La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

martes, 14 de agosto de 2012

Tucumán fue testigo de un penoso espectáculo de la decadencia cultural contemporánea: Tattoo Festival

El desprecio corporal como moda

El Tucumán Tattoo Festival, encuentro de tatuadores, perforadores y modificadores corporales, cerró con un espectáculo de suspensión y con la elección de Miss Tattoo. Cientos de tucumanos visitaron el centro cultural Juan B. Terán durante los tres días que duró la convención. La convocatoria aumentó respecto del año pasado. Víctor y Carlos dejaron petrificado al público.

Carlos Gómez es tucumano, tiene 27 años y es tatuador. Ayer se animó a la primera experiencia en la suspención. Víctor Peralta tiene 42, se colgó unas 12 veces y la semana que viene lo hará en Venezuela. "Hay que respetar el cuerpo, muchos piensan que lo violentamos con esto, pero para mí es una satisfacción ponerme los ganchos y volar", reveló Peralta.

Antes de Víctor, conocido en el ambiente por sus hazañas corporales, se suspendió el tucumano Carlos Gómez, de 27 años. Lo hizo por primera vez. "No tengo miedo, algo de nervios me dará", le confesó a La Gaceta antes de subirse, pero sorprendió a todos los presentes al bajar. "Te duele un poco al comienzo, pero después no sentís nada de nada, es increíble", apuntó mientras le sacaban los ganchos.

El responsable de perforarlos fue Matías "Rata" Tafel, una de las "estrellas" que visitaron esta segunda edición del festival de arte corporal. "La piel no se desgarra porque va a varias capas de profundidad", explicó el experto antes de comenzar la función. Los aplausos fueron los laureles para estos dos héroes. Ellos coronaron un encuentro que sorpendió por la convocatoria y porque casi nadie se fue a su casa sin un (nuevo) tatuaje.


Entendiendo a los que se tatúan

Los tatuajes en la sociedad moderna constituye un tema de interés y mayor significación de lo que pudiera parecer a primera vista, un asunto sobre el que vale la pena reflexionar y un posible punto de partida para calibrar cómo está el alma del hombre moderno. El libro que comento (escrito por Margo DeMello, Bodies of Inscription: A Cultural History of the Modern Tattoo Community) ofrece muchas veces sin proponérselo algún material para tal ejercicio. La misma autora, una antropóloga, pertenece a “la comunidad del tatuaje”, esto es, se ha tatuado muchas veces, lee ávidamente las revistas que se ocupan del tema y ocasionalmente participa de congresos sobre tatuajes. Por tanto, su libro puede considerarse como perteneciente al género de “participantes-observadores”.

El libro se ocupa en buena parte de un fenómeno comparativamente reciente: la expansión de la moda del tatuaje en las clases medias de Estados Unidos. Pero es un fenómeno mundial. Hubo un tiempo en el que los tatuajes eran un adorno del cuerpo propio de las clases proletarias y que las clases medias consideraban como simbólico del salvajismo, mal gusto e irresponsabilidad de las clases más bajas (en verdad, muchas veces la decisión de tatuarse se tomaba cuando borracho, en compañía de otros ebrios). Así, cuando alguien educado se tatuaba, instantáneamente se rebajaba de clase un descenso en la escala social más precipitado y serio que, por ejemplo, un matrimonio contraído con alguien de clase inferior, en la medida en que los tatuajes duran más y son más difíciles de borrar que casamientos desafortunados.

Actualmente el tatuaje se infiltra en la sociedad como tinta en papel secante. La primera vez que me dí cuenta de la extensión del fenómeno fue cuando comencé a advertir en el hospital en el que trabajo que cada vez había más mujeres jóvenes exhibiendo tatuajes siendo que hasta entonces había sido un fenómeno exclusivamente masculino. Al principio, sus tatuajes eran pequeños y en las secciones de su anatomía ocultas por la ropa; pero gradualmente estos ensayos progresaron en la dirección de los salvajes tatuajes masculinos, con manifestaciones cada vez más prominentes y descaradas.

Una vez cruzado el golfo que separa los sexos, el tatuaje comenzó a remontar la escala social. Jóvenes celebridades empezaron a aparecer con tatuajes en las fotografías de revistas de moda y diarios y poco después comencé a notar que mis estudiantes universitarios también los ostentaban. Unos pocos años atrás, esto habría sido impensable. Tal vez el non plus ultra de esta tendencia ocurrió cuando una joven perteneciente a la familia real británica mostró en público un piercing en la lengua (el piercing no es sino un fenómeno concomitante con el del tatuaje).

Con todo, de acuerdo a la autora de este libro, el tatuaje en las clases medias difiere del de las clases proletarias. Este último es formulario; cuando se lo aplica con aguja y tinta china, generalmente consiste en símbolos sencillos o siglas tales como (en Inglaterra) ACAB, que puede alternativamente significar “Todos los canas son unos bastardos” (“All Coppers Are Bastards”) o “Ten siempre contigo una Biblia” (“Always Carry A Bible”), lo que será explicado de una u otra forma dependiendo del momento en que se formula la pregunta: antes o después del arresto. Los tatuajes efectuados por profesionales para las clases proletarias son igualmente de cajón: el cliente simplemente elige entre uno de varios diseños que se le exhiben en el local.

Pero si los tatuajes entre la gente de clase baja son prediseñados, los de las clases medias son efectuados de acuerdo a los requerimientos de los clientes por quiénes la autora de este libro insiste en llamar “artistas”. Desde luego, resulta perfectamente cierto que los tatuadores a veces despliegan un sorprendente talento en la producción de imágenes sobre o en la piel de sus clientes imágenes de verosimilitud fotográfica e incluso muchos de ellos se han graduado en escuelas de artes, pero el talento solo, no importa cuán avanzado y refinado, no alcanza para constituir a un artista. Pensar semejante cosa equivale a confundir la condición necesaria con la suficiente; en verdad hay pocas cosas peores que ver un gran talento al servicio del mal gusto y la barbarie.

En cualquier caso, la originalidad en los diseños elegidos por gente de clase media es cosa bien relativa. La iconografía es harto limitada y deprimente: nos recuerda al “arte” del preso por bien ejecutado que esté, siempre es violento, crudo, chillón y brutal. Es una exhibición visual de la superstición moderna, la superstición de gente con encendidas emociones pero de inteligencia débil, que disponen de referencia históricas y culturales sumamente limitadas.

¿Por qué las clases medias de hoy en día se adornan con esta moda tan salvaje? La autora lo infiere no sólo de su propia experiencia sino de la de los tatuadores y sus clientes. Ella cree que los tatuajes tienen un significado filosófico para quiénes los ostentan. La filosofía en cuestión constituye una infusión destilada en una caldera de brujas, mezcla de espiritualismo de la “New Age”, más paganismo ecológico, más rescate del primitivismo y algo de vegetarianismo. Es la clase de filosofía que emerge cuando la religión ya no se ve disciplinada por el ritual tradicional que se mantiene presión social mediante.

Claro que resulta perfectamente posible ser vegetariano o incluso creer en brujerías, sin por eso tener que acudir a un negocio de tatuajes. ¿Qué es lo que hace que estos individuos elijan someterse al doloroso, caro y virtualmente irrevocable proceso de tatuarse? Habiendo consultado a un número no especificado de tatuados pertenecientes a la clase media, la autora identifica distintos motivos todos los cuales se me antojan como altamente reveladores de la poco halagadora condición del alma del hombre moderno.

En primer lugar está la afirmación de la individualidad. Uno de los entrevistados por la autora dice que,
 
Al tatuarme me separo de todos los demás. Nadie tiene nada parecido a lo mío. Me hace sentirme distinto de Juan Pérez el de la calle y bueno, me hace un ruido muy especial.

Esto resulta infinitamente triste. Que la originalidad de la personalidad de alguien dependa de un signo tan crudamente exterior como lo es un tatuaje resulta ser, de hecho, un claro indicio de la fragilidad de la identidad de ese sujeto. A la vez, semejante personaje debe sentirse abrumado por la urgente necesidad de individualizarse de la cantidad de gente a su alrededor que hacen que eso mismo resulte tan difícil. Y en esta época de famosas y famosos, cuando la celebridad y notoriedad pública parecen ser el último fin de tantos, esta necesidad de individualizarse parece más urgente que nunca siendo que la adulación pública pareciera ser la única garantía real de una existencia verdadera. Pero en esto se pasan de la raya.

Porque claro, semejantes signos exteriores de la individualidad en forma de tatuajes son la confesión misma de una derrota. Nunca se demorará demasiado la aparición de otro que se habrá tatuado de una manera más sorprendente aún, de una manera más “original” (en verdad, en las convenciónes de este tipo, suelen otorgarse premios al tatuaje más singular o “único”). Y es que existe una razón más profunda por la que semejantes esfuerzos en afirmar la originalidad de la propia personalidad están patéticamente destinados al fracaso: la verdadera personalidad no se genera a partir de la decisión de ser original. Un hombre que decidiera convertirse en un excéntrico y que en consecuencia se comporta extravagantemente no es, en absoluto, un excéntrico es un actor, y las más de las veces, un mal actor. Un excéntrico verdadero es un hombre que se comporta excéntricamente sencillamente porque ni siquiera se le ocurre que podría comportarse de otro modo.

Otra importante razón invocada por quiénes se tatúan tiene que ver con el “crecimiento personal”. Se dice que confiere como un halo de autoridad. Una mujer que había pasado por un mal matrimonio confesó que se había tatuado un lobo.


Terminé por tatuarme este lobo, que para mí significaba poder y fuerza por sobre los abusos que sufrí a lo largo de mi vida. Me confería una sensación de libertad... Lo quería... para convertirme en mí misma.

Otra mujer dijo que su tatuaje era algo que había hecho, algo que ella había engendrado, como si el hecho de que fuera propio resultaba garantía suficiente de su valor.

Lo que llama la atención acerca de estas narraciones de tatuados es su vacuo egoísmo. Los entrevistados hablan, y aparentemente piensan, en términos de psico-charlatanería (psychobabble), ese envilecido e impreciso lenguaje vagamente intimista que le permite imaginar a quien así se expresa que está desnudando su alma cuando en realidad lo único que está haciendo es poniendo de manifiesto su superficialidad. De esto la autora de este libro no se da cuenta, perteneciendo como pertenece a la “comunidad” de los que se tatúan. Uno no puede sino sentir lástima por quiénes piensan que con desfigurarse de modo permanente de algún modo están afirmando su independencia o expresando su individualidad. El tatuaje tiene un sentido profundo: la superficialidad del moderno.

A la autora se le pasa enteramente desapercibida la significación cultural del hecho de que más y más gente de clase media resuelve tatuarse, aun cuando una de sus entrevistadas una profesora universitaria le da una pista más que elocuente:
 
Me estaba diciendo, “A la mierda con la universidad, me importa un carajo si te enteras que tengo un tatuaje”. Fue por entonces que también adopté varios “piercings” para expresar la bronca que me da esta comunidad... Sabía que los haría enojar con eso, lo que me produjo no poco placer.

Aquí vemos un ejemplo de las consecuencias corporales de un clima intelectual que durante mucho tiempo viene exaltando y alabando toda rebelión o subversión del orden existente como la única postura ética y honorable concebible. Desde luego, semejante actitud refleja una falta absoluta de sentido histórico que desconoce los logros del pasado y sólo quiénes viven en un eterno y egoísta presente perpetuo podría adoptarla. Así, el tatuaje es la forma artística del vándalo cultural y no constituye ninguna casualidad que, como decían los marxistas, los puntos de vista del vándalo cultural se expresan casi sin excepción en términos inarticulados y de una vulgaridad quasi sub-humana.

Por supuesto que semejantes antinomias (en sí mismas tan cansadoramente burguesas) tienen resonancias de lata. Me recuerdan un obituario de una estrella del rock recientemente publicado en The Daily Telegraph (el sólo hecho que este diario que otrora habría sido la lectura favorita de un almirante retirado leyendo en su club se ocupe de publicar obituarios de estrellas de rock, es en sí mismo, otro significativo signo de las modas culturales del momento). Según el obituario, este sujeto se había irritado de tal modo con lo que consideraba la falsa calidad del patriciado que asistía a su colegio, que resolvió adoptar desde entonces y para siempre el lunfardo de los barrios bajos de Londres. En otras palabras, adoptó, en nombre de la autenticidad, una forma de lenguaje que no era la propia y que no le era connatural. El destino de todos los que imitan a otros para alcanzar la autenticidad es la de vivir una mentira.

Por lo demás, el burgués que así se tatúa, está, tal como lo indica el libro que comentamos, tan ansioso de distinguirse del proletario verdadero como el de identificarse con él. Así, el tatuaje es al moderno burgués, lo de María Antonieta jugando a ser pastora. La mujer cuya tatuaje se suponía debía expresar “a la mierda” como expresión dirigida contra su universidad, en realidad no quería convertirse en la portera del edificio, y probablemente tampoco sabría comunicarse con ella. Los igualitaristas suelen tener un sentido jerárquico sumamente acendrado.

1 comentario:

  1. Esto resume muy bien el contenido del artículo: "Uno no puede sino sentir lástima por quiénes piensan que con desfigurarse de modo permanente de algún modo están afirmando su independencia o expresando su individualidad."

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