La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

sábado, 8 de septiembre de 2012

El Instituto Güemesiano de Salta pide que reubiquen el monumento a Luis Güemes que está en la Ciudad de Buenos Aires

Su mirada de bronce no encuentra eco entre los miles de transeúntes que todos los días pasan por el monumento de seis toneladas de granito que pusieron en su honor. En Buenos Aires todos parecen estar apurados, solo algunos se detienen por unos segundos a los pies de la estructura y luego siguen su camino. Otros demoran un poco más. Tal vez porque se preguntan qué hizo ese hombre para merecer ese homenaje que custodia la esquina de Córdoba y Uriburu. Pero no hay ninguna reseña que ilustre algo de su obra, su talento y su huella en la historia argentina. Por eso, cuando un salteño contempló hace unos días ese escenario de multitudes que avanzan indiferentes a su lado sintió tristeza. “Un hombre tan maravilloso para Salta y su país tiene escultura, pero ni una placa que recuerde sus hazañas, cuando tanto se necesita en nuestra sociedad una figura ejemplar, que nos haga sentir orgullosos”, cuenta Gerardo Zurita, que quiso compartir su pena con este medio.

El que mira desde la inmortalidad del bronce es el médico salteño Luis Güemes, una eminencia de la medicina en nuestro país; hacedor incansable y compulsivo, que dedicó su vida al estudio y al servicio del prójimo. Como al monumento de su abuelo, al que le robaron la espada allá en los Bosques de Palermo, alguien se llevó algunas letras de su nombre, fundido en el metal que más demandan los vándalos, para canjearlo por unas pocas monedas. El nieto del héroe gaucho tuvo también el reconocimiento de su pueblo y una vida apasionante: se recibió dos veces de médico, profesor, académico, senador nacional, decano y el doctor de seis presidentes.

Nació en 1856 y sus profesores lo llamaban “el preguntón”, porque no había nada que no quisiera saber e investigar. “En Buenos Aires está el centro de la vida, del porvenir y del progreso de los pueblos argentinos”, se le escuchó decir alguna vez a Martín Miguel de Güemes. Tal vez por eso, su nieto decidió viajar a la ciudad a darle rienda suelta a su pasión por el estudio y la superación permanente. Después de 90 largos días y de haber trajinado palmo a palmo los paisajes de la inmensa patria llegó con 17 años a la Capital y se inscribió en la Facultad de Medicina. Terminados sus estudios de “doctor en medicina” y cuando comenzaba a trabajar en un diminuto consultorio en uno de los barrios más humildes recibió de su familia un dinero que Salta le debía a su hijo más famoso. Después de 60 años el Estado pagó los sueldos atrasados del general y con eso su nieto pudo viajar a Europa, para continuar alimentando su insaciable sed de conocimientos.

Se fue a Francia, donde se juntaban los últimos avances de la medicina y los más eruditos profesores. A los seis años, en 1887 y con una asistencia casi perfecta, se recibió por segunda vez de médico. A su regreso, su nombre había cobrado notoriedad en Buenos Aires. Muchos querían conocer al que había estudiado dos veces medicina y en 1889, cuando pisó suelo argentino una multitud lo esperaba. “El puerto estaba colmado había una indescriptible algarabía”, dicen las crónicas de la época. Luis Güemes tenía solo 33 años. “Fue siempre dueño de sí mismo y nunca perdió la serenidad”, lo describía un colega.

A Güemes ya le decían “el mago de la medicina”, tal vez por la incorporación de herramientas de la psicología. Sostenía que la moral y el ánimo tenían influencias sobre los fenómenos físicos, es decir, sobre la enfermedad y su tratamiento.

Otro médico de la época, Gregorio Aráoz Alfaro, lo describía así: “No hablaba en sociedades científicas, ni publicaba en revistas médicas. Aunque tenía en cambio, una gran experiencia, un espíritu fino y observador, pero sobre todo un gran don de simpatía. Nadie le igualó en consideración y respeto”.

Un testimonio del general Enrique Mosconi describe a la persona que se ocultaba detrás del médico que se recibió dos veces. “En la pobreza, premio con que muchas veces la ingratitud de los contemporáneos han retribuido los más insignes servicios públicos, creció el doctor Güemes, mientras ardía la Guerra del Paraguay y cuando no se habían extinguido las humaredas de la montonera y la guerra civil, aspirando en su hogar la atmósfera patricia que perpetua el recuerdo y el culto del defensor heroico [en referencia a su abuelo, el prócer de Salta, Martín Miguel de Güemes]. Jamás el doctor Güemes aceptó honorario alguno de los militares de su país”, dice Mosconi en su libro Dichos y Hechos.

Por sus enormes virtudes en la medicina alcanzó la titularidad de una cátedra en la Universidad de Buenos Aires y luego fue decano de la Facultad de Medicina, desde donde impulsó investigaciones en las más diversa áreas. En 1921 se retiró de la cátedra Medicina Clínica después de haberla dirigido por más de 25 años. Tan reconocido era en su época que atendió personalmente a seis presidentes: Bartolomé Mitre, Nicolás Avellaneda, Juárez Celman, Quintana, Victorino de la Plaza y Sáenz Peña. Se casó con Marta Ramos Mejía, cuando tenía más de 40 años. Pero ella murió poco tiempo después, en 1897, y Güemes nunca más volvió a contraer matrimonio. El doctor en medicina que es orgullo de Salta como su abuelo, falleció en 1927. Dos años después una comisión de académicos encargó la obra del escultor Agustín Riganelli, que hoy mira desde lejos el Hospital de Clínicas. El Hospital Interzonal General de Agudos, en Haedo y el estadio de Central Norte también llevan su nombre.

“Además del vandalismo, el deterioro, la falta de información y detalles de su apasionante historia, el monumento sufre una especie de desarraigo, porque está lejos de donde debería”, dice Gerardo Zurita, socio del Instituto Güemesiano de Salta. Es que la pasión de Güemes, a lo que más dedicó su vida, fue la medicina clínica, esa que diagnostica las enfermedades y deriva el tratamiento a los especialistas. Por eso, Zurita piensa que debería trasladarse la estructura algunas cuadras, frente al Hospital de Clínicas. Pero ahora está al lado de la Facultad de Ciencias Económica, que reemplazó a la antigua Facultad de Medicina que, en 1897, lo tuviera de profesor de la cátedra Clínica Médica y en donde en 1935 se había emplazado el homenaje.

“Sería bueno y creo que necesario que el monumento descanse frente al Hospital de Clínicas a unos pocos metros, porque a eso dedicó sus estudios y eso lo consagró entre sus colegas de la época”, opina Zurita.

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