La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 8 de enero de 2012

Entre el “Cabralito” y el “Ragonito”

¿Qué hay en el Cabra Corral?

El 19 de diciembre pasado el diario El Tribuno publicó unas fotos acercadas por un lector, en las que se ve a un cuerpo extraño emergiendo desde o flotando sobre las aguas del dique Cabra Corral. Al objeto –un ser vivo según el testimonio de quien tomó la fotografía– lo bautizaron “Cabralito” y de inmediato se planteó la hipótesis de que se trataría de un dinosaurio o de algún otro tipo de reptil del Mesozoico.

A las imágenes estáticas le siguió una filmación que versa, supuestamente, sobre el mismo fenómeno, lo que viralizó a todo este asunto del Cabralito. De alguna manera se repitió lo que pasó en 2008 con el “Duende de Güemes”, otra breve y confusa película en la que se veía a una extraña criatura en aquella localidad salteña, y que fue ampliamente publicitada por el equipo de la redacción digital de El Tribuno

Rápidamente empezaron a aparecer personas para brindar sus testimonios que corroboraban o refutaban la hipótesis. Muchos pescadores contaron historias en las que, durante algún momento de los últimos 30 años, se toparon con una extraña criatura lacustre; sin embargo también afirmaron que se negaron a divulgarlo pues temían que nadie les creyese, ya que quienes a practican la pesca deportiva se los tiende a tomar por exageradores. Lucio Yazlle, un científico proveniente del campo de las ciencias naturales, sostuvo, en cambio, que el “Cabralito” no sería más que una nutria o algún otro tipo de predador reptiliano contemporáneo.

Las versiones iban y venían, hasta que el septuagenario criminólogo Roberto Medina se comunicó con los medios para contar una historia inesperada: a principios de la década de 1980 un par de buzos de la Armada ingresaron al dique con la intención de realizar tareas de mantenimiento en una de las turbinas del embalse; empero al poco tiempo los buzos abandonaron su misión, horrorizados tras haber divisado lo que ellos interpretaron como una serpiente de enormes dimensiones. Medina, por aquellos años miembro de la policía provincial, se abocó a la investigación hasta que recibió una orden de abortarla y archivar todos los datos recogidos en una carpeta que se perdería en medio de las fauces de la burocracia. Según Medina, sus jefes tomaron esa decisión pues consideraban necesario alejar a todos los husmeadores de ese dique, ya que en el fondo, según el criminólogo, había al menos cuatro cuerpos humanos que nunca pudieron flotar hacia la superficie a causa de las pesas de cemento que llevaban consigo al momento de ser arrojados en las profundas aguas.

Conocido el relato de Medina, no se tardó nada en exhumar una vieja leyenda urbana (o, en este caso, una vieja leyenda campera): Miguel Ragone, el único gobernador desaparecido en tiempos de democracia, sería uno de los cadáveres anclados en el fondo del Cabra Corral

La cabra escapada del corral


Este episodio del Cabralito nos recuerda a algo que sucedió en la ciudad de Salta hacia fines de la década de 1970 y comienzos de la de 1980. Durante esos meses comenzaron a multiplicarse los avistajes de una extraña criatura con torso de hombre pero con patas de cabra. Este fauno picarón escapado de su laberinto, sobresaltó a los salteños. Muchos temían salir de sus casas en horarios nocturnos, puesto que se decía que el Patas de Cabra atacaba a los desprevenidos.

La historia pasó de boca en boca hasta que llegó a oídos de un periodista del diario El Intransigente, quien decidió publicarla. Una vez impresa la edición que contenía el rumor, el pueblo salteño recibió la noticia legitimada por un medio que supuestamente chequea sus fuentes y cundió el pánico. No se necesitó a los informantes del Batallón 601 para anoticiarse del Patas de Cabra, puesto que decenas de vecinos salteños comenzaron a llamar a las comisarías para denunciar que este demoníaco ser andaba merodeando en sus barrios.

El Intransigente profundizó un poco más el tema, y ensayó explicaciones que apelaban a la psicología popular o que trataban de atribuirles ciertos rasgos psiquiátricos a quienes decían haber visto al Luperco del Valle de Lerma.

Finalmente emisarios del gobernador Roberto Ulloa se contactaron con la redacción del matutino para pedirles que desaparezcan de entre sus páginas todas las referencias a esa criatura extravagante.

Los militares acabaron con el problema del Patas de Cabra de un modo tajante, pues se trataba de gente que ejecutaba y punto. No había espacio para el disenso, el debate, la delación y la discordia. Las FFAA de aquella época no eran muy adeptas a la criptozoología y no iban a dejar que ninguna alimaña inverosímil (un fauno, un subversivo, etc) sembrase el terror.

El exterminio del Cabralito, por el contrario, no parece ser una tarea sencilla: no se puede simplemente interceptarlo cuando deje su guarida y llevárselo por la fuerza eliminando a los testigos, en los tiempos que corren hay que aplicar la sutileza.

Otros monstruos, otros gobernadores


El Cabralito tiene en la Argentina a un pariente muy famoso: el Nahuelito, criatura de dudosa existencia pero a la que se le atribuyen características similares, que habita, según dicen, en el lago Nahuel Huapi, un gigantesco cuerpo de agua que se extiende entre Neuquén y Río Negro. Esta última provincia es hoy noticia por su más reciente ex-gobernador, el justicialista Carlos Soria. Soria, al igual que Ragone, tiene el mérito de figurar en el imaginario social como un gobernador asesinado durante los años de plena vigencia de la democracia. Pero a Soria no lo sepultaron en una fosa común, ni lo exiliaron en el extranjero, ni lo mandaron al fondo de un espejo de agua para acompañar a un monstruo lacustre, sino que lo liquidaron de dos certeros balazos que le desfiguraron parte del rostro. 

Ragone y Soria coincidían en su militancia en el PJ, pero mientras uno era un comunista infiltrado en las filas del movimiento fundado por Juan Perón, el otro era un justicialista que sobrevivía a los manejos turbios de la corporación política argentina.

A Ragone –como al santiagueño César Iturre– lo liquidaron cuando ya había sido desplazado del poder, aparentemente por ser opositor al régimen imperante, mientras que Soria –al igual que el jujeño Guillermo Snopek– falleció en circunstancias sospechosas cuando ejercía la primera magistratura de la provincia, tras haber anunciado que se pondrían en marcha políticas que afectarían a diversos grupos de poder y favorecerían al pueblo.

De Soria la versión oficial nos dice que fue su mujer la que perpetró el viricidio por algún motivo íntimo que no se ha ventilado, pero hay poca gente que está dispuesta a aceptar esa explicación tan burda. Es que en los días previos otros dos hombres de poder aparecieron sorpresivamente muertos.

Uno de ellos, el economista Iván Heyn, fue hallado ahorcado en un cuarto de hotel de Montevideo, en donde se encontraba formando parte de la comitiva oficial que acompañaba a la presidente. De este treintañero primero se dijo que se había sometido a la solemne violencia del suicidio, después se habló de que era víctima de una conspiración, para clausurar más tarde la investigación afirmando que había muerto accidentalmente tras haber ejecutado fallidamente una pirueta onanística. Heyn, para el kirchnerismo, se murió haciéndose “la del mono”. 

El otro muerto que antecedió a Soria fue Antonio Deimundo Escobal, cónsul argentino en la peligrosa ciudad de Yacuiba. También lo encontraron ahorcado. El sitio en el que el diplomático se encontraba alimentó la sospecha de un vínculo con el narcotráfico, pero los investigadores enviados por el poder de turno terminaron afirmando que fue un suicidio motivado por una decepción amorosa.

A Soria no le pudieron atar una soga alrededor del cuello. Tampoco le pudieron cruzar caballos en medio de la ruta. Al gobernador de Río Negro le gatillaron para fulminarlo. Entre los posibles artífices del homicidio figuran los servicios de inteligencia chinos (Soria tenía planeado bloquearles a los asiáticos los negocios realizados en torno a las reservas de agua y a la infraestructura energética), los servicios de inteligencia británicos e israelíes (Soria iba a jaquear a Joe Lewis, un magnate inglés, socio de George Soros, que opera en el área de Lago Escondido y que posee un aeropuerto en Sierra Grande abierto al tráfico aéreo proveniente de Malvinas), los radicales (Soria iba a iniciar una persecución de todos los dirigentes uceristas culpables en los últimos 30 años de corrupción, tráfico de influencias, abuso de autoridad y otros delitos en la provincia que gobernaban, e iba a barrer también a muchos policías y jueces cómplices) y los kirchneristas (Soria no sólo figuraba como uno de los grandes antagonistas de Cristina Fernández de Kirchner, sino que además se había pronunciado duramente en contra del narcotráfico). También hay otra versión, de las más improbables, que sostiene que quien lo mató en realidad sería uno de sus hijos que trabaja para los servicios de inteligencia argentinos, y que tiene el defecto de ser un indiscreto aberrosexual, lo que habría generado una suerte de escena melodramática entre el padre y el hijo que concluyó de la manera más trágica. 

Sea como sea, la única imputada por el crimen es la viuda de Soria, que a estas alturas parece estar siendo una suerte de chivo expiatorio voluntario. De ella se dice que tiene ganas de suicidarse. De hacerlo, a su cuerpo no lo arrojarán a un lago para que unos pescadores y sus cámaras accidentalmente agiten a su fantasma unas décadas después al buscar a un monstruo misterioso, sino que directamente lo sumergirán en la impunidad.

El Ragonito nada entre nosotros. Detrás de esta criatura infame del pasado hay un cortejo de degenerados y pervertidos que promueven las causas más espurias en el presente. Y mientras algunos piden descender para hallar unos huesos corroídos, muchos empiezan a temer que ya no se les permita ver lo que no se oculta sobre la superficie. El terror está entre nosotros.



Francisco Vergalito