La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

lunes, 24 de septiembre de 2012

A doscientos años de la batalla que salvó a la patria


La victoria militar criolla -de la que en estos días se celebran los dos siglos- fue más importante desde el punto de vista de las consecuencias políticas que produjo que lo que las propias efemérides escolares se animan a reconocer. En primer lugar, la decisión de Manuel Belgrano de presentar batalla a las tropas del general realista Pío Tristán nació de una desobediencia, desobediencia que sorprendió a las autoridades del Triunvirato, pero también a los jefes españoles, quienes suponían que el maltrecho y desmoralizado ejército patriota continuaría su retirada hacia Córdoba o hacia Santiago del Estero.

Tucumán fue la primera victoria militar de las tropas criollas en nuestro territorio histórico. La pregunta a hacerse es la siguiente. ¿Qué habría ocurrido si Belgrano no hubiera decidido dar batalla? O, ¿qué habría pasado si hubiera sido derrotado? En cualquiera de los casos, la respuesta es relativamente sencilla: las provincias del noroeste se habrían perdido para siempre, su destino no habría sido diferente a las del Alto Perú que, como se sabe, luego pasaron a llamarse Bolivia.

Pero no concluyen allí las consecuencias. Tristán controlando Tucumán habría preparado una ofensiva inmediata hacia Córdoba. En ese caso, la maniobra de pinzas se habría perfeccionado con una ofensiva realista desde la Banda Oriental, más el apoyo de las tropas portuguesas desde Brasil. En ese contexto, es muy probable que la suerte de la revolución hubiera estado echada.

La victoria de Tucumán permitió iniciar la ofensiva hacia Salta, donde las tropas conducidas por Belgrano derrotaron una vez más a Tristán el 20 de febrero de 1813. La consolidación de este frente militar le permitió a San Martín pensar la estrategia del Ejército de los Andes, que marcharía desde Mendoza hacia Chile y, luego, por el Pacífico hacia Perú, para enfrentar a los realistas en su principal guarida: Lima y el puerto de El Callao. Para que ello fuera posible, era indispensable que la frontera norte estuviera controlada. Las batallas de Salta y Tucumán fueron el punto de partida. Luego las tropas de Güemes se encargarían del resto.

Por último, Tucumán precipitará la crisis interna del Triunvirato y habilitará la asonada del 8 de octubre de 1812, movimiento de fuerza que permitió que el ala más progresista de la revolución tomara el control del poder. En esa movida, como se sabe, estuvieron presentes San Martín y sus principales colaboradores de la Logia Lautaro. Belgrano, desde el norte, apoyó todas las iniciativas que se tomaron en esos meses.

Respecto de la batalla y del contexto social en la que tuvo lugar, hay que decir que la victoria fue contundente; pero en un momento la suerte de las armas criollas estuvo en tela de juicio. Para comprender el desafío hay que saber que las tropas realistas duplicaban en número a las criollas. Asimismo su armamento era más calificado. Como se recordará, Belgrano retrocedía desde Jujuy en dirección a Tucumán perseguido por los soldados de Tristán. El repliegue fue ordenado y, como los buenos boxeadores, los criollos retrocedían golpeando. Fue así como el 3 de septiembre los godos -como le gustaba decir a San Martín- fueron derrotados en el combate de Las Piedras. No se trató de una victoria militar importante, pero contribuyó a levantar el ánimo de los criollos y, de paso, a demostrarle a los jefes españoles que quienes retrocedían no estaban vencidos.

Diez días después de Las Piedras, Belgrano llegó a Tucumán. La reacción de los tucumanos fue importante a la hora de decidir la batalla. En efecto, a las llamadas fuerzas vivas de esa ciudad no les causaba ninguna gracia un futuro sometido a los realistas, sobre todo porque muchos de ellos se habían jugado por la revolución y no ignoraban la suerte que les aguardaba si eran tomados prisioneros. Es por eso que el Cabildo, reunido para atender la emergencia, envió tres delegados para hablar con Belgrano. Se trataba de Bernabé Aráoz, Rudecindo Alvarado y el sacerdote Pedro Miguel Aráoz, quienes expresaron el deseo de la ciudad de enfrentar a las tropas invasoras.

Esa era la señal que estaba esperando el jefe patriota. Belgrano nunca estuvo convencido de cumplir con las órdenes del Triunvirato de retroceder hasta Córdoba. Le parecía -y no estaba equivocado- que a medida que se dejara avanzar a Tristán, mas difícil sería luego detenerlo. Fue así como se preparó para resistir, para participar en la batalla que el historiador Vicente Fidel López calificara como “la más criolla de cuantas batallas se han dado en territorio argentino”.

Todo se hizo sobre la marcha. Se reclutaron hombres y se los armó con lo que había, que no era mucho. Se cavaron fosos alrededor de la plaza principal para enfrentar a los realistas en la última línea de defensa. Llegaron soldados de Catamarca y La Rioja. Como se dice en estos casos, la preparación técnica era deficiente, pero el corazón, grande.


Belgrano sabía que en la batalla había que jugarse el todo por el todo, incluso la propia vida. Así lo expresó a los soldados y así lo escribió en una carta. No estaba solo en esa patriada. Es más, estaba acompañado por la élite militar criolla, de soldados y oficiales curtidos en el combate. Muchos de ellos serán reconocidos años después como verdaderos guerreros de la Independencia. Allí estaba su lugarteniente, Eustoquio Díaz Vélez, sus jóvenes oficiales, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Manuel Dorrego, José María Paz, Juan Ramón Balcarce. La mención de estos nombres se parece a un friso de la Patria, pero en 1812 esos hombres todavía no sabían que en el futuro serían reconocidos como héroes y ocuparían un lugar importante en la historia de nuestro país.

En sus excelentes “Memorias”, el general Paz considera que la batalla de Tucumán es muy difícil de describir. En efecto, no fue una batalla prolija, una batalla de dos ejércitos perfectamente alineados que se enfrentan y de donde surge un ganador. En principio, el territorio elegido para dar la batalla era el llamado Campo de las Carreras, un terreno ubicado al suroeste de la ciudad, y que en tiempos más apacibles los tucumanos ocupaban para disfrutar de las carreras cuadreras.

Los estrategas militares aseguraban que quien definía el campo donde se habría de librar la batalla, tenía la mitad de la pelea ganada. Si ese postulado fuera cierto, Belgrano inició el combate ganando. Por su parte, Tristán seguía convencido de que los patriotas no presentarían batalla. Y habría de pagar caro ese error de percepción. Cuando se enteró de que estaba equivocado, ya era tarde.

Según las crónicas, las tropas criollas se desplegaron en el combate con la caballería en las alas y la infantería en el medio. La caballería estaba dirigida por Balcarce y Díaz Vélez, mientras que la infantería respondía a las conducciones de José Superí, Ignacio Warnes y Carlos Forest. Las tropas de reserva estaban a cargo de Manuel Dorrego y la modesta artillería respondía a las órdenes del barón de Holmberg.

Continuando con el relato de Paz, parece que el ala izquierda patriota y el centro arrollaron al enemigo, pero el ala derecha no tuvo la misma suerte. No obstante, se produciría una oportuna intervención de los dioses. Cuando el combate estaba en su momento más intenso, se levantó un temporal acompañado por una nube gigantesca de langostas que oscurecieron el cielo. Se dice que el viento y los insectos pelearon del lado de los criollos y decidieron la batalla. Es lo que cuenta la leyenda. Lo importante es que el temporal sembró el caos entre las tropas realistas.

Verdad o no, la confusión fue el rasgo dominante de la jornada. Por su parte, las tropas realistas a cargo de Tristán amenazaron con invadir la ciudad protegida por los fosos y pasar a degüello a su habitantes. La respuesta criolla no fue menos dura. Díaz Vélez prometió ejecutar a los prisioneros que fueron tomados, entre los que se incluía a lo más granado de la oficialidad realista.

Al final, el balance del combate no pudo ser más auspicioso para las tropas criollas. Hubo cuatrocientos soldados realistas muertos en combate y alrededor de seiscientos prisioneros. A ello se sumarán armas y caudales. Por el lado patriota, el número de muertos llegó a ochenta hombres. La diferencia de bajas de un lado y del otro, da cuenta de lo que ocurrió en el campo de batalla.

La ciudad de Tucumán se vistió de fiesta para celebrar la victoria. Cinco días después Belgrano envió el parte de la victoria a Buenos Aires. Una frase se destaca. “Sepulcro de los tiranos”, escribió refiriéndose a la batalla. Pero no hubo mucho tiempo para festejar porque había que perseguir a los godos. Se restañaron heridas, se incrementó el número de soldados, se afilaronn sables y lanzas. Y el 12 de enero de 1813 el ejército patrio salió de Tucumán rumbo a Salta.

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