La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 29 de enero de 2012

Tres banderas

Las banderas son símbolos de unidad que manifiestan una identidad común. Las provincias del NOA, cada una, tienen sus propias banderas, las cuales describen a sus pueblos y reverencian, al mismo tiempo, a la bandera madre, es decir a la bandera argentina. Sin embargo otros trapos espurios están apareciendo en la región sin ser invitados y éstos están poniendo en peligro a los pabellones legítimos. Por ello es un deber de todo argentino bien nacido el interiorizarse acerca de cuál es la actual situación en este ámbito, con el fin de tener los instrumentos informativos suficientes para evitar la destrucción posterior de la nación.

En Jujuy comienza la auténtica patria


La bandera jujeña fue adoptada en 1994 a través de la sanción de la ley provincial Nº 4.816. En este caso se trata de un paño de color blanco sobre el que se ve un escudo que figura, sobre un campo azur y esmalte, a dos manos hermanadas sosteniendo una pica con un gorro frigio en su punta, rodeado a su vez por dos ramas de laurel y coronado por un sol naciente de oro figurado.

Este pabellón provincial fue sugerido por Miguel Carrillo Bascary, un historiador y vexilólogo de corazón indudablemente belgraniano. El mismo evoca a una bandera presentada por el General Manuel Belgrano ante el pueblo de San Salvador de Jujuy el día 25 de mayo de 1813, a la cual se la consideraba como una bandera representativa de la “Libertad Civil”. El escudo que incluyó Belgrano era idéntico al escudo que utilizaba la Asamblea General Constituyente del Año 1813 en sus sellos, puesto que la intención del Líder de la Revolución de Mayo no era la de dotar al territorio con un símbolo regional, sino que lo que pretendía este prócer era promover un símbolo que distinguiese a los patriotas americanos de los realistas en épocas de lucha.

Sucedió que, en la década pasada, una diputada provincial pejotista vinculada a sinarquías indigenistas intentó proponer que el paño blanco de la bandera jujeña sea reemplazado por el paño multicolor de la wiphala, conservando encima el escudo que la bandera ya posee. Tal cosa, por supuesto, no sólo es una ridiculez sino que es también una provocación.

El origen de la wiphala es incierto. Hay quienes sostienen que es pre-colombino, ya que, según ellos, el trapo existía en Suramérica como estandarte oficial del Tahuantinsuyu, vale decir del Imperio Inca. Sin embargo no hay evidencia de ningún tipo que pruebe que los emblemas incas se asemejaban en algo a la actual wiphala. Si, en cambio, hay muestras de sobra de que, durante el siglo XVI, los Tercios Españoles del rey Carlos I –que fueron enviados para pacificar el continente– cargaban con banderas propias, alguna de las cuales, muy posiblemente, utilizase un campo ajedrezado (tal y como se ve, por ejemplo, en “La rendición de Breda”, un cuadro pintado por Diego Velázquez en 1635). Y por si ello fuese poco, nadie puede negar que a algunos de los famosos “ángeles arcabuceros” de la Escuela Cuzqueña se los puede ver también con listones que llevan banderas ajedrezadas multicolores. Todo ello prueba que la bandera de la insurgencia indígenista ni siquiera es un símbolo de origen indígena, lo que más o menos ilustra la naturaleza de este grupúsculo político.

A esto hay que sumarle la supina ignorancia que la gente que se esfuerza por sacar a relucir su ascendencia india y los progrecínicos que los defienden demuestran con respecto al famoso trapo multicolor. El profesor de filosofía boliviano Oscar Olmedo Llanos, en su libro Paranoiaimara (La Paz, 2006), nos dice que ante la wiphala los propios indigenistas realizan una interpretación abusiva, donde cada color y cada casilla significa cosas diferentes y hasta contrapuestas. Añade este intelectual que: “[en torno a la wiphala] lo que hay es una apertura extrema de emoción, de fundamentalismo radical y delirante sobre un símbolo”. En este sentido este trapo vendría a ser nada más y nada menos que una bandera de guerra. Junto a estos fanáticos indigenistas que lo único que saben hacer es confrontar con mezquinos fundamentos, están también los cretinos que los apoyan sólo con el propósito de lacerar todo lo que puedan a la unidad nacional. Tal es el caso de la impresentable ucerista Alicia Mastrandrea o del narcoindigenista del PJ Egidio García, ambos diputados provinciales del Chaco, quienes hace unos meses lograron que la legislatura de la que forman parte reconozca como segunda bandera oficial del Estado provincial en el que viven a la wiphala, bajo el argumento de que eso ayudaría también a que este emblema sea considerado la “Bandera Nacional de los Pueblos Originarios de la Argentina” hasta tanto una comisión de expertos haga una nueva propuesta. Lo irónico es que si fuese verdad la teoría que le atribuye un origen inca a la wiphala, entonces se podría decir que un par de politiqueros de poca monta consiguieron imponerle a los indios chaqueños lo que éstos rechazaron durante varios siglos: vivir bajo una bandera andina.   

Al mantel del arcoiris, tristemente, se lo ve flamear mucho en Jujuy. En las áreas de la Puna y de la Quebrada es muy común encontrar a la wiphala contaminando visualmente el paisaje (son, mayormente, particulares quienes utilizan este trapo, empero algunos organismos estatales –escuelas por ejemplo– también les están empezando a dar cabida). Las banderas del arcoiris suelen ser enarboladas para defender las peores causas o para representar a los peores especimenes de ciertos pueblos: el protestante Thomas Müntzer la utilizaba para predicar sus errores teológicos en Alemania, el Estado soviético-sionista de la República Autónoma Hebrea la aplicaba para distinguirse de entre los rusos, el espiritista Joaquín Trincado Mateo la promovía para identificar a la "revolución" que encabezaba el masón Augusto César Sandino en Nicaragua, los aberrosexualistas la emplean transnacionalmente en sus nefastas embestidas contra los valores de Occidente y la Organización Barrial Tupac Amaru se ampara en su protección cada vez que van a cortar una ruta o a tomar un edificio público en Jujuy.  

Es urgente, por tanto, que las autoridades jujeñas hagan algo para revertir esta situación. Resulta inconcebible que los niños estén más familiarizados con un símbolo siniestro que con uno digno. Ya que 2012 es el bicentenario del Éxodo Jujeño no sería malo que se ponga en marcha una campaña para publicitar la bandera jujeña entre los propios jujeños. Y, al hacerlo, no estaría de más explicar que todo el simbolismo patrio del pueblo argentino está presente allí, puesto que mientras que el escudo remite en su conjunto a quienes lucharon en las guerras de 1810-1825, el lazo colorado que une a los laureles viene a significar la causa federal –tan necesaria de concretar para el futuro de nuestra nación–, mientras que los detalles del gorro frigio remiten a la mascapaicha inca, lo que significa que los antiguos originarios estuvieron desde siempre representados e incorporados a los proyectos nacionales. Por tanto el pasado, el presente y el futuro emergen de la bandera de Jujuy. 

La tradición y el branding


La bandera salteña fue adoptada en 1997 a través de la sanción de la ley provincial Nº 6.946. En este caso se trata de un paño de fondo granate, con dos bandas sables (una superior y otra inferior), y un gran escudo en el medio. Dicho escudo está constituido por un óvalo de azur tenue fimbriado de oro, que contiene una estrella de seis puntas – que representa a una espuela llamada “nazarena” (puesto que su forma es similar a la Corona de Espinas que soportó Jesucristo durante su Pasión)– con un sol pleno figurado y de oro en el centro. Alrededor del óvalo se pueden apreciar a un total de veintitrés pequeñas nazarenas de oro, representando cada una de ellas a los diversos departamentos que componen a la provincia.

Este pabellón provincial nació de un concurso que se realizó convocando a participar a los estudiantes de todas las escuelas primarias y secundarias del territorio salteño; al final, un jurado de notables escogió la actual bandera presentada por los alumnos del 7º “A” de la escuela Nº 64 “Nicolás Avellaneda” de Salta capital, bajo el justificativo de que ésta resumía de manera más armónica los elementos que más se repetían entre los proyectos presentados. El poncho colorado, aquel que protegía del frío a los bravos soldados gauchos de Güemes, pasó así a ser oficialmente considerado como epítome de lo salteño.

A la elección del símbolo provincial le siguió, en los años posteriores, una agresiva campaña mercadotécnica tendiente a posicionar a Salta como destino turístico por excelencia del NOA. El éxito de la misma popularizó la bandera. Este hecho, sumado a todo el trabajo que desde hace décadas las autoridades salteñas hacen para honrar al heroico General Martín Miguel de Güemes, convirtió al pabellón provincial en un auténtico símbolo de pertenencia. Fue un acierto la decisión de establecer una nueva bandera para la provincia (la anterior era muy similar a la de Jujuy, con el detalle de que el fondo era no enteramente blanco sino también celeste y de que en el reverso de la bandera había una estampa en la que se veían unos cerros, un río, un indio y un conquistador), pero ciertamente fue más feliz la decisión de promocionar la novedad que se adaptó de inmediato a las tradiciones locales.

No obstante en la actualidad los salteños (especialmente los gobernantes) no sólo usan sino que también abusan en ocasiones de este símbolo. Un ejemplo de ello es el color de los taxis de Salta capital. No hay que olvidar que visibilizar algo en extremo a veces puede ser también la mejor manera de invisibilizarlo.      

La DAIA clavó bandera


La bandera tucumana fue adoptada en 1995 a través de la sanción de la ley provincial Nº 6.694. En este caso se trata de un paño de fondo celeste en el que se ven dos franjas blancas de desigual tamaño que se entrecruzan en un punto determinado. Lleva dos fechas históricas en los costados (1812 y 1816), que evocan el triunfo del coraje patriótico y la voluntad de constituir una nación gobernada por la paz y la justicia. Las dos variedades de ramas de laurel ubicadas en la parte inferior simbolizan la Razón y la Fe, mientras que las puertas doradas de la Casa Histórica son el elemento que invitan a seguir hacia un camino iluminado por el Sol, que a su vez representa la unidad y la libertad del pueblo argentino.

Esta pequeña joya de la heráldica nació gracias a la iniciativa de Carrillo Bascary, el mismo vexilólogo que propuso la bandera de Jujuy. Originariamente, el proyecto de Carrillo Bascary consistía en adoptar como pabellón provincial a la bandera histórica que atesora la Iglesia San Francisco, la cual se compone de tres franjas horizontales (la superior y la inferior de color celeste, y la del medio de color blanco) y que lleva la inscripción “Tucumán 1814” en caracteres dorados. Empero este emblema fue interpretado como una reliquia más que como un símbolo vivo, por lo que el legislador Alfredo Guido Linares del partido Fuerza Republicana hizo una nueva propuesta, que finalmente fue sancionada de manera unánime por la Honorable Legislatura de la Provincia de Tucumán. La ley llegó a manos del gobernador Ramón Ortega, quien se demoró en promulgarla, dejándole esa distinción a su sucesor, el gobernador Antonio Domingo Bussi.

Detrás de esta bandera hay una historia sombría en la que una pequeña sinarquía visible esputó su despreciable cristofobia y no sólo fue escuchada, sino que también terminó siendo felicitada por ello. Estamos hablando, por supuesto, de la siniestra Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA).

A los pocos meses de sancionada la ley que instituía una bandera para Tucumán, la seccional de la DAIA de esa provincia emitió un comunicado en el que indicaban su total desacuerdo con el símbolo, puesto que lo consideraban “sectario”. El titular de esta institución de lobby sionista era, en aquel entonces, Jaime Salamon (Salamon es un veterano de la infame Guerra de Junio de 1967 –aquella en la que el Estado de Israel atacó a sus vecinos árabes para reafirmar su ilegítima permanencia en el Máshrek–, célebre por haber confesado orgullosamente que la Agencia Judía para Israel, una organización que se ocupa de fortalecer los vínculos entre Israel y las comunidades judías del resto del mundo, alentaba a jóvenes hebreos a incorporarse a los grupos guerrilleros que atacaron al país durante la década de 1970). Los musulmanes de Tucumán nada dijeron acerca de la bandera, y los declarados ateos apenas hicieron un gesto de desaprobación. Sin embargo la DAIA, con el sionista de izquierda Salamon a la cabeza, concentró todos sus recursos para emprender una ofensiva contra la bandera que tanto odiaban.  

De nada sirvió recordarles a estos señores que la Cruz de Cristo no es un símbolo de exclusión sino de inclusión, y que la misma está presente en estas tierras desde hace siglos (la Declaración de Independencia de Julio de 1816 se realizó en un salón tucumano decorado con un escudo patrio y un crucifijo cristiano por encima del mismo): la DAIA nunca retiró su pedido.

Esta poderosa sinarquía sionista no sólo ha criticado al pueblo de Tucumán por haber elegido representantes que respeten la identidad local. Otras provincias también fueron víctimas de la DAIA. Un caso es Santiago del Estero. En aquella provincia tiene una bandera celeste, blanca y colorada, adornada con un sol inca dorado, que a su vez porta en su interior una cruz latina que representa la espada encarnada del Apóstol Santiago y que fuese además la misma insignia que Francisco de Aguirre poseía cuando fundó la Ciudad Madre de Ciudades. El pabellón santiagueño está vigente desde el año 1986 gracias a la sanción de la ley Nº 5.535. A los fariseos de la DAIA, por supuesto, también les molesta esa simbología, especialmente porque cuando ellos hablan de “cruz” se les responde “espada” y cuando dicen “espada” se les replica “cruz”. Empero resulta curioso que desde está ONG nunca hayan pronunciado palabra alguna acerca de la bandera de Salta. ¿Acaso la espuela plateada del General Güemes no se asemeja a una Estrella del Rey David? Quiero decir dos línea que se entrecruzan no sólo representan a Dios crucificado sobre la Colina del Gólgota, también son un símbolo laico o incluso secular en donde lo temporal se cruza con lo eterno, la historia con el porvenir, y la herencia personal con el legado futuro. ¿Por qué la DAIA se niega a ver algo de ello y sólo declara observar una cruz “sectaria” en la bandera de Tucumán? ¿Por qué ellos no ven una Estrella de David en la bandera de Salta –ofensiva para la mayoría católica que habita la provincia– y se abstienen de apelar al laicismo que tanto promueven para derogarla?

La historia de la bandera de Tucumán es un asunto lamentable. El gobernador Julio Miranda, en sus cuatro años de (des)gobierno, hizo todo lo posible para anular la tarea pedagógica que Bussi había efectuado en torno al pabellón provincial. Luego, tras la llegada de José Alperovich a la primera magistratura del Jardín de la República, se empezó a trabajar en la eliminación definitiva del distintivo. Este proceso culminó en 2010, cuando el legislador ucerista Jorge Mendía (en ese entonces un cobista fiel) convenció a sus pares de que se vote una nueva ley, la Nº 8.291, mediante la cual se aprobaba la adopción de una nueva bandera para la provincia. Todos los legisladores de ese entonces (incluyendo a los dos hijos de Bussi y a Esteban Jerez, un hombre cercano al Opus Dei) se manifestaron a favor del proyecto, siendo la única excepción la del justicialista de sangre Renzo Cirnigliaro.

La nueva bandera, según lo presentado por Mendía, consistiría en una paño que mostrase tres franjas horizontales, siendo blancas la de arriba y la de abajo, y celeste la del medio, algo así como una bandera argentina invertida. El detalle que incluyó el legislador ucerista y que luego anuló Alperovich, era que esta nueva bandera llevaría en el medio una imagen dorada de la Virgen de la Merced, Santa Patrona de la Provincia de Tucumán. El gobernador, por consejo de la DAIA, optó por eliminar el símbolo cristiano del paño, enviando a la Virgen a una corbata y agregando una segunda corbata con un dibujo de la Casa Histórica.

El golpe que significó este atropello cultural fue mitigado al urdir un pasado digno para la bandera.  A este pabellón se le atribuye un origen belgraniano, puesto que habría sido el famoso General devoto de la Virgen María quien la habría enarbolado durante su campaña en tierras altoperuanas. En 1885, en una iglesia de Titiri, una localidad cercana a Macha –ciudad en la que el Ejército comandado por Belgrano estuvo apostado durante 1813–, unos feligreses encontraron dos banderas envueltas en un paño rojo que permanecían ocultas en el interior del templo. Dichas banderas, una similar a la actual bandera argentina y otra con sus colores invertidos, estaban percudidas y manchadas con sangre, signo de que habían estado presentes en algún combate. Por obra y gracia de algún memorioso se estableció que se trataban de reliquias de la Batalla de Ayohuma, y se atribuyó entonces la autoría de los dos pabellones al General Belgrano, bautizándose de paso a la bandera blanca y celeste como “Bandera de Macha”.

Hoy en día se supone que la Bandera de Macha es la de Tucumán, pero aceptar esa impostura sería aceptar que la beligerancia antirreligiosa de unos pocos perversos que se ocultan detrás de la perorata de la “corrección política” arrase con nuestra genealogía cultural y espiritual. Lo único que se puede hacer en este sentido es investigar más a fondo acerca de la autenticidad de la Bandera de Macha –para establecerla como símbolo de unidad regional del NOA si se comprueba su autoría belgraniana–, y trabajar para que en la Cuna de la Independencia flamee la bandera celeste de la cruz blanca junto a la de todos los argentinos. 



Zain el-Din Caballero