La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

lunes, 9 de julio de 2012

El 9 de Julio kirchnerista o la Patria Argentina agraviada


El Himno Nacional parodiado

El 196° aniversario por el 9 de Julio de 1816 comenzó con polémica desde el minuto cero luego de la aparición de Valeria Lynch desde la Casa Histórica, en Tucumán, para interpretar una original versión del Himno por Cadena Nacional como se acostumbra en cada fecha patria.

A los pocos segundos de iniciada la canción, el nombre de la cantante se volvió el tema más comentado en Twitter y llegó a ser Trending Topic (tema del momento) por tratarse de una artista que trabaja para El trece como jurado del Soñando por Cantar y el Cantando 2012.

Pero la polémica no quedó sólo allí, sino que comenzaron a circular versiones sobre cuál habría sido la cifra cobrada por Valeria Lynch para cantar el Himno Nacional y la suma que sonaba con mayor fuerza era la de 200 mil pesos.

Sin embargo, a los pocos minutos de interpretar el canto patrio, el representante de la artista desmintió que hubiese cobrado esa suma y que la plata que le pagaron en Tucumán fue por un show previo que realizó en la provincia, cuna de la Independencia y, hoy, casa del escándalo.


Otra de Alfredo Zecca: entre la cobardía y el acomodo

En medio de los festejos por el Día de la Independencia, el arzobispado de Tucumán difundió el texto de una homilía con referencias explícitas a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que luego el arzobispo Alfredo Zecca omitió al encabezar el Tedeum en la catedral tucumana.

"Estamos aquí reunidos para implorar la ayuda divina para que nuestro común proyecto de nación se afiance y llegue a buen término y para rezar por nuestros gobernantes, muy especialmente por la señora Presidenta de la Nación, para quien pedimos que el buen Dios le conceda la gracia de que su tarea política de conducción de esta nación esté siempre guiada por el compromiso por la justicia para crear, así, las condiciones básicas para la paz", consignó la curia tucumana en su comunicación a los medios.

"Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político que exige sabiduría, coraje, fortaleza y decisión. Gobernar nunca es tarea fácil y por ello mismo elevamos nuestra oración por la señora Presidenta para que Dios la ilumine y la colme de sus dones", agregaba la reflexión también publicada por la agencia católica AICA.

Sin embargo, a la hora de encabezar el Tedeum, el arzobispo omitió esas referencias. Fuentes del arzobispado de Tucumán dijeron a DyN que el prelado evitó esos párrafos porque la primera mandataria "no asistió al Tedeum".

Estuvieron en el templo el gobernador tucumano José Alperovich, la presidenta provisional del Senado, su esposa Beatriz Rojkés de Alperovich, y el intendente de la capital Domingo Amaya, además de otras autoridades provinciales y municipales.

Monseñor Zecca subrayó en su homilía las raíces cristianas de la argentinidad, destacó la importancia del diálogo interreligioso e hizo suyas las palabras pronunciadas en abril de 1987 por el papa Juan Pablo II en su visita a Tucumán.

"¡Creed en Cristo! ¡Amad a vuestra patria! ¡Cumplid con vuestros deberes profesionales, familiares y de ciudadanos! Sé que lo haréis. Veo reflejada en vuestros rostros la esperanza de la Argentina que quiere abrirse a un futuro luminoso y que cuenta con la promesa de sus jóvenes, con el trabajo de sus hombres y mujeres, con las virtudes de sus familias, alegría en sus hogares, el ferviente deseo de paz, solidaridad y concordia entre todos los componentes de la gran familia argentina", memoró.


Un discurso, muchísima mierda

Generalmente, los discursos de la Presi nos dejan algunas perlitas para reirnos y el de hoy no fue la excepción. Pese a ello, no quiero opacar el mensaje verdadero que nos envió Cris en la celebración del noveno aniversario de la llegada del mesías tuerto a la ciudad de San Miguel de Tucumán. De entrada, tiró que en 2003, cuando Néstor Kirchner fue a celebrar el primer Día de la Independencia de su mandato, el país estaba dado vuelta y no como ahora, que el país está al derecho y lo que está patas para arribas es el mundo. Suponemos que la Europa de 2003 padeciendo atentados terroristas y con sus economías abocadas a la guerra junto a Estados Unidos, no es lo más normal que podamos imaginar, pero tengamos en cuenta que, para la Presi, un luto de dos años con trajes de lentejuelas, es el metro patrón de lo normal.

Disparó muchas frases que quedarían como gansadas, si no fueran porque aportan tanto a la fantasía. Que en 2003 el país profundo sí entendió a Néstor, que debemos buscar la unidad de todos los argentinos, que también debemos bregar por la unidad latinoamericana y que ella y su difunto marido vinieron a "romper un maleficio". Algunas dudas -¿Qué buscan los militontos cuando manifiestan su disposición para la liberación? ¿La liberación de la compra de dólares, o la de las importaciones?- y muchas certezas.

La antigua y romana costumbre de hacer lo que uno dice y no lo que predica con el ejemplo, en estos casos llega a un paroxismo digno de patología. Y como los terapeutas no dan muy nacional ni popular, todos somos analistas y destinatarios de sus exposiciones narcisistas y mentirosas, de sus prédicas de pasados inexistentes, presentes imposibles de encontrar y futuros bastante más imprecisos de los que nos pinta la Cris. Al igual que la semana pasada, cuando nos reescribió la historia de la crisis económica de 2001, hoy nos pintó cualquiera de varios pasajes de la historia reciente y no tan reciente de nuestro país. Algunas cosas las edulcoró, otras las convirtió en épicas y del resto no habló.

"No me importa el crecimiento económico por si mismo", afirma la misma mina que ante cada manifestación de pobreza, ante cada corrida cambiaria, ante el vaciamiento de los ahorros bancarios, ante las noticias de empresas suspendiendo personal hasta nuevo aviso, y ante cada reclamo sindical, nos responde con un "seguimos creciendo a un nivel nunca registrado en la historia del sistema solar". Y la afirmación la tiró al hablar del modelo que vino a proponernos Néstor en 2003 y que le costó el agravio de propios y ajenos. Todavía estoy buscando donde estuvieron los palos en la rueda, si de parte de la pesada herencia recibida en materia económica que le permitió acumular reservas sin pagar deuda gracias al default del Adolfo y del equipo económico encabezado por Lavagna, o del factor social, con la Federal y la Gendarmería de Aníbal Fernández reprimiendo cuanta protesta hubiera en Capital. Tamaña afirmación, como era de esperar, la decoró con un dato de la actualidad extraído de esa enorme caja de Pandora que denominamos Indec: la desocupación está en el 4%.

Más allá de que un dato así en el contexto de las empresas ahogadas da para chiste -invito a que me comenten cuántas personas conocen cada uno de ustedes que esté teniendo problemas de expectativas y/o continuidad laboral, estatales abstenerse- les planteo una dicotomía que vendría a reemplazar la histórica duda de si es preferible ser feliz o tener razón: ¿Es preferible no ser pobre o tener trabajo? Porque hasta donde mi lectocomprensión me lo permite, en la historia del país, la pobreza comenzó a ser un problema de dimensiones considerables a finales de los ochenta, cuando emerge la marginalidad como fenómeno social incipiente. Antiguamente, se decía que el trabajo dignificaba, porque estar en calidad ociosa era lo peor que le podía pasar a un laburante. Claro, ese trabajador sin actividad, comer, comía igual y el techo lo conservaba. En este raro contexto en el que se contradicen los indicadores de pobreza y desempleo, y en el que presenciamos el raro privilegio de tener pobres con laburo, vuelvo a plantear la cuestión. ¿Qué es preferible, llegar a fin de mes o tener laburo? Saquen cuentas, y después me dicen.

"El proyecto de Él y el mío, además de democrático, es profundamente federal", anunció enojada, vaya a saber uno por qué, la heredera de la obra pública, planteándonos un debate sobre qué consideramos federalismo. ¿Es federalismo que cada provincia pueda progresar en base a su poder de producción, recibiendo la ayuda de las demás provincias para fomentar la infraestructura que permita que las antiguas economías invíables desarrollen una producción autosuficiente? ¿O federalismo es administrar las cajas provinciales y repartir plata a dedo, generando fenómenos tales como que el gobierno nacional pague con plata de San Juan el nuevo centro cívico de un pueblo perdido en el desierto santacruceño y que los bonaerenses financien el nuevo edificio municipal de un departamento cordobés que no figura ni en los GPS?

Un párrafo aparte se merece el análisis de nuestra Presi sobre los verdaderos motivos de la crisis mundial que "derrumbó a ese mundo que nos refregaron por la cara durante años". Pareciera que echarle la culpa a miles de millones de dólares regalados en créditos hipotecarios a insolventes, no es un buen motivo, a pesar de los gratos recuerdos que le genera. Sin embargo, la Presi se quedó en 2009 -cuando decía que no necesitábamos plan B, porque la crisis no nos iba a pegar- y hoy afirma que todo se debe a la "timba financiera y a los dineros virtuales, que nadie sasbe si existen o no". Sí, lo dice la misma mina que encabeza un gobierno que emite billetes a diario sin ningún tipo de respaldo. Sí, lo dice la misma mina que habla de los asombrosos niveles de acumulación de divisa en el Banco Central, y los cuales consisten en papelitos, en bonos, en dinero virtual. Y sí, lo dice la misma mina que es viuda de un tipo que ha hecho de la timba financiera y de los paraísos fiscales la otra pata de su fortuna, logrando que un matrimonio que sólo ha vivido del Estado -a excepción de una etapa no mucho más ética- se convirtieran en los dos presidentes más ricos de la historia del país.

Nuevamente le pegó a los consultores económicos, que tanta bosta le tiran, por no haber dicho nada que avivara a la gente a retirar sus depósitos en los tiempos anteriores al corralito. Que se lo diga a la muchachada, compuesta en partes iguales por pendejos que en 2001 ni se enteraron porque vivían de los padres, y por tipos que para lo único que iban al banco en 2001 era para cobrar el plan social, es una cosa. Que lo transmita por cadena nacional y nos lo diga a nosotros, que padecimos a Laje y Hadad 24 horas al día con mensajes apocalípticos, es otra. También nos pidió que vayamos "a militar a los barrios como hicimos nosotros", con la misma carita con la que salía por los barrios a buscar deudores hipotecarios, para luego recordar que Néstor fue a laburar de diputado una sola vez, cuando votó a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Más tarde se colgó de las tetas de Dilma al hablar del protagonismo regional en el mundo, y en el medio de la puteada a todo el que piensa distinto, pidió la unidad de todos los argentinos y la de latinoamérica. Entiendo que se busque un marco teórico y conceptual, un parámetro social para tanta latinoamericanización del país, pero una cosa es pedir unidad económica y unidad política, y una muy distinta es suponer que todos somos latinos.

El concepto de latinoamericano es algo que hasta no hace mucho tiempo, me resbalaba lo suficiente como para dejarlo donde corresponde, o sea, en las charlas de la Fuba. Obviamente, como las troscas siempre -siempre- garpan, algún que otro libro he leído al respecto, como para ilustrarme a la hora de buscar qué picotear. Pero la sola idea de que por una cuestión de horizonte cultural, deba considerarme hermano de un hondureño, un paraguayo o un brasileño, de plano me choca. Lo único que tenemos en común con cualquier otro país de los denominados "latinoamericanos" es -en la mayoría- un idioma que ni siquiera se asemeja a como lo hablan los demás, y la pertenencia a una plataforma continental.

El horizonte cultural jamás puede estar fundado en un origen común, sino en el devenir histórico, en el todo. Nunca tuvimos como meta escaparnos en balsa, ni cruzar fronteras escapando de las patrullas norteamericanas, aunque ya estemos sacando cuentas de cuánto tenemos que remar de Ensenada a Colonia. No tuvimos tanto mestizaje como otros países, ni siquiera compartimos los mismos recursos. Nuestra historia está dada por una continuidad de oleadas inmigratorias europeas y ni siquiera podemos ostentar una historia folclórica que pueda remontarse más atrás de la primera mitad del siglo XIX.

Argentina es un país que nació, se formó y se desarrolló mirando al norte, y por norte no me refiero a Venezuela o Ecuador. Fuimos hasta no hace mucho el terror de las industrias de la región y hasta en Brasil llamaban a combatir al "imperialismo argentino". A esta situación, algunos la presentan como un error de concepción, una falacia que consiste en aplicar en el país las soluciones de otros lares. Estos boludos, son los mismos que hablan de socialismo europeo, el modelo chino, la revolución cubana y la cultura soviética. Sucede que, para algunas cosas, sí es bueno mirar hacia el otro mundo.

Este país se desarrolló con un modelo de infraestructuras de nación desarrollada, un plan de loteo y poblamiento modelo, un sistema penitenciario vanguardista y una urbanización que asombró a cuanto extranjero transitara por las calles argentinas. Nuestras inmigraciones selectivas -esas que los mamertos de apellido gallego, vasco, polaco, ruso o italiano critican- se debían al trazado de una meta de progreso inmediato y para eso no había tiempo de enseñarle a nadie. Los obreros de afuera, además de venir espantados por el hambre, las guerras, las persecusiones y la falta de oportunidades, traían la mano de obra calificada necesaria para poner en pie un sistema productivo y, de paso cañazo, enseñar a los locales como laburar.

Mirar al norte no es sólo acordarse de cuando los Cantilo y los Alvear se iba a tirar manteca al techo a las ciudades europeas, sino que también consiste en reivindicar y hacer honor a los tipos que crearon ese país del que tanto hablamos, los extranjeros que forjaron esta patria tan multicultural que no cuadra en ningún concepto de latinoamericanización. Es, en definitiva, ser respetuosos con los que hicieron ese país que aún hoy, todavía, no han podido hacer desaparecer. Son los que fabricaron el sistema productivo que nos condena al éxito, las bases económicas que aún hoy impiden que este país no toque nunca fondo. Y eso que han hecho mérito para lo contrario. Nuestros salarios "más altos de la región", es lo que queda de aquella patria desarrollada, autosuficiente y soberana, donde la realidad del pueblo no se medía en si gobernaban los azules o los colorados, sino en el poder adquisitivo medido en techo propio, autito en la puerta y movilidad social ascendente, entendida como que tus hijos vivan mejor que vos, o sea, que suban en la escala social. Y esto era la envidia de lo que hoy llamamos latinoamérica.

La idea de pedir la unidad latinoamericana desde lo cultural, es un verso de tan imposible cumplimiento como lo es requerirle a la Presi que cierre la boca por una semana. No es una cuestión de resentimiento, sino de realidad y respeto por las demás culturas. Amo la calidez del pueblo colombiano, pero no por eso voy a querer que las arepas sean de consumo obligatorio en los comedores escolares. La diversidad cultural, lo distinto, es lo que nos atrae de otros pueblos, de otras culturas. Si somos distintos ¿por qué deberíamos buscar una homogeneidad que nunca existió?

A veces creo que es un discurso preparador, una suerte de colchón para cuando nos demos cuenta que de aquella potencia sudamericana, sólo quedan los salarios más altos de la región. Y es que, en defintiva, nuestros gobiernos se han encargado de dar el primer paso hacia la integración Argentina en latinoamérica y nos han llenado con todos los problemas de nuestros vecinos, contratiempos sociales, económicos y legales a los cuales nuestro país siempre había gambeteado.

La Independencia, la adulteración y el destino de Argentina



El 9 de julio de 1816 en San Miguel de Tucumán se reunió un Congreso integrado por tres diputados por Charcas o Chuquisaca, un diputado por Chichas o Potosí, un diputado por Mizque, dos diputados por Salta, un diputado por Jujuy, dos diputados por Tucumán, dos diputados por Santiago del Estero, tres diputados por Córdoba, dos diputados por Mendoza, dos diputados por San Juan, un diputado por La Rioja, dos diputados por Catamarca y siete diputados por Buenos Aires. Eran veintinueve en total. Invocando su carácter de “representantes de las Provincias Unidas en Sud América” declararon de manera solemne la voluntad de esas Provincias Unidas de “romper los vínculos que las ligaban a los reyes de España” “recuperar los derechos de que fueron despojadas” “e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda dominación extranjera”.

Estas últimas palabras “y de toda dominación extranjera” fueron propuestas por el Doctor Pedro Medrano representante por Buenos Aires, con una premonitoria concepción del futuro.

Este primer documento público de nuestro país proclamó por lo tanto la independencia de todas las Provincias Españolas del Continente de América del Sur. La fuerza de este pensamiento provenía de diputados formados intelectualmente, la mayoría de ellos, en las Universidades de Charcas o Chuquisaca (once), de Córdoba (cinco) y de San Felipe de Santiago de Chile (tres). La Universidad de Buenos Aires en esa época no existía.

El Congreso designó a Santa Rosa de Lima, figura sacra y vernácula, patrona de América del Sur.

La nueva nación se incorporaba de esa manera a la comunidad internacional con extensiones geográficas muy grandes y con deslindes jurídicos y religiosos muy precisos.

El Congreso permaneció sesionando en San Miguel de Tucumán hasta el 17 de enero de 1817. No pudo continuar su bien pensada obra de organizar y hacer funcionar como país independiente a las Provincias Unidas en Sud América. Presiones y circunstancias forzaron su traslado a Buenos Aires. Los diputados que previendo la fuerza disociadora de los intereses de la Ciudad puerto se opusieron a ese traslado fueron declarados cesantes. Tales los casos de Eduardo Pérez Balnes y de José Antonio Cabrera diputados por Córdoba.

Los libros de Actas del Congreso de Tucumán han de haber registrado actos muy significativos y esclarecedores de nuestra incomprensible historia porque a principios de este siglo fueron robados o perdidos.

El Congreso de Tucumán, que había declarado la Independencia, una vez instalado en Buenos Aires dictó una constitución de influencia francesa (22 de abril de 1819) y continuó sesionando como Poder Nacional hasta el 11 de febrero de 1820. En esta fecha debió disolverse ante las presiones incontenibles de una anarquía política y militar que, promovida en el interior e instigada desde el exterior abarcó todo el país.

Entonces, la Ciudad de Buenos Aires y su territorio provincial, adquirieron una autonomía casi independiente al igual que las demás provincias de la Unión. El Cabildo de la Ciudad de Buenos Aires expidió una Resolución que emitió a todas las provincias indicando que todas ellas quedaban en estado “de haber por sí mismas lo que más convenga a sus intereses y al régimen interior”. La unidad del país quedaba de esta manera rota, desvertebrada por decisión de la Ciudad Puerto de Buenos Aires.

De esta manera el territorio de nuestro país quedó sin identidad jurídica y sin fines económicos.

Esta trágica situación estuvo muy bien reflejada en los versos de nuestro gran poeta, Bartolomé Hidalgo, hoy condenado al olvido. Decía Bartolomé Hidalgo:

“En diez años que llevamos
De nuestra resolución
Por sacudir las cadenas
De Fernando el balandrón
¿qué ventajas hemos sacado?
Le diré con su perdón,
Robarnos unos a otros,
Aumentar la desunión,
Querer todos gobernar,
Y de facción en facción
Andar sin saber que andamos,
Resultado en conclusión
Que hasta el nombre de paisanos,
Parece de mal sabor,
Y en su lugar yo no veo
Sino un eterno rencor.
Y una tropilla de pobres
Que metida en un rincón
Canta al son de su miseria:
¡No es la miseria un mal son!

...

Desde principio, Contreras.
Esto ya se equivocó,
de todas nuestras provincias
se empezó a hacer distinción.
Como si todas no fuesen
alumbradas por un sol...

...

Y así, Hemos de ser libres
Cuando hable mi mancarrón...

Y con estos versos, los criollos de aquel entonces expresaban muy bien los resultados de una independencia adulterada.

El 9 de diciembre de 1824, el último ejército español que combatía en América del Sur, fue derrotado en el Perú en la batalla de Ayacucho por el Mayor General Don Antonio José de Sucre al mando de las fuerzas de Bolívar. Con esto terminó la guerra con España por la independencia.

Varios meses antes del 5 de marzo de 1824 por iniciativa del gobierno la Provincia de Buenos Aires había dictado una ley invitando “a los pueblos de la Unión” a reunir “lo más pronto posible” la “Representación Nacional”.

En virtud de esta convocatoria, el 16 de diciembre de 1824 (pocos días después de la batalla de Ayacucho) se instaló en Buenos Aires un Congreso General Constituyente que se fue integrando por diputados representantes de las siguientes provincias:

Buenos Aires Capital (diez), Buenos Aires Territorio Desmembrado de la Capital (ocho), Córdoba (seis), Corrientes (cinco), Catamarca (cuatro), Entre Ríos (cuatro), Mendoza (cuatro), Misiones (dos), Montevideo (cuatro), La Rioja (dos), Salta y Jujuy (seis), Santiago del Estero (seis), Santa Fe (dos), San Juan (uno), San Luis (tres), Tucumán (cuatro), Tarija (uno). Era voluntad de todas estas provincias constituir el país y terminar con el aislamiento en que vivían.

El Congreso de las Provincias comenzó inmediatamente su cometido reiterando de manera expresa y solemne la existencia de la “Unidad Nacional” y de la “Independencia de la Nación” conforme lo establecía el Acta de la Independencia del 9 de julio de 1816. Estos conceptos macizos quedaron vertidos en la Ley Fundamental del 23 de enero de 1825 cuyo artículo 1ro. establecía lo siguiente:

“Las Provincias del Río de la Plata reunidas en Congreso reproducen por medio de sus diputados y del modo más solemne el pacto con que se ligaron desde el momento en que sacudiendo el yugo de la antigua dominación española se constituyeron en nación independiente, y protestan de nuevo emplear todas sus fuerzas y todos sus recursos para afianzar su independencia nacional y cuanto pueda contribuir a su felicidad”.

Empero, en su artículo 7mo. la Ley Fundamental desvirtuó estos criterios de integridad e independencia para toso un país constituido, adjudicando al gobierno de Buenos Aires una supremacía de política exterior frente a los demás gobiernos provinciales. Este artículo 7mo. dispuso esto:

“Por ahora y hasta la elección del Poder Ejecutivo Nacional, queda éste provisoriamente encomendado al Gobierno de Buenos Aires con las facultades siguientes:

1)       Desempeñar todo lo concerniente a negocios extranjeros, nombramientos y recepción de ministros y autorización de los nombrados.

2)       Celebrar tratados, los que no podrá ratificar sin obtener previamente especial autorización del Congreso”.

Notificado el Gobierno de Buenos Aires del texto de la Ley Fundamental, respondió al Congreso el 27 de enero de 1825 aceptando el ejercicio provisorio del Poder Ejecutivo Nacional con las facultades expresas del artículo 7mo. “por lo urgente que es expedirse en los negocios de Relaciones Exteriores”. Firma el Gobernador General Don Juan Gregorio de Las Heras y su Ministro Interino de Hacienda y Relaciones Exteriores y Gobierno Don Manuel José García (García en su triple ministerio había sido designado por Las Heras el 14 de mayo de 1824).

Quedando de esta manera, quienes gobernaban Buenos Aires, con el mango de toda la política exterior de la Nación, el 29 de enero de 1825, es decir dos días después de haber asumido esas funciones, recibieron la propuesta de firmar “con el representante de Gran Bretaña el primer Tratado internacional”. Es el primer tratado era en los términos de la propuesta inglesa de “Amistad y Comercio”, pero su contenido posterior fue bien distinto. Reiterando otra vez “lo urgente que es expedirse en los negocios de las relaciones exteriores” el General Las Heras y su Ministro García dictaron este decreto:

“Buenos Aires, Enero 29 de 1825. Habiendo informado oficialmente el Señor Woodbine Parish, Cónsul General de J.M.B., Residente en esta Ciudad, de hallarse dispuesto a tratar, ajustar y concluir un tratado de amistad y comercio ente el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata y J.S. el Rey del Reino Unido de la Gran Bretaña, en virtud de instrucciones y plenos poderes que le habían sido conferidos al efecto, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, como encargado del Poder Ejecutivo Nacional por el Congreso General de dichas Provincias, ha acordado y decreta:

Art. 1): Queda nombrado el Señor Don Manuel José García, Ministro Secretario de Relaciones Exteriores y Gobierno en la clase Plenipotenciario, para ajustar con el Plenipotenciario de J.M.B., un tratado de Amistad y Comercio.

Art. 2): Expídanse los poderes según corresponda e insértese en el Registro Nacional. Heras-Manuel José García.”

Así el Congreso de 1824-1827 y el Gobernador de Buenos Aires, encargado del Ejecutivo Nacional en forma provisoria, General Juan Gregorio de Las Heras, antes de establecer los derechos que los criollos tendrían sobre su tierra emancipada de España, determinaron los privilegios que Gran Bretaña y los súbditos británicos recibían y habrían de mantener dentro de la estructura económica argentina.

Tal fue el objeto del Tratado del 2 de febrero de 1825 que en nuestros días del año 2012, continúa en total e ininterrumpida vigencia porque no tiene fecha de vencimiento. Este es el resultado de una independencia improvisada.