La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

sábado, 28 de diciembre de 2013

De madres e hijos

Una triste historia con un final feliz

Una mujer invita a su novio a convivir con ella. En la casa en la que la pareja habita, vive también la hija que la mujer ha tenido con otro hombre. Se trata de una pequeña, que apenas ha alcanzado la pubertad. El hombre se aprovecha de la joven, y abusa de ella en reiteradas ocasiones. Pasan cerca de dos años. Finalmente la adolescente, con 14 años ya, queda embarazada. Al enterarse de ello, la madre denuncia a su pareja por violador y lleva a su hija al hospital. Allí exige que asesinen a la criatura que su hija engendró, ya que quiere deshacerse de todo lo que le remita a ese cretino. Entonces interviene la Justicia.

Con buen tino, la Asesora de Incapaces le pide a un Juez que no permita que se lleve adelante ese aborto. El Juez le hace caso (de todos modos, al parecer, no hay médicos en ese hospital dispuestos a hacerlo). La funcionaria judicial se reúne con enfermeras, psicólogas y trabajadoras sociales y les solicita que se movilicen para informarle a la madre y a la hija que están requiriendo que se cometa un crimen aberrante, y que en la actualidad existen otras opciones a las de tapar un delito con otro delito. Sin embargo la madre de la joven no quiere escuchar. Entonces aparecen unas abogadas a las que les encanta caranchear casos como esos, pues no sienten vergüenza de pertenecer a sinarquías hembristas y promover su agenda.

El relato que hice tiene por protagonistas a la Asesora de Incapaces Claudia Flores Larsen, al Juez de Familia Víctor Soria, a las abogadas Graciela Abutt Carol y Mónica Menini, y a una mujer cuyo nombre no ha trascendido aunque debería de hacerlo (ya que en Salta, a diferencia de otras provincias, los diarios suelen publicar los nombres de los criminales, junto a sus apodos, sus edades y hasta sus fotos).  
La demonización de Soria o el final feliz arruinado

El caso del aborto provocó indignación e ira entre los cultores de la muerte y los promotores del odio. En su mente no cabía que el homicidio de una persona inocente e indefensa se viese frustrado por la decisión de un Juez. Así fue que rápidamente se organizó un linchamiento mediático contra el magistrado.

Soria es un hombre que, como todo hombre, ha tenido aciertos y errores. Este año la AFIP decidió perseguirlo, pues el Juez había tomado la “mala” decisión de permitir que los dueños de una panificadora jujeña ingresen harina desde Bolivia, violando las restricciones a las importaciones que impuso la Secretaría de Comercio Interior. Pero donde la prensa se hizo un festín fue con las denuncias que su mujer le hizo por violencia verbal ejercida contra ella y por violencia física ejercida contra la hija de ambos. La mujer despechada, además, señaló que Soria es un alcohólico. Todo ello, sumado a su valiente defensa de la vida del niño por de nacer y de la de su madre, bastó para que la fauna progresista de Salta y del resto del país pidiese la cabeza del Juez.

Claro que nadie dio un argumento coherente para destituir a Soria. El fallo FAL, que es como un texto sagrado para los genocidas abortistas, fue invocado como si se tratase de una ley, cuando en realidad no es más que la interpretación perversa y violenta de los fragmentos más penosos del artículo 86 del Código Penal Argentino. Soria dictó una resolución impidiendo el aborto, interpretando el caso con un criterio completamente válido, con amplio sustento doctrinal y jurisprudencial.  

No faltaron los peleles de siempre que salieron a indicar cómo deben obrar los funcionarios judiciales, infiltrando sus visiones enunciadas desde una ideología miserable. La administración de justicia es una función del Estado que, como todo lo que proviene de esa institución, debe necesariamente desarrollarse como servicio, ya que el individuo no está para servir al Estado ni para servirse del mismo, sino para ser servido por él. El Estado tiene leyes, pero se puede legislar sobre cualquier cosa, produciendo cualquier zafarrancho. Por tanto los jueces tienen la tarea de ser más que meros aplicadores de la ley elaborada por un grupo de insensatos bajo vaya uno a saber cual influencia exterior perversa: los jueces están para que haya justicia en el mundo, aun a pesar de las leyes que la niegan. Cuando dos derechos colisionan como en este caso (el derecho a la vida del feto contra el derecho a la salud de la adolescente violada), los jueces tienen la dura tarea de ir en contra de la corriente política actual a la que le importa un bledo la justicia, porque interpreta que al niño por nacer hay que darle la muerte como aquello que le corresponde.

Soria obró como se espera que un buen juez lo haga: fue servicial, imparcial y justo. Siguió la ley, la ley más elemental que sostiene que una persona en el vientre materno no debe enfrentar la ejecución, puesto que no ha hecho nada que lo amerite, ya que existir no es un delito (a menos, claro, que se tome una postura genocida y se busque eliminar a alguien por el simple hecho de ser quien es).

La tragedia de la vida

Lamentablemente, la Corte de Justicia Salta dejó sin efecto la medida cautelar impulsada por el Juez Soria, y autorizó la realización del aborto en la provincia. De todos modos la adolescente y su madre, ni lentas ni perezosas, aprovecharon el tumulto para salirse por la puerta trasera y viajar en silencio a Capital Federal para llevar a cabo el homicidio allí de su familiar, ya que en ese distrito, aparentemente, hay una amplia oferta de sicarios que estudiaron medicina para trabajar como verdugos.

Abutt Carol, la abogada, envió una carta a los medios para victimizar a quienes resultaron ser victimarias. Textualmente la letrada escribió: “Resulta contraintuitiva la idea de que el sistema de salud, normalmente orientado a proteger la salud y la vida de las personas, o el que una Asesora de Menores e Incapaces, o un Juez de Personas y Familia, sean capaces de imprimir torturas en una menor indefensa, revictimizándola luego de su tragedia”. En su mente, un grupo de profesionales hablándole a la joven de lo violento que significa asesinar a una persona y del trauma que ocasiona ese acto equivale a una sesión de tortura, intolerable en un Estado democrático como el nuestro. Al mismo tiempo, Abutt Carol no ve (o, peor, no quiere ver) que todo aborto es un episodio de cruenta tortura, seguido de horrenda muerte, y que ni siquiera cuenta con un trato digno post-mortem, ya que a los restos del cadáver los arrojan en una bolsa que va a parar a la basura o a las manos de alguien que hace quien sabe qué con el cuerpecito destruido, y la mujer -lo mismo que al haber sido torturada- comienza un proceso de negación y olvido del evento, como si eso alcanzase para eliminar las pesadillas.

Al mismo tiempo que el debate entre quienes defienden la vida y los necios que sólo predican la muerte se desarrollaba, en la ciudad de Orán una mujer embarazada fue atacada por motochorros, que no se conformaron solamente con robarle, sino que además procuraron lastimarla lo suficiente como para dejarla al borde de la muerte. Afortunadamente el bebé que llevaba en su vientre –que nació a través de una cesárea de emergencia– está a salvo, pero su madre sigue en grave estado. Ante este caso, prácticamente todos los que pedían a gritos que se apruebe el aborto se horrorizaron: no condenaron al robo en sí, sino que los enfureció el hecho de que traten con tanto desprecio a una mujer, sólo porque son víctimas más accesibles que los hombres.

¿Cuál es la diferencia entre el pequeño Baltasar que nació en medio de la tragedia que sufrió su madre y la criaturita salteña arrojada al limbo en un hospital porteño? Ninguna. La tragedia de uno estuvo en el momento de nacimiento, la del otro en el de la concepción, pero eso no hace merecedor de la muerte a ninguno de los dos. Son víctimas, como sus madres. Quienes deben pagar, y pagar con todo el peso de la ley son los que les hicieron daño. A las madres y a los hijos.



Antonella Díaz 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Papá y mamá, y viceversa

Los rectos desviados

Desde que en la Argentina se aprobó una ley para tergiversar los géneros a voluntad, todo tipo de situaciones ridículas acontecen. Así, por ejemplo, hace poco un reo salteño “se convirtió en mujer” y consiguió que lo trasladen a un centro penitenciario femenino, sólo para arrepentirse después y comenzar un proceso judicial para revertir su decisión (uno podría pensar que el travestido reflexionó sobre lo que había hecho en su nuevo destino de detención y finalmente entró en razón, pero en realidad el hombre no es más que un aberrosexual que extraña la sodomía y que utiliza su derecho a peticionar ante las autoridades sólo porque desea volver a sentir el cuerpo de otro hombre dentro del suyo con más frecuencia). El nuevo descalabro que ahora nos deparó la perversidad de nuestros legisladores involucra a un hombre y a una mujer que, en Entre Ríos, engendraron a una hija, con el retorcido detalle de que él viste y pretende comportarse como mujer y ella, como hombre.  

De todas maneras este último caso –que, por supuesto, tiene una versión salteña– necesita de un análisis adecuado, ya que no se trata de un hombre o de una mujer tratando de sacar provecho de los errores intencionales de los políticos, sino que más bien se está en presencia de un hombre y de una mujer que hacen lo que les corresponde hacer pero de un modo completamente equivocado.  

La nueva Babel

El Padre Álvaro Sánchez Rueda, un sacerdote católico que es médico, señala que lo más reprochable del matrimonio de travestidos ortosexuales no es la acción individual de la pareja (ya que, desde el punto de vista religioso, todo el vicio del que son culpables lo pagarán debidamente llegado el momento); lo que de verdad merece el repudio es la posición de los comunicadores y comunicólogos, quienes no vacilaron en titular que un hombre había dado a luz a una pequeña. Ciertamente el documento y la partida de nacimiento de esa mujer indican que ella es un hombre, como bien podría indicar que ella es un robot, una oruga o una nube, pero la realidad, aunque no nos guste, impone lo que de verdad es. Entonces utilizar adrede un lenguaje que niega lo real sólo sirve para crear confusión, la misma confusión que nos quita el dominio de las situaciones y nos esclaviza ante quien dicta bajo cual disfraz debemos percibir aquello que estamos percibiendo de un modo completamente diferente.

La Biblia relata la historia de Babel: la gente estaba construyendo una inmensa torre que opacaría a Dios, así que Él castigó a los hombres con la multiplicidad de las lenguas, obligando a cada nación a reiniciar el humilde camino del aprendizaje hasta volver a encontrar la claridad que supere a la enemistad. Hoy en día nuestra nación, en lugar de avanzar hacia la claridad, permite que se genere más confusión, con el penoso fin de que cada ser humano hable una lengua que sólo él entenderá, incomunicando a la gente entre si para dejar vivo sólo el vínculo del dinero. Es decir el castigo que Dios le había impuesto antaño a los hombres debido a su arrogancia, ahora el hombre se lo impone arrogantemente a si mismo, sólo para distanciarse cada vez más de Dios.  

Egoístas 

Al estar el sexo determinado genéticamente, no caben dudas de que las parejas de rectos desviados entrerrianos y salteños deberían cumplir con el mandato biológico que, de hecho, ya cumplen. Pero la cultura los condiciona para que inviertan roles: así papá se pinta los labios y mamá se deja crecer el bigote. ¿Hay necesidad de todo ello?

La evidencia me exime de probar que los que optan por la homosexualidad lo hacen motivados por una triste combinación de lascivia individual y marginación social. Quien no padece de ambas cosas jamás caerá en la homosexualidad. Pero constituir una familia, precisamente, implica refrenar la lascivia e integrarse socialmente. Para hacer ello es necesario amar al otro, al punto tal de aceptar limitar el propio deseo y acatar las normas pensadas para beneficiar a los indefensos y a quienes cuidan de ellos. O sea formar una familia equivale a aceptar que hay un Dios encima nuestro y que el mundo se maneja de tal manera que el otro –especialmente el otro que es demasiado joven, o demasiado viejo, o demasiado débil, o demasiado desorientado– es reconocido no como un obstáculo que bloquea la felicidad personal, sino como aquello que de hecho la posibilita. Lo que quiero decir es que la homosexualidad es, por definición, una cuestión de egoísmo, mientras que la familia es todo lo contrario.

La tercera posición

Lo más probable es que ambas parejas sufran por su situación de anormal normalidad. Una pareja –y me refiero a dos amantes– nunca se trata de dos personas, pues siempre hay un tercero: Dios. ¿Entenderán esto así esas personas? Desconozco la situación particular de la pareja salteña, pero la pareja entrerriana se declaró católica y pidió que un cura de la localidad de Victoria los case. El cura, correctamente, se negó a hacerlo, aunque dijo que está dispuesto a bautizar a la niña, pues no deben pagar los hijos por los pecados de los padres.

Si las parejas se han encontrado el uno al otro y han decidido ya no ser sólo ellos, sino ser alguien más, entonces Dios se encuentra allí. Pero, en este caso, puedo asegurar que, aunque le hayan mandado un correo electrónico al Papa, Dios no ha bendecido a la pareja. Y no lo ha hecho no porque Él sea un malvado que le niega la felicidad a la gente: no lo ha hecho porque esa gente, esas parejas de travestidos, persisten en su egoísmo, o sea niegan a Dios.

No conozco el caso lo suficiente para determinar con exactitud por qué niegan a Dios en concreto aun cuando existe aparentemente una voluntad de abandonar esa postura, pero puedo afirmar con mucha seguridad que el tema pasa por la cuestión de la identidad personal. Estos travestidos, en su lascivia y marginación, permitieron que su personalidad sea reducida a su sexualidad. Prefirieron no concebirse como cuerpo y alma que se integran en el mundo para darse cuenta de quienes son, sino que optaron por verse como almas atrapadas en cuerpos extraños; no quisieron la integración, escogieron en su lugar colgarse una etiqueta externa para no olvidarse quienes son internamente. Por ello ahora buscan que la Iglesia o el Estado los homologue: saben que la naturaleza les deparó un destino y saben que una cultura intenta justificar su desvío, pero íntimamente no saben quienes son, pues no se animan a dejar de vivir para si mismos y empezar a vivir para los otros.



Antonella Díaz

domingo, 15 de diciembre de 2013

Buen policía, mal policía

¿Sinarquía o anomia?

Después de diez días de agitación social producida por los saqueos que se desencadenaron al unísono de las huelgas policiales, la presidente Cristina Fernández de Kirchner finalmente habló vía Twitter sobre el tema. Por supuesto que no fue –como si hubiese sido en muchas otras partes del mundo occidental– para asumir su responsabilidad, pedirle disculpas al pueblo argentino y presentar su renuncia indeclinable, pues, como es sabido, el nuestro es un país con una institucionalidad alterada. En su lugar, la presidente se encargó de señalar a quienes serían los culpables del caos que padeció la Argentina.

En su relato, Cristina Fernández de Kirchner apuntó esencialmente en contra de los cuerpos de policía, y deslizó por detrás un montón de conjeturas conspirativas. Al parecer miles de policías a lo largo y ancho del país respondieron a la convocatoria de unas cuantas decenas de cabecillas que sólo querían crear una situación de tensión, por lo que no sólo promovieron el acuartelamiento sino que también organizaron junto a varios hampones unos cuantos robos en banda en contra de ciertos comercios para tentar a los humildes que el Estado se ha ocupado de “incluir” a que se comporten como unos desaforados. Lo que se buscaba era demostrar que la policía es indispensable en la Argentina de hoy y que por ello no se puede no concederle lo que demanda. Esos policías “extorsionadores” y “desestabilizadores” contaron en el relato kirchnerista, claro, con el apoyo directo de gremialistas, políticos y hasta de narcotraficantes, y con el apoyo indirecto del Grupo Clarín, es decir ellos fueron parte del “Eje del Mal”.

Dos escenarios

Si se analiza la situación que vivió Tucumán a la luz de la explicación kirchnerista, es probable que se adhiera a esa versión. Es que en esa provincia la policía suspendió sus tareas habituales, allanándole el camino a la delincuencia para que avance con su actividad expropiadora y destructiva. Durante dos días se vivió en el terror, debido a que nadie del gobierno provincial se hizo cargo de la crisis mientras estaba estallando (y tampoco hicieron ello después de que culminó). La gente, como era de esperarse, reaccionó con un gran malestar ante los policías, a quienes aprovecharon para increparlos en la vía pública o para denostarlos a través de las redes sociales. En una tienda llegaron a colocar un cartel en el que anunciaban que a los miembros de la fuerza policial les iban a cobrar los productos que venden con un grosero sobreprecio, en clara actitud de desquite por los efectos colaterales que ocasionó su huelga.

La contracara de Tucumán fue, sin dudas, Salta. En Salta también hubo acuartelamiento por parte de los policías provinciales. Sin embargo éstos no estuvieron acompañados por saqueos, ya que, justamente, cuando hubo intentos de rapiñar en los comercios locales, fueron los policías los que pusieron el cuerpo y detuvieron a la horda que iba detrás de lo ajeno, minimizando de ese modo los daños provocados. Después de anulado el peligro, muchos oficiales comenzaron a sumarse al paro, pidiendo una suba salarial. La gendarmería nacional entró en escena para suplantar a los policías voluntariamente fuera de servicio, y los únicos inconvenientes y encontronazos que se registraron fueron entre miembros del gobierno y representantes de las fuerzas del orden.

La reacción de los salteños ante su policía fue diametralmente opuesta a la de los tucumanos: en lugar de negarles la atención o cobrarles tarifas especiales, los comerciantes de Salta decidieron agradecerle a sus guardianes ofreciéndoles generosos descuentos en sus locales por lo que resta de diciembre.

El clima popular ante los policías es hoy en día muy distinto en una y otra provincia. La gente de Tucumán acusa de codiciosos a los oficiales y les echa en cara que sus aumentos están manchados por la sangre de los comprovincianos que murieron durante los saqueos; la gente de Salta, en cambio, ha sido informada que el aumento salarial de los policías se financiará a través de un incremento en los impuestos, hecho que no ha puesto a los afectados en contra de los uniformados sino antes bien en contra de los políticos.

Esto también se percibe a nivel político. En Tucumán, el massismo local (un bloque parlamentario integrado en la Legislatura Provincial por José Orellana, Gerónimo Vargas Aignasse y José Teri) presentó un proyecto de ley mediante el cual proponen durísimas sanciones en contra de aquellos policías que intenten organizar algún tipo de protesta frente a sus superiores. En Salta, por el contrario, un opositor como el diputado nacional Bernardo Biella habló de un proyecto suyo para “humanizar” las fuerzas de seguridad, permitiéndoles cierto derecho a quejarse públicamente y protestar pero siempre y cuando no descuiden sus obligaciones más básicas.   

La realidad como límite

Ciertamente la policía de Tucumán y la de Salta no difieren demasiado. En ambos cuerpos hay numerosos elementos corruptos que, por acción u omisión, son productores de delitos. Y no hablo únicamente de coimas, sino que me refiero a la constitución de bandas delictivas integradas por uniformados. Quizás habría que ir a los archivos y cuantificar el número de policías involucrados en estos repudiables episodios durante la última década, para constatar si es mayor el número de malos elementos en Salta o en Tucumán, o si es parejo de uno y otro lado de la frontera. De cualquier manera no son sólo las tristes excepciones las que contribuyen a perjudicar la percepción social de la policía, sino que también ello lo logran a través de ciertos excesos en sus funciones: me refiero, claro, a las denuncias por apremios ilegales, abuso de autoridad y ese tipo de cosas.

Todo eso contribuye a que la policía funcione como un buen chivo expiatorio. En Tucumán, por ejemplo, el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo ordenaron detener a nueve perejiles a los que se les imputa la autoría mediata de los saqueos, los homicidios y otros delitos. Quieren culpabilizar a trabajadores de mala traza para que la opinión pública focalice su bronca en contra de ellos y no en contra del resto de los políticos oficialistas, lo que se dice “buscar tapar el sol con la mano”.

Es que en Tucumán, siguiendo el libreto conspirativo propuesto por el kirchnerismo, no tienen a nadie más contra quien apuntar: el gremialismo moyanista prácticamente no existe en la provincia, del mismo modo en que el massismo se resume en un puñado de dirigentes de poca influencia; Alperovich disparó contra la UCR y La Bancaria, pero nadie, ni el más fanático de los suyos, cree capaz a esa gente de armar algo tan escabroso como fueron los saqueos. Por tanto el gobernador tucumano no tiene más opción que endilgarle toda la culpa a unos cuantos policías a los que, obviamente, no se los acusará de tener vínculos con redes de narcotraficantes (como si se acusa normalmente a la policía de Córdoba y Santa Fe), sino que, cuanto mucho, se les señalará algún contacto con el hampa local a exclusivo título personal.   

En Salta, empero, la estrategia defensiva kirchnerista se estrella contra la realidad. Allí si hay un massismo y un moyanismo poderoso (el encabezado por Juan Carlos Romero y sus aliados), y la narcopolicía es una realidad desvelada desde hace algunos años. Sin embargo, aunque a los kirchneristas les pese, debido a lo acontecido y atestiguado por todos no se puede sugerir que en Salta las bandas saqueadoras hayan sido amparadas ni motivadas por la policía –una policía que, por cierto, no se privó de manifestar el mismo descontento que manifestaron sus colegas en el resto del país. ¿Entonces? ¿Cómo explicar el caos sin recurrir a la invocación de fuerzas golpistas? Creo que asumiendo el fracaso, aceptando que el problema no es que la policía sea buena en un lugar y mala en otra, sino que el problema es que en nuestro país la policía resulta ser la delgada línea azul que divide a la civilización del salvajismo, porque el trabajo, la educación y la justicia están gravemente ausentes, pese a que se nos quiera hacer creer que se ha “ganado la década”.   



Pablo Ulises Soria

viernes, 13 de diciembre de 2013

La bomba tucumana

Las invasiones intensas

Durante dos días, Tucumán fue zona de guerra. Eran dos los bandos que se enfrentaban: el orden y el caos, la ley y el delito, la policía y los criminales. Sin embargo uno de esos bandos, el de los policías, optó por ausentarse, por lo que la población civil se vio obligada a actuar, pero no para restaurar y preservar el orden, sino, simplemente, para no verse devorados por el delito. Debido a ello una anarquía caótica reinó en la Capital provincial y sus alrededores.

En todos lados proliferaron las barricadas. Los vecinos bloqueaban las esquinas con lo que tuviesen a mano –llegando, en algunos casos, a encender hogueras–, y arrojaban aceite o vidrio molido en la calle, calculando que si por su zona intentaban circular las motos que transportaban a los del malón, éstas iban a tropezar, dándole tiempo a la gente para abalanzarse sobre sus tripulantes con el fin de lincharlos con palos, piedras, cadenas, machetes y todo lo que pudiesen utilizar.

El grueso de la población tucumana experimentó el pánico. Pero la actitud de la mayoría no fue paralizarse, sino intentar detener por sus propios medios a la destrucción que avanzaba por las calles. El 9 y el 10 de diciembre de 2013, Tucumán fue víctima de una horda impredecible, y el monopolio de la violencia que posee el Estado se disolvió entre las miles de manos del pueblo. Tucumán no ardió: directamente explotó en miles de pedazos.

Crónica de un desastre anunciado

El conflicto, como es sabido, comenzó en Córdoba, y se produjo un efecto dominó que arrastró a casi todas las demás provincias de la República Argentina. Los gobernadores contaban con la salvaje experiencia cordobesa como advertencia de lo que podía ocurrir en sus distritos.

A Tucumán, la huelga policial llegó el domingo 8 en horas de la noche. Paul Hofer, un funcionario del Ministerio de Seguridad Ciudadana de Tucumán, no tuvo mejor idea que minimizar el acontecimiento, sosteniendo que había políticos detrás (apuntó contra el ucerista José Cano y la frepasista Stella Maris Córdoba) y asegurando que los que protestaban no tenían legitimidad para hacerlo, ya que en su gran mayoría se trataba de oficiales retirados o apartados del cuerpo policial. Ignoraba este incompetente que los gremios policiales están, precisamente, integrados por esa clase de oficiales, que son los que normalmente promueven y encabezan las protestas.

El lunes 9 empezó a crecer desde temprano el rumor de que se desencadenarían los saqueos. Ni lento ni perezoso, el Gobernador José Alperovich alertó a su familia para que tomen precauciones. Así fue que la concesionaria de autos León Alperovich decidió dejar de atender al público y movilizar en caravana sus numerosos vehículos para ocultarlos en zonas seguras, donde serían custodiados por una guardia especial.

Alrededor de las 15 horas de ese lunes se desató la locura. El golpe fue veloz y sin un patrón previsible: saqueos en la avenida Kirchner, en la Gobernador del Campo, en la Belgrano, en Lomas de Tafí, en Banda de Río Salí, en todos lados menos en Yerba Buena y en el área de las Cuatro Avenidas (aunque también se registraron allí hechos delictivos). El servicio de colectivos fue suspendido y las estaciones de servicio optaron por cerrar sus puertas. Cerca de las 21 la Gendarmería Nacional comenzó a patrullar la ciudad, pero concentrándose especialmente en las zonas que no habían sido saqueadas aún, es decir en las zonas monitoreadas por cámaras de vigilancia y defendidas con hombres de seguridad privada.

El martes 10, bien temprano, se produjo el saqueo a la distribuidora de Sancor. Allí un vecino filmó la escena patética en la que una madre deja abandonado a su hijo en un coche para ir a robar en los depósitos. La preocupación ante una ola imparable de robos comenzó a crecer entre la población. Al mediodía empezó a circular el rumor de que los malandrines iban a sabotear los transformadores de energía eléctrica, para dejar a la ciudad sometida a la obscuridad y avanzar así sobre el área del centro. Las redes sociales se hicieron eco de la alerta de catástrofe, y la gente de esa área decidió salir a la vereda o a los balcones de sus casas con una cacerola en la mano. A las pocas horas muchos vecinos se habían concentrado en la Plaza Independencia. Allí se encontraba el Gobernador Alperovich, el Arzobispo Zecca, representantes de los policías acuartelados, y varios funcionarios de primera línea del gobierno provincial negociando una salida honrosa. Furiosa, la gente no sólo les transmitió su bronca gritando, sino que además vandalizaron los autos oficiales (Alperovich culpó de ello a los miembros de La Bancaria). Encerrados en Casa de Gobierno, el Gobernador y su séquito mandó a un grupo de efectivos policiales a despejar el lugar. Allí empezaron a sonar los disparos de balas de goma, dos de los cuales impactaron en contra de un manifestante que quedó ensangrentado, imagen que fue recogida y reproducida por los corresponsales de Todo Noticias que se encontraban registrando la protesta.

La policía reapareció el martes a la noche, pero el miedo siguió golpeando durante la madrugada del miércoles 11. Miles de vecinos se negaron a dejar las calles y volver a sus casas, temerosos de que surgiesen los malones de entre las sombras: es que muchos ya habían protagonizado defensas exitosas de comercios barriales que intentaron ser atacados por los maleantes, y estaban lo suficientemente envalentonados como para no dejarse doblegar por la delincuencia. La zona de la Costanera fue un campo de batalla, ya que gente de otras villas se acercaron con la intención de entrar y saquear el lugar, suponiendo que los botines más interesantes se encontraban ocultos en las casillas del lugar. Ya cuando despuntó el alba, el terror comenzó a disiparse y dejó paso a la bronca generalizada. Vecinos a lo largo y ancho de San Miguel de Tucumán y localidades aledañas manifestaron su repudio sin tapujos hacia la fuerza policial (en algunos casos simplemente increpándolos, en otros ironizando contra ellos, y en muchos casos más enfrentándolos con violencia). Tampoco se salvó de la ira de la gente la señora Silvia Rojkés de Temkin, Ministra de Educación de la provincia, que aún sin el servicio de transporte público restituido y con las calles todavía repletas de escombros de barricadas, dio la orden de que se dicten clases normalmente, obligando a miles de niños y adolescentes a asistir a las escuelas como si la conmoción ya estuviese plenamente superada.

Policías, políticos y periodistas: los enemigos del pueblo

En Facebook alguien abrió una página para escrachar a los saqueadores de Tucumán. Transcurridas 24 horas, dicha página tenía ya más de veinte mil adhesiones. Eso marcó perfectamente el sentimiento generalizado de la población tucumana.

El miércoles 11, a partir de las 18, la Plaza Independencia comenzó a llenarse de gente. Un par de horas después, una multitud había copado el lugar. Muchos de los presentes estaban allí para manifestarse en contra de la policía por su negligencia de dejar a la ciudad sin protección, otros estaban para repudiar al gobierno provincial por haber dejado que las cosas se les escapen de sus manos y haber contribuido al caos, y el resto se había acercado a la plaza para enfrentar tanto a los policías como a los políticos.

Quienes también sintieron la bronca del pueblo fueron los periodistas, especialmente aquellos que trabajan en la televisión local. En plena protesta, fueron reprendidos por la gente que les recordó que, así como los policías y los políticos se borraron en el momento más agudo del conflicto, así también ellos no hicieron su trabajo cuando era el momento más necesario. Es que si algún canal de aire (el Canal 8 o el Canal 10) hubiese puesto un micrófono y una cámara en la Plaza Independencia el martes por la tarde –suspendiendo la basura televisiva que habitualmente transmite–, hubiesen gozado de una audiencia enorme y de un poder tremendo, que hubiese colaborado en gran medida a generar la respuesta política que nunca se generó. Pero los mercenarios trabajan según la lógica del mercenario: lo que les importa es el dinero.

Bailando en la obscuridad

Algo que indignó a la mayoría de Tucumán fue que mientras en la provincia se vivía el caos, la Presidente Cristina Fernández de Kirchner bailaba sobre un escenario en Plaza de Mayo con una cacerola y una cuchara, en una suerte de parodia dirigida directamente en contra de la gente que había tomado ambos elementos para hacerse oír en la Cuna de la Independencia.  

Como es común, la energúmena que gobierna al país no pidió disculpas ni nada parecido por su exabrupto de entregarse al ritmo de la danza macabra. Es que para ella era necesario festejar 30 años de democracia. Aun si todo ardía o se hundía, el circo tenía que continuar. Ya en ese momento se sabía que los muertos eran muchos (en Tucumán, al parecer hay cinco muertos, pero el número podría ser mayor), no obstante ello no fue obstáculo para que la Señora de la “Buena Onda” brinde un espectáculo bochornoso junto a su equipo de aduladores bien pagados.  

¿Cuál ha sido la reacción del Gobernador Alperovich? El perfil bajo. Hizo una reunión para felicitar a la Gendarmería por su acción, cambió al Jefe de la Policía Provincial, anunció que la justicia está ubicando y persiguiendo a los protagonistas de los saqueos, pero no asumió su responsabilidad: si en lugar de esconder su patrimonio, firmaba el acta en la que acordaba la suba salarial de los policías el día lunes, la movida saqueadora hubiese sido mucho menos dañina o ni siquiera hubiese tenido lugar. La gente se lo recordó: primero escracharon la sede de una concesionaria de León Alperovich, y luego organizaron manifestaciones directamente ante su domicilio de calle Crisóstomo Álvarez. Le piden la renuncia mientras concurren a las armerías para comprar protección. Temen, porque intuyen que la obscuridad volverá y los encontrará indefensos.



Francisco Vergalito