La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

viernes, 2 de noviembre de 2012

Conmemoración de los Fieles Difuntos


La comunión de los santos es uno de los dogmas más consoladores de la Religión católica. Por él sabemos que la Iglesia militante, purgante y triunfante forman una sola familia, cuyos miembros están unidos entre sí con los vínculos de la caridad divina. De la misma manera que los santos del cielo nos aman y ruegan por nosotros y por las almas del Purgatorio, así las almas purgantes nos aman e interceden por nosotros y nosotros igualmente debemos amarlas y orar por ellas.
 
Es un triple acorde de amor, de oraciones y de ofrecimientos que se alza hacia el trono de Dios, tanto de esta peregrinación terrestre como de aquel lugar de expiación en el que las almas separadas están abrasadas de amor por unirse a su Bien infinito, como asimismo de los ejércitos aclamantes del Paraíso y este triple acorde, suplicante, hace llover sobre nosotros y sobre las almas Purgantes el rocío de la gracia divina y de los favores celestes. «Salida, viva ya de las angustiasde la muerte –como escribe el P. Monsabré–, el alma lleva consigo todas sus facultades, no atrofiadas o condenadas a la inercia, las cuales conservará hasta la resurrección de esa carne, que deberá revestir al fin de los siglos, y además dichas facultades siguen siendo capaces de obrar, aunque en condiciones profundamente cambiadas. La conciencia del propio yo, los hábitos intelectuales contraídos, los conocimientos adquiridos, los recuerdos impresos en su substancia incorruptible persisten en ella juntamente con la vida».
 
Las almas de nuestros muertos, ya estén en el cielo como bienaventuradas, ya expíen en el fuego del Purgatorio, viven unidas a nosotros, piensan en nosotros, nos aman, ruegan por nosotros.
 
Entre nosotros y nuestros difuntos hay una unión admirable, invisible, pero real; un intercambio de pensamientos, afectos, oraciones. Se dan todos los elementos de una amistad verdadera y eterna. ¡Qué consolador es este pensamiento! Nosotros no hemos perdido nuestros seres queridos, que han muerto con el beso del Señor. Están allá arriba y nos miran, piensan en nosotros, nos esperan. Otro tanto debemos hacer nosotros; pensar en ellos, amarlos, rogar por ellos.
 
El fundamento de la devoción a los fieles difuntos es este dogma consolador de la comunión de los santos. La Iglesia universal, ya sea que camine todavía en esta peregrinación terrestre, ya sea que arda entre las llamas purificadoras del Purgatorio, ya triunfe en los gozos eternos del Cielo, forma el Cuerpo Místico en el cual circula, vivificadora, la vida divina de Jesús.
 
Esta vida no se extingue con la muerte, sino solamente con el pecado mortal, que la seca en nosotros, haciéndonos sarmientos secos, separados de la vid, que es Cristo. Por eso las almas de nuestros difuntos, muertos en la gracia del Señor, son miembros vivos, unidos al Cuerpo Místico de Jesús. Ahora bien, así como en el cuerpo humano cada miembro no vive una vida separada, sino unida y ordenada al bien de todo el cuerpo, igualmente en el Cuerpo Místico de Jesús todos los miembros, ya pertenezcan a los viadores de este exilio terrestre, a las almas purgantes o a los bienaventurados poseedores, deben ayudarse mutuamente, de modo que cooperen al bien común en Cristo Nuestro Señor.
 
Todo esto, ciertamente, lo hacen los bienaventurados en el cielo y nuestros fieles difuntos en el Purgatorio, pero el sentido común quiere también que lo hagamos nosotros, manteniéndonos unidos por el amor, el ofrecimiento y la plegaria, con nuestros difuntos.
 
Recordemos, sin embargo, que esto se nos hace imposible si caemos en pecado mortal y extinguimos en nosotros la vida divina, esa vida sobrenatural que circula en el Cuerpo Místico de Cristo.
 
¡Pobres de nosotros! En este caso, nos convertiremos en sarmientos separados y muertos, en miembros corrompidos. Ya no seremos hermanos de los bienaventurados poseedores, ni de las almas purgantes que, sin embargo, son santas, sino que seremos leños secos, destinados a alimentar las llamas eternas del infierno.

Hacer sufragios por los difuntos es ante todo un deber de naturaleza. Ellos son nuestros hermanos. ¿Podemos ver acaso a uno que gime entre los dolores más atroces y no experimentar un sentimiento de misericordia y piedad hacia él? Y si tenemos el modo de ayudarlo, ¿no debemos hacerlo? Pues bien, las almas purgantes se encuentran en esta dolorosa condición; arden en amor de Dios sin poder unirse a El; y nosotros tenemos el modo de poderlos socorrer con nuestras oraciones y buenas obras. Además, es un deber de religión. Esas almas han sido redimidas, al igual que nosotros, con la preciosa sangre de Jesús, y el Señor nos dice que la misma medida que usemos con los otros, se empleará algún día con nosotros mismos. Algún día también nosotros nos encontraremos en el Purgatorio y tendremos necesidad de sufragios. Si ahora los hacemos por los difuntos, algún día habrá quien lo haga por nosotros. Bienaventurados los misericordiosos, porque conseguirán misericordia, nos dice Jesús.
 
Cuando nos presentemos delante de su tribunal para dar cuenta de toda nuestra vida, El tendrá por hecho a sí mismo lo que hayamos hecho por los pobres hambrientos, los desnudos, los peregrinos. Y solamente si hemos sido misericordiosos con ellos nos acogerá en el reino de los cielos. Por el contrario, nos alejará de si,malditos por siempre, si no lo hemos sido.
 
Ahora bien, las almas del Purgatorio son más desgraciadas que los pobres, los hambrientos, los sedientos, los desnudos y los peregrinos de este mundo. Están hambrientas y sedientas de Dios, están llenas de llagas y de manchas por los pecados cometidos y languidecen lejos de la casa paterna que anhelan alcanzar con todo el ardor de su espíritu angustiado.
 
Es, por último, un deber de justicia. Algunas de aquellas almas son nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hermanos o hermanas, nuestros amigos, nuestros bienhechores. Quizá se encuentran en aquel lago de dolor porque nos han amado demasiado, porque han querido acumular dinero para nosotros o porque han cedido a nuestros malos ejemplos. En estos casos, nos debe mover no sólo un motivo de caridad, sino una razón de justicia que nos obliga a ofrecer por ellos nuestros sufragios.
 
Son muchas las maneras con las que podemos ofrecer sufragios por nuestros difuntos:
 
a) con la oración; éste es un medio fácil, posible a todos. Rezando por nuestros muertos nos sentimos unidos a ellos; nuestro corazón experimenta alivio y nuestra alma está más segura de recibir de ellos la correspondencia eficaz, porque las oraciones que ellos hacen por nosotros serán más agradables a Dios misericordioso;
 
b) con la santa Misa, ofrecida en sufragio por ellos. Ofreciendo el sacrificio eucarístico, ya no somos nosotros solos los que rezamos, sino que Jesús mismo se une a nosotros y se ofrece a si mismocomo víctima de expiación para la purificación perfecta de las almas purgantes.Por esto la santa Misa tiene un valor infinito y bastaría una sola para vaciar el Purgatorio. Pero la aplicación de este valor infinito es limitada siempre, conforme a los arcanos designios de Dios. Sin embargo, es cierto que ningún otro medio es más eficaz en orden a sufragar a los fieles difuntos;
 
c) con las obras buenas ofrecidas a este fin. Toda acción virtuosa, además del mérito, tiene un poder expiatorio por las deudas contraídas con Dios Entre estas buenas obras que podemos ofrecer por las almas del Purgatorio notemos de modo particular la sagrada Comunión, las penitencias voluntarias, los inevitables dolores de la vida presente sufridos con resignación, los actosde paciencia, de sumisión a la voluntad de Dios, de misericordia; los actos de caridad espiritual y corporal; las indulgencias, ya plenarias, ya parciales, y en particular, la limosna. ¡Cuántos modos tenemos a nuestra disposición para aliviar a aquellas almas santas de sus penas y hacerlas cuanto antes nuestras intercesoras bienaventuradas en la gloria del Paraíso!
 
Esos actos nos ayudan a nosotros al mismo tiempo que a ellas; a nosotros, que con la Sagrada Comunión nos unimos siempre más estrechamente a Dios; con las limosnas nos despegamos de las riquezas y purificamos nuestro corazón de los afectos a las cosas terrenas; con las penitencias y mortificaciones domamos nuestros apetitos desordenados y nuestras pasiones. Y al mismo tiempo ayudan también a esas almas por quienes ofrecemos su valor satisfactorio para que puedan purificarse cuanto antes de sus manchas y gozar de la alegría inefable de la visión beatifica de Dios.

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