La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

martes, 16 de octubre de 2012

El Arzobispo de Tucumán advierte que la reforma del Código Civil impulsa la instauración de un perverso Nuevo Orden Mundial

La Iglesia, a través del Episcopado, ha puesto de manifiesto en cuantas oportunidades le fue posible sus reflexiones y aportes al proceso de reforma del Código Civil y en particular los problemas éticos y jurídicos que suscitan algunos contenidos del proyecto de modificación de ese digesto. En la misma línea, también yo, Obispo Alfredo Zecca, me he expresado en la Audiencia Pública tenida en Tucumán y abierta a todo el NOA. A dicha exposición me remito.

En este artículo deseo referirme, sin embargo, no a cuestiones de contenido sino de forma que corren el peligro de quedar olvidadas en medio de tanta palabra.

En primer lugar quisiera advertir que -en rigor- lo que habrá de ser objeto de derogación y sustitución por uno nuevo no será el Código de Dalmacio Vélez Sarfield, sino el Código Civil de los argentinos, como genuino producto histórico-cultural resultante de las sucesivas reformas operadas a lo largo de sus más de 140 años de vigencia. La dimensión de tal cambio no puede menos que afectar la cultura jurídica y se tardarán años en estudiar el nuevo Código y en producir doctrina y jurisprudencia importantes, lo que puede significar retrasos en la misma administración de justicia.

No se puede proyectar el futuro sin hacer referencia a un pasado rico en experiencias significativas y en puntos de referencia espiritual y moral. Creemos que un Código Civil forma parte del depósito cultural de un pueblo y, consiguientemente, constituye un hito fundamental de carácter democrático porque -se supone- plasma tácitos consensos acerca del sistema de representaciones sobre la vida en común. En la misma medida representa una verdadera "piedra angular" que exige tener máxima precaución a la hora de removerla, como lo señala la mejor tradición filosófica y jurídica de Occidente. El derecho no se reduce a la ley sino que la voz del legislador genera un coro de voces en la doctrina, en la jurisprudencia y en las conductas espontáneas de los ciudadanos.

Los grandes Códigos históricos, como el francés, el alemán, el español -por sólo citar algunos- se han modificado en función de nuevas necesidades, pero no han sido sustituidos. La herencia que porta un Código no pertenece a un grupo de académicos, por prestigiosos que fueran, sino a todo un pueblo.

Por sólo tener en cuenta dos casos concretos, el anteproyecto de Código Civil francés data del año 2005, y todavía no ha sido sancionado, al tiempo que su análogo español, que data de 2008, también aguarda aún su sanción. La pregunta surge espontánea: ¿qué justifica nuestra prisa por aprobar en nuevo código?; ¿acaso tememos que una más amplia discusión en búsqueda también de más amplios consensos haga perder lo bueno que el Código podría contener? El sentido común indica lo contrario. Una labor seria y responsable requiere tiempo, apertura al diálogo, debate y mucha paciencia. Años de debate, que serán también de estudio para que jueces y abogados puedan actualizar sus conocimientos y para que estudiantes universitarios completen todas las materias de derecho privado bajo el imperio del mismo Código.

Estas observaciones las hago como obispo que quiere contribuir, en un país de mayoría católica, al bien común y como ciudadano que quiere ejercer el derecho a hacer oír su voz en el marco del respecto irrestricto a las instituciones republicanas.

Para terminar, quisiera referirme a lo afirmado por el Papa Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, en el sentido de guardar lo que el Pontífice llama "coherencia eucarística". El culto a Dios nunca es un acto meramente privado, subjetivo e interior. Exige dar testimonio público de la propia fe, y vale para todo bautizado, en modo particular, para quienes por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones que afectan a la vida humana desde la concepción hasta su término natural, al matrimonio, a la familia, a la educación. Se trata -afirma el Papa- de valores "no negociables". Por ello mismo -como pide el Santo Padre a los Obispos-, quisiera exhortar a los legisladores católicos a que tomen debida conciencia de la relación entre sus decisiones y su fe y la recepción de la Eucaristía (cf. 1 Cor 11, 27-29).

Benedicto XVI nos invita a tener muy en cuenta este aspecto (cf. S.C. 83) y haríamos bien en escuchar su enseñanza. En definitiva, cada uno deberá decidir en conciencia y hacerse cargo, delante de Dios, de sus decisiones.

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