La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 29 de abril de 2012

El perro Dardo: una víctima de la tragedia educativa argentina

Aberrante desprecio por la vida

Todos los viernes es común encontrarse a un grupo numeroso de alumnos de diferentes colegios secundarios concentrados en varias plazas de la ciudad de Salta. Cientos de muchachos y muchachas de edad escolar se dedican a conversar entre ellos mientras comparten al aire libre un mate, una gaseosa o un cigarrillo. Los más grandes, los que llevan remeras o buzos de colores en donde se leen sus nombres o apodos y en donde se ve el número del año de la promoción a la que pertenecen, tienden a ser los más entusiasmados en esas reuniones. Para ellos la consigna parece ser que es obligatorio hacer el mayor ruido posible para hacer notar su presencia. Así, es común que a los celulares que hacen sonar música a niveles estridentes, se le sumen bombos, silbatos y petardos de todo tipo.

Normalmente los intercambios entre el archipiélago de grupos de estudiantes es amistoso, pero no falta ocasión en que se genera algún tipo de enfrentamiento, a veces sólo verbal, aunque otras veces también físico.

La sociedad salteña tiende a tolerar estos encuentros, porque aunque tengan ciertos detalles corregibles, en esencia no causan daño. Sin embargo hay veces en que los estudiantes tienden a excederse en sus actitudes relajadas y no vacilan en cometer actos estúpidos. Allí es cuando aflora el vandalismo, y a veces dicho vandalismo toma como objeto de agresión a seres vivos.

El viernes pasado, en plaza 9 de Julio, un perro callejero fue víctima del brutal sadismo de unas jóvenes que luego fueron identificadas como alumnas del Centro Polivalente de Artes. Aparentemente –y sólo por diversión– estas chicas se las arreglaron para ponerle un petardo en la boca a Dardo, un perro sin hogar al que le terminaron destruyendo la mandíbula. El animal quedó gravemente herido y la gente que deambulaba por la plaza quedó conmocionada ante el hecho.

La prensa reportó lo acontecido y las asociaciones proteccionistas salieron a la calle para repudiar la violencia que un perro inocente había sufrido de manos de dos inadaptadas. Las redes sociales estallaron de la indignación, pidiendo sanciones de todo tipo para las protagonistas del maltrato animal. En medio de la vorágine, aparecieron versiones que indicaban que todo se trataría de un malentendido, puesto que lo que habría sucedido habría sido que no hubo intención de agredir al perro en quienes arrojaron los petardos y que éste, voluntariamente, habría tomado del piso a uno de los objetos pirotécnicos, reventándose en consecuencia el hocico. Empero el testimonio de muchos afirma que esa versión es falsa, y que el animal habría sido una desafortunada víctima de la violencia absurda. La justicia ordenó que se hagan unos peritajes sobre las filmaciones de las cámaras de seguridad de la plaza para determinar que fue lo que realmente pasó. Mientras tanto Dardo ha sido operado y, si bien su estado es delicado, tiene muchas posibilidades de sobrevivir.

Los valores y la escuela

Evidentemente quien tiene la culpa de haber atacado a Dardo son las alumnas del Centro Polivalente de Artes. Ni la escuela, ni las familias, ni las buenas o malas amistades de esas dos jóvenes le pusieron un petardo en el hocico a un perro. Fueron ellas. Se puede sostener que aún no hay pruebas concluyentes de que así sea, ¿pero por qué dos futuras graduadas de la escuela media estaban usando pirotecnia un viernes al mediodía en medio de una plaza visitada por cientos de personas de diversas edades? Aquí es más que claro que hay un problema relativo a la venta de esos artefactos potencialmente peligrosos a menores de edad.

No obstante hay quienes señalan que prohibir la venta de petardos a la gente irresponsable no garantiza que la agresión gratuita en contra de un animal inocente no se vaya a producir (esas personas deberían ser las mismas que sostienen que si se ejecuta el proyecto de castración física a violadores que promueve el diputado Alfredo Olmedo las violaciones no cesarán, pero no en todos los casos es así). Desde este flanco afloran conjeturas tales como que si la educación secundaria fuera impartida en general como se la imparte en los colegios católicos o en los liceos militares, jamás se llegaría a vivenciar episodios como el de Dardo. Es decir que al pedido de una mejor legislación para separar el mundo adulto del joven, muchos le adosan el reclamo por la construcción de una escuela que fije límites morales muy rígidos, de manera tal que no se facilite la creación de situaciones que puedan desbordarse con consecuencias nefastas.

Este último punto de vista parece querible y deseable, pero su efectivización no es tan sencilla como parece. No basta una medida circunstancial para enmendar unos errores, urge una medida estructural para reconstruir todo un sistema trágicamente devastado.  

La “cultura del último año del secundario” es realmente un síntoma del estado deplorable de la educación del país. Y lo es porque los rituales que allí se desarrollan no marcan el comienzo de la adultez sino el fin de la infancia. Quienes finalizan la escuela media perciben al último año de su presencia en ese nivel educativo como la última oportunidad para hacer chiquilinadas, en lugar de ser la primera para dar el paso hacia la adopción de las responsabilidades de la siguiente etapa. Mientras en otros países alrededor del mundo los jóvenes que están por terminar el secundario dedican la mayor parte de su tiempo a prepararse para poder rendir exitosamente los exámenes que los habilitan para acceder a la educación superior, en Argentina, al casi no existir esos exámenes, la situación es completamente diferente. Basta con tomar un estudiante aspirante a ingresar en la Facultad de Medicina (espacio académico donde no sólo existen los exámenes de suficiencia, sino que además existen cupos de ingresantes) y compararlo con un aspirante al ingreso a otra facultad para comprobar las miradas contrapuestas de esos jóvenes acerca de sus futuros.  

Para reconstruir la escuela, entonces, hace falta un trabajo tan vertical como integral. Sin ello Argentina está condenada a seguir favoreciendo las agresiones gratuitas contra los inocentes Dardos que descansan en las plazas. 


Julieta Frías