La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 15 de enero de 2012

Panorama actual de la literatura argentina

Región y nación

Es necesario comenzar este artículo admitiendo lo tramposo del título. El concepto “literatura argentina” es más abarcativo que el uso que le doy aquí, pues yo me limitaré a hablar de autores jujeños, tucumanos, salteños, santiagueños y catamarqueños, mientras que el adjetivo gentilicio “argentina” se aplica en un sentido mucho más amplio. Ciertamente sería más conveniente hablar de “literatura del Noroeste Argentino”, sin embargo sucede que cuando habitualmente se habla de “literatura argentina” se limita el campo de interés a un grupo de escritores de Capital Federal y sus alrededores, reservando un espacio al final para hablar de algún artista provinciano. Entonces, en contra de esta arbitrariedad y a favor de una nueva, yo empleo aquí el término “argentina” del mismo modo que lo hacen aquellos que consideran que Argentina se resume o se sintetiza en la ciudad de Buenos Aires y sus suburbios.

Pensar regionalmente es fundamental para el siglo XXI. La región se diferencia de la provincia en que su constitución es un proceso más natural y menos artificioso. Ello se debe a que el hombre es, por naturaleza, regional. Habitualmente se habla de “región” como si fuese una cuestión propia de la geografía económica, pero en realidad se trata de una categoría existencial. La región es lo que permite que el universalismo anónimo del consumo no se imponga sobre las necesidades de los pueblos. Sin embargo la región es también un espacio vital en donde las diferencias corren el riesgo de ser absolutizadas por los extremistas, siempre y cuando alguien perverso se ocupe de silenciar a la igualdad identitaria.

En nuestro caso particular nuestra región mezcla diversos biomas: las punas andinas y las selvas chaqueñas, los montes norteños y las yungas neotropicales. Y también hay aquí una multiplicidad étnica: indios, criollos, árabes, europeos, asiáticos e incluso lo africano y lo hindú diluido entre la muchedumbre. Esto hace que los modos de vida varíen significativamente entre las diversas localidades: Selva en Santiago del Estero es muy diferente a Santa Catalina en Jujuy, y Tinogasta en Catamarca casi no se asemeja en nada a Capitán Juan Pagé en Salta. No obstante en todos los habitantes de la región se repite la voluntad de ser argentinos.

En los últimos dos siglos y medio el NOA, cuna de la cultura tucumanense, pasó de ser de una región de gran importancia a un espacio marginal. Mientras en esta parte del mundo se vivió el cristianismo en estrecha dependencia con la España concéntrica, las ciudades florecieron. En cambio cuando el proyecto modernizador golpeó en el continente, toda la región perdió su dinámica; el NOA se convirtió en un lugar de tránsito entre el Atlántico y el Pacífico, en un montón de selvas y montañas a las que se volvió necesario anular.

Hoy en día aún se vive en esa realidad de postergación. Nuestro desafío es “re-constituir” el “nosotros” que habita la región a la luz de reconversiones que revaloricen las tradiciones regionales. En este sentido, un arte acorde a la grandeza del NOA es una urgencia. La literatura del NOA tiene que tornarse tan argentina como la del resto del país. Observemos entonces cuál es la actual situación del arte literario en la región.

El drama

La escena dramática del NOA está al borde del abismo. Ciertamente existe un puñado de espíritus virtuosos capaces de escribir y poner sobre las tablas obras teatrales admirables en estas provincias, pero son tan pocos que es más interesante estudiar a las mayorías naufragantes.

Quien conoce minimamente el universo de la artesanía dramática en el NOA no negará que el 80% del público que disfruta del teatro se concentra en torno a la labor que realizan el 20% de las personas que producen dicho teatro. El restante 20% de los espectadores teatrales se distribuyen entre el otro 80% de las obras que son puestas en escena. “¿Por qué existe esta desarmonía tan grande entre oferta y demanda?” inquirirá el lector. Y la respuesta no se hará esperar: por la calidad. En efecto, a la mayoría de la gente que le gusta asistir al teatro también le agrada presenciar algo que manifieste su buena calidad, mientras que hay una minoría importante de personas que no utilizan ese criterio a la hora de seleccionar la pieza teatral que fruirán.  

Aquí aparece un legítimo interrogante: ¿a qué se debe que haya una oferta tan abundante y una calidad tan paupérrima? Esto es una buena pregunta, cuya respuesta requiere un poco de elaboración. En el año 1984, en plena “primavera democrática” alfonsinista, la Universidad Nacional de Tucumán tuvo la “brillante” idea de crear la Licenciatura en Teatro. Durante las décadas de 1960 y 1970 el teatro denominado “popular” había gozado de un maravilloso momento de auge en la provincia, provocando una hiperactividad de la gente de teatro sobre los proscenios. Pues bien, esto sirvió de excusa para que se destinase parte del presupuesto universitario para la creación de una nueva Licenciatura que ayudase a profesionalizar a esa movida. Sin embargo todo se desvirtuó casi de manera inmediata. Esto que digo se comprueba al recordar que, una vez aprobada la carrera, la sede que recibió a los teatristas fue la Facultad de Artes y no la de Filosofía y Letras, pues el objetivo era formar especialistas en las artes escénicas y no artistas de la palabra encarnada. Este detalle es elemental: desde que el teatro rompió su filiación literaria, este arte se ha degradado notoriamente. Esto fue un proceso que tomó lugar a lo largo del siglo XX, y cuyo epicentro fue Europa. El teatro sin texto es algo casi tan penoso como ver a un autista gritando y golpeándose a si mismo con la intención de comunicar aquello que no se sabe exactamente qué es. 

Afortunadamente en el mundo contemporáneo no todo teatro carece de texto, pero si es normal toparse con textos teatrales de escaso o nulo valor artístico. El teatro que brota de las aulas de la Facultad de Artes de la UNT es, casi en su totalidad, ese teatro degradado al que debería caberle un nombre diferente, para que los teatristas de ahora no se sientan cercanos a ciertas versiones de Shakespeare frente a las cuales no se emparientan ni en lo más mínimo.  

En el ámbito teatral del NOA cada autor trabaja según su propio ritmo y detrás de sus propios objetivos. Esto repercute en la falta de unidad estilística. Es como un montón de gente haciendo lo que pueden, tratando de nadar en un océano pero sin intuir a dónde deben llegar. El libro Made in Tucumán (San Miguel de Tucumán, 2009) refleja ello a la perfección: seis autores del Jardín de la República, cierta ansiedad generacional –de la generación que nació o se desinfantilizó durante los años del Proceso–, una mirada en muchos casos imberbe de la provocación, un humor de poca sonrisa real y muchas risas de compromiso, y la sensación de que uno sentirá más incomodidad que la calculada por lo autores cuando vea a los actores poniéndole el cuerpo a lo escrito.  

El pozo ciego en el que se encuentra la dramaturgia en el NOA supone toda una serie de conflictos en quienes han elegido el oficio de la actuación en estas latitudes. En lugares como Tucumán hay una auténtica guerra que periódicamente desatan los “teatristas independientes” (los representantes del 80% de los productores que capturan al 20% del público) contra el gobierno provincial, debido al incumplimiento de la ley 7.854 de fomento a la Actividad Teatral Independiente. Las protestas estallan, pero tienen la misma eficacia y el mismo eco que tienen las protestas de jubilados. Ambos grupos –jubilados y teatristas– son considerados socialmente como dos grupos prescindibles, y por tanto irrelevantes a la hora del diseño de políticas públicas (la gran diferencia está en que es una injusticia tratar así a los trabajadores pasivos, mientras que no se puede decir lo mismo de quienes hacen teatro).  

La mentada ley, aprobada en 2006, sólo contribuye a legitimar una situación decadente. En lugar de estimular los saltos de calidad a través de la sana competencia promovida con fondos públicos, la ley únicamente consiguió que quienes ya estaban produciendo una gran cantidad de dramas imbancables se sintieran con derecho a reclamar remuneraciones por eso. Se arguyó que el “teatro popular” merecía un mejor trato por parte de las autoridades, pero quienes lo dijeron olvidaron el hecho de que nunca antes en la historia los gobiernos del NOA han apoyado tanto a dicho teatro; el detalle que debe tomarse en cuenta, claro, es que hoy por hoy el “teatro popular” es el fútbol (y es innegable que éste ha sido subsidiado generosamente por los gobiernos regionales de la última década). 

Por supuesto que los teatristas se resisten a reconocer todo esto, y atribuyen el ninguneo que sufren de quienes controlan el Estado al hecho de que sus compromisos políticos expresados a través de sus obras jaquean a los poderes corruptos de nuestros días. Pero ello, obviamente, no es más que sus inconfesadas ínfulas de grandeza desenvueltas para tapar la mediocridad en la que flotan. Recuerdo que en 1999, una semana antes de que se desarrollen las elecciones para gobernador en Tucumán, Carlos Alsina montó una obra titulada “La Guerra de la Basura” que, supuestamente, tenía por objetivo “desestabilizar” al bussismo que se perfilaba como el gran ganador de los comicios (por esa época muchos de los autodenominados “artistas” e “intelectuales” de Tucumán veían al bussismo como un fascismo emergente en la Cuna de la Independencia, pero no advertían –o tal vez no querían advertirlo para seguir creyéndose héroes– que su lucha era contra un molino de viento, puesto que los Bussi nunca pasaron de ser meros neoliberales al servicio de Menem). La pieza de Alsina era una farsa, bastante burda por momentos, que bien resumía a la producción teatral tucumana de la década de 1990 y anticipaba los clichés más comunes de la de la década siguiente. De todos modos una farsa mucho más interesante se presenció unos días después, cuando Ricardo Bussi perdió las elecciones por culpa del bochornoso fraude orquestado por el pejotismo. Para ese espectáculo no hizo falta ningún graduado de la Facultad de Artes de la UNT.   

Lo que sucede es que los teatristas olvidan que, históricamente, el teatro significó la materialización de una realidad virtual contrapuesta a la realidad real. Por tanto el teatro –con sus historias alegres o tristes, reivindicativas o pasatistas– es un refugio a donde van quienes quieren huir. Todo el potencial de lo micropolítico que alguna vez quiso tener el teatro fue barrido por el fulgor azul de los televisores al que no pudieron vencer. En la actualidad proliferan las salas teatrales en el NOA (especialmente en Salta y Tucumán) que acogen a aquellos sofisticados o masoquistas que se refugian de las ciudades en donde las calles son cortadas de forma imprevista, en donde los ruidos urbanos ensordecen y en donde las filas de espera se multiplican. Entonces, por más que se califiquen a si mismos de “populares”, los teatristas se encuentran verdaderamente muy lejos de elaborar una narrativa realmente popular como la que actualmente tiene el fútbol y como la que alguna vez tuvo la Iglesia con sus autos sacramentales, sus misas y sus procesiones. 

Una manera de reformular lo que escribí acerca del teatro en el NOA es tomando en cuenta que muchos egresados de la famosa Licenciatura en Teatro de la UNT en la actualidad han optado por armar o incorporarse a las murgas barriales o por dedicarse a la bufonería disfrazados de clowns. Que haya un número importante de actores graduados que terminan en murgas o en semáforos es un signo de que o bien los que optan por convertirse en histriones son personas que se sentirían a gusto como habitantes de República Cromañón (en los momentos anteriores a la lluvia de cianuro) o bien la formación que esa gente recibe en el claustro universitario deja mucho que desear. También está la tercera opción que explicaría que el fenómeno de los actores murgueros y/o bufones se debe a que en nuestro país la cultura circense se ha vuelto redituable. Ello es factible: para ser un actor es necesaria la preparación, en cambio para pintarse la cara, disfrazarse y salir a decir tonterías y hacer el ridículo sólo hace falta tiempo libre. Y en la Argentina de los Kirchner hay mucha gente con tiempo libre.

La poesía

El NOA es una región de aceptables poetas. O al menos lo fue. Hubo una interesante tradición que, de alguna manera, se apagó en 2011 cuando terminaron de apagarse Néstor Groppa en Jujuy, Felipe Rojas en Santiago del Estero y Raúl Aráoz Anzoátegui en Salta. A estos poetas –que, a decir verdad, ya estaban jubilados desde hacía años– los continúan otros poetas nacidos en épocas posteriores, que vivieron durante su juventud o su temprana adultez los años de la dictadura procesista, lo cual, al parecer, los afectó profundamente en su manera de interpretar al mundo (y de producir literatura).

Sin embargo lo que me interesa aquí es detenerme no en los continuadores de Groppa, Rojas y Aráoz Anzoátegui, sino en los continuadores de éstos. “Continuadores de continuadores” se podrían titular estos párrafos que versan sobre la poesía del NOA en mi ensayo.

Cuando era niño solía jugar al “teléfono descompuesto”. Este juego consistía en reunir a un grupo de personitas, colocarlas una al lado de la otra, y decirle una frase al oído al primero de ellos, para que luego el mensaje fuese transmitido de oído en oído a través de susurros; al llegar al eslabón final de la cadena, la frase era pronunciada en voz alta, constatando que en algún punto alguien había distorsionado el mensaje, ya que lo pronunciado en la última instancia no solía asemejarse en nada a lo pronunciado en la primera. Al hablar de “continuadores de continuadores”, al pensar en La Carpa y en La Brasa y luego comparar sus poemas con lo producido por los grupos contemporáneos, el “teléfono descompuesto” se nos viene a la mente.    

En 2008 el escritor Santiago Sylvester, con el presupuesto del Fondo Nacional de las Artes, presentó una compilación que reunía numerosos poemas escritos por autores de la región. El libro se tituló “Antología de Poesía Joven del NOA” y fue un intento de completar un trabajo similar titulado “Antología de Poesía del Noroeste Argentino” de 2003, en el que el compilador salteño recogía a una gran cantidad de nombres ya consagrados en el campo de la poesía regional. Decir que entre una obra y la otra hay tanto espacio que cabe un universo entero es exagerar un poco, pero nadie, ni el más negligente, puede negar que se trata de obras muy diferentes. En el libro de 2003 hay unas cuantas piezas verdaderamente brillantes, mientras que en el libro de 2008 aparece, con suerte, uno que otro verso que vale la pena ser leído.

Lo que se nota entre los jóvenes aspirantes a poetas es el abandono de la preceptiva clásica de la poesía, lo que genera que el mismo valor de lo poético en los textos se pierda o se aniquile. Esto es un vicio muy argentino, que en lo personal me arriesgo a atribuirlo al desarrollo temprano de la cultura rockera en nuestro país. Expliquémoslo: cuando estalló la Guerra de Malvinas en la Argentina se promovió un boicot a todo lo que fuese inglés, lo que permitió que los músicos locales gozasen de una difusión inaudita hasta ese momento; gracias a ello se generó una suerte de efecto de retroactividad, mediante el cual los rockeros vernáculos –que hasta ese entonces deambulaban en los márgenes de la cultura, musicalizando el consumo de estupefacientes ilegales de mucha gente adinerada– dejaron de ser considerados émulos fallidos de artistas como Pink Floyd, Bob Dylan, The Doors y demás para pasar a ser considerados, desmesuradamente, sus equivalentes locales. A partir de allí la década de 1980 desarrolló orgullosa, y con cierta masificación, a la cultura del “rock nacional” (a la par que desarrolló también a la cultura del consumo de drogas), lo que, como era de esperarse, pauperizó la calidad poética de lo que se cantaba por el simple motivo de que la música de fondo hermosea automáticamente a las palabras –cualesquiera que éstas sean– que pretenden correr por encima. Los más jóvenes, los que crecieron escuchando esa música y la música aún peor que le siguió en los años posteriores, absorbieron esa influencia y creyeron que así como había una “glamorosa” escena para el rock, también habría una similar para la poesía. Entonces se largaron a escribir, marcando su nivel de exigencia literaria con la pobre vara que se lo marca al rock nacional, intentando compartir las audiencias. Y si a esto se le suma la perniciosa difusión de las obras “poéticas” de Benedetti, de Galeano y de sujetos similares, se comprenderá que las miserias del presente suelen tener sus orígenes concretos en el pasado.

En la década de 1990, con la quimera del “uno a uno” vigente, lo extranjero apabulló a lo nacional, y las remeras con la leyenda “Seattle” reemplazaron a las que decían “Suncho Corral”. Esto generó un quiebre comunicacional entre generaciones, que recién se subsanó con la crisis de 2001, cuando el dinero no alcanzaba más que para lo local, y la pendejada se vio obligada a conocer a sus antecesores que hasta ese momento habían ignorado. Desde entonces se gestó una cultura de lo berreta, producto de gente en crisis que vivía sin grandes aspiraciones, en donde lo cartonero pasó a ser una alternativa válida. Al reunirse las generaciones, los más jóvenes –personas educadas por los mercados y sin un ápice de conciencia patriótica– se acomodaron en este mundo decadente de la Argentina kirchnerista que ha renunciado al desarrollo y que sólo se conforma con la subsistencia, y se han convertido en su voz.
  
Se asiste, entonces, a una gran estafa literaria. La misma supone que lo misterioso o lo sacro de lo poético (en realidad son lo mismo) queda erradicado de la poesía. De ese modo los poemas de los poetas jóvenes del NOA parecen mensajes de texto o chat logs ordenados en verso. Es prosa que poco tiene que ver con la poesía. 

Permítanme improvisar un poema que bien podría figurar entre las páginas de Intravenosa y de Trompetas Completas, en el blog de La jeta literaria o en lugares así, y que ilustra perfectamente esto que apunto:

Vuelvo a casa.
Quiero llegar temprano
para ver “CSI: Miami”;
me calienta la detective rubia,
toda una MILF.
 Pero mientras que el colectivo se mueve
y Ciudad de Nieva está cada vez más cerca
la veo a ella,
veintitantos años,
delicada,
pequeñita,
preciosa.
Me olvido de la rubia y la miro,
imagino que le hago el amor en un ascensor
como uno de los Baldwin se lo hace a Sharon Stone
en “Sliver”.
Me parapijea,
me hace sentir que me salgo del tiempo.
Ella se da cuenta que la veo.
Sonríe, se sonroja, mira para otro lado.
Al cabo de un rato de éxtasis
me doy cuenta de que me pasé de mi parada.
Bajo del colectivo en otra parada
y con la colgante parada.
Me apuro en llegar a casa,
quiero ver a la MILF.

Y si este “poema” no alcanza para que el lector termine de entender que es lo que estoy diciendo, me daré el lujo de relatar una escena que una vez presencié: en un encuentro de escritores, estaban en una mesa de poetas el maestro Arturo Álvarez Sosa y otra gente dedicada, al parecer, a la escritura. Llegado el momento de su intervención, Álvarez Sosa leyó un magnífico poema de su autoría, en el que trata de poner en palabras el lúcido compromiso con la mortalidad que tenemos los seres humanos, honrando la esencia de lo femenino que mueve al universo a través de sus danzas de ritmos inciertos para los observadores pero exactos para la naturaleza. Lo curioso fue que, apenas unos pocos minutos antes de ello, un muchacho salteño o jujeño había estado tratando de explicar qué era para él la poesía, llegando a decir que a él le parecía una ocurrencia genial de poeta el sugerir que los tsunamis eran “Dios masturbándose” [sic] ya que hay mucha gente que dice que “cuando llueve es Dios que llora”. 

La narrativa

Una gran cantidad de obras narrativas han sido producidas en el NOA en los últimos años. Sin embargo, lo sabemos, cantidad no es igual a calidad.

Afortunadamente algunos autores veteranos siguen escribiendo en esta región, aunque, claro está, sólo se ocupan de copiarse a si mismos. Tal es el caso del catamarqueño Jorge Paolantonio, del jujeño Héctor Tizón y del tucumano Octavio Cejas. En este último, en Cejas, las influencias de Luís Franco y de Jorge Washington Ábalos son tan felizmente notorias que resulta un placer leer sus textos, más allá de las diferencias en otros ámbitos que uno pueda tener con el autor (por ejemplo hace unos meses el escritor publicó una carta en La Gaceta en la que se manifestaba en contra de la doma de potros, cosa que no comparto en lo absoluto). Cortázar también dejó su huella sobre Cejas, pero no me refiero al folklorólogo Augusto Raúl Cortázar sino al humorista Julio Cortázar. Lo curioso es que el tucumano es uno de los pocos cortazarianos que lograron imitar las escasas virtudes del autor de Rayuela y desentenderse de sus muchos defectos.

El eco de Cortázar en las letras de la región (al igual que en el resto del país) es algo lamentablemente muy arraigado. Desde hace, por lo menos, cuarenta años que la literatura argentina sufre de lo que denomino “el virus Cortázar”. La obra de Cortázar, al igual que el rock nacional, distorsiona vocaciones. Muchos adolescentes que leen a Cortázar en su juventud se sienten estimulados a escribir, pues perciben que si Cortázar pudo hacer lo que hizo y volverse famoso con ello, ellos también podrán seguir esa senda, ya que el esfuerzo de imitarlo no parece excesivo. Así muchos jóvenes “cortarizados” son extrañamente movidos por los libros de don Julio a proseguir la carrera de Letras o, peor aún, la de Ciencias de la Comunicación, y a intentar vendernos después los relatos que escriben durante sus horas de ocio.

Un clásico ejemplo de estos cortazariados a quienes refiero es Jorge Accame, uno de los escritores jujeños más famosos en la actualidad. A Accame se lo conoce por su pieza dramática Venecia (San Salvador de Jujuy, 1998) y por su novela Forastero (Buenos Aires, 2008), dos textos generosa o exageradamente premiados, pero pocos saben que este autor es un hábil fabricante de literatura infantojuvenil. Ello lo emparienta aún más con Cortázar, quien también poseía esa destreza y que era lo que, en definitiva, lo destacaba.

Otro cortazariado en el NOA es el santiagueño Lucas Cosci. Este autor escribió la novela Faustino (Santiago del Estero, 2011), un texto en el que habla de la gente de su generación deslizando por detrás varias loas y algún reproche a la figura del masón Domingo Faustino Sarmiento. Cosci es profesor de filosofía y ha estudiado la obra de Orestes Di Lullo. Para alguien desprevenido, resultaría extraño que alguien que ha mostrado cierta admiración por aquel venerable pensador santiagueño produzca una obra con las particularidades de Faustino. Sin embargo cabe recordar que el Di Lullo de Cosci no es el auténtico Di Lullo, sino la desfigurada versión pergeñada por Gaspar Risco Fernández, y transmitida por Alejandro Auat y Fernán Gustavo Carreras, que convierte al recopilador del Cancionero popular de Santiago del Estero en una suerte de socialista cristiano partidario de las causas progresistas. Teniendo eso presente, imagine usted, estimado lector, como viene la mano con las narraciones de Cosci.         

Un tercer nombre que podemos agregar a esta lista es el del tucumano Fabián Soberón. Soberón publicó La conferencia de Einstein (San Miguel de Tucumán, 2006), un libro que recoge y expone desordenadamente tres historias, dos de las cuales –la historia de un hombre que tiene que presentar a Einstein en una charla pero sin haber comprendido casi nada de lo que el científico sostenía, y la historia de Adolf Eichmann durante los años en los que vivió en Concepción– terminan siendo completamente desperdiciadas en su valor literario. Recientemente este tucumano publicó El instante (Córdoba, 2011) que acopia una suerte de viñetas que tienen por protagonistas al Malevo Ferreyra, a Rodolfo Walsh, y a Charles Darwin junto a Juan Manuel de Rosas entre otros. Le sugiero a Soberón que en el segundo volumen del título o en su próxima reedición agregue textos sobre el soldado Mario Gutiérrez, la niña Socorro Tejerina y la tertulia en la que participaron Jorge Luís Borges, Ernesto Sábato, el reverendo padre Leonardo Castellani y el presidente Jorge Rafael Videla.   

Llegado a este punto me autorizará ahora el lector a escribir sobre dos libros que se jactan de reflejar el estado actual de la narrativa del NOA: me refiero a Del amor, la muerte, el diablo y otras historias (San Miguel de Tucumán, 2011) y a Cuentos del Noroeste (Salta, 2011), dos antologías que son el resultado de dos concursos regionales de relatos. Ambos libros reúnen a un total heterogéneo de 27 autores, todos premiados por un jurado de expertos. Al recorrer las páginas de las dos obras uno se pregunta si o bien el jurado fue excesivamente generoso o si bien el jurado entendía poco acerca de cuál era su tarea. Lo más probable es que ambas opciones sean correctas.  

Como el número de autores es muy grande, me inclinaré por hablar primero acerca de las 9 mujeres publicadas, y luego lo haré sobre los 18 hombres en la misma condición.

De las nueve mujeres al menos seis son tucumanas, una santiagueña, una jujeña y una  –la autora Alice Velázquez-Bellot– tiene una procedencia que ignoro. Esta última mujer, Velázquez-Bellot, es autora de “El hacedor de trinos”, un cuento que nos trae a la mente el relato “The Birds” de Daphne du Maurier, incluido en el volumen The Apple Tree (Londres, 1952) y desarrollado con un manejo mucho más preciso, inteligente y sólido de lo inquietante.

María Pía Danielsen, la santiagueña, también trabaja lo inquietante en su cuento “Telaraña”, pero su texto resulta tan desbordado de palabras y tan tacaño de silencios que la historia se malgasta a mitad de camino. Fabiana Calderari, autora del cuento “Entre vecinos”, también vive en Santiago del Estero, pero es jujeña, al igual que Ildiko Nassr (quien en realidad no aparece en las dos antologías que intento reseñar pero que me aprovecho de la situación para mencionarla). Tanto Calderari como Nassr son las equivalentes norteñas de las porteñas Patricia Suárez y Ana María Shua, dos mujeres que si nunca se hubiesen empecinado en escribir, la literatura argentina –y la gran mayoría de sus lectores– no las extrañaría ni en lo más mínimo.    

Entre las tucumanas hay de todo. Mónica Cazón escribió “La señal”, cuento en el cual intenta transmitir la experiencia de conversión de un escéptico al acercarse a la polémica Virgen del Cerro. La aguilareña Sara Rosa Argüello –autora de “El viaje”– y la cordobesa Alicia Sant Tochón –autora de “El amo”– construyen historias tan convencionales como aburridas (aunque hay que reconocer que en Sant Tochón hay un mejor manejo de las técnicas narrativas). “El Rápido de los Sueños” se titula la obra de Sara Graciela Rivas incluida en una de las antologías: el cuento, una historia sobre una venganza de los trabajadores ferroviarios de Tafí Viejo, parece ser una de esas piezas que habitualmente se mandan a los concursos literarios, en donde se intenta convencer al jurado apelando a la corrección política (eso o doña Rivas es tan optimista que parece ilusa o es directamente una militante kirchnerista).  

María Gabriela De Boeck intenta ser un poco más arriesgada y logra en “La muerte entre las cañas” un texto convincente, que encaja bastante bien en los debates acerca del “cambio de género” que se dan por estos días. 

Finalmente de quien me resta hablar de las de este grupo es de María Marta Lobo, una periodista que se atribuye el cuento “Los gusanos”, el cual versa sobre la disfuncionalidad familiar. Esta mujer maneja un tono diferente al de sus colegas, debido a que es evidente que ella orbita alrededor del universo de la llamada Nueva Narrativa Argentina (Lobo es quien organiza anualmente un taller literario animado por el elegante cagatintas de Maximiliano Tomas y por el neurótico zurraverbos de Diego Grillo Trubba en San Miguel de Tucumán). Entre estos jóvenes porteñoños de la NNA cuesta encontrar a un autor cuya obra sea en su totalidad rescatable del olvido que merecen, porque, fundamentalmente, cuesta encontrar a uno que haya aprendido algo del Fogwill o de alguno de los autores de la Literal a los que dicen admirar, uno que lea a Washington Cucurto en la clave ácida y rencorosa contra su propia estética en la que este personaje escribe sus textos, uno que se haya abstenido de enviciarse hasta embrutecerse con el Facebook y no termine creyendo que escribir libros es como publicar mensajes en el muro, uno que haya evitado la desensibilización casi patológica que estos hombres y mujeres manifiestan frente a los acontecimientos históricos que experimentan (me refiero a acontecimientos vivenciales y no a sus relatos), y/o uno para los que de Nueva York, París y Londres sus sueños hechos no estén –aún aunque muchos digan que son gente de barrio llevar. La NNA es a la narrativa lo que el rock nacional a la música.

Ahora bien, es el momento de pasar a los hombres incluidos en las dos antologías que mencioné más arriba.

Comencemos hablando de los tucumanos. En el cuento “Luciérnagos de Chasquivil” de Federico Soler encontramos un esfuerzo por escribir de un modo tan florido que salta a la luz que, al menos con este relato, uno puede decir que como narrador Soler es un poeta descortés. “Memorias de otra vida”, una historia de amor escrita desde una suerte de existencialismo kitsch, y “Tragedia”, un relato también de amor con tintes autobiográficos, de Diego Véliz y Gustavo Urueña son dos textos soporíferos pero bien intencionados, lo que nos sugiere que ambas obras debieron desarrollarse en una extensión diferente a la que sus autores les dieron (tal vez más larga, tal vez más corta, pero ciertamente no en la que terminaron siendo publicados). El cuento “Bernabé en París” de Carlos Sánchez es una simpática anécdota felizmente inventada, pero escrita de una manera tan sosa que el texto parece escapado del libro Violines y toneles (Buenos Aires, 1908) de Roberto J. Payró. “Tratos son tratos” de Andrés Alberto Ortiz narra puerilmente una historia que roza lo pueril –casi indigna de recibir una mención en un concurso de cuentos–, mientras “Las dos caras de Núñez” de Diego Marazza se exhibe como un relato que, para desgracia de aquel que lo recorre, se demora demasiado en lograr el supuesto efecto cómico que cree contener. 

Los libros que reseño reúnen a dos autores tucumanos destacados y muy publicitados: Rogelio Ramos Signes y Eduardo Rosenzvaig. Aquí reaparecen los autores cortazariados, pero en dos vertientes distintas. Ramos Signes, autor de “Pécora Quichi a destajo”, encarna circunstancialmente el cortazarismo fantasista que lo acerca a Adolfo Bioy Casares y a Abelardo Castillo (línea en la que también se afilia el relato “El hijo del muerto” del tucumano César Guzmán o buena parte de la obra narrativa del jujeño Pablo Baca), y el fallecido Eduardo Rosenzvaig, autor de “Demanda por discriminación contra la Academia Sueca”, también circunstancialmente representa al cortazarismo humorista que lo aproxima a Roberto Fontanarrosa y a Alejandro Dolina (línea en la que se acomoda “El Diablo de Senderitos” del salteño José Agüero Molina y casi todo lo publicado por el jujeño Alberto Alabí). De todos estos antologados, Ramos Signes y Rosenzvaig son los que más se asemejan a los escritores profesionales, siempre tan atentos a moldear sus obras según las necesidades del mercado masificador, siempre tan cercanos a los académicos que sugieren la constitución de los cánones.         

Otro de los nombres con los que nos topamos es el del catamarqueño Julio Misael Herrera, autor de “Riña de gallos”. A Herrera le cabe casi todo lo que escribí sobre Cosci, con la diferencia de que el catamarqueño no es un pensador sino un violinista, por lo que es probable que lo suyo provenga más de la intuición que de la reflexión. Después aparece el cubano Idangel Betancourt, un disidente instalado en Salta y actual editor del suplemento cultural del diario oficialista Punto Uno, que escribió “Margarí”. Su cuento alude veladamente al Che Guevara, el aventurero de la motocicleta, pero su enfoque sonará inesperado para quien admire a ese filibustero.

“La Feria” del jujeño Agustín Guerrero es un relato de tintes humorísticos, “Trópico y mar” del salteño Miguel Dallacaminá nos habla de las frustraciones juveniles, y “La daga de bronce” del catamarqueño Héctor Omar Quijano trata acerca de una venganza en una especie de escenario de montoneras decimonónicas. Sorprende el hecho de que los tres cuentos hayan recibido premios (tomando en cuenta que el premio es un reconocimiento a una obra excepcional y no una simple palmada sobre el hombro).

Sólo me falta hablar acerca de tres jóvenes que, entre tanto ruido, algo de música prometen. Uno de ellos es salteño y se llama Emanuel Carrizo. Carrizo publicó “Por qué no se debe escribir frente a un espejo”. Otro es jujeño y se llama Mariano García. García publicó “La verdad sobre la muerte de los pájaros”. Ambos escritores demuestran templanza en lo que hacen y un cuidado por el estilo que se agradece. A la par de ellos está Pablo Cerone, un jujeño radicado en Tucumán, en el que se leen sus ansiedades biográficas a la luz de un respeto solemne por la literatura regional. Cerone es el único que aparece no en uno sino en los dos libros que reseño, con los cuentos titulados “La Carpa” y “El árbol de poesía de Leandro Álvarez”.

La narrativa del NOA necesita de al menos un cuentista inteligente que deje de lado tanta bobería, tanto estancamiento y tanto oportunismo, y demuestre que sabe plasmar desde la ficción a los debates del campo literario regional. Y después le urgen los novelistas. De Salta deberían surgir dos narradores: uno que se convierta en el Federico Gauffin del siglo XXI y narre la actualidad del Chaco Salteño (especialmente todo lo concerniente a la narcofrontera), y otro que desnude a las hipocresías de una sociedad degenerada que tiene a un pequeño tirano que se rodea de gente del Opus Dei y le dedica su triunfo electoral a un infame comunista, o que tolera que un narcotraficante les de clases de moral pública –en este camino ya aparecen algunas obras que responden a esa exigencia, como la novela Su Santidad, el Anticristo (Salta, 2010) de Ernesto Bisceglia. Tucumán precisa de alguien dispuesto a la ficción científica, alguien que, usando los elementos de las humanidades, describa el futuro de una sociedad sometida al perverso poder de unos sionistas acomodaticios y cristofóbicos. Catamarca y Jujuy demandan a un novelista en cada provincia que –apelando al pasado o al presente de sus lugares, pero siempre con un amplio entrenamiento occidentalista– sepa refutar el estereotipo que hace de sus respectivas provincias dos yermas guaridas de la pobreza. De Santiago del Estero, por último, debería surgir el novelista más conspicuo de la región, pues esa provincia es, hoy por hoy, el espacio más propio para que la identidad nacional se manifieste de la manera más pura. Aún con la extrema violencia que se registra a diario (cualquiera que lea los policiales santiagueños sabrá de lo que hablo), aún con el juarismo avatareado en zamorismo, aún con los tilingos de clase media que día a día crecen en la provincia, Santiago del Estero es el sitio de la Argentina con mayor capacidad de darle una lección de nacionalismo al resto del país. 

El microrrelato

Para concluir mi ensayo me referiré a los microrrelatos. En el NOA el microrrelato se ha convertido en una suerte de plaga onanística entre los escritores, escribidores y escribientes. Muchos atribuyen la paternidad de este mal a David Lagmanovich, un profesor universitario tucumano que se esforzó por difundir esta forma literaria en la región. A raíz de ello en la actualidad pululan los microrrelatistas pero escasean los microrrelatos.

Lo que sucede con el microrrelato es que nació como una boutade literaria sobre la que algunos avivados intentaron teorizar hasta darle autonomía. Mientras se mantuvo como un juego ocasional de los cenáculos literarios, el microrrelato era pura y sana alegría. Pero cuando empezaron a montar una industria en torno al mismo la situación se volvió preocupante. La publicación de libros enteros de microrrelatos firmados por un solo autor comenzó a volverse más común. No creo que haga falta que diga que tal cosa es una desmesura.

El microrrelato, por su elitismo literario, no puede ser producido en masa. Para escribir un microrrelato es necesario poseer la sensibilidad del poeta y la inteligencia del narrador por partes iguales. De no poseerse ello, se corre el riesgo o bien de que el microrrelato termine siendo unos versos erráticos encorsetados en una estructura prosaica o bien de que se esté en presencia del bosquejo de un cuento abortado. En el NOA la gran mayoría de los microrrelatos caen dentro de una u otra descripción. Basta con leer Monoambientes. Microrrelatos del Noroeste Argentino (Buenos Aires, 2008) y Fervor de Tucumán (San Miguel de Tucumán, 2010) para comprobarlo.

A toda la movida del microrrelato que se generó en el NOA uno puede observarla como lo que es: una suerte de club de entusiastas. Quienes se dedican a la canaricultura o al coleccionismo de duendes operan de la misma forma que los microrrelatistas, puesto que viven desarrollando su interés particular, organizando encuentros periódicos y creando un código que sólo ellos entienden completamente. Son una tribu urbana de gente adulta.

Con la creación de las redes de microblogging (v. gr. Twitter) el mundo de las comunicaciones está adquiriendo una nueva dinámica. Esto, de alguna manera, comienza a golpear en la literatura –básicamente porque golpea en los hábitos de lectura. Quizás dentro de esos nuevos escenarios el microrrelato tenga una mayor razón de ser, pero mientras tanto lo mejor que un lector puede hacer es darle el escaso o nulo apoyo que este tipo de texto merece.  



José Franco Zain el-Din Caballero