La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 27 de enero de 2013

Con las manos en la basura

La basura encima de la alfombra

Como estamos en el mes de enero –una época del año signada por la escasa actividad política y deportiva– constatamos que el diario La Gaceta se ve obligado a “fabricar” temas para llenar sus páginas. En esta oportunidad el equipo de redacción del famoso matutino tucumano eligió discutir acerca de la basura.

En rigor no hay una verdadera discusión acerca de la basura, pues no hay nadie que defienda a la basura, no hay nadie que esté de acuerdo con la idea de vivir en medio de los desperdicios de alguien más. Sin embargo, pese a que nadie desee a la basura en Tucumán, ésta está allí, en las calles, en los baldíos, en las plazas, a la vera de las rutas.

En el mes de diciembre, después de la agitación por la sentencia del Caso Marita Verón y tras el pánico por los saqueos, estalló un conflicto sindical entre los recolectores de basura y la patronal que se resolvió en el lapso de una semana, pero que puso en vilo a la ciudadanía que temía perder por un tiempo mayor a ese servicio y tener que ver así a San Miguel de Tucumán convertida en un basural a cielo abierto. No obstante muchos comentaristas de la versión digital de La Gaceta señalaron que la capital tucumana ya es, de hecho, una suerte de basural a cielo abierto, al menos en algunas de sus zonas. De allí que el diario hizo durante unos 25 días una exhaustiva cobertura de este asunto, con el propósito de visibilizar la problemática de la basura.

El dedo acusador

La basura, como es evidente, no llega a los espacios públicos por si sola, por lo que se deduce que hay alguien que la pone allí. Los periodistas de La Gaceta trataron de identificar a los responsables de la situación, y rápidamente encontraron a varios a quien señalar. Los que se llevaron la peor parte son los denominados “carreros”, que  constituyen la evolución contemporánea de los denominados “cirujas”.

Los carreros son tucumanos que viven de la basura, casi literalmente. Es decir un carrero es una persona de muy escasos recursos que recorre la ciudad en carros de madera tirados por un caballo, levantando alimentos, vestimenta o utensilios que encuentra cuando revisa las bolsas de basura. Ocasionalmente algunos vecinos les entregan sus residuos a los carreros para que ellos se deshagan de los mismos, ya que en ciertas áreas de San Miguel de Tucumán el servicio de recolección municipal de basura es muy deficiente. El mito dice que los vecinos les pagan unos pesos a los carreros para que se ocupen de su basura, pero ello no es cierto: ¿quién pagaría por algo que es gratis? Los carreros suben las bolsas a sus vehículos y las van revisando a medida que se desplazan por la ciudad, separando aquello que encuentran aprovechable de aquello que no, y luego arrojan todo lo que descartan en algún baldío o sitio similar, para recomenzar su tarea al día siguiente. El motivo por el que hurgan la basura sobre un carro es porque así se la quitan a un ciruja que no posee uno de esos vehículos y pueden quedarse ellos con lo mejor de los desperdicios de otros, o sea es una cuestión de competencia.

Esta realidad aquí descrita es tremendamente denigrante. Y se vuelve más denigrante aún cuando se acusa a los carreros de cobrar por ensuciar: como está instalado que se les paga por molestar al prójimo, entonces se convierten en una suerte de sicarios a los que es fácil despreciar. Esa es una manera de criminalizar la pobreza, y es lo que La Gaceta ha estado haciendo muy alegremente (bajo responsabilidad de José Nazaro, el “cerebro” detrás de la cobertura del problema de la basura, quien hasta no se privó de ensayar el amarillismo sentimentalista con algunos errores de ortografía incluidos).

Además de los carreros, La Gaceta ha señalado a las autoridades municipales y a la policía como parte de tan aguda problemática. Empero su rol es más que secundario a juicio del diario: el Municipio siempre está dispuesto a movilizar sus camiones y limpiar un basural, pero no puede evitar que éstos se formen pues no es su tarea hacer ello sino de la policía; y la policía, que sabe perfectamente de la existencia de dos docenas de lugares escogidos por algunos para establecer y restablecer basurales, no tiene personal suficiente como para vigilar todos aquellos sitios que el Municipio no ha urbanizado positivamente.

Curiosamente desde La Gaceta no han mencionado a los miembros del programa Argentina Trabaja, los cuales lidian con la basura a cambio de un subsidio del Estado, pero que en ocasiones lo hacen con un total descuido, cayendo en prácticas similares a la de los carreros para deshacerse de los residuos que juntaron.

Del otro lado de la línea, están ya no los culpables sino las víctimas de la basura. Se trata de un grupo importante de ciudadanos que, debido a residir en las proximidades de una zona escogida para constituir un basural, padecen enfermedades respiratorias, ataques de alimañas y devaluación de las propiedades. En algunos casos, esta gente ha llegado a vivir situaciones muy angustiantes al intentar hacerles frente a los carreros y recibir respuestas violentas. Pero a los de La Gaceta les interesa, sobre todo, subrayar que quien más sufre por la basura derramada en la vía pública son los turistas, esos visitantes que llegan a una provincia con la fama de Tucumán y se encuentran con… la materialización de esa fama.

En la perspectiva del diario tucumano, la ciudadanía local debería morir de vergüenza ante un turista que encuentre a la provincia convertida en un chiquero.    

Ricos y pobres

Pero desde La Gaceta no se han limitado a darle un rostro a la problemática de la basura, también han tratado de explicar el fenómeno. En un artículo bastante peculiar, se lee:

Durante 2006, la provincia puso en marcha la ley antitabaco Nº 7.575 que prohíbe fumar en lugares públicos cerrados; la ley 7.740, conocida como "Ley de las 4am", que impuso el cierre de los boliches en ese horario; y se creó por decreto un registro de taxis y remises con el fin de regularizar la gran cantidad de autos ilegales que circulaban por la ciudad. El cumplimiento de estas normativas sigue en vigencia, a pesar del desacuerdo de algunos sectores populares, y cambiaron significativamente las costumbres de los tucumanos. Un año después, se sancionó la ley 7.883 que prohíbe el traslado de residuos en vehículos que no estén habilitados para tales fines y el depósito de los desechos en lugares que no se encuentran habilitados. Hoy, muy pocos obedecen esta última normativa. Se calcula que solamente en San Miguel de Tucumán hay alrededor de 3.000 carros y 110 basurales. Ahora, si las cifras alarman, los siguientes números acobardan por su magnitud: 1.200 toneladas de basura se recogen diariamente en el Jardín de la República. 

Obviando a la ley de taxis que regula un servicio público, se puede afirmar que lo que tienen en común la ley antitabaco y la ley de las 4 am es que son leyes que afectan los hábitos de consumo, pues la primera es una ley dirigida en contra de quienes tienen dinero suficiente como para mantener el hábito del cigarrillo, y la segunda contra quienes pueden pagarse la entrada a un local de diversión nocturna. La ley contra los carreros, por el contrario, no lidia con los consumidores sino con gente que ha hecho del manejo clandestino de la basura su modus vivendi. Si la estadística es cierta, entonces al menos 3000 personas se verían seriamente afectadas en su supervivencia si a la ley 7.883 se la hiciera cumplir a rajatabla.

Otro motivo para criminalizar a los carreros es el uso de caballos. En Tucumán la campaña “Basta de Tracción a Sangre” tiene muchos adherentes, incluyendo a algunos políticos. Lo que la campaña plantea es evitar el maltrato animal, puesto que los caballos de los carreros suelen estar famélicos y sobreexplotados. La sugerencia que hacen los que promueven el bienestar de los equinos es que los carreros suplanten sus vehículos de tracción a sangre por otros de tracción a motor. De nuevo se cae aquí en una solución compleja, que requiere sustituir algo de bajo costo (un carro tirado por unos caballos) por algo de alto costo (un motocarro). La posibilidad de sacar a los carreros de su tarea diaria de revisar la basura de los otros buscando aquello que les permita sobrevivir no llega a ser planteada.

Soluciones

Después de haber planteado la existencia del problema, los periodistas de La Gaceta intentaron proponer soluciones, quizás para demostrar que la prensa no existe sólo para registrar sucesos sino también para producirlos.

Desde el diario buscaron a ambientalistas para hacerles consultas. Uno de ellos, un miembro de la ONG Conciencia Ambiental Tucumán, indicó que el núcleo del problema está en los consumidores que no clasifican la basura en “descartable” y “reutilizable” y en los desaprensivos que utilizan sus carros o sus camionetas 4x4 para arrojar la basura en cualquier lugar. Recomendó como panacea la educación ambiental.

Otra ambientalista, militante de la ONG Greenpeace, trató de ser un poco más específica acerca del tema de la educación ambiental, señalando que es una combinación de pequeños detalles hogareños y amplias campañas públicas emprendidas por las autoridades la que puede contribuir, a largo plazo, a controlar el problema de la basura que se apodera de los espacios comunes.

Pero las verdaderas joyas provinieron de las iluminadas plumas de los que redactan La Gaceta. En un editorial del 3 de enero se invoca a la experiencia de la provincia de Mendoza como ejemplo a seguir y se propone que la educación ambiental sea una disciplina que abarque los planes de estudio desde el jardín de infantes hasta la universidad, suponiendo que por repetirle a una persona entre 13 y 18 años que no proteger el ambiente es erróneo dicha persona pasará a proteger el ambiente (¿pensarán los editorialistas de La Gaceta que por repetirle a una persona durante la misma cantidad de tiempo que ser aberrosexual no es malo dicha persona aceptará sin reparos la desviación?, ¿sabrán esas luminarias que los carreros y cirujas no son precisamente las personas que forman parte del sistema educativo durante lapsos prolongados?).   

En otro editorial del 8 de enero se aprecia la siguiente frase antológica: “pero basta una recorrida por los vaciaderos para advertir lo evidente: los residuos domiciliarios son mayoría.” Estas palabras culpabilizan al eslabón más débil de la cadena de producción de basura de obrar de manera terrible. En efecto, vivimos en el interior de un sistema capitalista, que se basa en el permanente consumo para funcionar. El capitalismo no sólo produce bienes constantemente para satisfacer una demanda, sino que también inventa demandas. Esa es una de sus claves: a través de la publicidad, se manipula el deseo para inventar nuevas necesidades que deben ser satisfechas. Dentro de la lógica capitalista, los bienes devienen rápidamente obsoletos o inútiles, lo que obliga a quienes los poseen a arrojarlos y comprarse algo nuevo para reemplazarlos, generando así las incontables toneladas de basura diaria. La legislación que se promueve para enfrentar ese problema normalmente penaliza al consumidor pero nada propone sobre el productor. Así se habla mucho acerca de la importancia de reciclar, pero poco se dice sobre reusar o reducir aquello que se consume, pues hacerlo implicaría dejar de apuntar contra el individuo y meterse en su lugar en contra de las grandes compañías.  

El incendio silencioso

Resulta un tanto desconcertante hallar que la única referencia a Oberá Pozo en La Gaceta durante el mes de enero se debió a la carta de un lector. Oberá Pozo es un megabasural, que funciona como el depósito final de los residuos de los municipios que integran el Gran San Miguel de Tucumán, vale decir es el destino final del recorrido que hacen los camiones recolectores de basura de San Miguel de Tucumán, Yerba Buena, Banda de Río Salí, Alderetes, Tafí Viejo, Las Talitas y Lules. El estado de ese lugar es simplemente lamentable, ya que representa un verdadero tumor maligno para de Tucumán.

Oberá Pozo es una zona cero, que sustituyó a los basurales colapsados de Los Vásquez y Pacará Pintado. Sus antecesores fueron clausurados por la Justicia, acusando a las empresas que los administraban de haber causado un daño ambiental tremendo, pues se comprobó que aquellas habían incumplido con gran destreza todas las medidas que se suponía que debían tomar para no contaminar las aguas, las tierras y el aire.

El hecho es que a Oberá Pozo lo administra un consorcio intermunicipal, que ya anunció que lo cerrará definitivamente y trasladará el manejo de los residuos a un nuevo megabasural ubicado en San Felipe, un lugar peligrosamente cercano a San Miguel de Tucumán que es tristemente célebre por poseer el Canal Sur, el cual resulta ser el equivalente provincial del Riachuelo porteño.  

Lo que la prensa (¿convenientemente?) no informó es que desde el 23 de diciembre hasta el 10 de enero pasados Oberá Pozo ardió día y noche. En oportunidades similares donde Los Vázquez o Pacará Pintado fueron los protagonistas, los medios masivos de comunicación intentaron dar explicaciones de todo tipo acerca de la presencia del fuego, reproduciendo lo que las empresas les comunicaban: dijeron que los incendios fueron productos de las condiciones climáticas, que hubo un accidente, que alguien vulneró su sistema de seguridad, que alguien desde adentro saboteó a la planta, etc (les faltó decir que unos extraterrestres atacaron las montañas de basura). Sin embargo nadie desde la prensa supuso o intento suponer que los repentinos incendios se habían organizados para eliminar pruebas, ya que normalmente ocurrían algunos días antes en que la Justicia Federal los investigara. Esta vez, empero, ni se molestaron en transmitir una excusa. Hubo un silencio atroz con respecto a este tema… y eso que se la pasaron hablando sobre la basura.

Sin patriotismo no hay ciudad   

En un tercer editorial del 25 de enero, nos encontramos con una referencia al fracaso del Programa URB-AL III –que fue un proyecto de una agencia de desarrollo humano de la Unión Europea que impulsaba el negocio del reciclaje en Tucumán para emplear las ganancias en el mantenimiento de escuelas– y con una invitación a los vecinos a pensar en soluciones creativas para acabar con los basurales clandestinos, sin privarse, claro, de proponer la realización de un certamen para distinguir mensualmente al barrio más limpio y a fin de año realizar la gran final, eligiendo a la “Reina de la Higiene Urbana”, la cual, supongo, se tratará de una vecindad y no de una señorita que se haría acreedora de tan humillante cetro.

El proyecto de la Reina de la Higiene Urbana parece ser algo que un periodista de La Gaceta le propone a la Municipalidad de San Miguel de Tucumán. Dicho certamen bien podría desarrollarlo el propio diario, si realmente tanta conciencia ambiental tienen. De todos modos me intriga saber cual sería el premio por mantener limpio al barrio: ¿una plaqueta que diga que el barrio X es el más limpio de la ciudad? No suena estimulante. O quizás si lo sea, pero no para San Miguel de Tucumán.

San Miguel de Tucumán tiene el problema de poseer una identidad poco definida en lo que es su cinturón barrial. Y eso hace que la ciudad no sea un hogar para quienes viven allí, sino una mera casa. Es decir, al tucumano le cuesta comprenderse dueño del espacio que lo rodea. Esto, por supuesto, lo lleva a desdeñar su entorno.

La cobertura de la problemática de la basura de La Gaceta abordó un par de casos que ilustran lo que sostengo. Gracias al matutino nos enteramos que en la calle Ejército del Norte hay un basural cerca de una gruta dedicada a la Virgen María. Al parecer los vecinos la colocaron allí para hacer del lugar un espacio más solemne y evitar que los demás arrojen basura. Pero el símbolo religioso no ha generado el respeto que merece, o tal vez si lo hizo pero aún así los carreros prosiguen con sus prácticas habituales, quizás persignándose después de hacerlo.

Más grave aún es el caso del barrio Cooperget, una zona de la Capital tucumana castigada por los basurales que originan los carreros. En el artículo se lee:

El barrio Cooperget, también conocido como "Barrio 126 Viviendas", fue entregado el 20 de diciembre de 2011 por el Gobernador, José Alperovich. El primer aniversario de su inauguración oficial sólo fue celebrado por moscas y alimañas, que disfrutan como nadie la irrespirable fetidez del aire.

Más allá del asunto del mar de residuos hay algo que asombra: ¿cómo puede un barrio llamarse Cooperget? Evidentemente “Cooperget” remite a una cooperativa, probablemente la que se creó para construir el barrio, pero aún así es un nombre completamente carente de atractivo. ¿Quién puede identificarse con Cooperget? Además de ese nombre horrendo y de los basurales a cielo abierto, ¿qué hace de Cooperget un lugar diferente a otros puntos de San Miguel de Tucumán? Nada. Por tanto es bastante improbable que un grupo de vecinos trabajen juntos para obtener una plaqueta y una mención en el diario.

Una estrategia posible

A mediados de la década de 1980 el Estado de Texas del sur de la Unión Americana sufrió una situación similar a la de Tucumán con respecto a la proliferación de basurales. El gobierno local decidió entonces estudiar detenidamente el asunto. Al trabajar para identificar a los culpables de la creación de basurales notaron que se trataba de un grupo heterogéneo, que incluía a gente de diversas edades, sexos, razas y religiones. Sin embargo la investigación comprobó que en materia de basura se suele dar el efecto dominó –es decir las personas están más predispuestas a arrojar basura en lugares donde ya se la ve aflorar que en lugares que aún están limpios–, por lo que entendieron que la clave era hallar a quienes tenían el mal hábito de originar basurales, con el fin de cortar la raíz del problema. Tras un periodo de observación, notaron que la gran mayoría de los iniciadores de basurales eran hombres blancos de entre 16 y 35 años. Consiguientemente las autoridades apuntaron hacia ellos a la hora de iniciar una campaña pública.

Un grupo de creativos publicitarios ideó el eslogan “Don’t mess with Texas”, que en español significa tanto “No desordenen Texas” como también “No se metan con Texas”. Esa frase tuvo un éxito enorme, pues impactó justo en el corazón de los texanos. Casi inmediatamente se convirtió en un ícono folklórico y miles de personas, con el pecho henchido de amor por su tierra, cambiaron su actitud, reduciéndose drásticamente la cantidad de basurales que dañaban a Texas.

¿Se puede hacer lo mismo en Tucumán? ¿Se puede apelar al sentimiento por lo propio para lograr que la gente deje de ensuciar el lugar en el que habita? Yo creo que no. Si son los carreros los verdaderos culpables del caos de la basura, ¿se les puede pedir que amen tanto a su tierra como para abandonar sus prácticas nocivas?

Es verdad que se pueden buscar a futbolistas o personajes de la televisión para una campaña, y hasta se puede inventar un jingle a ritmo de cumbia para pedirle a la gente que deje de arrojar basura en la vía pública, pero si no se acaba con la necesidad de las personas de revolver la basura para sobrevivir todo es en vano. Entonces se puede pedir que la policía suelte el gatillo frente a los carreros, o se puede trabajar para que el carrero sienta que ya no es necesario meter las manos en la basura. 



Carina del Longo 

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