La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

jueves, 12 de julio de 2012

Sudeste de la ciudad de Salta: una muestra de la triste y progresiva favelización de la Argentina

La zona sudeste de la ciudad alberga a más de 200 mil personas; allí vive la tercera parte de la población total de la capital. Está delimitada por la avenida Tavella, la ruta provincial 26, el río Arenales y el río Ancho, que también marca el límite con el vecino departamento de Cerrillos. A pesar de los operativos de la Policía, robos, asaltos y ataques en patotas son delitos que se dan casi a diario.

Sus residentes tienen una mezcla de sensaciones que van desde la impotencia, la angustia, la bronca, el dolor, el temor y le desazón. La causa común de esta situación es la inseguridad, producto de la violencia, y, sobre todo, aquella que, según los testimonios recopilados por El Tribuno, es el resultado de la venta de droga al menudeo en la zona. 
 
La situación no solo afecta a jóvenes y adultos: ahora también incluye a los niños. Ellos representan un mercado potencial de consumidores y también una mano de obra barata y segura para sus fines comerciales, sin que puedan caer en prisión.

La situación en la que se encuentran los vecinos llevó a plantearles a las autoridades de la Policía y de Seguridad que se instale un puesto de Gendarmería en la zona. La principal razón de este pedido, aseguran, radica en la desconfianza que les genera el accionar de la Policía.
 
Los vecinos que hablaron con El Tribuno mencionaron que los barrios están divididos por sectores, cada uno con un grupo dominante; coincidieron en señalar que por la noche es mejor no pasar por descampados, terrenos baldíos y lugares oscuros.

Algunas personas de la zona afirmaron que cada dos cuadras hay una boca de expendio de drogas y en cada familia hay una persona que es adicta.  
 
Las autoridades de la Policía destacaron que la solución no pasa por tener en la zona un puesto de Gendarmería o una sede de la Dirección de Drogas Peligrosas. El jefe de la Regional 1 mencionó que al problema se lo debe atacar desde la raíz, que es dentro de las familias, y conseguir la intervención de otras organizaciones como la Iglesia para dialogar con los jefes de hogar.

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