La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

jueves, 16 de agosto de 2012

Súbito interés gubernamental por los perros callejeros en Salta: anunciaron el uso de tecnologías RFID

Turbiedad detrás del buen nombre del perro Dardo

Funcionarios municipales y concejales avalan tres Proyectos de Ordenanza, que buscan mitigar la población de perros en situación de calle en nuestra ciudad. Al término de la reunión las iniciativas recibieron dictamen de la mencionada Comisión.

Uno de los proyectos propone crear en ésta capital el programa “Dardo”, el que se encargará del reclutamiento, adiestramiento y reinserción de caninos en situación de calle.

El segundo Proyecto establece la creación del Departamento y cuerpo de inspectores de control y notificación de la Dirección de Zoonosis de la Municipalidad.

En tanto el tercero tiene por objeto regular la tenencia de animales de compañía para hacerla compatible con la seguridad y la salud pública de las personas, bienes, otros animales, como también ellos mismos.

El cuerpo de inspectores tendrá como objetivo controlar la tenencia responsable de mascotas, no sólo a partir de la concientización sino mediante la identificación del perro a través de un microchip.


RFID: controlar y obligar
 
Los Dispositivos de Identificación con Radio-Frecuencias (“Radio Frequency Identification Device” en inglés o RFID) son un artilugio que surgió en algún momento de la primera mitad del siglo XX –no se sabe si en EEUU, en Inglaterra o en la URSS– y que se popularizó a partir de la década de 1960. Sin embargo este dispositivo no se masificó sino hasta comienzos del siglo XXI.
 
Concretamente el RFID es un microchip que emite radiofrecuencias, y que se introduce en diversos objetos con el fin de poder localizarlos e identificarlos lejanamente. Para ser detectados no hace falta el contacto con un aparato lector, sino solamente la proximidad. La distancia precisada para leer un RFID varía de un chip a otro.
 
Los RFID pueden ser clasificados en dos grandes grupos: (A) pasivos y (B) activos. Los “pasivos” son de corto alcance y carecen de fuentes de energía, porque funcionan con la energía que los detectores de radiofrecuencias les transmiten. Los “activos”, en cambio, pueden ser leídos a varios cientos de metros pero su éxito está ligado a la resistencia de las baterías de las cuales dependen. Son los del grupo A los que más abundan en la vida cotidiana.

Hablar de chips hace veinte años atrás era emplear un idioma desconocido. Hoy todo el mundo tiene una idea más o menos general de lo que es un chip, pues estos elementos están ampliamente presentes en nuestra vida cotidiana, incluidos en toda clase de los objetos que nos rodean. Sin embargo una cosa es estar rodeado de chips, y otra muy distinta es que los chips estén dentro de nosotros.
 

En 2005 la Administración de Drogas y Alimentos de EEUU (“Food and Drugs Administration” en inglés o FDA) autorizó la implantación de RFID en seres humanos. Fue en el marco de un programa médico, en el que se buscó a enfermos de alzheimer –gente muy propensa a extraviarse– para monitorearlos y reforzar su seguridad. Ya desde hacia varios años que esta tecnología se aplicaba en animales, creando sistemas para combatir el abigeato o para controlar a las mascotas domésticas, pero en 2005 se atravesó una barrera. No faltaron quienes vieron numerosas ventajas en implantar chips a las personas: almacenamiento de datos clínicos –para que, por ejemplo, en caso de accidentes los médicos sepan que no pueden aplicar tal o cual medicamento al cual es alérgico el accidentado–, impedimento para la suplantación de identidad, localización de desaparecidos, reconocimiento de gente sindicada como terroristas o delincuentes reincidentes, etc.
 
¿Pero nadie vio las desventajas? Aunque no quieran verlas están ahí. Esa eliminación paulatina de la privacidad de la que podrían beneficiarse no sólo las corporaciones capitalistas sino también los Estados, viola un principio básico de las leyes diseñadas por ciudadanos y para ciudadanos: en el ámbito privado no se puede obligar a alguien a hacer lo que no quiere ni se le puede prohibir hacer algo que no está prohibido.
 
Aquí entra en juego una discusión profunda sobre la diferencia entre ética y justicia, pero para no demorarnos en ella retengamos lo esencial y planteemos un ejemplo: nadie nos obliga a estar sanos, pero si queremos, por ejemplo, conseguir un seguro de vida, entonces lo mejor es vivir sanamente, o al menos fingir hacerlo hasta conseguir el seguro. Al demoler la privacidad se demuele también la posibilidad de aparentar. Es cierto que la apariencia sirve para ejercer la mentira, pero es innegable también que sirve para proteger la intimidad, pues nos evita exponer todo eso que somos y hacemos y que, sin dañar a terceros ni atentar contra el bien ciudadano, no deseamos que se conozca públicamente. Y son más los casos en que las personas se encuentran por debajo de su reputación que los casos en las que se encuentran por arriba. En un mundo sin privacidad para conseguir un seguro de vida no basta con parecer sano: hay que estarlo. Y así como uno está si o si obligado a hacer A para conseguir B, también estará obligado a hacer X para conseguir Y. El problema es que esa X puede ser cualquier cosa, siendo la peor de ellas votar –y por tanto legitimar– a un determinado candidato para recibir un beneficio que de lo contrario se nos negaría.
 
Mientras menos privacidad exista más obligados estaremos a hacer lo que se nos dice que hagamos, seremos menos independientes y más homogeneizables, hasta que un día dejemos de ser una sonrisa, un corazón, una voz, un vientre, etc. que remiten en su conjunto a una identidad única e irrepetible, y pasemos a ser un número opaco, una unidad de producción, un ente “sin entidad”. 

1 comentario:

  1. El primer proyecto ya fue rechazado de pleno. Los otros dos, sin embargo, pueden llegar a ser aprobados. ¿Por qué será, no?

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