La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 1 de julio de 2012

La paternidad mercantilizada

La factoría y el matadero

En nuestra época, una época que magnifica al individualismo, circula la idea de que los hijos engendrados son personas salvo que uno de los engendrantes no lo perciba así, por lo que a raíz de ello tiene derecho a tratarlos como enfermedades. Este atropello al sentido común –propagandeado cada vez más a través de los medios masivos de comunicación y de las instituciones educativas– permite que grandes compañías farmacéuticas pongan a disposición del público unos impresionantes arsenales de anticonceptivos, útiles para aniquilar al pequeño intruso que ha intentado invadir un útero, y le facilita a su vez la tarea a los sicarios que se encargan de ejecutar a los inocentes a los que a los hacedores de leyes ya no les preocupa proteger. 

Lo curioso es que así como nuestra época permite el lucro con el genocidio, también permite el lucro con la fabricación de vida. De un lado hay una factoría de niños poniéndole códigos de barra o chips RFID a la vida humana, y del otro hay una picadora de carne destrozando a las personas más indefensas que existen. El deseo de los individuos –tanto el deseo de procrear como el de no hacerlo– queda siempre satisfecho, pues el cliente, según reza una de las máximas de nuestro mundo actual, “siempre tiene la razón”. Lo único que se precisa para ello último es una cantidad suficiente de dinero.

Ese dinero es el mismo que también motoriza a la gran mayoría de nuestros políticos. En noviembre del año pasado la Cámara de Diputados de la Nación dio media sanción a dos proyectos nefastos de ley: la “Identidad de Género” y la Eutanasia Pasiva. En la misma oportunidad un tercer proyecto, el nefasto proyecto de Fecundación Artificial, fue cajoneado, gracias a la decisión de los parlamentarios de tomarse un poco más de tiempo para discutir nuevamente sobre el asunto. ¿Acaso motivó esa iniciativa el deseo de los políticos de abordar con prudencia este tema tan delicado? Difícilmente sea ello así, ya que la prudencia no es una virtud del político promedio argentino. Lo que seguramente demoró la aprobación de la ley de Fecundación Artificial fue el deseo de muchos diputados de dejarse convencer amplia y abultadamente por los comerciantes de la salud –o sea por las empresas que venden los tratamientos para tener hijos recurriendo a la tecnología médica, empresas que trabajan junto a las compañías que lucran con la producción y con el desmantelamiento de seres humanos.  

Esta semana, tristemente, los diputados avanzaron con la aberración, dándole media sanción al proyecto de Fecundación Artificial. No es de extrañar tal actitud. La mayoría de los congresistas de la República manifiestan una tendencia bastante irrefrenable a denigrar la vida humana (algunos legisladores, como el jujeño Mario Fiad y el salteño Bernardo Biella, propusieron algunas enmiendas al proyecto de ley aprobado para evitar que se produzcan algunas situaciones violentas, pero para propuestas terribles como éstas sólo cabe la más firme oposición como la actitud más noble, digna y virtuosa).

El don

Existe una falsa disputa que intenta determinar si los hijos son un don o un derecho. Evidentemente son un don, aunque no faltan sofistas que quieren convertirlos en un derecho.

Si los hijos fuesen un derecho, entonces valdría prácticamente todo para acceder a ellos. Dentro de ese “todo” está, claro, no sólo el emplear tecnología de avanzada para engendrarlos, sino también el usar dinero para adquirirlos en una transacción comercial con alguien dispuesto a venderlos. Esto es escandaloso.

Los hijos son dones, por lo que aún cuando el deseo de tenerlos sea infinito, éste puede no ser satisfecho. Al enterarse una persona que será padre o madre normalmente experimenta una sensación de grandeza por el don recibido, sensación que no está presente (o que no debería estar presente) cuando alguien recibe algo porque es su derecho recibirlo. A veces esa sensación de grandeza puede generar vértigo y miedo en lugar de satisfacción y alegría, pero ciertamente es casi imposible que no provoque una conmoción interna. Más allá de que se profese o no la religión, una persona que ha concebido a otra la intuye como diferente a si, dueña de su propia identidad, personalidad y destino. Cuando el hijo nace, los padres lo admiran; por supuesto que con el tiempo experimentarán una serie de problemas en torno a la existencia del mismo, pero nunca será el hijo engendrado visto como un problema en sí mismo. Cuando esto último sucede se está en presencia de la criminalidad más absoluta, de la degradación humana más profunda, tal y como lo ejemplifica la tristemente célebre homicida jujeña Romina Tejerina.

Como la experiencia de la paternidad y de la maternidad son experiencias verdaderamente fabulosas, se puede afirmar en consecuencia que es lícito emplear una gran variedad de recursos para ser padres, pero hay que destacar que no se pueden emplearlos todos. Se puede, por ejemplo, ayudar a la naturaleza biológica a través de la tecnociencia a que una madre o un padre (o ambos) mejoren sus posibilidades para procrear, pero no se puede sustituir al acto natural de procreación sin atentar en contra de la sacralidad de la vida humana.

La fecundación artificial convierte al sistema natural de transmisión de la vida en un evento tecnificado, en donde allí en que deberían de haber solamente dos pasa a haber un numeroso equipo de personas manipulando embriones, controlando la calidad de los gametos para seleccionar a los más sanos, transplantando en un quirófano a los escogidos, y congelando al resto para depositarlos en algún refrigerador hasta que alguien se canse de conservarlos y los arroje por el retrete. Ello equivale a la humillación de la mujer, a la emasculación del hombre, y a la desorientación del hijo.    

Enfermos sin serlo

No pretendo aquí cuestionar el legítimo deseo de una pareja a tener hijos de modo natural. Lo que estoy tratando de decir es que no hay una necesidad vital de procrear, por tanto no está en riesgo la salud de las parejas y a causa de ello no debería existir ninguna ley como la propuesta de Fecundidad Artificial.

Es sabido que las diversas técnicas creadas para fecundar artificialmente a una mujer no son terapéuticas, pues no curan la infertilidad o la esterilidad. Dichas técnicas lo único que logran es, a veces, permitir que el crecimiento de una persona se produzca (incluyo el “a veces” porque la norma es que el tratamiento falle en los primeros intentos, significando ello la muerte en el útero de varios seres humanos ya concebidos). Pero pasado ese momento de sofisticada intervención médica, la pareja retorna a la infertilidad que siempre tuvo.

Como corolario de este hecho se sigue que el Estado argentino, que tiene la obligación de garantizar la salud de la ciudadanía según lo estipula la Constitución Nacional, no debe hacerse cargo del deseo de una pareja, lo que significa que ni un peso de las arcas del tesoro público debe ser usado para costear un tratamiento de fecundación artificial (del mismo modo en que el dinero público no debería financiar los suicidios asistidos denominados “eutanasia”, ni las carnicerías genitales denominadas “cambio de sexo”). Es como si hubiera un niño con cáncer que quisiera visitar Disney World antes de morir: el Estado bien podría darle el gusto y pagarle el viaje, pero ello no le quitaría la enfermedad que padece. La fecundación artificial cumple el deseo de una pareja –o, en el peor de los casos, de una sola persona– pero el Estado no existe para cumplir deseos sino para garantizar derechos.

Se puede volver sobre lo mismo y sostener que aquellas personas que quieren concebir hijos y no pueden hacerlo están enfermas. Pero tal enfermedad, como mucho, podría llegar a ser considerada una enfermedad del espíritu, por lo que en todo caso el Estado debería financiar a los psicólogos, a los psiquiatras o a los pastores que brinden asesoría a las parejas infértiles para que las mismas acepten su suerte y dejen de padecer por ello, aprendiendo a vivir en la realidad en la cual están enraizados.



Antonella Díaz 

1 comentario:

  1. No existe el derecho a tener hijos porque no existe el derecho a no tenerlos. Al convertir a la fertilización asistida en derecho se le abre la puerta a que el aborto sea un derecho: el Estado se hace cargo de que yo pueda tener hijos y del mismo modo el Estado se tendrá que hacer cargo de que yo tenga hijos.

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