La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 24 de febrero de 2013

Sin límites

El huerto de bananas

El tratado de entendimiento que Argentina impulsa con Irán para esclarecer el atentado ocurrido en contra de la sede de la AMIA en 1994 generó una enorme polémica en este último mes. Son muchas las voces que repudian la movida diplomática argentina, pero si se las clasifica y agrupa se notará de inmediato que todas provienen de dos esferas: la oposición partidocrática y la comunidad judía que habita en el país.

Del lado partidocrático la objeción principal es que al acordar Argentina con Irán, básicamente, nuestro país se está alineando internacionalmente con lo que el gobierno estadounidense, en épocas de George W. Bush, llamaba “el Eje del Mal”. Pese al nombre tremebundo, el Eje del Mal consistía simplemente en un grupo de naciones –o, mejor dicho, de gobiernos– cuyas decisiones no complacían al imperialismo promovido desde Washington DC. En Hispanoamérica la isla de Cuba fue la principal y única representante de esas naciones durante muchas décadas, hasta que Venezuela ocupó su puesto, convenciendo a Bolivia, Ecuador y Nicaragua para que se les unan. Desde que los Kirchner están en el poder, Argentina ha mirado con cariño esa alianza pero no ha hecho demasiado por adherir formalmente a ella. El tratado con Irán, entonces, es visto por la oposición partidocrática como un gesto demasiado abierto hacia la unión con Venezuela.

Perder la aprobación de EEUU, hoy en día, no significa demasiado para la sociedad argentina; empero intimar con Venezuela es visto por muchos como la completa aceptación de que aquel viejo país de las estancias donde se cultivaba el trigo y se criaban las vacas se ha convertido en la actualidad en un pequeño huerto de bananas.

Las cosas como son

Ahora bien, si se observa a los judíos que se han opuesto al tratado con Irán se podrá constatar que a la mayoría de ellos no les importa en lo más mínimo si Argentina deviene o no un país bananero. No es por la decadencia nacional que han alzado sus voces, es por sus bolsillos.

Cuando la DAIA y la AMIA cabildean para que Argentina no se vincule con Irán lo que buscan es que el país asiático deje de aumentar su poder y su influencia internacional. No les conviene. Irán, desde hace varios años, encabeza una campaña en contra del sionismo global. A raíz de ello, el gobierno iraní ha sido acusado de “antisemitismo”. Sin embargo lo curioso es que en Irán viven varios miles de judíos –de allí no los han expulsado como si los han expulsado de tantas otras partes– y no son hostigados, ni pogromeados, ni gaseados en cámaras. ¿Entonces?

En Irán, una República Islámica, la religión no es una cuestión secundaria sino una central. De allí es que en su parlamento hay espacio para las “minorías religiosas”, las cuales incluyen entre otras a los judíos. Es decir el judío en Irán es visto como un miembro de la nación israelita, pero su lugar social y político lo posee gracias a su religión.

Esa posición iraní pone nerviosos a los sionistas. Reducir al judaísmo a una mera cuestión religiosa implica un paso hacia atrás para lo que las sinarquías sionistas se han propuesto obtener desde hace por lo menos ciento once años. Por ello Irán es percibido por los judíos como una amenaza. Una hipotética guerra entre ambos países se resolvería cronometrando quien de los dos es dueño de una logística lo suficientemente poderosa como para lanzar primero sus bombas nucleares en contra del otro (y es probable que esa carrera la gane Israel); pero la desarticulación del discurso sionista causaría un daño muchísimo más grande a los israelitas que una explosión devastadora.

Perfidia

Beatriz Rojkes de Alperovich, senadora del Frente para la Victoria por la provincia de Tucumán, es una militante sionista. Nadie lo ignora. Lo confirma su defensa permanente de los intereses israelíes en la región y su feroz rechazo al avance de la influencia iraní. Es por ello que a muchos les llamó la atención que votase a favor del acuerdo que los grupos de presión sionistas exigían bloquear.

El rabino Sergio Bergman escribió sobre ella evocando a Esther, una judía que, según el relato bíblico, ocultó su judeidad para casarse con el rey persa Asuero, jugada que al final sería muy fructífera, pues terminaría salvando a los judíos de la aniquilación propuesta por el visir Amán. Para Bergman la obvia diferencia entre Esther y Beatriz Rojkes de Alperovich es que la tucumana no obró a favor de los judíos sino en su contra.

Quizás sea exagerado lo de Bergman, pero ilustra bastante bien el sentimiento de los sionistas que habitan en Argentina. Daniel Filmus y Samuel Cabanchik son dos senadores hebreos, que provienen de Capital Federal y apoyan al gobierno kirchnerista. Ambos, al igual que Rojkés de Alperovich, manifestaron su incomodidad por tener que apoyar el acuerdo entre Argentina e Irán, pero a diferencia de la tucumana, ninguno de los dos juró por el Tanaj al momento de asumir su puesto o se involucró abiertamente en las internas judías que acontecen en la Argentina. Filmus y Cabanchik se sintieron heridos en su judeidad, agraviados en su nacionalidad íntima, y por ello dudaron en apoyar incondicionalmente a la Presidente como lo venían haciendo desde hacía años. Al final sólo Cabanchik se negó a emitir un voto favorable, pero lo hizo sólo para salvar las ropas, pues a la mayoría en el Senado el kirchnerismo la había conseguido gracias al apoyo de otros aliados. Filmus, por el contrario, acompañó a Rojkés de Alperovich es su delibera afrenta contra el sionismo.

Filmus es un progresista hecho y derecho, por lo que un gesto suyo en contra del sionismo puede llegar a ser tolerado de vez en cuando por los propios israelitas, pero Rojkés de Alperovich (al igual que su marido) han demostrado ser conservadores, por lo que su decisión de seguir el mandato de Cristina Kirchner es vista por ellos como una altísima traición.

La pregunta más interesante en este contexto es: “¿cuál es el límite de “Betty”?”, “¿cuál es el límite de los Alperovich?” Pareciera ser que ninguno. Esa gente está tan enferma de poder que no pueden darse el lujo de permanecer fieles a sus principios y convicciones. José Alperovich empezó como comunista, luego se hizo radical, más tarde se vinculó al bussismo, un poco después se consiguió un espacio en el pejotismo, se convirtió en un duhaldista fiel y terminó de aplaudidor de Néstor y Cristina Kirchner. ¿Qué le falta? ¿Convertirse en jefe de La Cámpora? ¿Ser el principal sciolista del NOA? ¿Unirse al PRO? Probablemente algo de eso vaya a hacer ante una eventual caída del kirchnerismo. De todos modos lo que se pensaba es que, detrás de todas las mutaciones políticas, los Alperovich al menos eran leales al sionismo, se creía que su grosero etnonepotismo y su manifiesta cristofobia eran estrategias que seguían con la intención de favorecer la agenda sionista. Con el voto de Rojkés de Alperovich (y con el que seguramente dará el diputado Benjamín Bromberg) esta gente demuestra que en realidad no es así, que si bien pudieron haber hecho y dicho cosas que contaban con el completo beneplácito de las sinarquías sionistas, el clan Alperovich no es más que un grupo de personas sin salvavidas, una red demasiado amplia de negocios y negociados cuyo máximo temor es perder su tranquilidad financiera, un conjunto de pretendidos monarcas que en el fondo saben que no son más que unos viles usurpadores, una serie de parásitos que temen morir de hambre al perder el territorio que gobiernan, unos acomodaticios que están dispuestos a todo para quedarse con todo. Los Alperovich no tienen límites.   



Francisco Vergalito