad; en el segundo caso, por el contrario, están aquellos que desde la verdad hacen justicia y le dan a cada uno lo que le corresponde.



Antonella Díaz