La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

jueves, 6 de junio de 2013

El error de Alfredo Olmedo y el acierto de Victoria Donda

Sueños y esperanzas

Finalmente se sancionó la ley de Fecundación Artificial. Hubo una agobiante unanimidad en la Cámara de Diputados: 204 votos a favor, 1 en contra y 9 abstenciones.

Llama la atención que entre los que votaron a favor hayan diputados Pro Vida como la puntana Ivana Bianchi y el sanjuanino Héctor Tomás, y en la misma lista estén también los nombres de diputados Pro Muerte como el porteño Carlos Heller y la santafesina Alicia Ciciliani. Pero lo que más asombra es que el salteño Alfredo Olmedo (quizás el máximo defensor del concepto de Vida en el Parlamento nacional actual) haya aprobado el proyecto de ley, especialmente tras todas las modificaciones que sufrió.

La diputada ucerista bonaerense María Luisa Storani –una miembro del nefasto clan Storani– se mostró satisfecha con la actuación de la Cámara de Diputados, y aseguró, aliviada, que pese a todos los que se opusieron, la Fecundación Artificial terminó convirtiéndose en ley. Pero, ¿quiénes pudieron oponerse a algo como esto? Es decir, ¿quiénes podían verse perjudicados por la sanción de la ley? Ciertamente no las empresas que lucran ampliamente con la medicina (los médicos, las clínicas, las farmacéuticas, etc.), pues lo que la ley hace es financiar generosamente a esa industria. ¿Entonces? Al parecer Storani se refería a las Obras Sociales y Prepagas que no desean pagar por los costosos tratamientos para no verse perjudicados en su negocio –el único voto en contra del proyecto de ley, de hecho, vino de parte del peronista bonaerense Julio Ledesma, quien justificó su decisión sosteniendo que se oponía porque percibía que detrás había una embestida del gobierno en contra de las Obras Sociales de los sindicatos, y eso afectaba sus intereses como uno de los máximos responsables de la obra social del Sindicato de Empleados y Obreros de Comercio y Afines. 

Parece muy noble el oponerse a empresas que quieren juntar dinero y dejar insatisfechos a sus clientes. En esto es, por ejemplo, en donde coinciden Alfredo Olmedo y Victoria Donda: el salteño dijo que con la ley de Fecundación Artificial se le ponía un fin a quienes lucran “con el sueño de ser padres” y la bonaerense afirmó que se hacía lo propio con los que lucran “con la esperanza de quienes no pueden llegar a ser padres”. Pero entre “sueños” y “esperanzas” hay diferencias abismales. Un sueño es algo que, ontológicamente, es menos real que la esperanza. Alguien que tiene la esperanza de ser feliz está mucho más convencido que aquel que sólo tiene el sueño de serlo, pues el primero, de alguna manera, está esperando un resultado, mientras que el segundo sólo  está imaginando algo. Y aquí está la clave para entender por qué hubo tanta coincidencia entre facciones y posturas diferentes en el Congreso de la Naciónla peor lacra que integra la corporación política hizo una lectura perversa y maliciosa de un proyecto que –originariamente– estaba pensado para apuntar en otra dirección.

Derechos ficticios

Gustavo Ferrari, un diputado denarvaísta que se declara a sí mismo católico, tras emitir su voto favorable afirmó con total cinismo que “hoy los diputados estamos legislando en acceso a derechos”. Este hombre pretendía que los argentinos lo aplaudamos rabiosamente por su magnanimidad, pero con eso sólo dejó en claro que los políticos saben perfectamente el exabrupto que están cometiendo: tener hijos no es un derecho, por tanto el Estado no puede avanzar sobre ello. Al aprobar esta ley la persona –en este caso el hijo– deja de ser un sujeto de derecho para pasar a convertirse en un objeto de derecho: así como existe el derecho de tener una vivienda, así también ahora existe el derecho a tener un hijo. Esta cosificación de la vida humana favorece toda clase de perversiones, siendo las más graves de ellas la posibilidad de comprar niños (pues si todos los tratamientos fallan, las personas aún conservan el derecho de tener hijos, por lo que cualquiera puede ir y desembolsar unos cuantos miles de pesos para adquirir un ser humano) y el aborto (ya que al convertir en derecho algo que es un don como el tener hijos, también se puede convertir en derecho el no tener hijos).

Uno de los argumentos que dio Donda para celebrar la Ley de Fecundación Artificial es que gracias a ella ahora hay más igualdad de oportunidades, ya que la falta de recursos “afecta a más del 20 por ciento de la población que no puede acceder a los tratamientos”. O sea que de todas las parejas que no pueden concebir hijos de manera natural, el 20% de ellas no pueden costear el tratamiento (ante esto, el sentido común obliga a preguntar: “¿si una persona no puede pagar un tratamiento para conseguir un embarazo, cómo hará entonces para mantener al ser humano producto de ese embarazo por un lapso de, por lo menos, 18 años?”). Donda logró introducir uno de los más brillantes artilugios del progrecinísmo: lo que yo llamo el “argumento del favor a la minoría que oculta la destrucción de la mayoría”. Y cuando hablo de “destrucción” lo digo literalmente.

Pensemos en drogas. Donda es acérrima defensora del supuesto derecho a producir y tener drogas en pequeñas cantidades, destinadas al consumo personal o a la venta minorista. Ella, por supuesto, piensa en drogas blandas, más concretamente en marihuana, la droga predilecta de la clase media decadente a la que pertenece. Entonces clama por el derecho a drogar y drogarse, básicamente, para no tener que ser detenida por la policía y alojada temporalmente en una celda. Este tipo de propuesta salvaría a muchos drogones como ella de enfrentarse a la Justicia, pero, al mismo tiempo, es una condena de muerte para los jóvenes pobres. Porque una persona con plata puede caer en el vicio de la droga y salir sin muchas dificultades, ya que le sobran recursos y motivos para hacerlo, pero alguien pobre no tiene esa posibilidad, por lo que si se encuentra con un sendero libre para drogarse terminará recorriéndolo hasta que llegue al abismo.

Con la Fecundación Artificial pasa lo mismo: para favorecer a una minoría se efectúa un zafarrancho enorme, que involucra no sólo enormes cifras de dinero que nadie honesto sabe bien a dónde van a parar, sino que también supone la ejecución de atentados en contra de la dignidad humana. Los defensores del aborto (y Donda, ¡oh, casualidad!, es una de ellos) emplean el argumento señalado como su arma más poderosa: hay que legalizar los abortos porque todos los años una cantidad de no sé cuantas mujeres mueren por hacerse abortos clandestinos, entonces, para evitar ese puñado de muertes, tenemos que empezar a pensar que miles de niños inocentes masacrados son cosas y no personas.

La máxima aberración

Lo que debería hacer arrepentir a Olmedo por haber aprobado la Ley (o lo que, por lo menos, debería hacerlo empezar a pensar en modos de temperar el desastre) es lo que dijo María Elena Chieno. En efecto, Chieno, una diputada Pro Muerte y kirchnerista de Corrientes, se mostró exultante con la idea de la Fecundación Artificial. Ella señaló que: “creemos que con esta política de inclusión venimos a dar un paso más porque esta ley no se queda en la patología que genera la infertilidad, sino que incluye a todos los que por otras causas no pueden procrear”. Traducido: no sólo las personas que estén enfermas pueden acceder a tratamientos de fertilización artificial, ahora puede hacerlo cualquiera. Y en ese cualquiera está incluido realmente cualquiera: parejas homosexuales, mujeres incapaces de conservar relaciones estables, pedófilos que quieran una víctima para someterla, todos los seres menos aptos para la paternidad que existan ahora podrán engendrar a sus propios hijos, y no tendrán que someterse a exámenes psicológicos, entrevistas con jueces, ni nada que pueda llegar a obstruir el proceso.

¿Cómo podrán un hombre soltero o dos hombres aberrosexuales engendrar a un hijo? Pues a través de la compra de óvulos y del alquiler de vientres, lo que resulta ser una falta objetiva contra las obligaciones del amor materno, de la fidelidad conyugal y de la maternidad responsable. Eso, el alquiler y la venta de órganos, no está permitido aún en la Argentina, pero esta ley le abre el camino. 

La propia Presidente Cristina Fernández de Kirchner escribió en Twitter: “La fertilización asistida es ley desde hoy. Más derechos, más inclusión, mejor país. Como les dije, la Década Ganada”. Y luego puso el link a un video en el que se la veía dando un discurso pidiendo por la sanción de la ley y hablando de la necesidad de reformar el Código Civil. ¿Hace falta agregar algo más para demostrar que la sanción de esta ley es una de las cosas más nefastas que le pasó a la Argentina en los últimos cinco años?



Antonella Díaz