La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 8 de abril de 2012

Resurrectio Domini, spes nostra

Por la Resurrección de Nuestro Señor tenemos la certeza de la inmortalidad, hasta de esta carne deleznable.

Y este cuerpo corruptible que fatiga al alma, vaso de barro que deprime la mente, ya no será el formidable enemigo del espíritu, sino que él mismo, a semejanza del cuerpo resucitado de Cristo, será espiritual e inmortal.

Porque Jesucristo, que ha querido que su Resurrección fuese la causa ejemplar de la nuestra, transformará nuestro cuerpo vil y lo hará conforme al suyo glorioso.

Tremenda visión la de nuestro cadáver… Horrible aspecto el de estos huesos, de esta podre, de esta ceniza, que en sus entrañas encierran los sepulcros… Si por misericordia de Dios nuestra alma se ha salvado, la resurrección borrará esta vergüenza de nuestra carne y dará a nuestros cuerpos claridad, agilidad, sutilidad e inmortalidad.

Nadie como San Pablo ha descrito esta gloriosa transfiguración. Y, presintiéndose ya revestido de inmortalidad, así cantaba su triunfo sobre la muerte: Cuando este cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Gracias sean dadas a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo.

Retengamos de la Resurrección de Jesucristo la lección que reiteradamente saca el Apóstol del hecho magnífico de la nueva Vida que vivió Jesús después de su muerte. Es lección de vida cristiana.

Creemos, porque Cristo resucitó; esperamos, porque su Resurrección es motivo, prenda y modelo de la nuestra. Pero esto no será así, si no resucitarnos según el espíritu ya en esta vida mortal.

Pues hay dos maneras de resucitar, como hay dos maneras de morir, consiguientes a dos maneras de vivir. Se muere con el alma muerta por el pecado o con el alma viva por la gracia; y a estas dos maneras de morir responden dos maneras de resucitar: o se resucita para vivir eternamente la muerte del infierno, porque la vida de aquel lugar, dice san Agustín, es la muerte de toda vida; o para vivir eternamente en el Cielo, donde toda vida tiene su expansión definitiva.

De estas dos formas de resucitar hablaba Jesucristo en el altísimo discurso a los judíos después de la curación del paralítico de la piscina de Bethsaida. Les hablaba de la resurrección espiritual, que no es otra que la justificación, cuando les decía que resucita a quien quiere; es decir, que la resurrección de los espíritus no es general, sino de los que quiere Jesús: El Hijo del hombre da la vida a los que quiere. Yo os aseguro que viene la hora, y ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren, vivirán.

Así, la Resurrección de Jesucristo, fundamento de la fe y motivo y gaje de la esperanza del cristiano, es la piedra de toque para estimar el valor de toda nuestra vida en orden a nuestro destino eterno.

¿Hemos hecho nuestra su Resurrección? Viviremos eternamente.

¿No hemos conresucitado con Él? Entonces resucitará nuestro cuerpo, pero será para acompañar en su desgracia eterna a nuestro espíritu muerto.


Jesucristo no murió para quedar en el sepulcro, sino para revivir. En la obra redentora de Jesús, la Resurrección es un complemento necesario de su muerte. Jesús debía sucumbir para que quedara destruido el pecado; pero a su muerte, equivalencia de la destrucción del pecado debía suceder el triunfo, definitivo y eterno, de su reviviscencia.

Tal debe ocurrir, por analogía, en nuestra vida cristiana: Toda ella se reduce a morir al pecado y a vivir en Cristo.

Tal es el misterio de la resurrección pascual: muertos con Cristo, resucitemos con Él; resucitados con Él, vivamos la misma vida que Él, que es la vida misma de Dios.

¡Qué bien ha interpretado la Iglesia este misterio de la transformación de la vida cristiana en Cristo resucitado! En la Epístola de este Domingo de Resurrección nos dice por boca de San Pablo:

Purificaos de la vieja levadura, a fin de que seáis una pasta nueva, ya que sois panes ácimos; porque Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Como si dijera: Desalojad de vuestras almas el viejo fermento del pecado; ya sois puros, porque os ha purificado nuestra purísima Pascua, que es Jesucristo inmolado.

De la muerte a la vida; del pecado a Dios; de la tierra al Cielo; de la vida del hombre viejo según la carne a la del hombre nuevo según el espíritu. Este es el misterio de la vida cristiana en relación con la Resurrección de Jesucristo: Somos muertos — hechos insensibles a las cosas de la tierra-—; y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

Este es el gran misterio de la Pascua cristiana: el Hombre-Dios que sale redivivo del sepulcro. Pero nuestra Pascua de acá es transitoria. Lo es, porque es temporal, y el tiempo es fugaz: no hemos llegado todavía al estado de inmortalidad definitiva, como nuestro Modelo Jesucristo resucitado.

Lo es, porque nuestra miseria nos hunde, tal vez con frecuencia, en el sepulcro del pecado de donde salimos un día para vivir la vida de Dios: la vida divina no conoce retrocesos, pero nosotros sí, que cien veces hemos puesto la mano en el arado y hemos vuelto la vista atrás.

Todo nuestro esfuerzo debe tender a “contemplarnos” cada día más con Jesucristo resucitado, para vivir más intensamente con Él la vida de Dios, y a no separarnos más de Él hasta que con Él celebremos la solemnidad de la Pascua definitiva y eterna.