La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

lunes, 16 de septiembre de 2013

El descalabro

La siguiente historia es tan absurda que parece ficticia, pero, lamentablemente, es verídica.

Todo comienza cuando la policía salteña detiene a varios hombres acusados de robar en banda. Los delincuentes son procesados y la Justicia afirma su culpabilidad, enviándolos en consecuencia a la cárcel a cumplir con su condena por haber quebrantado las leyes del país.

Purgando su pena en prisión, uno de esos hombres, un aberrosexual, decide realizarse un implante de siliconas en el pecho, para simular la posesión de senos femeninos. El hombre completa todos los trámites correspondientes, recibe la autorización de los directores del penal, y con una cirugía se coloca los senos postizos.

Al cabo de un tiempo, el aberrosexual decide acogerse a los beneficios de la Ley de Identidad de Género y consigue también que en su DNI figure el nombre de fantasía que eligió para si, alterándose con ello el sexo que posee. Convertido en mujer por un trámite burocrático, el travestido (ahora “transgenerado”) pide que se lo transfiera a una prisión femenina. La Justicia aprueba el pedido, y “María Julieta” Morales es reubicado.

Sin embargo, sorpresivamente, Morales realiza luego una nueva petición: solicita que se lo traslade, esta vez al lugar en donde estaba, es decir a la cárcel para hombres de donde había pedido irse. Aparentemente Morales no se siente a gusto en su nuevo hogar, debido a que habría sufrido la hostilidad de las guardiacárceles y de sus compañeras de encierro. Pero también hay otro motivo: Morales se “enamoró” de un interno aberrosexual como él, por lo que desea regresar al lugar en el que estaba para seguir dando y recibiendo “amor”. Ambos hombres, de hecho, habían contraído matrimonio un poco antes de que Morales consiguiera el cambio de DNI, para luego mantener toda clase de peleas y discusiones que fueron lo que hicieron que el travestido optara por separarse, solicitando el traslado a una prisión femenina. Una vez allí, Morales decidió perdonar a su “marido” para proseguir con la relación enfermiza que habían suspendido, y por ello interpuso un pedido de hábeas corpus para que se cumplieran sus deseos.  

En donde recupera algo de coherencia este relato es en el rechazo que la Corte de Justicia de Salta realiza del pedido de Morales, sosteniendo que no había pruebas de que fuese agredido, acosado y/o violentado en la cárcel de mujeres como él aducía.

Los abogados de Morales analizan ahora la posibilidad de realizar una retractación en el cambio de género del DNI, para posibilitarle así al travestido el regreso a su antiguo lugar de detención. Ello, sin lugar a dudas, constituye un abuso de los beneficios de una abominable ley la cual, desde el principio, estuvo mal diseñada.

La enseñanza que esta historia nos deja es que resulta realmente preocupante constatar como se tergiversan las cosas frente a nosotros. La nefasta Ley de Identidad de Género (una normativa que incluso tuvo más apoyo parlamentario que el matrimonio entre homosexuales) es un elemento óptimo para causar toda clase de descalabros: por ejemplo si una mujer desea seguir trabajando cuando ya ha alcanzado la edad jubilatoria –algo muy común en un país en donde jubilarse equivale a ingresar en el mundo de la pobreza–, puede hacer un muy breve trámite para convertirse en hombre y preservar así su puesto por unos años más; del mismo modo si un hombre quiere gozar de los beneficios destinados a las personas de sexo femenino (como por ejemplo las extensas licencias por maternidad), basta con acercarse al Registro Civil más cercano y pedir el cambio de DNI. Y ni hablemos de los hombres que pueden llegar a cambiar de sexo para incorporarse a equipos deportivos femeninos y mejorar sus rendimientos, o de aquellos que pueden llegar a hacerlo para ocupar los espacios destinados a mujeres a través de los diversos “cupos femeninos”, algo que sucederá tarde o temprano (como sucedió lo de que un hombre afirme ser mujer para pasar de una prisión masculina a una femenina).

Lo ridículo de todo esto no es que se permita el cambio de sexo con una mera declaración y sin prueba alguna, y tampoco es ridículo que alguien que cambió de sexo se “arrepienta” y retorne a su situación anterior. Lo verdaderamente ridículo es que se acepte sin cuestionamientos la locura de suponer que el sexo es tan maleable que una persona pueda transformarse de una cosa a otra en lo que tarda un pestañeo, pero que al mismo tiempo se niegue rotundamente que existe la cura para la homosexualidad y demás prácticas sexuales aberrantes.   



Antonella Díaz

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