La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

viernes, 6 de enero de 2012

Die 6 Ianuarii: In Epiphania Domini

La fe de los magos brilla con todo su esplendor por razón de las terribles pruebas a que se vio sometida, y de las cuales salió triunfante; me refiero a la prueba del silencio en Jerusalén y a la prueba, de la humillación en Belén. 

Como hombres sabios y prudentes, los regios viajeros se dirigen derechamente a la capital de Judea, esperando encontrar alborozada toda la ciudad de Jerusalén, al pueblo, animado y contento, festejando tan fausto acontecimiento, y por todas partes señales inequívocas de satisfacción y de la más viva alegría; pero…¡qué sorpresa tan dolorosa! Jerusalén se halla en silencio y nada se advierte allí que revele la gran maravilla. ¿Se habrán, quizá, equivocado? Si el gran rey hubiera nacido, ¿no anunciaría todo elmundo su nacimiento? ¿No se burlarán de ellos y les insultarán, tal vez, si hacen saber el objeto de su viaje? Estas vacilaciones y estas expresiones serán acaso hijas de la prudencia según la sabiduría humana, pero indignas, ciertamente, de la fe de los magos. Ellos han creído y han venido. “¿Dónde ha nacido el rey de los judíos? –preguntan en voz alta en medio de la asombrada Jerusalén, delante del palacio de Herodes y ante la muchedumbre popular, que sin duda se habrá aglomerado para presenciar el inusitado espectáculo de la entrada de tres reyes en la ciudad–. Nosotros hemos visto la estrella del nuevo rey y venimos a adorarle. ¿Dónde está? Vosotros, que sois su pueblo y que le habéis estado esperando tanto tiempo, debéis saberlo”.
 
Silencio mortal. Interrogado Herodes, consulta a los ancianos y sacerdotes, y éstos responden por la profecía de Miqueas. Con esto despide Herodes a los príncipes extranjeros, no sin prometerles que iría después de ellos a adorar al nuevo rey. Enterados por la palabra de Herodes, salen los reyes y marchan solos: la ciudad permanece indiferente; aun el sacerdote levítico espera, como Herodes, entre la vacilación y la incredulidad. El silencio del mundo…: he aquí la gran prueba a que se halla sometida la fe en la Eucaristía. 
 
Supongamos que algunos nobles extranjeros se enteran de que Jesucristo habita personalmente en medio de los católicos, en su Sacramento, y que, por tanto, estos felices mortales tienen la dicha inefable y singular de poseer la persona misma del rey de los cielos y tierra, del criador y Salvador del mundo; en una palabra, la persona de nuestro señor Jesucristo. Animados del deseo de verle y de ofrecerle sus homenajes, vienen estos extranjeros desde las más remotas regiones creyendo encontrarle entre nosotros en una de nuestras brillantes capitales europeas; ¿no se verían sometidos a la misma prueba de los magos? ¿Qué hay que revele en nuestras ciudades católicas la presencia de Jesucristo? ¿Las iglesias? Pero el protestantismo y el judaísmo tienen también sus templos. ¿Qué hay, pues, que indique esta presencia? Nada. Hace pocos años viajaron algunos embajadores de Persia y de Japón a visitar París… Seguramente nada les dio idea de que nosotros poseemos a Jesucristo, que vive y desea reinar entre nosotros. Escándalo es éste que padecen todos aquéllos que viven alejados de nuestras creencias. Este silencio es también el escándalo de los cristianos débiles en la fe. Al ver que la ciencia del siglo no cree en Jesucristo eucarístico, que los grandes no le adoran, que los poderosos no le rinden vasallaje…, infieren de aquí que no está Jesucristo en el santísimo Sacramento y que no vive ni reina entre los católicos. ¡Hay muchos, por desgracia, que hacen este razonamiento! ¡Es tan grande el número de los necios y de los esclavos que no saben hacer sino lo que ven hacer a otros! …Y, sin embargo, en el mundo católico como en Jerusalén, está la palabra de los profetas, la palabra de los apóstoles y evangelistas que delatan la presencia sacramental de Jesús; sobre la montaña de Dios, visible a todos, está colocada la santa Iglesia, la cual haré emplazado al Ángel de los pastores y a la estrella de los magos; la Iglesia, que es un sol resplandeciente para quien quiera ver su luz; que tiene la voz de Sinaí para quien quiera escuchar su ley; ella nos señala con el dedo el templo santo, el tabernáculo augusto,clamándonos: “¡He aquí el cordero de Dios, el Emmanuel; he aquí a Jesucristo!”.
 
A su voz, las almas sencillas y rectas se dirigen hacia el tabernáculo, como los reyes magos a Belén; aman la verdad y la buscan con ardor. Esta es vuestra fe, de todos los que aquí estáis: habéis buscado a Jesucristo, le habéis encontrado y le adoráis: ¡sed por ello benditos! 
 
Nos dice también el Evangelio que a la voz de los magos, Herodes se turbó y toda Jerusalén con él. Que Herodes se turbase no es extraño, porque era un extranjero y un usurpador, y en aquél que le anuncian ve al verdadero rey de Israel, que le destronará con el tiempo; pero que se turbe Jerusalén al recibir la feliz noticia del nacimiento de aquél que tanto tiempo ha estado esperando, a quien esta ciudad viene saludando desde Abrahám como a su gran patriarca, desde Moisés como a su gran profeta y desde David como a su rey, es lo que no se comprende. ¿Ignoraba el pueblo judío la profecía de Jacob, que designa la tribu de la cual hade nacer; la de David, que señala la familia; la de Miqueas, que designa su pueblo natal, y la de Isaías, que canta su gloria? Y con todos estos testimonios, tan claros y tan precisos, fue necesario que unos gentiles, tan despreciados por los judíos, vinieran a decirles: “¡Vuestro mesías ha nacido! Venimos a adorarle después de vosotros,venimos a asociarnos a vuestra dicha: mostradnos su regia estancia y permitidnos que le ofrezcamos nuestros homenajes”. ¡Ay, este terrible escándalo de los judíos, que se turban por la nueva del nacimiento del mesías, continúa repitiéndose entre los cristianos, por desgracia! ¡Cuántos de éstos tienen miedo a la Iglesia donde reside Jesucristo! ¡Cuántos hay que se oponen a la construcción de un nuevo tabernáculo, de un santuario más…! ¡Cuántos que se azoran al encontrar el santo viático y no pueden soportar la vista de la Hostia sacrosanta! ¿Y por qué razón? ¿Qué motivo les ha dado este Dios oculto? Les da miedo…, porque ellos quieren servir a Herodes y acaso a la infame Herodíades; ésa es la última palabra de este escándalo herodiano, que irá seguido muy presto del odio y de la persecución sangrienta. 
 
La segunda prueba de los magos está en la humillación del niño-Dios en Belén. Ellos esperaban encontrar, como era natural, todos los esplendores del cielo y de la tierra alrededor de la cuna del recién nacido. Su imaginación les había hecho ver de antemano estas magnificencias. Habían oído en Jerusalén las glorias predichas por Isaías acerca de Él. Habían visitado, sin duda, aquella maravilla del mundo, es decir, el templo que le había de recibir y, andando el camino, se dirían: “¿Quién hay semejante a este rey?”
 
Pero, ¡oh sorpresa!, ¡qué decepción y qué escándalo para una fe menos arraigada que la suya! Conducidos por la estrella, van al establo, y ¿qué ven allí? Un pobre niño con su joven madre: el niño estaba acostado sobre la paja como el más pobre entre todos los pobres –¿qué digo? – como tierno corderillo que acaba de nacer, reposa en medio de los animales; unas miserables mantitas le protegen un poco contra los rigores del frío. Muy pobre ha de ser su madre para que nazca él en tan humilde lugar. Los pastores ya no están allí para referir las maravillas que han contemplado en el cielo. Belén se muestra indiferente. ¡Oh, Dios mío, qué prueba tan terrible! Los reyes no nacen así…, ¡cuánto menos un rey del cielo! ¡Cuántos habitantes de Belén habían acudido al establo acuciados por el relato de los pastores y habían vuelto incrédulos! ¿Qué harán los reyes magos? Vedles arrodillados, postrados con el más profundo respeto y adorando con la mayor humildad a aquel niño; lloran de alegría al contemplarle. ¡La pobreza que le rodea les causa arrebatos de amor!

Y prosternándose le adoraron (Mt2, 11). ¡Oh Dios, qué inexplicable misterio! ¡Nunca los reyes se abaten así, ni aun en presencia de otros soberanos! Los pastores admiraron al Salvador anunciado por los ángeles, y el evangelista no dice que se arrodillasen ante Él para adorarle. Los magos son los que le rindieron el primer culto, el primer homenaje de adoración pública en Belén, así como fueron sus primeros apóstoles en Jerusalén. ¿Qué vieron, pues, los magos en aquel establo, en aquel pesebre y sobre aquel Niño? ¿Lo que vieron? El amor…, un amor inefable, el verdadero amor de Dios a los hombres; vieron a un Dios arrastrado por su amor hasta hacerse pobre para ser el amigo y el hermano del pobre: vieron a un Dios que se hacía débil para consolar al débil y al que se ve abandonado; vieron a un Dios sufriendo para demostrarnos su amor. Esto es lo que vieron los magos y ésta fue la recompensa de su fe, su triunfo sobre esta segunda prueba.