La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 13 de enero de 2013

Hubo una vez un jardín

Árboles: ¿peligrosos o en peligro?

En apenas una semana, San Miguel de Tucumán perdió seis importantes árboles. En algunos casos la caída del ejemplar no provocó grandes sobresaltos, pero en otros casos sucedió todo lo contrario. Ya en octubre una alerta se encendió cuando unos árboles cercanos al bar Mirasoles destruyeron sus paredes al desplomarse –causando lesiones sobre unos clientes desafortunados que justo se encontraban allí–, y en diciembre la tragedia se produjo cuando un árbol de la avenida Sarmiento le quitó la vida a un motociclista. Por eso muchos sintieron auténtica preocupación al enterarse de que un centenario gomero que estaba ubicado en el patio de la Escuela Avellaneda perdió súbitamente su horizontalidad, bloqueando el paso por la avenida Roca: ¿qué hubiese pasado si el accidente hubiese sucedido en épocas de clases? 

San Miguel de Tucumán está repleta de árboles añosos a los que las condiciones climáticas adversas pueden derribar con cierta violencia. Alcanza con transitar por las avenidas Juan B. Justo, Nicolás de Avellaneda y Alberto Soldati para comprobarlo. 

La ley del más cretino

Tucumán no demuestra mucho respeto por sus árboles. La legisladora provincial radical Silvia Elías de Pérez propuso que el arbolado urbano sea declarado patrimonio natural y cultural de la provincia, para que el Estado se ocupe de proteger, conservar y fomentar a los individuos y a las diferentes especies que habitan en suelo local. Sin embargo dicha iniciativa recibió un escaso apoyo. 

Es que a un gran número de tucumanos pareciera no importarle en lo absoluto la existencia de árboles. En el imaginario colectivo tucumano, el árbol no es un ser vivo que posee una historia, es simplemente un pedazo del paisaje. 

Por supuesto que hay gente que combate esta mirada errónea, pero lamentablemente lo que ellos construyen se va por el retrete cuando las propias autoridades gubernamentales obran en contra de lo que enseñan: con la excusa de abrir la calle Lucas Córdoba para comunicar la avenida Mate de Luna con la calle San Martín (y ávidos de facturar con una obra innecesaria), la Municipalidad de San Miguel de Tucumán procedió a destruir un buen número de árboles que vivían en el Parque Avellaneda; ante la indignación de los vecinos, la misma oficina de gobierno prometió plantar una veintena de nuevos ejemplares en un área cercana. Esto deja en claro el valor insignificante que le asignan los gobernantes tucumanos a los árboles, pues para ellos la destrucción de los árboles existentes se arregla simplemente con la plantación de nuevos árboles. Si el árbol perturba al dinero –razonan los municipales– entonces hay que deshacerse del árbol, ya que luego se colocarán nuevos ejemplares y el daño estará reparado. 

Esa actitud prepotente denigra al árbol como ser vivo. Y, al hacerlo, siembra en las conciencias la idea de que es en vano preocuparse por nuestros hermanos de madera, ya que, paradójicamente, algunos creen que no se los necesita para tener una buena vida en el Jardín de la República. 



Carina del Longo