La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 20 de enero de 2013

Acción Poética Tucumán: kitsch, Facebook y demagogia

Muros que hablan

En octubre de 2009, unos días antes de que comenzase el polémico XXIV Encuentro Nacional de Mujeres, la ciudad de San Miguel de Tucumán amaneció con muchas de sus paredes sorpresivamente pintadas. Se leían frases como “¡Fuera Feminazis!”, “¡Tucumán es católico!” y “¡Viva Cristo Rey!”. Unos días después, tras la demostración de fuerza de las ménades, la ciudad encontró otras pintadas: “¡Mi cuerpo me pertenece!” o “¡Aborto legal para no morir!”. Al cabo de unos días, ambos grupos de frases pintadas con aerosol sobre los muros de la capital tucumana desaparecieron.

Lo que aquella vez experimentó Tucumán fue una guerra de graffitis. El graffiti es un objeto que tiene una fuerza disruptiva: aparece súbitamente y transmite un mensaje muy específico. Se lo hace en la vía pública, pues su objetivo es llegar al mayor número de personas posibles.

Recientemente San Miguel de Tucumán discutió acerca de los graffitis. Es que al conmemorarse un nuevo aniversario del asesinato de un tal Mariano Ferreyra los militontos de una secta trotskista pintarrajearon la fachada del edificio de la Facultad de Derecho de la UNT, ubicado en la calle 25 de Mayo de 1810. Este ataque vandálico a un sitio que acababa de ser reabierto a la mirada pública tras mucho tiempo de restauración causó indignación. Juan Rovere –un pelele que se responsabilizó por las pintadas– ensayó la defensa de sus acciones sosteniendo que el graffiti es un recurso válido para los movimientos políticos minoritarios que quieren transmitir un mensaje pero que no gozan del acceso a los medios masivos de comunicación. Quizás con esas palabras Rovere tuvo un punto a su favor, sin embargo después terminó agregando una estupidez digna de un trosko que vive en la mentira permanente: aseveró que quienes lo criticaban preferían “el silencio de las paredes” a sus proclamas.

Y es estúpido lo que Rovere dijo pues las paredes no son silenciosas, sino que, por el contrario, hablan siempre. Una pared es un objeto cargado de sentido. Cualquiera que camine por la calle y vea una pared, comprenderá de inmediato su significado: es un objeto que divide al espacio, creando un ámbito privado el cual, a diferencia del ámbito público, es restrictivo. Es decir, cada pared nos habla de un alguien. Por ello, por más noble y justa que sea la causa que se quiere promover, no se puede pintar una pared sin la autorización del propietario, pues al hacerlo se está procediendo con una agresión sobre otra persona. Si se viviese según la imbécil lógica de Rovere entonces cualquiera estaría autorizado a utilizar el frente de la casa de este dirigente de ultraizquierda para expresar lo que desee expresar, y él no podría oponer resistencia, incluso ni siquiera cuando alguien se acercase a pintar algo que confronte con sus propias opiniones.   

El regalo que nadie quiere

La mayoría de las paredes difieren entre si, pues no siempre coinciden en relación a sus tamaños, a sus contexturas, etc. El color es otro rasgo que suele diferenciar a una pared de la otra. Normalmente, los propietarios de las paredes las pintan con colores agradables a la vista, excepto aquellos que por alguna extravagancia eligen un color muy particular para singularizar el lugar.

Debido a que una pared es ya un objeto que contiene un sentido muy claro y preciso, no se le suelen agregar otros objetos encima (palabras o dibujos) que multipliquen el sentido, a menos que haya una necesidad de ello, como por ejemplo cuando alguien pinta sobre la pared “maxikiosco”, “zapatería” o algo por el estilo para indicarle a un transeúnte que en aquel lugar señalado por la palabra se comercializa un bien determinado o se ofrece un servicio específico.

El graffiti, como ya lo señalé, no es igual a esas pintadas hechas por los dueños de las propiedades: su misión es perturbar la monotonía, causando el impacto más fuerte que se pueda. De allí es que al graffiti no sólo se lo use para impulsar algo sino también para denigrar a otro.

El tema aquí es que aquello que se impulsa o se denigra no siempre es una cuestión que involucra a un conjunto de personas, sino tan sólo a dos. Me refiero ya no a las pintadas realizadas por nacionalistas, comunistas, hembristas u otros grupos minoritarios, sino a las hechas por un joven enamorado que expresa sus sentimientos de modo público, vandalizando una pared al escribir “Sabrina te amo” y luego, despechado, agarrando el aerosol para poner “Sabrina sos una ramera”.    

Y hay veces en que la pintada sólo concierne a uno sólo, a algún o a alguna idiota que escribe su nombre sólo para dejar constancia de que estuvo allí, de que ese lugar es parte de su territorio. Hay ocasiones en que estos estultos no se conforman con escribir su nombre, sino que ponen frases armadas o hacen dibujos. En este caso, el graffiti pasa de ser un intento por agitar las mentes a ser una muestra del mucho o poco talento de alguien. Muestra que tiene el defecto de no ser requerida ni esperada.

Kitsch

Muchos de los graffiteros que “regalan” su talento al público se esfuerzan por realizar dibujos. Estos dibujos no son murales. Un mural es una pintura realizada sobre una pared. Los murales no “adornan” la superficie sobre la que están, sino que la absorben como parte de su identidad. El graffiti no llega a eso, pues dada su imposición violenta sobre la pared y la falta de consenso para su existencia, termina siendo una obra efímera que suele ser quitada o por el propietario de la pared o por alguien más que quiere usar la pared en la que está el graffiti para transmitir un mensaje diferente.

Por el hecho de que muchos grafittis son vistosos y parecen estar muy elaborados, muchos suponen que se tratan de obras artísticas, y que, por ese motivo, gozan de la misma dignidad de la que goza un cuadro que está en el Louvre. Sucede que, gracias a la industrialización capitalista que masificó la producción de objetos, el límite entre arte y artesanía se ha vuelto difuso para el común de la gente. Es por ello que hay quienes no se consideran capaces de repudiar a los graffitis y terminan creyendo que éstos tienen tanto valor como “La Gioconda”.   

De ese público se nutre casi en su totalidad el movimiento Acción Poética Tucumán (APT). Sus miles de simpatizantes son esas pobres gentes que confunden al arte con las artesanías, vale decir son los perfectos consumidores del kitsch.

Lo kitsch, básicamente, es aquello de mal gusto, que apela a la emotividad y al sentimentalismo, y que busca ser comercializado masivamente. El programa de Tinelli, por ejemplo, cuando lleva a cantar a una niña ciega o cuando hace bailar a una joven trisómica explota lo kitsch, pues no le importa la realidad de esa gente sino el efecto conmovedor que producen en las audiencias.

La calidad del canon

APT es un colectivo de artesanos que emergió a principios de septiembre de 2012 en San Miguel de Tucumán, y que en poco tiempo se expandió por un gran número de ciudades de todo el país (principalmente de la región NOA). Sus intervenciones consisten en pintar paredes con frases que hablen acerca del amor y todas sus variantes. Dichas frases no suelen ser ideaciones de propia Minerva, sino versos inventados por algún autor reconocido y reproducidos sin su autorización.

El cerebro detrás de APT es el gestor cultural Fernando Ríos Kissner, quien en más de una ocasión ha reconocido que lo suyo es sólo una versión local de algo que se gestó hace más de una década en el norte de México. Ríos Kissner se muestra como un fundamentalista de su proyecto, pues rechaza furiosamente todo intento de innovación del mismo. Él sostiene que la “acción poética” consiste en pintar de blanco una pared para que “se asemeje a un hoja” [sic] y luego, con pintura negra, escribir una frase que no exceda las ocho palabras, respetando siempre cierta tipografía que, se supone, personaliza el trabajo. El que altera alguna de estas reglas sufre la ira de APT, quienes se atribuyeron ser los “representantes oficiales” en la Argentina de la idea inventada por algún mexicano mersa. Es evidente que lo que buscan promoviendo algo barato y sencillamente reproducible a gran escala es su estandarización, o sea la muerte de la libertad creativa para dar paso a un producto fácilmente reconocible que aumente su popularidad. De allí que, como ya dije, a los de APT les importe un bledo la poesía: lo único que quieren es aprovechar el trabajo de otro para sobresalir (ya han armado un programa de radio en torno a esto, y es probable que sigan por esa senda produciendo libros, películas, indumentaria, adornos y otros productos).  

A Ríos Kissner no lo conozco personalmente, pero es fácil deducir quien es a partir de la observación de quienes son sus referentes. Si se leen los “murales” pintados por la APT se constatará que no abundan frases de Ricardo Arjona –uno de los máximos fabricantes contemporáneos del kitsch–, sino de Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Pablo Neruda, Jaime Sabines, etc. Este canon nos habla de un progresista que se pone la remera con la cara del Che Guevara y que lee (o leía) Página/12. De todos modos lo curioso es que son las expresiones más sentimentaloides de esos autores las que tienen prioridad a la hora de ser pintadas sobre las paredes tucumanas. Galeano, por ejemplo, es ante todo un autor politizado (en el sentido más miserable del término), sin embargo las frases que de él seleccionan los de APT lo hacen quedar a ese señor como si lo único que le hubiese importado en la vida hubiese sido el coitus interrumptus.

En este sentido lo de APT es deliberadamente kitsch. No son los pocos versos ingeniosos que tienen por tema algo diferente al amor que han pintado los que le han generado el éxito masivo, sino que ello lo han logrado gracias a ese catálogo de expresiones de deseo escritas sobre una pared y debidamente fotografiadas para que la gente las utilice como portadas en su Facebooks con el fin de manifestar sus estados de ánimo. La estrategia consiste en ubicar algo que exalte el amor o el desamor, y aspirar a la masificación. Por ello en su propio Facebook se regodean de que algo que no tenía por destinatario a las masas finalmente las haya alcanzado (en algunos casos se ve, por ejemplo, epígrafes de sus pintadas que dicen cosas como “Octavio Paz en Villa Alem” o “Jorge Luís Borges en Barrio Independencia”, intentando subrayar el contraste de que Paz o Borges saltaron de las bibliotecas de la Facultad de Filosofía y Letras a las calles plagadas de gente tan bruta que por vivir en Villa Alem o Barrio Independencia nunca se molestaron en leer a los grandes autores hispanoamericanos).

Sin temor a equivocarse puede uno afirmar que cualquier poeta desea ser leído, pero imagino que deben ser pocos los que quieran convertirse en una frasecita pintada sobre una pared. Porque APT no se trata de llevar el arte literario a las calles, se trata de conseguir reconocimiento a expensas de otros. Dicho de otro modo, APT no cumple el rol del autor de una obra de arte, sino el del intermediario entre el arte y el público, es decir el de aquel que saca rédito con el trabajo ajeno.  

La demagogia como escudo

Lo que caracteriza a APT es su “corrección política”. Deliberadamente evitan ser polémicos. Se jactan de no tener ideología o religión más que el amor universal. Y cada vez que pueden apoyan alguna causa que cuenta con la simpatía popular (generalmente se inclinan por involucrarse con ONGs que trabajan en la concientización de enfermedades o que actúan brindando contención terapéutica, pues, astutamente, han evitado secundar abiertamente a los defensores del aberrosexualismo, del hembrismo y de la legalización de los estupefacientes, aunque, juzgando por sus gustos literarios, se podría decir que se mueren de ganas por hacerlo).

Para fortalecer su posición “neutralista” en materia política, APT se vale de los niños. Han penetrado en varias escuelas con la intención de “educar” a los jóvenes, haciéndolos participar de una actividad que ellos juzgan como transgresora pero, a su vez, altamente constructiva.

Esa opción por los enfermos y los niños, esa apelación por lo sentimental y lo emotivo, hacen de APT unos campeones del kitsch. Y, como son una moda, muchos vecinos les regalan uno de los muros de sus residencias para que escriban lo que más les guste.

Sin embargo, a veces sucede que algunos de los versos escogidos están totalmente desubicados. Frente al Colegio Santa Catalina, sobre la calle Rivadavia de San Miguel de Tucumán, se lee la frase firmada por APT: “Arránqueme las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme”. Estas palabras de Galeano son totalmente inapropiadas: imagínese a una niña de tercer año de la escuela básica leyendo esa incitación al sexo. ¿Hace falta algo así?

Pasando por encima de los demás

El gran problema de los miembros de APT es que no piensan en los demás. Aquellos que acceden a que les dibujen las paredes no toman en cuenta a todos los que van a leer los versos. En este sentido se asemejan mucho a lo que sucede cuando, en un viaje en colectivo, un adolescente prende los altavoces de su celular y hace sonar una canción en donde se oye a un gritón hacer sonidos simiescos: técnicamente es “arte”, pero usualmente nadie está de acuerdo con la idea de tener que escucharla.

Afortunadamente las ordenanzas municipales en contra de esa práctica molesta de hacer sonar música con el celular a bordo de los colectivos se multiplican, ¿APT recibirá el mismo trato?

Es difícil contestar con certeza esa pregunta, pero todo indica que los políticos no están dispuestos a actuar en contra de APT. Un caso lo ilustra: una mañana de fines de diciembre pasado, en el Facebook de APT se anunció que empleados del candidato a diputado nacional Juan Casañas de la UCR habían repintado algunas paredes ocupadas por frases puestas por la APT para colocar allí su propaganda política. En pocos minutos una chusma histérica comenzó a lanzar improperios en contra del parlamentario, jurando que de ninguna manera iban a votarlo. Al final Casañas, anoticiado del asunto, tuvo que hacerse cargo de la situación y regalar pintura para que las frases fuesen recuperadas. El hecho es que así como la gente enviada por Casañas pudo haber desalojado a APT de una pared, también pudo haberlo hecho la gente de cualquier otro candidato usando el nombre del político radical, para montar una campaña de propaganda negra que atente en contra de la imagen del dirigente. La furibunda reacción de la turba bien lo justifica.    

El “incidente Casañas” dejó en evidencia que los simpatizantes de APT se creen dueños absolutos del espacio público. Esto es grave en cuanto un grupo de personas ha impuesto algo que responde sólo a sus intereses y que está creciendo en dirección a la institucionalización. Aquí habría que recordar un caso: en la intersección de la avenida Julio Argentino Roca y de la calle 9 de Julio de 1816 de la capital tucumana, hay un pequeño parque llamado popularmente “El Provincial”; sin embargo, el nombre oficial de dicho parque es “Parque de la Memoria”, pues en 2004 hubo un cabildeo por parte de algunas sinarquías progresistas para que se rebautice el lugar, abandonando el nombre de “Parque Operativo Independencia” que le había dado el General Bussi durante su gobernación democrática del segundo lustro de la década de 1990. Pocos tucumanos estuvieron de acuerdo con el cambio de nombre propuesto por Bussi, y fue aún menor el número de ciudadanos que aprobó la transformación de 2004, pero aún así aconteció. Desde entonces la Municipalidad de San Miguel de Tucumán tiene que hacerse cargo del mantenimiento de un lugar que honra a 30.000 infames terroristas, porque esa historieta quedó tristemente institucionalizada.

APT va camino a lo mismo. Esa celebración del kitsch bien podría presionar para institucionalizarse, lo que significaría que el Estado municipal, es decir todos los ciudadanos tucumanos, deberían contribuir a mantener vivas esas pintadas. Una ciudad que no cuida a los árboles que se desploman peligrosamente en la vía pública podría verse obligada a defender el ego de un puñado de ladinos.  



Zaín el-Din Caballero

3 comentarios:

  1. Galeano, por ejemplo, es ante todo un autor politizado (en el sentido más miserable del término), sin embargo las frases que de él seleccionan los de APT lo hacen quedar a ese señor como si lo único que le hubiese importado en la vida hubiese sido el coitus interrumptus.


    JUjaujauauajuau sería "lo hacen quedar como a un pajero"

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  2. Estoy de acuerdo: APT promueve la contaminación visual. Deberían recurrir a José Narosky.

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  3. La frase esa cerca de la UTN no está más, los de APT mismos la cambiaron por otra. Les ganaste Turco, te leyeron y cambiaron de opinión. Ahora lo mejor sería que sigan reflexionando sobre lo que pusiste y nunca más vuelvan a pintar una pared.

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