La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

jueves, 5 de julio de 2012

Tucumanos manifiestan un lamentable desinterés por mantener la limpieza de sus espacios públicos

No sólo ocupa un lugar protagónico en nuestros paisajes. Cuenta con el padrinazgo de miles de personas de todas las edades. A juzgar por su triste popularidad, pareciera formar parte de nuestra idiosincrasia, hasta el punto de que hay quienes hablan de un gen tucumano en esta materia. Más allá de esta especulación, existe una extraña relación entre la basura y nuestros comprovincianos. Ello puede constatarse fácilmente en una recorrida por San Miguel de Tucumán y sus alrededores o un domingo, al concluir la tarde, o el lunes por la mañana en el parque 9 de Julio.

Los envoltorios de galletas, golosinas, conos de papas fritas y botellas de plástico tapizan los alrededores y el interior del lago San Miguel. Las caminerías, escalinatas y sectores con césped se hallan en mal estado. Por ejemplo, el piso de la glorieta que da hacia la avenida Benjamín Aráoz es un peligro para los peatones. Tampoco se divisan varitas o policías que se ocupen de dirigir el tránsito. El titular de Espacios Verdes estimó que al concluir un domingo en el parque deben levantar 30 toneladas de basura, cifra que se triplica, por ejemplo, luego del Día del Niño.

La afición por arrojar desaprensivamente la basura en la vía pública es un problema cultural que sólo se resolverá educando. Está comprobado que las campañas esporádicas de toma de conciencia no dan los resultados esperados. Como propusimos en alguna oportunidad, tal vez, el mismo día de la celebración, patrullas municipales -con el apoyo de entidades ambientalistas- deberían recorrer las zonas donde se reúnen los tucumanos e invitarlos a limpiar el paseo una vez que se retiren, y verificar que así lo hagan. Por otro lado, es imprescindible que haya vigilancia y que se disponga de inspectores que se ocupen de dirigir el tránsito.

De poco servirá el esfuerzo de la Municipalidad, si no se educa a la comunidad. La ciudad es un reflejo de quienes la habitan. Si no nos enseñan a quererla, difícilmente nos ocuparemos de cuidarla y mantenerla limpia.

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