La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 16 de diciembre de 2012

Susana Trimarco, la nueva Hebe

La fiesta que no fue

El martes 11 de diciembre, la diputada nacional Victoria Donda –hembradocta, abortista, marihuanera, poseedora del “consagratorio” título de hija biológica de un matrimonio de delincuentes secuestrados y desaparecidos– apareció inesperadamente en la prensa para anunciar que no iba a viajar a Tucumán. Ciertamente la cancelación de un viaje no es noticia, ya que algo tan trivial como eso no puede llegar a importarle absolutamente a nadie, por lo que esta mujer de cuerpo voluptuoso y rostro no completamente agraciado, para que lo suyo capture el interés de las audiencias, no tuvo mejor idea que comentar el “extrañísimo” episodio que le había ocurrido: un chofer del Congreso de la Nación fue a buscarla en un auto (no se aclaró si era oficial o no) para llevarla hasta el aeropuerto, y luego se alejó tras recibir el aviso de que la parlamentaria no iba a viajar; Donda interpretó todo como un intento de apriete, secuestro o vaya uno a saber qué, puesto que dijo que ella había informado al servicio de transporte del Congreso de que no iba a realizar el viaje y, sin embargo, ¡le mandaron un auto igual! Por la mente de la diputada, al parecer, nunca pasó la idea de que todo podría tratarse de la típica inoperancia de los empleados públicos, pero si, por el contrario, se le ocurrió sospechar que una mafia dedicada al trato de personas la había puesto en la mira. Por un momento, quizás en un brote de súbita y preocupante paranoia, Donda creyó estar destinada a convertirse en la nueva Marita Verón de la república. No se sabe bien si luego esos humos se le disiparon.

De todas maneras lo de Donda era entendible: la diputada bonaerense sólo deseaba un poco de protagonismo, ya que durante esa jornada todas las miradas de la prensa iban a estar concentradas en el Palacio de Justicia de San Miguel de Tucumán, pues era el día elegido para que se dictase la sentencia del Caso Marita Verón (al cual Donda siguió de manera apasionada como si se tratase de una telenovela de horario estelar). En la tierra gobernada por Alperovich se intuía que este asunto tenía una magnitud enorme, por lo que, al mediodía, se decidió vaciar el juzgado y mandar a los expertos en explosivos a revisar en los rincones si no había algún artefacto listo para estallar

El Palacio de Justicia permaneció vacío hasta entrada la noche, cuando finalmente la policía y los pocos funcionarios judiciales que se encontraban en el interior le permitieron el acceso a un número restringido de personas. Entre las mismas se encontraban los trabajadores de prensa (gente que supo explotar lo lucrativo del juicio al punto tal de lograr que se les habilite una sala especial para trabajar con todas las comodidades de una usina de comunicación) y también los invitados que “acompañaban” a Susana Trimarco y a su equipo de abogados. Horacio Pietragalla, Martín Fresneda, Juan Martín Mena, Stella Maris Córdoba, un par de señoras con un pañuelo blanco en la cabeza y muchos otros promotores del kirchnerismo de todo el país estaban allí para figurar en las fotos, como quien va a presenciar el bautismo de un sobrino o el velorio de una tía. 

Finalmente la secretaría Norma Díaz Volachec, con una mezcla de bronca y decepción, leyó el fallo que, después de unos interminables 10 meses de juicio, absolvió a los trece imputados por el supuesto secuestro y la supuesta venta posterior de María de los Ángeles Verón. Los absueltos y sus abogados, como era de esperarse, festejaron la decisión, mientras que Susana Trimarco salió enfurecida del recinto. Más tarde, la madre de la supuesta víctima dio una conferencia de prensa desde la sede de la Fundación María de los Ángeles en un tono de enojo, donde no faltó la mención a la aparición de mensajes anónimos que anunciaban que los jueces habían sido comprados por los acusados, el regalo de epítetos agraviantes a los funcionarios del Poder Judicial que no hicieron lo que ella esperaba que hicieran y el uso poco feliz de la frase “vamos por todo”. El remate fue verla a la señora Trimarco saludando desde un balcón –cual Eva Perón– a los que se habían concentrado frente al local en donde tiene asiento su ONG para manifestarle su apoyo.

La revolución televisada 
  
La reacción más generalizada en la gente al conocer el fallo absolutorio fue la indignación. Los primeros en manifestar su indignación fueron los miembros de todas esas murgas hembristas y dedehachehachistas que esperaban en las afueras del Palacio de Justicia. Luego fueron las redes sociales las que sirvieron de escenario para la indignación. Gente de izquierda y de derecha, prokirchneristas y antikirchneristas, personas ultrapolitizadas y personas apolíticas, se unieron para demostrar su descontento con lo que había sucedido en Tucumán. Algunos apuntaron contra el Poder Ejecutivo (provincial y nacional), pero otros, en cambio, eligieron al Poder Judicial para arrojarles sus dardos verbales. Un grupo de hackers con cheguevareador espíritu, el escuadrón local de Anonymous, voltearon por unas horas el sitio tucuman.gov.ar y difundieron datos personales de los tres jueces que elaboraron el fallo, realizando así el primer intento simbólico de “justicia por mano propia” que disparó esta sentencia judicial.    

Al día siguiente mucha gente en todo el país salió a las calles a manifestarse a favor de Susana Trimarco. Pero mientras se multiplicaban las voces de repudio a los poderes del Estado en las calles, en algunos espacios de Internet empezaron a sacar a la luz quien era realmente Trimarco y qué era lo que en verdad había sucedido con la famosa Marita. 

De todos modos eso no detuvo a los compradores de relato oficial ni a sus fabricantes. Y todo tomó un tinte subrrealista cuando una horda de troskos imbéciles, en un nuevo intento de realizar “justicia por mano propia”, apedrearon a la sede de la Casa de Tucumán en la Capital Federal, mientras varios dirigentes políticos de renombre acompañaban los desmanes (se vio a la citada Victoria Donda, por ejemplo, sacando fotos mientras se concretaban los destrozos). En esos hombres y mujeres se reflejaba la histeria colectiva a la que se vio sometida Argentina tras la hipermediatización del fallo del Caso Marita Verón. A alguno de los exaltados que arrojaban proyectiles contra la fachada del edificio, se le ocurrió prolongar el “fervor revolucionario” que se había gestado sugiriendo que se debía crear una hoguera con todos los discos de Palito Ortega y hacer un corte en la calle Tucumán para que el gobernador Alperovich tiemble al ver el poder del pueblo insurgente. Afortunadamente no le prestaron atención, y el ridículo no pasó a mayores.  

Afinidades electivas

A Susana Trimarco le llegaron adhesiones de todos lados. La más importante, quizás, fue la de la presidente Cristina Fernández de Kirchner, quien la llamó por teléfono ávida de capitalizar el malestar que flotaba en el ambiente en rédito político para si (recuérdese que tras el fallido 7-D, en donde se suponía que la “corporación mediática” iba a ser finalmente derrotada, el gobierno nacional empezó una guerra en contra de “la familia judicial”). 

Más tarde se supo que la embajadora de EEUU en la Argentina se comunicó con Trimarco para comunicarle que ellos estaban a disposición suya, y que hasta la Primera Dama de ese país, la señora Michelle Obama, deseaba reunirse con ella. Esa información pronto se reprodujo en todos los espacios de la prensa nacional, pero ningún medio norteamericano la mencionó jamás (de hecho si uno se fija en, por ejemplo, el timeline de Twitter de Michelle Obama tampoco encontrará referencia alguna). 

De cualquier manera no es descabellado pensar que la Primera Dama norteamericana se solidarizó de hecho con Trimarco. Si se revisa el currículum de la madre de Marita Verón se constatará que en los últimos seis años esta mujer ha estado viajando a muy diversos destinos, invitada por toda clase de personajes, incluyendo a Condoleezza Rice, una tecnócrata que trabajó como funcionaria en el gobierno del impresentable neoconservador George W. Bush, y a Hans-Gerd Pöttering, otro tecnócrata que se dedica a pilotear a la nefasta Unión Europea.   

En su cruzada en contra del proxenetismo industrializado, Trimarco se rodeó de aquella gente que podía darle apoyo. Era una relación recíproca, en donde ella ganaba adherentes para su causa y los otros mejoraban su imagen al mostrarse junto a alguien que combate el tremendo flagelo de la esclavitud sexual. Así, por ejemplo, las fuerzas políticas de izquierda o las sinarquías hembristas se pusieron en su órbita. Sin embargo, Trimarco no perdió el tiempo con esos grupúsculos y trabó amistades con gente de mayor poder, ayudándolos a éstos en sus luchas de acomodamiento: así, por ejemplo, elogió a Luís Beder Herrera y repudió a Ángel Maza, como también elogió a José Alperovich y repudió a Julio Miranda. 
      
Los intocables 

La relación de Trimarco con el clan Alperovich es lo que más se le ha criticado a la mujer. Sobre todo porque Rubén “La Chancha” Ale –un empresario al que se lo sindicó como promotor del narcotráfico y de la prostitución, y sobre el cual cayeron numerosas acusaciones de estar directamente vinculado con el secuestro de Marita– mantuvo durante mucho tiempo una muy buena relación con el Primer Mandatario de la provincia subtropical. 

Y este tema es lo más penoso e indignante de todo este asunto: en Argentina los poderosos han verticalizado tanto a la sociedad que debajo de su liderazgo todos, incluso aquellos que son enemigos, se acomodan para no quedarse afuera de la fiesta del derroche que se realiza con el dinero incautado a los sojeros. Así vemos que los kirchneristas agrupan en el interior de su movimiento a personajes como Carlos Kunkel y Horacio Verbitsky pero también a Gerardo Martínez y Osvaldo Cornide, a Diana Conti y a Amado Boudou, a Martín Sabbatella y a Gildo Insfrán, y a muchos más, todos dispuestos a apoyar por igual a lo que una cúpula pequeña de dirigentes decida, aún si ello resulta contradictorio. 

El poder K promueve esa hipocresía: elogian la cultura de las villas desde Puerto Madero, se autodenominan “clase media” pese a tener millones de dólares en cuentas en blanco y en negro, proponen acabar con los proxenetas pero les financian sus proyectos.  

Beatriz Rojkés de Alperovich, la misma que se “desvive por los pobres” pero los trata como si fueran basura irrecuperable, no se privó de abrir su boca para opinar sobre este asunto. Mientras muchos sacaron a relucir la buena relación entre el Moloch y la Chancha, la senadora nacional aseguró que ellos (su marido y ella) no estaban protegiendo a nadie, y agregó que se sentía “una perseguida”. Y terminó despachándose con otra de sus alperovichiadas de antología, la cual conviene citar in extenso

Se termina con los prostíbulos e inmediatamente comienzan las departamentos. Esto pasa aquí y en todos lados. Se trabajó fuertemente para terminar con los prostíbulos, es lo mismo que en todo el mundo. La Presidenta mandó que termine la publicidad en los diarios y surgen otras. Esto existe y va a seguir existiendo. La hipocresía es del señor que va al prostíbulo.


Si usted agarra un dealer que vende droga, es una familia: va preso el padre; comienza a vender el hijo, va preso el hijo; comienza a vender el primo, es un tema que no se termina más. Los recursos están, pero es un tema que nunca va a terminar de resolverse porque está muy arraigado en la sociedad.

Curiosa filosofía la de los Alperovich: para ellos el mal parece ser algo que está arraigado en el corazón de los hombres y éste siempre aparecerá aunque se lo combata. Es una postura pesimista, que va a contracorriente del optimismo progresista del discurso kirchnerista, en donde el delincuente se rehabilita, el drogadicto se controla, la prostituta deviene ama de casa, o el aberrosexual se aprecia a si mismo. Para los Alperovich, según parece, la redención no es posible –pese a que hace más de dos mil años el género humano haya sido redimido. 

Jorge Rial aprovechó el exabrupto de la senadora nacional tucumana para armar una suerte de careo entre ella y Susana Trimarco. Trimarco, ofuscada, le recordó a Rojkés de Alperovich que su lucha no es contra la prostitución en sí, sino contra la trata y el tráfico de personas y le echó en cara que “el gobernador tiene metido delincuentes dentro de la justicia”, en clara alusión al tribunal de magistrados que produjo el fallo adverso a sus intereses, pero dejando deslizar que esos corruptos no serían los únicos. Beatriz Rojkés de Alperovich le pidió disculpas a la “mamá coraje” y aceptó dejarse torcer el brazo por Trimarco para que ésta pudiese mitigar su fastidio. 

Como agradecimiento Trimarco cambió de objetivo y dejó de fustigar al Poder Ejecutivo tucumano, para pasar a lanzar imprecaciones en contra del Poder Legislativo y del Poder Judicial tanto de la Provincia como de la Nación. Los Alperovich, al igual que Cristina Fernández de Kirchner, se volvieron intocables para esta madre enojada. Tan es así que doña Trimarco ensayó una defensa inverosímil del Gobernador, la cual deja en evidencia quien es ella realmente: Alperovich, según su opinión, ignora la existencia de sinarquías ocultas dedicadas al narcotráfico y a la prostitución en Tucumán porque sus allegados (ministros y secretarios) le dicen que en la provincia el crimen está controlado, o sea el máximo responsable del funcionamiento del Estado tucumano vive, según la notable apreciación de Trimarco, en una burbuja.  

La madre y el padre

José Alperovich, temeroso de que la ola de indignación lo golpeara directamente, tuvo que negociar con Susana Trimarco. El Gobernador comprendió que el manejo que el gobierno nacional estaba haciendo de la crisis podía explotarle en la cara, por lo que no tuvo más opción que someterse a la voluntad de la madre de Marita Verón a cambio de que ella juegue para él. 

Susana Trimarco, cargada de odio y venganza, pidió el juicio político para los jueces Alberto Piedrabuena, Emilio Herrera Molina y Eduardo Romero Lascano (este último primo de Edmundo Jiménez, uno de los ministros de mayor peso en el gabinete de Alperovich). De inmediato se movilizó el gobierno, y ya está previsto que para el primer trimestre del año próximo la Legislatura de Tucumán proceda con la destitución de los tres magistrados –destitución que, dicho sea de paso, probablemente sólo sea simbólica, como lo ha sido en otra ocasiones. De esa manera el Gobernador Alperovich se salvó de tener que tolerar la intervención federal del Poder Judicial de esa provincia a la que trata como si fuese su feudo personal.

Sin embargo Trimarco fue fiel a su “vamos por todo” y pidió también el desplazamiento del Ministro de Seguridad Ciudadana. En una de las tantas conferencias de prensa que dio esta semana, sostuvo que ese ministerio estaba aún plagado de gente que está desde la época en que Miranda gobernaba la provincia, a los que, según ella, habría que “sacar a patadas en el traste”. Así el primero en recibir el puntapié fue Mario López Herrera, Ministro de Seguridad Ciudadana, que en otro típico acto de etnonepotismo alperovichista fue remplazado por Jorge Gassenbauer (el cual, se supone, va a reestructurar radicalmente al Ministerio, introduciendo a gente suya y a recomendados por la Fundación María de los Ángeles). López Herrera había accedido a la cartera en 2006 después de que, en pleno apogeo del gobierno de Alperovich, renunciase Pablo Baillo, el anterior titular del área.     

En su momento Baillo fue eyectado del cargo tras la ola de indignación que se generó a partir del Caso Paulina Lebbos. En aquella oportunidad quien también dimitió a su puesto de funcionario del gobierno provincial fue Alberto Lebbos, el padre de la asesinada Paulina.

Paulina Lebbos era una joven madre, que desapareció una noche y reapareció muerta casi dos semanas después. Tenía una edad muy similar a la que Marita Verón tenía cuando dicen que se la vio por última vez en Tucumán. En el crimen de Paulina se sospecha que estuvieron involucrados hijos de políticos oficialistas y que, debido a ello, la investigación no prosperó, quedando así todo en la más vergonzosa impunidad. Alberto Lebbos inició entonces una cruzada para reclamar justicia, cruzada que continúa hasta el día de hoy. Alperovich, en aquella época, temió correr con la misma suerte de Ramón Saadi –aquel líder pejotista que fuese Gobernador de Catamarca en la época en que se supo de la violación y asesinato de María Soledad Morales– por lo que maniobró todo lo que pudo para que la lucha de Lebbos se viese trunca. 

Desde entonces es muy común verlo en San Miguel de Tucumán a Lebbos organizar marcha tras marcha junto a otras víctimas de la impunidad. Munido de un megáfono, se lo oye cantar “se va a acabar, se va a acabar, esta tremenda impunidad”, mientras los manifestantes dan vueltas a la Plaza Independencia bajo la mirada distraída de los jovencitos que se reúnen allí para noviar, de los policías que revisan impacientes sus relojes esperando la hora del retorno a casa, y de los transeúntes que cruzan la plaza hablando por teléfono o pensando en sus rutinas. 

A Lebbos le mataron una hija y decidió enfrentar a quienes ocultan sistemáticamente la verdad. A él ninguna ONG lo candidatea a recibir un Premio Nobel de la Paz. No obstante no cesa en su lucha por el bien común. Tampoco se corrompe. 

De Susana Trimarco no se puede decir lo mismo. Porque corromperse no es sólo aceptar fortunas y pasar de ser unos hambrientos de un barrio marginal a unos propietarios de valiosos inmuebles y vehículos importados, también uno se corrompe cuando abraza como causa justa a la injusticia. La lucha contra la trata y el tráfico de personas no es injusta, pero si lo es la tergiversación paranoica que se ha hecho de ello y de la que se han alimentado las hembristas, los dedehachehachsitas y el resto de esa grotesca Nave de los Locos que es el progresismo.     

En Susana Trimarco se percibe una profunda soberbia. En cierta medida, dicha cualidad está justificada, puesto que su papel es ser valiente. Pero ello no la habilita para comportarse como una energúmena, como recientemente lo hizo al criticar a María Amelia Chiofalo, que es una funcionaria que lleva adelante el programa contra la lucha de la esclavitud sexual en la provincia de Córdoba, bajo la supervisión del Gobernador José Manuel de la Sota. Trimarco le reprocha a Chiofalo que no está jugando con las reglas que ella estableció, lo que contribuye a que todo el relato fantabuloso que la lanzó al estrellato cual Moria Casán pierda ahora sustento. Al parecer Chiofalo interroga a las prostitutas apenas se realizan los allanamientos en contra de los lupanares y ello evita que después se “prepare” una declaración ante los jueces, en donde las pobres desgraciadas que tienen que ejercer la prostitución para sobrevivir, por consejo de la ONG que encabeza Trimarco, pasan de ser desempleadas necesitadas de dinero que han optado por ejercer un oficio moralmente reprochable a ser unas pobres víctimas de un aceitado sistema de brutal explotación.  

Son esas actitudes las que alejan a Susana Trimarco de Alberto Lebbos y la aproximan a Hebe de Bonafini. El ex-marido de Hebe de Bonafini ha dicho que ella estaba mentalmente deteriorada, pero no por la ausencia de sus hijos (los cuales, se sabe, viven ambos en España), sino porque el odio que ha podido esputar sin filtros en las últimas décadas ha sacado lo peor de ella a la luz. Trimarco, de la cual se cree sabe donde está su hija, ya ha comenzado a ventilar sus odios. Cuando muera la anciana bien podría ocuparse su lugar. En Tucumán hay alguien disponible.   



Francisco Vergalito

1 comentario:

  1. Muy bueno su artículo Vergalito. Destaco dos cosas que particularmente me gustaron:

    1) El título "Susana la nueva Hebe" suena a "María la nueva Eva", una virgen que se convierte en madre de la humanidad, y una mujer sospechada de haber sido meretriz que se convierte en la nueva madre de los decadentes.

    2) La visión metafísica del mal que tienen los Aleperovich y su relación a la idea de que no creen en la virtud, porque no creen que ya han sido redimidos y el mandamiento a cumplir es ante todo el del amor.

    Carlos

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