La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

jueves, 3 de mayo de 2012

Die 3 Maii: Inventio Sanctae Crucis

Para la augusta fiesta de este día escribió San Pablo a los gálatas: “Nosotros sólo podemos gozarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en el cual reside nuestra resurrección y nuestra vida, y por el que hemos alcanzado la libertad y la salud”. Y entonces, como un eco risueño de este “introito” que canta la santa misa, todas las flores de la primavera boreal se suben impacientes a los altares de mayo para ungir de su gozo la gloria de la cruz. Os diré los motivos.
 
En los días cruciales de la disolución del Imperio romano. Parece increíble que aquella orgullosa república, extendida por todo el orbe conocido, con la geografía de sus calzadas y el ímpetu de sus legiones, hubiera de desmoronarse ante la pequeña comunidad de creyentes sembrada por Pedro entre la tiniebla de las catacumbas. Y así fue, contra todos los pronósticos racionales y los paganos augurios de los Césares.

La nueva religión de la cruz, purificada en las controversias de los retóricos y de los sofistas, ha crecido en multitud de milagros, cuando los emperadores la creían aniquilada con la arbitrariedad de sus edictos de persecución. El testimonio de la sangre siembra poderosos crecimientos. Y el misterio vital, paradójico, de la cruz hace que la carne destruida y caliente de los mártires no sufra los rigores de la corrupción, sino que palpite, con una elocuente y divina presencia, en los discursos del Foro, en los juegos sensuales de las Termas, en la solemnidad del Senado, hasta subir a la cúpula del Capitolio para imperar desde allí.

Ahora son los mejores. Y tanto influyen en la conciencia del pueblo que el Imperio no les puede ignorar. El edicto de Galerio plantea el difícil tema de los cristianos en su punto más realista. Por el futuro de la república, incierto ya y vacilante, se impone una tregua política, que, en la realidad, nada resuelve. Sólo la libertad de la Iglesia de Cristo pondrá paz en los corazones y grandeza en el regimiento de los ciudadanos destinos.
Pues el hombre vocado a tan augusta empresa es Constantino. Imperaba en las Galias, compartiendo el poder con Majencio y Licinio. Los reinos divididos dan en la disolución y en la ruina. Y la guerra estalla entre los tres, como siempre, por piques de rivalidad y de soberbia. Constantino es multitudinario en el fervor de su pueblo y entre sus fieles legiones. Semejante aureola recome a Majencio, que pretexta vengar con sangre el supuesto asesinato de Máximo Hércules, por intrigas de Constantino. Pero el gran viento de las victorias empuja a los cien mil soldados desde las Galias hasta Turín, por Brescia y Verona, y a todo lo largo de la vía Flaminia. Constantino tenía videncias de su propio triunfo, porque no combatía solamente con sus ejércitos, sino con el poder divino de aquel anagrama que, a la luz sangrienta del otoño, resplandecía en los estandartes y sobre el pecho de sus leales, recordando otra batalla más cruel y decisiva: la de Cristo en la cruz. Y con su nombre iba seguro a la victoria.

Fue así el milagro, según lo refiere Eusebio, recogido de los mismos labios del emperador. Que a los comienzos de esta injusta guerra embargaba su espíritu el pensamiento de la muerte, como acontece a los que llevan oficio de armas. Y repasó en su memoria el fin dramático de todos los emperadores que habían perseguido a los cristianos. Sólo su padre, Constancio, encontró una muerte piadosa, tranquila, serena. ¿Acaso porque quiso bien, en amistad y protecciones, a los creyentes de la cruz? Pide entonces un signo al Señor de los Ejércitos. Y se le dio, en un estupendo milagro. Sobre un cielo deslumbrante de mediodía vio arder una cruz de sangre, con esta divisa: IN HOC SIGNO VINCES. Era el lábaro de su victoria. Y más aún. En el sueño impaciente de aquella noche Cristo se le muestra, ordenándole que sus combatientes, sus armas, sus banderas, lleven su propio nombre sacro e invencible. Y mientras aquel 28 de octubre del 312 se alza al cielo, desde las siete colinas, el incienso inútil ofrecido por Majencio a los dioses paganos, la última batalla del Puente Milvio, sobre el Tíber, proclama a Constantino emperador triunfante en la señal de la cruz.

El famoso Edicto de Milán es el ofrecimiento de su victoria a la cruz. Los cristianos se ven libres, con todos los derechos jurídicos de los ciudadanos de Roma. En su brevedad, una sola idea se repite, con clara intención, para que no haya espacio a interpretaciones o dudas: la perfecta igualdad de ciudadanía para los creyentes, a los que ningún prefecto podrá, en adelante, torturar con los garfios y las cárceles ante la pública profesión de su fe.

Y, a los pocos años, el hallazgo de la cruz, como radiante trofeo de aquella gesta castrense. Era muy lógico que Constantino y los de su casa anhelaran, muy ardidamente, poseer aquella cruz, aparecida en los cielos. Y es su madre Elena la que se pone en piadosa romería hacia Oriente. Visita la cueva de Belén para seguir, con fidelidad, el recuerdo de la vida de Cristo. Sobre el desnudo pesebre, que profanan unos altares en honor de Adonais, edifica un templo majestuoso, “de una hermosura singular, digno de eterna memoria”. Se detiene largamente en el lago, porque aquel mar de Tiberíades, que tiene geografía y curvas de corazón, palpita como el corazón de todo el Evangelio, como el mismo Corazón de Cristo. Y después a las agonías del monte de los Olivos. Y al Calvario.

A los comienzos del siglo IV el más inconcebible abandono cubría los Santos Lugares, a tal punto que la colina del Gólgota y el Santo Sepulcro permanecían ocultos bajo ingentes montañas de escombros. El concilio de Nicea dictó algunas disposiciones para devolver su rango y su prestigio a aquellas tierras sembradas por la palabra y la sangre del Redentor, mientras el mismo Constantino ordenaba excavaciones que hicieran posible recuperar el Santo Sepulcro.

Y allí Elena, alentando con su poder y sus oraciones el penoso trabajo. Se descubre una profunda cámara con los maderos, en desorden, de las tres cruces izadas sobre el Calvario aquel mediodía del Viernes. ¿Cuál de las tres, la verdadera cruz de Jesucristo? Y entonces el milagro, para un seguro contraste. Porque el santo obispo de Jerusalén, a instancias de Elena, las impone a una mujer desvalida, siendo la última la que le devuelve la salud. Aún la tradición añade que, al ser portada la Vera Cruz, procesionalmente, en la tarde de aquel día, un cortejo fúnebre topó con el piadoso y entusiasta desfile, y, deseando el obispo Macario más y más certificarse sobre el auténtico madero, mandó detenerle, como Jesucristo en Naím, cuando los sollozos de la madre viuda le arrancaron del corazón el devolverle la vida a su único hijo muerto. Se probaron, con el que llevaban a enterrar, las tres cruces, y sólo la que ya veneraban como verdadera le resucitó. Era el 14 de septiembre del año 320.

La emperatriz Elena, en nombre de su hijo, edificó allí el “Martyrium” sobre el sepulcro, dejando la cruz, enjoyada en riquísimo ostensorio, para culto y consuelo de los fieles. Una parte fue enviada a Constantino, junto con los cinco clavos, dedicando a tan insignes reliquias la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén para que toda la cristiandad la venerara y fortaleciera también la “Roca” de Pedro. Dictó, además, Constantino un decreto, por el que nadie sería en adelante castigado al suplicio de la cruz, divinizada ya con la muerte del Hijo de Dios.

Las cristiandades de Oriente celebraron este hallazgo de la cruz con la pompa hierática de su rica liturgia, en el “Martyrium” de Constantino, consagrado el 14 de septiembre del 326. Precedían a la fiesta cuatro días de oraciones y rigurosos ayunos de todas aquellas multitudes que afluían de Persia, Egipto y Mesopotamia. Allí encontró su camino de santidad una mujer egipciaca pecadora que, como la Magdalena, se llamaba María.

Muy pronto la fiesta del hallazgo se incorporó a las liturgias de toda la cristiandad cuando fueron llegando a las Iglesias occidentales las preciosas reliquias del “Lignum Crucis”, como regalo inestimable para promover entre los fieles el recuerdo vivo de nuestra redención.

Tres siglos después —3 de mayo del 630— acontecía en Jerusalén otro suceso feliz. El emperador Heraclio, depuesta la majestad de sus mantos y de su corona, con ceniza en la cabeza y sayal penitente, portaba sobre sus hombros, desde Tiberíades a Jerusalén, la misma Vera Cruz que halló Elena.
En un saqueo de la Ciudad Santa fue sustraída por los infieles persas. Y ahora era devuelta al patriarca Zacarías con estos ritos impresionantes de fervor y humildad.

Las liturgias titularon este acontecimiento con el nombre de “Exaltación de la Santa Cruz”. Y, aunque las Iglesias occidentales acogieron con entusiasmo semejante recuperación definitiva del Santo Madero, sólo muy tardíamente fue conmemorada su fiesta, según se ve en el sacramentario de Adriano. El tiempo confundió la historia de ambas solemnidades. Y todo el Occidente cristiano, dando mayor acogimiento y simpatía al hallazgo de la cruz, lo celebró siempre en este día 3 de mayo, dejando para el 14 de septiembre la memoria de la “Exaltación”.

Escribía De Broglie en el pasado siglo: “A la nueva de que Jerusalén se alzaba de sus ruinas, coronada por la verdadera cruz de Cristo, escapóse un grito de alegría de toda la familia cristiana. Dios acababa de consagrar, con un postrer milagro, el triunfo ya maravilloso de su Iglesia. ¡Qué espectáculo este resurgimiento, desde las entrañas de la tierra, de los instrumentos del Suplicio divino, convertidos en una señal de dominación y de victoria. Se creía hallarse presente a la resurrección universal y ver al Hijo del Hombre, entronizado en la nube, venir para coronar a sus fieles servidores”.

Pero la cruz de Cristo resume, en su íntima teología, todos los misterios estremecidos que hilan el dogma de la religión cristiana. Dos proyecciones hacia el infinito: la una, fragante de luz; la otra, sombría de sacrificio y de sangre.

Como signo de libertad para todo el linaje humano, resplandece victoriosa, presidiendo el desfile apresurado de las edades, de las civilizaciones y de la culturas, con una viva presencia impresionante, en todos los corazones que creen, que esperan y que aman. El navío de Pedro puede marear seguro, hasta que pase este mundo y su figura, todos los mares amargos y difíciles, porque lleva, en la vela latina, el signo inmortal de la cruz.

Ella es cima de heroísmos sobre los pechos de los cruzados, engarzada a un laurel perenne de sangre y luz en la pluma de Santo Tomás, que escribe constelaciones de sabiduría; sacrificio en el puño de las espadas que se emplean en los combates de la justicia; amor en los ojos arrobados de Santa Teresa; señorío en la cúpula de todas las coronas; eterno descanso sobre la tierra humilde de las tumbas.
¡La cruz no es sólo bandera de esperanza, sino evidencia gozosa de inmortalidades, porque nos libertó, con su poder divino, de todas las servidumbres del demonio, de las agusanadas ligaduras de la muerte y de la muerte eterna de nuestro pecado! Pero tiene otra cara, también, de suplicio y de escándalo, de agonías desamparadas y de victimación. Aquel día del paraíso, cuando un crepúsculo de melancolía ensombreció toda su plural hermosura, el árbol de la vida, mancillado por el ansia de nuestros padres, quedó allí, como argumento justo de nuestro destierro en el valle de lágrimas que es el mundo, Y había tan infinita fealdad en aquel pecado de origen que sólo Dios podía saldar adecuadamente la deuda. Pues la respuesta al árbol del paraíso está en el árbol de la cruz. Arbol joven, vitalísimo, pero desnudamente sangriento, porque ha servido de altar al sacrificio hasta la muerte del Hijo de Dios, Jesucristo.

El sencillo esquema de su mensaje, del misterio amoroso de su Encarnación, cuando se hace Hombre, inscrito en las miserias de nuestra mortalidad, podía enunciarse así: “Para hacernos conformes con su imagen”. Para que echemos toda nuestra vida incierta y angustiada en el molde caliente de su propia vida. “Aprended de Mí”, nos enseña. Y nos invita: “Si alguno quiere venir conmigo, que tome su cruz y que me siga”. Luego esta cruz, que ahora conmemoramos, debe presidir nuestras vidas y nuestro destino.

La ascesis cristiana aprieta cinturas de ceniza y ayuno a nuestra carne, coronas de espino a nuestro corazón, soledades de agonía al alma. Y, sin embargo, la nuestra es religión iluminada de afirmaciones y optimismo, de infinita belleza porque se nutre del amor. Porque Cristo y su cruz, después de todas las humillaciones y fracasos, entre las burlas y los retos de aquélla chusma que a sus pies bramaba, se alzó —cruz de luz— a las eternas victorias del cielo. Tenia un nombre —Cristo y su cruz—, dado por el Padre, que era superior, en poder y señorío, a todos los más altos y orgullosos nombres. Y ante ese Nombre doblan su adoración los cielos, y sus humildes súplicas la tierra, y su rabia impotente los abismos.

Por eso se ofrece a esta “Cruz de mayo” esclarecida y deslumbrante de vida, un cáliz opulento de rosas. ¡Que también la rosa de nuestro corazón, encendida y caliente, se enrosque, como el de la Magdalena, a las glorias y las victorias de la cruz!

Memorialistas fanáticos de Tucumán no quieren que la historia siga su curso

 
La Fundación Memorias e Identidades del Tucumán (Tucumanpa Yuyaynim) rechazó el proyecto de los legisladores oficialistas Sisto Terán y José Gutiérrez para demoler lo que queda de la ex-Brigada de Investigaciones, ubicada sobre avenida Sarmiento al 500, frente a la plaza Urquiza y en el mismo predio donde se erigió el nuevo edificio de la Legislatura.
 
La iniciativa de los legisladores alperovichistas propone derogar el artículo 3 de la ley 6.958 (sancionada hace más de 10 años), por la que se dispuso que el imponente nuevo edificio de la Cámara se construya en el mismo predio de la ex-Brigada, ordenando preservar la fachada del local en el que funcionaba la dependencia policial como parte del patrimonio histórico de la provincia.
 
En la fundamentación del proyecto, Terán y Gutiérrez sostienen que este es un “sitio donde en épocas pretéritas se concretaron los más aberrantes crímenes de lesa humanidad”, por lo que el “Palacio Legislativo viene a borrar de un plumazo y para siempre este símbolo del horror”. 
 
Frente a esto, la Fundación Memorias e Identidades consideró que la iniciativa de los legisladores alperovichistas van en contra de las medidas adoptadas por el Gobierno nacional desde 2003 en materia de derechos humanos. Según una carta que enviaron al presidente subrogante de la Legislatura, Regino Amado, “se desconoce, entre otras cuestiones, la ley nacional 26-691, que crea los Sitios de Memoria”. “La realidad no se borra de un plumazo, y menos de un plumazo legislativo”.
 

Repugnantes declaraciones de Beatriz Rojkés frente al crimen de una niña

El delito de salir a la calle a las seis de la tarde
 
Beatriz Rojkés de Alperovich desató la polémica con sus dichos por la muerte de la pequeña Mercedes Figueroa. "No podemos tener al señor Estado a la par de la familia que está borracha y permite que una nena de 6 años ande sola", dijo la senadora al ser consultado sobre el asesinato.

"¿Hasta dónde el papá y la mamá son responsable de que una niñita esté jugando afuera a las 6 de la tarde? Tenemos que hacernos cargo de la responsabilidad que tenemos los padres en lo que hace a seguridad, y el Estado en cuanto a control de seguridad", apuntó la esposa del gobernador Alperovich en una entrevista con CCC, realizada durante un encuentro sobre seguridad e igualdad de género.

"Aquí hubo una falta de responsabilidad. Si hubieran sido más inflexibles esto no hubiera sucedido", dijo el jefe de Policía, Jorge Racedo, en declaraciones a Radio del Plata.


Una lengua mordida

La presidenta provisional del Senado, Beatriz Rojkés de Alperovich, salió este jueves a pedir disculpas por sus dichos acerca del crimen de Mercedes Figueroa, la nenita de seis años que fue asesinada tras haberse resistido a una violación, según las primeras pericias.

“Ante la tragedia vivida por la familia Figueroa, ante el horror e indignación que como madre y como abuela me produjo la crueldad del crimen, dije palabras por las que hoy sólo puedo pedir, humilde y sinceramente, perdón a la familia y a la ciudadanía”, expresó la esposa del gobernador, José Alperovich, en un comunicado, según publicó Lagaceta.com.

La presidenta provisional del Senado tuvo que salir a pedir disculpas luego de la gran repercusión mediática (a nivel provincial y nacional) y el fuerte impacto de indignación que causaron sus declaraciones en las redes sociales, principalmente en Twitter. 

FUENTE 

Obsecuencia debida

El vicegobernador Regino Amado y el legislador oficialista Guillermo Gassenbauer respaldaron esta mañana a la senadora Beatriz Rojkés, quien protagoniza una de las controversias más resonantes desde que ocupa la presidencia provisional de la Cámara Alta.

Amado -se encuentra en ejercicio del Poder Ejecutivo- consideró que la esposa del gobernador, José Alperovich, no tuvo mala intención al efectuar declaraciones sobre el caso del asesinato de la pequeña Mercedes Figueroa, de seis años. “Ella, como madre, se refirió a la responsabilidad que tenemos como padres y sobre todo con niños menores. No podemos tener un chico de esa edad, sin saber en todo momento donde y con quien está. Es sólo eso. Además, ya pidió disculpas”, acotó.

Por otro lado, el presidente subrogante de la Legislatura se mostró conmocionado y preocupado por el hecho. Añadió que lamenta que haya personas que no valoren la vida, en relación a los jóvenes sospechosos de haber cometido el crimen. “Cada uno tiene sus responsabilidades, entre todos hay que trabajar para que haya un cambio en la sociedad, porque esto no es exclusivo de la provincia. Los padres debemos ser responsables de los hijos y la Policía, que debe prevenir e identificar a los delincuentes. Mientras que la Justicia, que debe juzgarlos. En este punto, la Justicia debería analizar los permisos y a quién se los da”, opinó.

Por su parte, Gassenbauer consideró que Rojkés se equivocó pero ponderó que haya pedido disculpas. “Admitió su error y pidió disculpas. Habla de gente de bien el saber pedirlas. No pensó bien lo que dijo, sabemos que ella no piensa eso realmente y que fue una declaración apresurada”, sostuvo.

Ciudadanos tucumanos apalearon a un ladrón y prometen que no será el único

Hartos de vivir en una "zona liberada" para la delincuencia, vecinos de Francisco de Aguirre y Asunción atraparon a un ladrón en la noche de ayer, y le dieron una terrible paliza.

Explicaron en comunicación telefónica con Contexto que ante la falta total de respuestas por parte de la Policía, decidieron comenzar a buscar justicia por mano propia.

"Este es el primer caso, pero a partir de ahora comenzaremos a defendernos con nuestros propios medios, porque es evidente que el gobierno no tiene intención de brindarnos seguridad", remarcaron.