La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 18 de agosto de 2013

La peste roja

Nadie puede negar que la mayor sorpresa de las últimas PASO fue el exitoso desempeño electoral de la ultraizquierda. Con votos propios y prestados, los resultados obtenidos fueron extraordinarios para esas fuerzas deliberadamente antipopulares. Es que en nuestro país ha habido tanto descalabro cultural desde que gobierna Cristina Kirchner, que hasta estos impresentables de los grupúsculos ultraizquierdistas parecen gente digna de apoyo. Personalmente me interesa analizar lo que este sector hizo en el área del NOA (Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero).

Troskos con navajas

La actuación del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) fue tan descollante como inesperada. A la alianza la constituyen el Partido Obrero (PO), el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y la Izquierda Socialista (IS), tres sectas trotskistas que operan como pymes apuntando a conseguir la adhesión de estudiantes a los que les repugna estudiar y trabajadores que aborrecen trabajar. Es por ello que estos grupúsculos son particularmente populares en las universidades que ofrecen carreras con limitada salida laboral y poco incentivo para graduarse (artes, humanidades, etc), y en las empresas en las que se les exige a sus empleados que suden al calor de las máquinas.

El mejor resultado del FIT fue el 11,19% que consiguió en Salta –en donde se presentó como PO– en la categoría de Diputados Nacionales. Desde hace un tiempo ya que el PO obtiene pequeños triunfos en Salta, especialmente en la zona norte de la provincia (en donde canaliza parte del voto bronca de los petroleros que sufren la desocupación desde que YPF fuese privatizada) y en la capital (en donde suma el voto de muchos jóvenes que, dadas las particularidades de la sociedad salteña, cultivan el resentimiento social). En el balance hecho por el propio partido, se atribuyen su éxito electoral en las PASO a su participación protagónica en las protestas en contra de la instalación de una fábrica de explosivos en El Galpón, en el repudio al impuestazo promovido por la Municipalidad capitalina, en la obtención del pase a planta permanente de miles de ordenanzas escolares, y en la denuncia contra Urtubey por el desmonte descontrolado. Ciertamente no se puede negar que en estos eventos la gente del PO estuvo presente con una bandera, pero es un desatino tremendo creer que ellos los iniciaron, los condujeron, los motorizaron o si quiera los agrandaron como dicen que hicieron.

El voto a Pablo López (candidato a Diputado Nacional) y a Cristina Foffani (candidata a Senadora Nacional) provino en buena medida de “progresistas” o “centroizquierdistas” que no contaron con una opción potable para sus gustos, puesto que el FAP se alió a dos fuerzas centristas y conservadoras como la UCR y el PPS –y posicionó todo el peso de su campaña sobre la figura de Bernardo Biella, el otrora socio de Alfredo Olmedo–, y los demás partidos de su calaña (el Frente Plural o Memoria y Movilización Social) concurrieron a las urnas como representantes del oficialismo urtubeycista-kirchnerista.

En Catamarca el FIT –usando como en Salta el sello del PO– obtuvo el 2,79% de los votos válidos, una cifra que apenas les da la posibilidad de presentarse en las generales sin ambicionar con bancas municipales, provinciales o nacionales que equivalgan a un flujo importante de dinero público y vida más que cómoda para quienes las ocupen. Fue en Andalgalá, una comarca castigada por la megaminería rapaz, donde al trotskismo catamarqueño mejor le fue.

En Tucumán y Jujuy, el FIT fue completo, es decir se presentó como una alianza entre el PO y el PTS. Aquí resulta interesante observar la opinión que cada fuerza vertió sobre el asunto en sus órganos de difusión Prensa Obrera y La Verdad Obrera. Con respecto a lo acontecido en el Jardín de la República, los del PO y los del PTS coinciden en que el grueso de sus votos se concentró en San Miguel de Tucumán y su cinturón suburbano, hogar de innumerables jóvenes desesperanzados. Sin embargo mientras que los del PTS celebran el crecimiento del voto ultraizquierdista en Tucumán (encarnado tanto en el FIT como en su competidor Alternativa Popular), los del PO descalifican altaneramente a todas aquellas fuerzas que no integran el FIT, en una actitud típica de revolucionarios de café que creen ser los únicos elegidos para combatir al capitalismo. Desde el PO destacan que su éxito estuvo ligado a la visibilidad que ganaron gracias al acompañamiento que hicieron de la lucha de Alberto Lebbos (o lo que otros llaman “el colgarse de su fama”), mientras que desde el PTS señalan que el 3,93% obtenido se debió más a la bronca de la población contra Alperovich que a sus acciones de campaña. Y los del PO cierran diciendo que están listos para comandar a sus huestes para un triunfo mayor en octubre, mientras que los del PTS, concientes de la derrota que sufrirán en las urnas, hablan más bien de organizarse en las calles. Esa es la principal diferencia entre una y otra fuerza: el PO sostiene que la revolución socialista es posible de hacer cada dos años desde las urnas, mientras que el PTS intenta sumar otros instrumentos sociales y culturales.     

El caso de Jujuy merece un párrafo aparte. En esta provincia la lista del FIT recibió el 8,97% de los votos. Desde el PO y el PTS apuntan lo mismo que apuntaron sus correligionarios en Tucumán: el éxito se debió al desencanto de la gente con los políticos profesionales (lo que se denomina “voto castigo”) y a la acción de acompañamiento en las luchas sindicales (lo que se denomina “figuretismo”). De todos modos lo más interesante en este caso es la acusación que el periodista Alberto Siufi hizo de que las casi treinta mil adhesiones que lograron fueron gracias a la mano invisible de Milagro Sala, quien, peleada con el Gobernador Fellner, habría ordenado que el voto de su tropa no llegue al Frente para la Victoria. El FIT desmintió esa versión, despachándose con una violenta soberbia en contra de la Tupac Amaru.

En Santiago del Estero el FIT, con el nombre de IS, obtuvo el 3,99% de los votos, suficiente para llegar a las generales, insuficiente para lograr un puesto electivo.  

Síndrome de Hubris

Los resultados del FIT en las PASO motivaron la realización de una conferencia de prensa de sus líderes esa misma noche en que se cerró la votación. Es que la gente de esa fuerza política estaba exultante, ya que antes del acto eleccionario preveían obtener como máximo sólo la mitad de las adhesiones que al final obtuvieron (en lo que es el NOA, únicamente en Salta especulaban con lograr números similares a los que lograron, mientras que en Catamarca, Tucumán y Santiago del Estero se conformaban con la mitad de lo que sacaron, y en Jujuy tan sólo aspiraban a un tercio de su 8,97%).

El orador del FIT resultó ser José Saúl Wermus, más conocido por la gente por el nombre de “Jorge Altamira”. Su discurso fue un tanto extraño, pues sostuvo algo así como que a sus votos, por ser “de los trabajadores”, hay que evaluarlos cualitativa y no cuantitativamente, lo que supongo que quiere decir que para él los votos del FIT deberían computarse como dobles o triples. También habló de lo cosechado en todo el país (NOA, NEA, Cuyo, Centro y Patagonia) y señaló, insólitamente, que el FIT es “local” en Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. ¿Acaso el PO en Salta o la IS en Santiago del Estero son infiltrados foráneos? Sin embargo lo más llamativo de lo de Altamira fue cuando aseguró que la izquierda argentina es el FIT y nadie más: “le gauche c’est moi”. Básicamente, Altamira se apropió de la ultraizquierda para ser ya no el nuevo Nahuel Moreno (un viejo referente indiscutido del trotskismo argentino cuyo nombre verdadero era Hugo Bressano), sino su superación. Es decir, el jefe del PO confesó que su ambición más grande es la de convertirse en el Gran Patriarca o Rey de las Ratas que establezca las leyes con las que deberá regirse su comunidad de marginales.  

Las palabras de Altamira desataron una gran cantidad de críticas de otros ultraizquierdistas como él. Ese debate, para ser sincero, me importa un bledo. Lo que sucede en el interior de esa piara de zaparrastrosos me tiene sin cuidado. Empero lo que si me interesa es el modo en que el FIT embauca a la gente tanto a la que pertenece como a la que no pertenece a la secta.

Escribir acerca de cómo el FIT utiliza a los que se acercan a militar en sus filas requeriría de un extenso texto. Para abreviar señalaré lo obvio: el PO, el PTS e IS no son más que nombres de empresas familiares que venden ilusiones, del mismo modo en que otras venden alimentos o transporte. Los partidos están controlados por una oligarquía que, irónicamente, se autodenomina “de trabajadores”, cuando en realidad se trata de un grupo de profesionales mediocres que son o aspiran a convertirse en rentistas. Esa oligarquía arregló en mutuo acuerdo quienes integrarían las listas del FIT, ubicando a sus miembros en los lugares preponderantes y cediéndoles el resto de los espacios secundarios a los ilusos que ponen la sangre para que su maquinaria funcione.

Lo curioso es que entre los trotskistas hay una entidad mitológica llamada por ellos “la Asamblea”, que según sus puntos de vista tiene la virtud de resolver todos los problemas aportando siempre la solución verdadera. Si para un trotskista hay que definir si es conveniente o no ocupar un edificio público, cómo determinar cual es la mejor traducción de un pasaje de un libro Hegel, o comprar chupetines en lugar de alfajores, invocan de inmediato a la todopoderosa Asamblea para que la cuestión se someta a votación y se opte así por cual es el mejor camino a seguir. Claro que si la votación no arroja el resultado que los trotskistas pretenden, entonces sabotearán a la Asamblea, montando una nueva en paralelo para hacer valer su voluntad, no sin antes acusar a la antigua Asamblea de ser “entreguista” y/o “burocrática”. De allí es que a más de uno le pareció inesperado que el FIT no haya planteado un debate para elegir su plataforma política y los candidatos que la llevarán a cabo desde los parlamentos. Al ser “FIT” sigla para “Frente de Izquierda y de los Trabajadores” uno podría pensar que la alianza –que nació gracias a que la reforma kirchnerista a la Ley Electoral los obligó a coaligarse para no extinguirse– estaba abierta a la gente que se autopercibe como de Izquierda y a todos los que son trabajadores (obreros, empleados y campesinos) que reclaman por su bienestar sin necesariamente considerarse izquierdistas. Sin embargo nada más alejado de la realidad. El PO en Salta, por ejemplo, fijó a Pablo López como candidato a Diputado Nacional, arguyendo que el “camarada” lleva más de diez años presentándose a elecciones y ocupando cargos legislativos, por lo que representa mejor que nadie a los trabajadores y a los izquierdistas; el PO agrega, por supuesto, que quien ose decir lo contrario es un traidor de la causa revolucionaria. No importa que se les señale que sujeto nulos de carisma como López son pésimos oradores, ineptos ideologistas e ignorantes de los debates políticos, si alguien intenta disputarle el lugar al jefe de la secta pidiendo democracia interna es un agente infiltrado que quiere la destrucción del FIT.   

Desde el FIT sostienen que armar revuelo por la repartija de candidaturas es sobrevalorar al régimen burgués y desviarse de los objetivos revolucionarios que en realidad persiguen, intentando con ello acallar a los ultraizquierdistas que les critican su egoísmo. El “Manual del Buen Trotskista” les subraya que a su utopía socialista no la pondrán en marcha desde una banca parlamentaria, sino que ella es, a lo sumo, un mero instrumento más para agitar a las masas. Sin embargo a esa discusión la mantienen puertas adentro y en voz baja. Ante la gente que no pertenece ni husmea en lo que sucede en el interior de sus sectas, el discurso que transmiten es diferente.  

Lo notorio de los trotskistas del FIT es que las consignas que articularon como base de su plataforma electoral son de tinte laborista y populista, muy similares a las que podrían proponer los partidos de Hugo Moyano o Víctor De Gennaro. Nada dijeron sobre el programa que defienden, pues ni siquiera lo tienen. Un programa de Izquierda, necesariamente, debería determinar claramente qué hacer frente a la creciente dependencia nacional del imperialismo estadounidense, chino y brasileño, cómo resolver la cuestión indígena y cual es el camino más seguro para acabar con el capitalismo e instaurar una sociedad sin clases autogestionada. Empero anunciarlo equivaldría a alejar a los posibles votantes más preocupados en sobrevivir día a día que en demostrar que Marx tenía razón, por lo que el FIT guarda silencio ante ello y se limitan a proponerse como la única fuerza política que luchará por mejorar los salarios de todos (menos de los de los congresistas). Si el FIT decide ir hacia delante ello implicaría acabar con las diferencias que separaron al PO, al PTS y a la IS, dejando de lado todas las cuestiones en las que no coinciden y fijando un fundamento común que no pasaría más allá de defender salarios (una manera muy dificultosa de lograr la toma de los Palacios de Invierno), pero si deciden ir hacia atrás, su cooperativa electoral entraría en bancarrota dejándolos afuera del negocio del voto y restituyéndoles la obligación a sus dirigentes de dedicarse a trabajar para sobrevivir. Todo un dilema. 

La Izquierda multicolor

El FIT no fue la única fuerza ultraizquierdista en las PASO del NOA: el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST) también estuvo presente en la región, excepto en Santiago del Estero. En Catamarca, la lista encabezada por Lilén Malugani sumó sólo el 1,36% de los votos y se quedó sin la posibilidad de presentarse en octubre. La plataforma de Malugani se apoyó en dos ejes: la defensa del medio ambiente y la promoción de la diversidad sexual y de la igualdad femenina. Esa fue, quizás, la mayor diferencia con el FIT, pues mientras unos trotskistas se dedicaron a copiar a la izquierda europea en su enfrentamiento contra la crisis económica que sacude al Viejo Continente, los otros apostaron a constituirse en el Partido Verde nacional que siempre se intenta conformar y, por uno u otro motivo, a la larga termina fracasando (el avatar de Los Verdes anterior al MST fue Proyecto Sur, espacio político hoy casi disuelto en el NOA y desperdigado en otros partidos y movimientos a nivel nacional).  
 
En Salta el MST fracasó en su intento por superar las PASO en la categoría de Senador Nacional (1,47%), pero si lo consiguió en la de Diputado Nacional (1,58%). En esa provincia montó una campaña intentando pactar con la CTA local, y buscando seducir a los simpatizantes salteños de Elisa Carrió, de Margarita Stolbizer y de Fernando “Pino” Solanas.

En Tucumán el MST concurrió a las elecciones dentro de la alianza Alternativa Popular, en la que también participaron el partido provincial Pueblo Unido (PU), el maoísta Partido del Trabajo y del Pueblo (PTP) y la díscola seccional local del Partido Comunista (PC) que se ha negado a sumarse al Frente para la Victoria como el resto de la fuerza hizo a nivel nacional. La estrategia que plantearon fue tremendamente personalista, pues su campaña giró en torno a sus principales referentes: Gumersindo Parajón (un líder populista provincial, lo más parecido a un puntero pejotista carismático salido de las filas de la UCR que se pueda llegar a concebir), Vicente Ruiz (un piquetero de la CCC muy conocido en el sur provincial), Estela Di Cola (una médica protagonista de luchas sindicales), y Héctor Manfredo y Clarisa Alberstein (dos candidatos perennes por los espacios de izquierda). La alianza consiguió sumar el 3,81% de los votos, pisándole así los talones al FIT.

La elección del MST en Jujuy fue peculiar. El partido –que se presentó bajo el nombre de Nueva Izquierda– no contó como en Salta con el apoyo de la CTA, ni los referentes locales del GEN o de la CC-ARI quisieron apoyar a su lista (todos ellos pactaron con Isolda Calsina del peronismo alternativo); incluso el PTP mantuvo prudencial distancia de ellos. ¿La razón? Aparentemente la Tupac Amaru de Milagro Sala había escogido al MST para prestarles sus votos. Si fue así, ello no se reflejó en las urnas, pues el MST obtuvo nada más que el 2,65% de los votos, una cifra muy pequeña considerando el tamaño de la corporación piquetera.

En Jujuy está abierto el interrogante de cuán grande es la influencia real de Milagro Sala. La lideresa jujeña no se atrevió a presentar una lista para aspirar a los cargos nacionales, pero si tiene pensado jugar a nivel provincial y municipal en octubre. En ese escenario, Sala se enfrenta no sólo contra la izquierda charlatana del FIT y la izquierda flexible del MST, sino también contra el Partido por un Pueblo Unido (PPU), la agrupación con la que Carlos “El Perro” Santillán vuelve a la arena política tras una década de congelamiento. El PPU, en las PASO, logró el 3,38%, algo así como once mil votos.

Lo más interesante del PPU es que, además de hacer propuestas laboristas y ambientalistas, plantean temas que el FIT y el MST prefieren no abordar, como por ejemplo la lucha contra el narcotráfico y la vindicación de los indios. Es que el PPU integra la Organización para la Liberación de Argentina (OLA), una célula chavista-iraní como el partido MILES de Luís D’Elia pero que no apoya al cristinismo sino que lo combate, coqueteando discretamente con el brazo político de la CTA.

El discurso indigenista no es propiedad exclusiva en Jujuy del PPU, sino que también es parte del Partido de la Soberanía Popular (PSP), la fuerza que comanda Milagro Sala. De todos modos en las próximas elecciones provinciales el PSP y el PPU deberán enfrentar al Movimiento Pluricultural Comunitario (MPC), un partido que se jacta de ser evomoralista –más allá de que Evo Morales esté enfrentado a las tribus indias de su país después del conflicto del TIPNIS. Actualmente el MPC controla un municipio en Jujuy, y pretende expandirse por todo el norte provincial, apuntando incluso a llegar a los Andes y Quebradas salteñas, y a la zona de los valles calchaquíes de Salta, Catamarca y Tucumán, donde el indigenismo (con indios falsos y auténticos) es culturalmente muy influyente pero políticamente aún marginal.

Para concluir aquí debería hacer una mención al Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados (MIJD), el partido de Raúl Castells. Sin embargo no hay mucho para decir: el MIJD se presentó en Tucumán con el propósito de retener su personería jurídica pero no llegó al 1,5% mínimo para superar las PASO, y en Salta alquiló su estructura para que un referente provincial de Hugo Moyano pudiera hacer campaña para Diputado Nacional pegado a la boleta de Senador Nacional de Juan Carlos Romero. 
    
Los funcionales en las guerras contra el kirchnerismo

Hoy en día, ante una sociedad dividida y una República al borde la destrucción, la palabra clave parece ser “consenso”. Se necesita del consenso para expulsar a los kirchneristas que se han atrincherado en sus posiciones. Los argentinos hemos atravesado una década bajo el dominio de los tiranos santacruceños, una década signada por el desaprovechamiento de las posibilidades para desarrollarnos económica y socialmente, y por la subversión cultural que empezó con la legitimación de las bodas gays y prosigue por esa senda con el fin de convertirnos en Sodoma.

Es por ello que la mayor parte de la ciudadanía argentina está a favor de castigar en las urnas a la pésima gestión de Cristina Kirchner. El problema, claro, está en que hay demasiados posibles candidatos a recibir ese voto antikirchnerista. Eso hace que ante la ausencia de una nueva mayoría, el kirchnerismo persista como primera minoría.   

En este escenario el voto a los ultraizquierdistas termina por favorecer al oficialismo. La centroizquierda ha optado por aliarse a los centristas (el Partido Socialista, en el NOA, acompañó a la UCR, lo mismo que el Movimiento Libres del Sur), permitiendo con ello la concentración de votos antikirchneristas, lo que ayuda a graficar el descontento con el gobierno en la constitución de los parlamentos. Tomemos el ejemplo de Tucumán: en esa provincia el oficialismo aventaja por casi 20 puntos al principal polo opositor, por lo que, a la hora de repartir las cuatro bancas para Diputado Nacional en juego, un total de tres quedarían a favor de los kirchneristas y sólo una en manos de la UCR y sus aliados; vale decir, el PJ en Tucumán es repudiado por más de la mitad de los electores, pero aún así son dueños de tres cuartos de los cargos en disputa. Una oposición no tan fragmentada concentraría votos en el liderazgo opositor y los escaños parlamentarios se repartirían más equitativamente.

Tanto en Tucumán como en Jujuy y Catamarca se desarrolla un poco entusiasmante enfrentamiento entre pejotistas y uceristas, mientras que en Santiago del Estero el zamorismo –una coalición de pejotistas y uceristas que en lugar de competir entre ellos decidieron aliarse para mayor gloria de Mamón– se convierte en partido dominante, y en Salta la interna del Partido Justicialista entre Juan Manuel Urtubey y Juan Carlos Romero se lleva a cabo como si fuese un duelo entre extraños. En Catamarca y en Jujuy el voto ultraizquierdista, fragmentado como está ahora, no sirve para nada, por tanto si todo ese caudal se transfiriera a la principal fuerza opositora, el PJ de seguro caería abatido. Como esa transferencia no ha ocurrido –y, difícilmente, tampoco ocurra– entonces el oficialismo todavía está con vida y con esperanzas de ganar la mayor cantidad de curules posibles. Esto es un caso típico de cómo la izquierda termina siendo funcional a un régimen nefasto como el kirchnerismo, pues en el cálculo político que ellos hacen entienden que sería más grave perder a una fuerza que subvierte los valores occidentales y cristianos que concretar las vindicaciones laborales que plantean. Es decir, entre ayudar al trabajador o permitir que los aberrosexuales consigan subsidios por tener el ano dilatado, la ultraizquierda opta por lo segundo. De allí que no tengan ningún interés en cancelar sus candidaturas que no cuentan con chances de imponerse. Por eso el FIT, el MST, el PPU y demás comparsas terminan siendo funcionales al kirchnerismo.

De todos modos no hay que obviar el hecho del préstamo de votos a la ultraizquierda. Es muy probable que el éxito electoral de este sector se deba al “voto lástima” (electores que apoyan a los ultraizquierdistas en las PASO pero que después votan otra cosa en las generales, incluyendo al oficialismo) y a un “voto castigo” que, por más que las listas del FIT y compañía no sean retiradas en octubre, migrará hacia el principal opositor para que su sufragio sea útil. Por ese motivo las fuerzas ultraizquierdistas apuntan a rapiñar cargos a nivel provincial y municipal: en Tucumán no tienen ninguna chance, mientras que en Catamarca y Santiago del Estero las posibilidades son mínimas; no obstante es probable que Jujuy se vea invadido por ultraizquierdistas de diverso tamaño y pelaje, y sea Salta la que más sufra la peste roja (pensar que Pablo López consiga la banca de Diputado Nacional es un delirio más grande que creer en los extraterrestres comunistas de los que hablaba Posadas, empero será difícil evitar que algunos concejales y diputados provinciales tiñan de rencor marxista a sus bancas).

¿Hay alguna alternativa?

Como ya apunté, en la región NOA la partidocracia bipartidista se impone (excepto en Santiago del Estero en donde se prolonga la tradición del unicato). Las terceras fuerzas son poco atractivas. Están, por un lado, los ultraizquierdistas, la peste roja cuyo análisis abarcó hasta aquí este texto, y, por el otro lado, emergen políticos que dejan mucho que desear.

En Catamarca, por ejemplo, reapareció triunfalmente Luís Barrionuevo, con un movimiento al que denominó “Frente de Tercera Posición para la Unidad Catamarqueña”, bastardeando de esa manera el concepto de tercerposicionismo ante el cual Barrionuevo tiene poco que ver.

Otros peronistas también se postularon: Bernardo García Hamilton y “Marcelo” Baik aparecieron en Tucumán afirmando ser delegados de Sergio Massa y Francisco de Narváez respectivamente, pero sus actuaciones fueron muy diferentes a la de sus referentes bonaerenses; en Santiago del Estero, Antonio Calabrese y Pedro Brue se presentaron como parte del armado nacional veneguista-duhaldista, pero no alcanzaron a juntar ni ocho mil votos; la jujeña Isolda Calsina, con la bendición de José Manuel de la Sota, fue la excepción en relación al fracaso de las listas peronistas en el NOA, de todos modos el 9,40% que logró la deja muy lejos de conseguir una banca en el Congreso de la Nación.

El PRO también intentó jugar fuerte en el NOA, pero con un discurso que mezcla consignas desarrollistas con liberales logró muy poco. En Salta apoyaron la candidatura del pejotista Romero, mientras que en Catamarca fueron detrás del ucerista Brizuela del Moral. En Santiago del Estero los macristas llamaron a no votar por el oficialismo, mientras que en Tucumán y en Jujuy pusieron la cara y los votos que obtuvieron oscilaron entre el 4% y el 8%.

Una pregunta emerge aquí: ¿dónde está la Derecha Social? En efecto, en las últimas elecciones hubo candidaturas que representaban a todo el espectro político, excepto a la Derecha Social. La única fuerza en todo el país que tibiamente asumió ese rol fue Gente en Acción (GEA), un partido que participó en las PASO de la provincia de Buenos Aires y no traspasó el umbral del 1,5%. A los de GEA se los vio hablando de Seguridad, Orden y Justicia Social, ideales que defienden prácticamente todos los pejotistas, desde Felipe Solá a Daniel Scioli, pasando por Alberto Rodríguez Saa, Jorge Capitanich y Carlos Reutemann. ¿En dónde estuvo el activismo en contra del elegebetismo, de la plutocracia, o de los mercaderes de la muerte? Sugiero que si la idea de GEA es imitar al FIT, entonces les conviene cambiar su nombre por el de “Izquierda Patriótica de los Trabajadores” (IPTRA) y dedicarse a exigir mejores jubilaciones para el pueblo y sueldos más pequeños para los gobernantes.  

Es importante destacar, por último, la participación de las fuerzas conservadoras provinciales, particularmente las tucumanas y salteñas. En Tucumán, Fuerza Republicana, el partido liderado por Ricardo Bussi, recibió setenta mil adhesiones, ubicándose por ello en la tercera posición detrás de pejotistas y uceristas. El discurso de Bussi fue rabiosamente antikirchnerista, empero su ataque al régimen se limitó a la queja en contra de la inflación, la inseguridad y la impunidad. Nada dijo en contra de la dictadura de lo políticamente correcto del Inadi, de la prepotencia de los neoimberbes de La Cámpora, de la vituperación de la memoria de los guerreros que vencieron en el Operativo Independencia, y del injusto linchamiento judicial que sufren los vencedores de las guerras en contra de la subversión, o sea Bussi se presentó como un burócrata de la partidocracia dispuesto a restarle votos a la UCR con la que coincide en lo esencial de su propuesta. De esa manera queda claro que Fuerza Republicana es hoy en día una pyme políticamente tan o más inservible que las pymes trotskistas.

En Salta, en cambio, el conservadurismo provincialista es diferente. Allí están, por un lado, los del Partido Renovador Salteño (PRS) y los del Partido Propuesta Salteña (PPS), encarnando una especie de neoconservadurismo similar al de Bussi –aunque con la particularidad de que mientras el PPS es antikirchnerista, el PRS es prokirchnerista–; sin embargo, del otro lado aparece Salta Somos Todos (SST), liderado por Alfredo Olmedo. Olmedo es un empresario exitoso, que ha optado por invertir o gastar parte de su fortuna en política, para de ese modo avanzar en la restauración de valores fundamentales que la subversión cultural viene destruyendo sistemáticamente. El olmedismo es un veteroconservadurismo de corte católico, soberanista, identitario, republicano y populista. Lamentablemente es un fenómeno circunscrito al territorio salteño, por lo que el resto del NOA –y del país– deberá padecer de los tristes espectáculos a los que la fauna política argentina nos tiene acostumbrados, incluyendo a los parásitos de la ultraizquierda. Salta, en cambio, algo de esperanza tiene.      



Hernán Solifrano (h)