La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

viernes, 30 de noviembre de 2012

Tragedias pasionales en Tucumán: consecuencias de la erosión de la institución de la familia

Un hombre tomó la trágica decisión de ultimar a puñaladas a su esposa en la casa que ambos compartían para luego quitarse la vida, ahorcándose con una soga que colgó de un árbol, en el patio de la misma vivienda.
 
El trágico hecho tuvo lugar el miércoles por la tarde, en la localidad de Las Talitas, en una vivienda ubicada sobre el kilómetro 8 de la ruta 305, a la altura del hotel alojamiento El Dorado.
 
El drama pasional tuvo como protagonistas a un matrimonio que vivía en la zona, en una humilde vivienda, junto a sus cinco hijos. Todos dependían económicamente de los sueldos que cobraban en la fábrica de ladrillos de la zona, donde trabajaban.
 
Una fuente policial indicó que el hecho ocurrió aproximadamente a las 16.00, cuando Juan Ávila, de 57 años, regresó a su casa y por razones que la policía trata de establecer, presuntamente por celos, discutió con su esposa, Berta Beatriz Añazgo, de 33 años.
 
La discusión pasó a mayores y luego de la agresión física de parte de Ávila a Añazgo, el hombre se apoderó de un cuchillo de cocina y no pudo medir sus nervios hasta que la apuñaló en varias oportunidades en el tórax y el abdomen a la mujer.
 
Cuando reaccionó y vio que su mujer estaba muerta, tomó la drástica decisión de quitarse la vida ahorcándose en el interior de la casa.
 

Primero tuvo que romper el mosquitero para abrir la puerta de madera. Al ver la sangre derramada en el suelo y el cuerpo de su primo tirado boca abajo, el hombre tomó las rejas con sus brazos y, de una manera que no puede explicarlo, las dobló. Así logró ingresar a la casa ubicada en la parte de atrás del pasaje San Juan 276, en Lules. En la habitación estaba el cuerpo sin vida de Ayelén Sofía Olivera, de tan sólo seis años. Con un cuchillo le habían producido un profundo corte en la garganta.

La pequeña vivía en esa vivienda junto a sus padres Javier Ramón Olivera, de 34 años, y Cynthia López, de 27. La pareja había comenzado a convivir hace siete años y tuvieron que luchar con una extraña enfermedad de su hija que producía retardos en su crecimiento.

El martes a la noche, los concubinos habrían discutido. Olivera le habría ordenado a López que vaya a la casa de unos familiares, y que cuando se calmara, él la iría a buscarla con su hija,
según informaron los allegados a los investigadores. Entonces se quedó solo con la pequeña.

Al ver que el hombre no iba a buscarla, López regresó más tarde a la casa. Encontró las puertas cerradas con candado. Fue un primo de Olivera el que forzó la entrada para poder ingresar. Adentro se encontraron con la desgarradora escena.

El hombre fue trasladado al hospital de Lules, y más tarde al Centro de Salud, donde falleció a las 6.50. Se había producido un profundo corte en la muñeca derecha, y al parecer se llevó el cuchillo al cuello, pero ya no tenía fuerzas. Una herida superficial quedó marcada sobre la piel.

El cuerpo de la pequeña Ayelén estaba en su cama, boca arriba. El arma homicida fue un cuchillo con cabo de madera, cuya hoja medía unos 25 centímetros. El corte en el cuello era de tal magnitud, que una fuente policial dijo que, literalmente, la había degollado. El primer informe médico forense dice que murió por un shock hipovolémico (grave pérdida de sangre).

En el barrio San Isidro estaban devastados. En la cara de los vecinos y de los familiares de Olivera se observaba la desazón. Elena, que vive en esa cuadra, comentó que vio a la pareja la noche anterior en la vereda, abrazados.

En el frente de la vivienda viven José y su esposa, bisabuelos de Ayelén. La casa donde ocurrió la tragedia está ubicada en la parte de atrás del terreno, separada por un portón. Ambos son personas de avanzada edad, y afirman que no escucharon nada. Tampoco los vecinos. "La escuchamos a ella que gritaba que la chiquita estaba muerta, pero creímos que había sido por los problemas de salud que tenía", contó una mujer que acompañaba a los ancianos.

Los allegados también afirman que se trataba de una pareja normal, a la que nunca vieron discutir. Sin embargo, compañeros de trabajo de Olivera les dijeron a los investigadores que el hombre celaba mucho a su mujer, según comentó una fuente con acceso a la causa. También contaron que no era la primera vez que él la enviaba a casa de otro familiar, hasta que se tranquilizara. Aún así, nadie se imaginó este final.

Javier Olivera era empleado municipal y también trabajaba como telefonista en una empresa de remises. En sus tiempos libres, lavaba autos frente a su casa.

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