La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 9 de diciembre de 2012

El precio de decir la verdad

El mismo libro 

A fines de noviembre de este año la Escuela Media de La Florida recibió el Premio Presidencial “Escuelas Solidarias 2012”. Esta institución educativa del Este tucumano consiguió semejante reconocimiento gracias a un proyecto sociocomunitario en el cual se insta a que los alumnos del último año oficien de tutores sobre los alumnos del primero, con el propósito de evitar así la deserción escolar. 

En la ceremonia de premiación, el Ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni, citó el libro del Génesis para evocar la historia del asesinato de Abel en manos de Caín. Lo hizo con la intención de exaltar el ideal de la “fraternidad”, el cual, según su opinión, debería funcionar como la base de la educación contemporánea. 

Curiosamente, unos días después, una docente de esa misma escuela fue linchada mediáticamente por referir también al mismo libro que el Ministro Sileoni había referido en su discurso. 

El caso tuvo repercusión nacional: en un taller extracurricular en el que se convocó a jóvenes y adultos para conversar sobre la importancia de que las familias afiancen sus lazos constitutivos para garantizar el crecimiento de sus miembros en valores sólidos, una profesora de Formación Ética transmitió conceptos básicos acerca de la institución familiar mientras alguien la filmaba con un celular. El problema, al parecer, es que lo que esta mujer dijo no se asemeja en nada a lo que las sinarquías aberrosexualistas pretenden que se diga para adoctrinar a la gente acerca de la familia en el ámbito escolar.

Doble discurso

Progrecínicos exaltados pidieron la cabeza de la mujer. Pero mucha otra gente, al anoticiarse sobre el caso, tomó partido por la profesora. Quizás lo que más escandalizó a los detractores de la educación para el amor que la docente intentó impartir fue el uso que ella hizo de la palabra “anormal”. Lo a-normal es lo que se sale por fuera de la norma, y la norma es aquello que resulta regular y ordinario para todos. La homosexualidad, al ser minoritaria, es excepcional y extraordinaria, por ende le cabe perfectamente el calificativo de “anormal”. No obstante, por lo que se ve, los aberrosexualistas no coinciden con esto. O tal vez si. ¿Quién sabe? 

Lo que sucede es que los aberrosexualistas hablan de la necesidad de “definirse”, y sin embargo ellos mismos jamás lo hacen. En efecto, el discurso aberrosexualista gravita entre la exaltación obscena de su condición y la ocultación perversa de la misma. Un ejemplo de lo primero sería el proyecto de ley que la legisladora porteña María Rachid presentó hace poco, en el cual sostenía que el Estado argentino debía indemnizar a todo travestido mayor de 40 años por supuestamente haber sufrido maltratos “de la sociedad” a lo largo de su vida –aquí, claramente, la propuesta es premiar a alguien por ser quien es y no por haber hecho algo que contribuya al bien común. Ahora bien, como ejemplo de lo segundo tenemos la modificación de la ley que regula la donación de sangre: con sólo dos votos en contra (los del cordobés Daniel Giacomino y del salteño Alfredo Olmedo), la Cámara de Diputados de la Nación aprobó un proyecto mediante el cual se eliminan las preguntas acerca de la orientación sexual de los donadores de sangre, lo que obviamente genera un alto grado de peligro para el receptor de dicha sangre y obliga a los hemobancos irracionalmente a gastar mayores recursos para analizar la calidad de la donación. Es decir, de un lado tenemos a los aberrosexuales queriendo que se los beneficie por no ser como los demás, y por el otro lado esos mismos aberrosexuales exigen ser tratados exactamente igual que al resto de las personas. La absoluta indefinición. 

Lo cierto es que la cuestión de la “definición” es un problema que los aberrosexuales arrastran y con el que ellos y ellas deben lidiar. Un niño ortosexual nunca atraviesa el tema de la definición de su sexualidad, porque a la misma ya la tiene bien definida: el varón es varón y la mujer es mujer. Sólo un puñado de personas tiene algún tipo de duda sobre su sexualidad, la que los obliga a pasar por un proceso traumático de autoaceptación. Sin embargo ese padecimiento acontece a nivel íntimo, vale decir no hay educación que lo erradique. Un joven al que le toca ser aberrosexual le toca sufrir la desgracia, del mismo modo que a un joven con diabetes o ceguera le toca sufrir su enfermedad. Esas enfermedades (aberrosexualidad, diabetes, ceguera) condicionan de modo irreversible el desarrollo de la propia biografía, pero ello no significa que la anulan completamente. Para una persona que no posee una salud óptima lo mejor es adecuar sus expectativas a sus limitaciones, y no hacer lo contrario. Un ciego no debería andar por la calle sin un bastón blanco o algún tipo de lazarillo, un diabético no debería comer todo aquello que pueda ponerlo en riesgo, y un aberrosexual no debería atentar en contra de la familia. Nada ganan con ello realmente.  

La discusión que importa

En el video se ve a la docente diciendo que si uno tiene la desgracia de tener un hijo que un día aparece en casa con un novio o una hija que hace lo propio con una novia les corresponde a los padres apoyarlos, pero luego resalta que ello no es lo que un padre responsable puede tener planeado para su descendencia. Y tiene razón. Sólo un padre o una madre irresponsable puede desear que su hijo “haga lo que quiera”, pues es parte de los deberes paternales y maternales orientar a los jóvenes en el camino de la virtud. Tener hijos para que estos decidan cultivar el vicio es fallar como padres de la manera más torpe y maliciosa posible, es lanzar barcos al mar y no dotarlos de timón ni de brújulas.  

Lo que hizo la docente en La Florida fue lo que haría cualquier madre: les habló a quienes la escuchaban con la verdad y les pidió que vivan de acuerdo a ella y no en su contra. La mentira existe, como existe también el error, pero quien yerra lo hace sin ser consciente de ello y quien miente, en cambio, sabe perfectamente lo que está haciendo. No se puede obligar a alguien a no ejercer la mentira, pero si se debe explicarle que el hacer eso trae consecuencias nefastas para todos. 

De todos modos se desliza por detrás una cuestión sutil pero, a su vez, definitoria, que llegados estos debates siempre se la coloca fuera de escena cuando en realidad debería estar en el centro de la misma: ¿qué es la aberrosexualidad? Definir si ésta es o no patológica cambia totalmente el escenario. Pero, curiosamente, nadie se centra en este tema. Se discuten las consecuencias del problema pero nunca las premisas de donde se parte. 

Si la aberrosexualidad es patológica entonces corresponde ponerse a investigar los modos que existan para curarla. Y, mientras ello se hace, es preciso darle al enfermo un trato amablemente diferencial como habitualmente se hace frente a aquellos que padecen de algún mal que los aqueja. 

Pero si la aberrosexualidad no es patológica entonces nada corresponde hacer. Pues frente a una persona sana uno la respeta como persona sana y punto. Es un igual, y por ello se le puede hablar en los mismos términos que a cualquiera, ya que por su condición de igual se supone que maneja los mismos códigos que los demás, y lo que es evidente para él lo es también para el resto. 



Antonella Díaz

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