La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 23 de diciembre de 2012

Sidra, budines, turrones y malones saqueadores

Los malones del siglo XXI

El 11 de junio de 1879 las tropas del Ejército Nacional, comandadas por el tucumano Julio Argentino Roca, arribaron a las confluencias de los ríos Limay y Neuquén, poniéndole fin de ese modo a la famosa Campaña del Desierto. Aquel operativo tenía por propósito, entre otras cosas, bloquear toda posibilidad de que se organizasen nuevos malones. El malón era una táctica militar de los indios que consistía en la realización de ataques veloces y violentos por parte de una multitud, con el objetivo de ejercer la rapacidad sobre un grupo enemigo. En 1872, apenas siete años antes de que la Conquista del Desierto definitiva se llevase a cabo, el cacique Cafulcurá había maloneado los pueblos bonaerenses de Veinticinco de Mayo y Nueve de Julio, apoderándose de miles de bienes (especialmente ganado), masacrando genocida e impiadosamente a más de tres centenas de personas y secuestrando a numerosas jovencitas para someterlas después a sus más bajos instintos. El triunfo del General Roca unos años después fue promocionado como el fin de los temidos malones, sin embargo éstos volvieron a repetirse a lo largo de la historia.

Y cómo será que el malón en nuestro país no ha podido ser del todo erradicado que en Bariloche, una ciudad rionegrina nacida como el fruto civilizatorio contenido seminalmente en la Conquista del Desierto, el 21 de diciembre pasado volvió a tener lugar uno de estos episodios. Claro que esta vez no hubo cautivas ni masacrados, pero si hubo un saqueo masivo contra la propiedad privada.        

Apenas dos días después, en Tucumán, otro malón intentó avanzar sobre la Capital provincial. Hubo pánico. En la zona de El Bajo, en horario de la siesta, se registraron los primeros incidentes, que luego se replicaron en la feria popular de barrio Independencia. Pero a las 19 la tensión se trasladó al micro y al macrocentro, bajando desde la avenida Salta hasta llegar a paranoiquear incluso a la Terminal de Ómnibus, afectando especialmente el área de las peatonales Celestino Gelsi e Isauro Martínez. No hay datos concretos del malón que apareció a consumar su obra delictiva, sólo hay testimonios imprecisos de gente que vio a un grupo importante de muchachos tratando de apretar a los vendedores ambulantes y expandir la violencia hacia los locales comerciales (algunos hablan de un pequeño escuadrón de apenas una decena de saqueadores, otros inflan la cifra hasta dibujar un batallón –¿militante?– de más de 250).  

En las calles reinaba la desorientación: niñas llorando, hombres inmovilizados apoyados contra las paredes, vendedores ambulantes armados con palos, policías de a pie y a caballo tratando de controlar la situación, gente atrincherada detrás de las persianas de los diversos comercios, todo eso se veía al transitar por esa zona de la ciudad. 

Jorge Racedo, el Jefe de la Policía provincial, con la intención de minimizar el episodio tildó al caos desatado de “psicosis colectiva”. En una comunicación telefónica a las diez de la noche con los periodistas de Canal 10 dijo que no había pasado nada grave, apenas unos incidentes aislados (pese a que un supermercado cuyos propietarios son de origen chino ya había sido desvalijado), y que el sistema de transporte público funcionaba normalmente a esa hora (apenas unas horas antes la UTA había convocado a sus afiliados a abandonar sus tareas con la excusa de que no estaban garantizadas las condiciones de seguridad para poder trabajar sin sobresaltos, ya que algunos colectivos de transporte urbano habían sido copados por los saqueadores y asaltados). 

Un poco antes de la medianoche se confirmó que el malón tucumano se cobró una vida en un hecho más que confuso: en la avenida Circunvalación un camionero atropelló a un hombre tras esquivar a un piquete que habría tenido la intención de detener su marcha y despojarlo de la mercadería que llevaba. 

Unidos y organizados

La pregunta que todos se hacen es: “¿quién está detrás de los saqueos?” Y circulan dos respuestas: o bien son episodios de indignación “espontánea” o bien hay alguna mente que los organiza y algún brazo que los ejecuta. Lo primero suena inverosímil, pues es improbable que algo generado en Río Negro se expanda a Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Chaco y Tucumán sólo porque aparece en la televisión. Es decir los asaltos en Bariloche bien pudieron haber sido obra de unos cuantos vecinos de zonas marginales exaltados ante la negativa de los supermercados de regalarles mercadería para festejar la Navidad, pero el resto de los ataques difícilmente tengan el mismo origen, pues cuesta creer que, impulsivamente, un grupo importante de personas perciba al presente como lo suficientemente anómico como para incursionar en el vandalismo y supere su temor a la represión policial y a la sanción judicial. De allí se sigue que hay alguien que está incitando a la gente al delito. 

El gobierno nacional ha decidido identificar como responsable de los saqueos a la alianza sindical que integran Hugo Moyano, Pablo Micheli y Luís Barrionuevo. Proceden por prejuicio: como la mayoría de los vándalos tiene la piel obscura y los cabellos quiscudos entonces el autor intelectual debe ser alguien que tenga llegada masiva a aquellos estratos sociales constituidos mayoritariamente por gente con esa fisonomía, y como la oposición partidocrática –en el imaginario kirchnerista– sólo influye sobre la clase media, por tanto son los sindicalistas populares los autores de este “intento de desestabilización”. 

Los sindicalistas, por supuesto, rechazan esta acusación, y algunos de sus allegados le devolvieron las gentilezas al kirchnerismo acusándolos a ellos de estar creando un montaje a su medida para avanzar con la promoción de su agenda de reformas tendientes a desarticular al Poder Judicial. 

La tercera opción señala a grupúsculos de ultraizquierda como los promotores de la violencia. Es posible que hayan algunos maoístas trasnochados, algunos trotskistas delirantes, y algunos guevaristas anacrónicos que se hayan querido infiltrar en el malón y dirigirlo para conseguir con ello instaurar la dictadura del proletariado, pero si hay algo que no se respira en la Argentina de hoy es el fervor “revolucionario”: difícilmente el ladrón que se llevaba un LCD pensó que lo hacía para ponerle fin a la explotación del hombre por parte del hombre y acabar así con la pre-historia de la humanidad; ese individuo pensaba más bien que ahora podrá ver los partidos del Fútbol para Todos con una mejor calidad de imagen que la que le da su viejo televisor de tubo de rayos catódicos. 

Los intotales

Más allá de la sospecha de quien es el cerebro que provocó estos sucesos, se tiene la certeza de que los grandes protagonistas de los saqueos, o sea el brazo ejecutor del caos, fueron los jóvenes pertenecientes a familias de escasos recursos. Gente que vio a sus padres cobrar una suerte de sueldo pese a no trabajar, gente a la que le regalaron una netbook en la escuela y la cambiaron por un par de zapatillas nuevas o por droga, gente que por una irresponsabilidad se ve obligada a ejercer la paternidad cuando aún están muy lejos de poder hacerlo responsablemente, esa gente fue la que constituyó el grueso del malón. 

Esos jóvenes son “los incluidos” del relato kirchnerista, y se ve que no lo saben, porque de lo contrario no harían todo lo que hace llorar a la Santita de las cadenas nacionales. O tal vez no es que no lo sepan, sino que no lo sienten. Probablemente esos jóvenes no quieran jugar al Néstornauta, ni asistir gratis a los recitales de La Mancha de Rolando, ni aplaudir a un político a cambio de un choripan y un vaso de Pepsi, y si, por el contrario, quieran experimentar la dignidad. Pero la partidocracia se los impide, porque la partidocracia los necesita pobres, hambrientos e ignorantes, vale decir los necesita dependientes, huérfanos espirituales, intotales. Para que la tradición del malón no muera.      


Francisco Vergalito