La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

lunes, 6 de agosto de 2012

Die 6 Augusti: Sanctus Salvator

Una vez más el Santísimo Salvador nos convoca para sentirnos más que nunca un pueblo que renueva su fe y su confianza en Él, que quiere renovarse en el compromiso de ser un auténtico pueblo cristiano.

Lo rezamos en la oración:

“Reconocemos tu predilección sobre nosotros”
“Crecimos al abrigo de tu Cruz Salvadora”
“Vivimos amparados por tu protección providente”

Son expresiones de agradecimiento por el amor que Cristo nos tiene como pueblo suyo, de confianza en su amor providente, de seguridad que el Señor no falla nunca.

Pero también exigen un compromiso de vida, una manera de ser, un ideal personal y comunitario.


Por eso nos preguntamos: ¿Qué nos dice hoy el Salvador?

El Evangelio nos presentó una vez más la hermosa escena de la Transfiguración: Jesús sube al monte Tabor con sus tres amigos íntimos: Pedro, Santiago y Juan. Cada uno de ellos con sus límites humanos y sus ambiciones. Pedro no quería escucharlo a Jesús hablar de cruz, y Jesús lo reprocha fuertemente. Santiago y Juan querían tener lugares privilegiados, y Jesús sólo les promete beber de su cáliz. Miedos y ambiciones que se transformarán luego en entrega generosa y en fidelidad hasta la muerte.

Son testigos de la mayor manifestación divina de Jesús, más grande que cualquier otro milagro: la Transfiguración. Jesús se manifiesta por lo que era verdaderamente: Dios. No entienden mucho, pero quedan atónitos, admirados y Pedro le pide quedar siempre allí, en ese éxtasis de felicidad plena. Pero en el diálogo con Moisés, el liberador del pueblo de la esclavitud de Egipto, y con Elías, el gran profeta de la esperanza, Jesús habla de su entrega fiel al proyecto de Dios en la cruz. Esto les dice a las claras a los tres amigos que el camino de la gloria es la cruz, no el poder ni las ambiciones humanas que nos llevan a la comodidad. Jesús y el discípulo deben cargar con su cruz para llegar a la vida plena.

La escena se completa con la frase del Padre: “este es mi Hijo muy querido, en quien tengo mi predilección, escúchenlo”.

Podemos decir que toda la escena es la “manifestación” plena de Jesús, el enviado del Padre para llevar a la plenitud el misterio de la redención de todos los hombres. Ese Jesús que había sido presentado a los pobres pastores, a los reyes magos, al todo el pueblo en el río Jordán, ahora es presentado por el Padre a los discípulos predilectos, para que en el momento del dolor del Huerto y de la muerte en cruz, sea reconocido como el Salvador, el Hijo enviado por el Padre.

Pero hoy esa palabra del Padre: “escúchenlo”, debe resonar fuertemente en nuestra mente y en nuestros corazones.

¿Cuántas voces llegan hoy día a nuestros oídos?: distintas propuestas políticas, propuestas de placeres, de vida fácil y feliz, propuestas de distintas maneras de vivir la religión, propuestas de rebeldía a la situación en la que vivimos, propuestas de violencia, propuestas de solidaridad y de empeño para construir la paz. Todas se mezclan en nuestros oídos, pero sabemos que las debemos saber discernir con el corazón.

Para escucharlo a Jesús, como nos pide el Padre, antes que nada debemos hacer silencio, quitarnos todos los ruidos que impiden meditar esa Palabra de vida eterna que nos quiere comunicar, palabra de amor, de perdón y de compromiso; palabra exigente y a la vez suave, firme y consoladora.

Hoy todos juntos podemos decirle "Habla, Señor porque queremos escuchar la palabra que le dirigiste a los pecadores, levantándolos de su barro y restituyéndoles la dignidad."

Queremos escuchar la palabra que dijiste a Zaqueo, “hoy ha llegado la salvación a esta casa”, pero sabemos que antes ese hombre ambicioso y egoísta había prometido devolver cuatro veces más lo que había robado y dar a los pobres mitad de sus bienes.

Queremos escuchar tu palabra que reprende la ambición de Herodes, la falsedad de los fariseos, la autosuficiencia de los escribas, invitándolos a un cambio de corazón para que pudiera llegar a ellos también el fruto de su perdón.

Queremos escuchar nuevamente Señor tu llamado a seguirte, como se lo dijiste a los apóstoles que dejaron la barca y las redes, su trabajo, sus cosas y confiaron más en ti que en sus bienes, y no queremos ser como el joven rico que se fue triste porque la voz de las riquezas fue más fuerte que la voz del desprendimiento por amor.

Queremos escuchar Señor tu voz dirigida a la niña muerta: “Yo te lo digo, levántate”. La diriges hoy a todos los jóvenes, invitándolos a levantarse, a ser hombres nuevos, dispuestos a luchar por la construcción de la civilización del amor; enamorados de la vida, entusiasmados por un amor divino que contagia y transforma.

Queremos escuchar también tu voz que nos dice: “denle ustedes de comer a esta multitud hambrienta”. Volveremos a preguntarte: ¿Cómo?, ¡si no tenemos nada! Y nos volverás a decir a todos: traigan lo que tengan, organícense en pequeñas comunidades y compartiendo generosamente lo poco, con mi bendición será más que suficiente para todos, pero no se guarden nada con egoísmo, sino ofrézcanlo con generosidad...

Queremos escuchar una vez más tu palabra que nos dice: “Vine para servir, no para ser servido; el que quiera ser el primero, que se haga el último, el servidor de todos”. En este momento de rivalidades políticas, de aspiraciones para los primeros cargos, ilumina Señor la mente de los que pretenden ser los primeros, para que aprendan de ti a ser los verdaderos servidores de todos los hermanos, conscientes que nuestras Provincias y nuestro País cambiará solamente cuando todos sabremos renunciar a algo nuestro para ofrecerlo al hermano, conscientes sobre todo que la única ley  válida para todos los hombres y todos los tiempos es el amor. Un amor oblativo, de entrega generosa, no egoísta  y posesivo.

Por eso queremos que nos repita una vez más: “ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. Tu amor te llevó a la cruz, y allí, despojado de todo, nos diste lo que todavía te quedaba: tu perdón y tu Madre.

Señor, después de haber escuchado tu palabra, queremos renovarnos, para servirte y servirnos como nos enseñó María, la Madre que nos dejaste al pie de la Cruz.

Amén.

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