La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 22 de julio de 2012

La Libertad Civil, la Pachamama y la Bandera de Jujuy

¿Un pueblo con dos banderas?

El pasado 9 de Julio, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tuvo lugar la segunda edición de la autodenominada “Caminata de las Quenas”. Este evento consistió, básicamente, en un desfile de un par de docenas de personas vestidas con atuendos típicos de la Quebrada de Humahuaca, quienes, a través de la música y el baile, escenificaron retazos del tesoro de la proyección folklórica jujeña.

Sin embargo esta tan simpática iniciativa se vio teñida de una mancha. En realidad de muchas. Y multicolores. Me refiero a que claramente se vio cómo los organizadores adornaron todo con una abundancia de wiphalas, pero ni por casualidad se les ocurrió incluir una bandera de la Provincia de Jujuy. Gravísimo.

Se podría sostener que no estaba en los planes de los artífices del evento evocar a Jujuy, pero basta con consultar el proyecto elaborado por ellos o las diversas notas de prensa que llevan sus firmas para constatar que, de hecho, el propósito de la Caminata de las Quenas era unir a los jujeños para difundir su identidad y cultura, y conmemorar de paso el Bicentenario del Éxodo Jujeño de 1812. Incluso esta actividad a la que refiero contó con auspicios y adhesiones de organismos estatales jujeños, como la Casa de Jujuy en Capital Federal o la Municipalidad y el Concejo Deliberante de San Salvador de Jujuy.

Entonces, ¿por qué faltó la bandera de la Provincia de Jujuy en un acto que, supuestamente, homenajeaba a ese territorio del norte argentino? La respuesta está en el mismo documento oficial que contiene el proyecto –redactado por Pablo Martínez y Luís Melano– de la Caminata de las Quenas: en las páginas 39 y 40 se puede leer la transcripción de la ley provincial Nº 4.927. En efecto, esta ley, sancionada en 1996 por la Legislatura de Jujuy, declara que el 1º de Agosto de cada año es el día en el que oficialmente el Estado jujeño rinde tributo cultural y educativamente a la Pachamama, “como prueba ancestral de agradecimiento a los dones recibidos del suelo nuestro”. Lo escandaloso de esta ley que fuese en su momento impulsada por el pejotismo es que, en su segundo artículo, oficializa a la “bandera de la Pachamama” como un “símbolo de la identidad provincial, dado que cada color tiene una profunda significación para los habitantes de la Quebrada y Puna”.

Claramente la ley provincial Nº 4.927 entra en colisión con la ley provincial Nº 4.816 –la cual adopta a la Bandera Nacional de la Libertad Civil como Bandera de la Provincia de Jujuy–, pues promueve el absurdo de dotar de dos banderas distintas a un mismo pueblo. Se supone que la Bandera Nacional de la Libertad Civil es más representativa que la wiphala (llamada “bandera de la Pachamama” por los “intelectuales” que elaboraron la ley de 1996).

El asunto aquí es que la wiphala, pese a que sus colores sean “significativos” para puneños y quebradeños (el único argumento dado para justificar tremenda decisión), no significa nada bueno para Jujuy. Y esto los jujeños de buena fe deberían saberlo (si no es que ya lo saben perfectamente).  

Un rostro para la Libertad Civil

La Bandera Nacional de la Libertad Civil es, o debería ser, el símbolo más importante de la argentinidad. Esta bandera fue diseñada por Manuel Belgrano en mayo de 1813, para conmemorar el segundo aniversario de la Revolución de 1810. Es por ello que simboliza cabalmente el espíritu de aquel acontecimiento.

¿Mas qué fue la Revolución del 25 de Mayo de 1810? Resulta increíble señalarlo, pero hay mucha gente en Argentina que no sabe contestar correctamente esta pregunta. Así de paupérrima es nuestra educación.

A esas víctimas del sistema educativo y de su propia ignorancia les contesto: la Revolución de Mayo de 1810 no fue otra cosa más que una operación, una conspiración, una revuelta, a favor de la Libertad Civil. De allí que la bandera belgraniana nos sea tan relevante para los argentinos.

La bandera celeste y blanca que durante 1812 el General Manuel Belgrano por primera vez enarboló en Rosario y que por única vez hizo bendecir en Jujuy es un símbolo militar, propuesto para identificar a los guerreros patriotas de sus enemigos realistas. La bandera de la Libertad Civil, en cambio, es un símbolo cívico que representa los valores fundamentales deseados para ordenar a la sociedad argentina en tiempos de paz. Este desdoblamiento de banderas, en Argentina, se adoptó formalmente después y estuvo vigente durante mucho tiempo hasta la década de 1980, época en la que el presidente Raúl Alfonsín decidió desalentar el uso de la bandera civil y promover en su lugar el uso exclusivo de nuestra bandera militar (sin embargo en nuestro país no se usó la Bandera Nacional de la Libertad Civil, sino dos versiones de la bandera celeste y blanca: antaño sólo las FFAA estaban autorizadas a utilizar la bandera militar, o sea la bandera celeste y blanca con el Sol de Mayo dorado en el medio, mientras que las demás instituciones del Estado recurrían a la bandera civil, que era simplemente una bandera de barras horizontales celestes y blancas pero que no poseía al astro rey sobre su superficie).

Ahora bien, cabe aquí la pregunta: “¿qué es la Libertad Civil?” Sucede que tal concepto es tan diáfano para nosotros, habitantes del siglo XXI, que directamente no lo vemos. La Libertad Civil es diferente de la Libertad Individual, aunque en cierta medida se complementan. Una persona, al poseer voluntad, tiene completa libertad para hacer o no hacer lo que le plazca. De cualquier modo, todos los actos humanos afectan en mayor o menor medida al resto de la humanidad, por ende se ha establecido un marco regulatorio que determina qué no debe hacer una persona para no ser castigada, y que si puede hacer para que los demás vivan armoniosamente junto a ella. Ese marco regulatorio, esos límites que moldean la fisonomía de las obligaciones y de las garantías individuales, es la Libertad Civil.

En tiempos del Virreinato, los periodos de anomia se intercalaban con los de orden. Las leyes nacidas en España se acataban en estas latitudes, pero no se solían cumplir, debido a que el sistema de justicia no funcionaba como se lo había planificado inicialmente. En ese contexto quienes vivían en América sentían la necesidad de armonizar el escenario social desde su propia posición, cosa que a las autoridades españolas no terminaba de convencer. En 1810, con el Rey de España legítimo desplazado de su trono por los Bonaparte después de la Farsa de Bayona, los criollos rioplatenses –alentados por las argumentaciones de Juan Ignacio Gorriti– vieron la oportunidad ideal para avanzar a favor de la causa de la Libertad Civil, es decir para implementar un sistema jurídico y administrativo que garantizase el equilibrio en la relación entre América y España, ya que, al haber sido usurpada la corona española, las autoridades americanas que la representaban en nuestro continente perdieron su legitimidad y pusieron en peligro la continuidad del gobierno de los auténticos monarcas de esta parte del mundo. Es falso que el objetivo inicial de la Revolución de Mayo fuese el de conseguir la independencia de las provincias suramericanas del tutelaje de los reyes borbónicos. Si ello se dio posteriormente, fue debido a las circunstancias históricas que se vivieron.

Salvo por los actos y los discursos de los jacobinos que lamentablemente nunca faltan en todas las épocas, no hubo en aquel periodo un verdadero odio antiespañol. Ello lo prueba el hecho de que muchos inicialmente patriotas se tornaron realistas y luego nuevamente patriotas sin ser considerados traidores, pues lo que estaba en discusión era la posibilidad de la Libertad Civil y si esta se desarrollaría de la mano del Rey o de la de un grupo de criollos que a veces parecían operar en beneficio de los locales y otras veces en beneficio de los intereses ingleses (tal es el caso del prócer jujeño Mariano de Gordaliza, quien, por ejemplo, acompañó las primeras proclamas de la Revolución de Mayo, sólo para descartar en 1812 su participación en el Éxodo Jujeño y organizar un Cabildo realista en su ciudad, y después volver a recobrar protagonismo en el bando patriota).

La calificación peyorativa de “godo” que recayó sobre los realistas no fue una manifestación de desaprobación sino que fue el modo criollo de expresar que quienes defendían a la causa realista se adherían a una causa vetusta, a una reliquia de un pasado no muy claro, a una historia ya desvanecida. Dicho a través de otras palabras, quienes hicieron la Revolución de Mayo sabían que no habría vuelta atrás –algo así, seguramente, les costaría las cabezas– por lo que no quedaba más opción que apaciguar el fuego y proseguir respetuosamente juntos. Fernando VII, el rey español de la época, no pudo aceptar ello y (tras ofrecerse la hipotética corona del Río de la Plata a varios nobles europeos y americanos que finalmente la rechazaron) se decidió adoptar un sistema republicano, representativo y federal que, a falta de un monarca, protegiese a la Libertad Civil.   

La Bandera Nacional de la Libertad Civil, entonces, encarna toda esa historia. Las manos hermanadas levantando la misma pica simbolizan la aceptación de un único poder guerrero que protegerá a la libertad, representada en el gorro frigio colorado que tiene el detalle nada casual de una borla dorada. Dicha borla representa a la mascapaicha, que era una suerte de pompón rojo que sólo los Incas, o sea los emperadores del Tahuantisuyo, eran dignos de portar como si fuesen coronas. Esa mascapaicha da a entender que la Libertad Civil que querían imponer los criollos no iba en contra de la tradición incaica sino que la continuaba aunque, claro, optimizándola (esto es, despojándola de todos los elementos que dejaban traslucir cierto salvajismo inmoral en el que vivían a causa de no haber sido catequizados cristianamente).  

Los colores de la Pachamama

La adopción de la Bandera Nacional de la Libertad Civil como bandera provincial de Jujuy generó controversia en 1994. El apreciado historiador Vicente Cicarelli, por ejemplo, juzgó inapropiado al proyecto que impulsaba el vexilólogo Miguel Carrillo Bascary, pues remarcó que el carácter de “Nacional” que poseía la bandera significaba que su representatividad no podía reducirse a una sola provincia sin hacer que esto fuese una afrenta al legado belgraniano y un grosero acto de egoísmo. Hubo quienes trataron de minimizar la obra de Belgrano, y sostuvieron que lo que el General había hecho en 1813 no era una bandera sino una mera pancarta, por lo que no habría problemas en transformarla en pabellón provincial –no obstante los escritos del propio Héroe descartan semejante absurdo, pues él llama efectivamente “bandera” a su obra.

Sea como sea, el pabellón se impuso y Jujuy adquirió su bandera oficial. Y luego, dos años más tarde, la “bandera de la Pachamama” recibió un altísimo estatuto en Jujuy.

La diferencia entre las dos leyes que he citado radica principalmente en que la ley Nº 4.816 normativiza detalladamente cómo debe ser la bandera de Jujuy, cuál debe ser su tratamiento en actos oficiales y qué representa para el pueblo de la provincia. Así, por ejemplo, los autores del proyecto le atribuyen la responsabilidad de encarnar el autonomismo, el federalismo, el constitucionalismo, el patriotismo y la historia heroica de Jujuy. La ley Nº 4.927, por su parte, en realidad no dice más que la “bandera de la Pachamama” es legítima en la provincia.

Quizás habría que averiguar que se supone que es esa mentada bandera. Probablemente la denominación tenga por referente a la wiphala, lo cual es lamentable pues dicha bandera no representa a la Pachamama sino a un imperio, formalmente extinto pero aún así reconstruible para muchos personajes siniestros de Suramérica (es como si los “brillantes” legisladores de Jujuy propusieran que una bandera roja con una hoz y un martillo amarillos colocados en la parte superior izquierda es la bandera del “trabajador jujeño” o algo parecido).  

Cuando en el texto de la ley Nº 4.927 se lee que “cada color tiene una profunda significación para los habitantes de la Quebrada y Puna” suena hasta gracioso. En la heráldica cada uno de los colores tiene un significado explícito, por eso no es lo mismo elegir entre el blanco, el rojo, o el celeste. La wiphala contiene casi todos los colores básicos, porque imita al arco iris. Las banderas con arcos iris, curiosamente, suelen estar vinculadas a las peores causas o suelen ser levantadas por los peores individuos. Tal vez ello se deba no a algo propio del arco iris sino más bien a que con la elección de una multiplicidad de colores se está planteando la posibilidad de una paz abstracta o de una guerra innoble.

La wiphala es un invento contemporáneo, un producto de la imaginación indigenista reciente. La idea del arco iris como representativo de los Incas proviene, según parece, de un estandarte que algunas viejas crónicas españolas describían. En el mismo se veía a dos animales frente a frente (serpientes, pumas, etc.), con las cabezas hacia arriba y las fauces abiertas, vomitándose un arco iris de una boca a otra del cual, a veces, colgaba una mascapaicha. Charles Fourier, un político francés decimonónico famoso por haber intentado acabar con la institución de la familia a través de la propuesta de los falansterios, adoptó al arco iris como los colores de su proyecto socioeconómico (con los años sus escritos servirían de base para el movimiento cooperativista internacional, de allí que el mismo adoptase la bandera del arco iris para si). Según registran algunos, fue Flora Tristán, una feminista francoperuana, quien le sugirió a Fourier identificarse con una bandera multicolor igual a la que los Incas tenían. De esa historia se agarraron algunos intelectuales de Cuzco para, durante la década de 1970, proponer a una bandera de arco iris como la oficial de esa tan característica ciudad de Perú, verdadera meca turística del pasado Inca.

El diseño ajedrezado tiene otro origen: a mediados de la década de 1940 se organizó en Bolivia un importante Congreso Indigenista nacional, en el cual se izó una bandera tricolor boliviana pero con una multiplicidad de pequeños cuadraditos en lugar de las franjas horizontales.

A fines de la década de 1980 es cuando ambas banderas se cruzan y nace la wiphala, la cual, hay que reconocerlo, es una bandera bella. Es decir, la wiphala tiene el problema de que a primera vista intoxica visualmente, pero observada con detenimiento es tan agradable como mirar un arco iris. Y un poco más de observación nos descubre que no se trata de un arco iris común y corriente, sino de uno doble, algo que uno puede llegar a ver pero que en realidad es extremadamente raro de encontrar. Lo perverso aquí es que la Pachamama, la Madre Tierra, es representada por algo que acontece sobre el cielo. Es bastante evidente que ello oculta el mensaje de que cielo y tierra son lo mismo, de que no hay trascendencia sino sólo inmanencia.  

De todos modos lo que debe ser destacado es que la wiphala no es la bandera de la Pachamama si no deseamos que así sea. La wiphala es ya bandera de algo: es bandera del sinarquismo indigenista que intenta ganar poder en nuestra parte del mundo, promoviendo el odio, el rencor y el enfrentamiento social.  

En 2011 el Congreso de la República del Perú, tras analizar la evidencia presentada por la Academia Peruana de Historia, emitió una declaración en la que pidió descartar el uso oficial de la wiphala, pues señaló que es apócrifa su atribución a los Incas y dio a entender que sólo se trata de un trapo que esconde detrás una ideología pervertidora.

No estaría mal que el Congreso de la Nación Argentina, o, al menos, la Legislatura de la Provincia de Jujuy, emita una declaración similar y llame a concurso para dotar a la celebración de la Pachamama (y no a la Pachamama misma) de una bandera digna.  

Piquetes y quenas, la lucha que disgrega

Si revisamos nuevamente el proyecto de la Caminata de las Quenas encontraremos que, en medio de diversos textos que hablan acerca del Éxodo Jujeño, aparece una vindicación del collaje. Según su perspectiva, la quena es un instrumento musical representativo no sólo del jujeño, sino también de aquel que “vive en la inmensa región del imperio del collaje” (p. 35). Nótese el uso nada inocente de “imperio”. Citando a Fortunato Ramos, se lee en el mismo texto del proyecto: “‘colla’ es un término que significa ‘señor’, ‘eminencia’, ‘excelencia’” (p. 38). En efecto, “Collasuyo” es la denominación que tenía la provincia sur del imperio de los Incas. Cuando dicho imperio cayó, la palabra “colla” fue adquiriendo una connotación negativa. Y quienes impusieron dicha connotación no fueron los españoles que doblegaron a los Incas, sino los otros indios que habían sufrido la dominación de éstos personajes y que colaboraron activamente con los ibéricos en su tarea conquistadora. De allí que decirle “colla” a alguien en Jujuy es igual a decirle “opa” a alguien en Salta: se usa para designar a un bruto, a un imbécil o/y a un ignaro que cree ser exactamente lo contrario, remite a alguien que se cree autoridad en algo y en realidad no es nadie.

El indio jujeño no es “colla”, es omaguaca, es ocloya, es diaguita, etc., pero no colla. A los organizadores de la Caminata de las Quenas parece no quedarles claro esto. ¿O tal vez será el caso de que no quieren que les quede claro? En la página 4 del proyecto de Martínez y Melano se lee la siguiente frase aterradora que deja expuestos a estos “promotores de la cultura jujeña”: “la 2º Edición de ‘Caminata de las Quenas’, a realizarse el sábado 11-08-12, nos permitirá nuevamente caminar hermanados por las calles de San Salvador en pos de la integración de todas sus etnias y clases sociales”. ¿Integración de etnias y clases sociales? ¿Ese no es acaso –salvo por lo de “integración”– el discurso de Milagro Sala? Quiero decir, las clases sociales sólo existen en los discursos izquierdistas para promover el enfrentamiento entre la gente, entre el desposeído y el plutócrata, del mismo modo que las etnias entran a escena para justificar los distanciamientos. Un argentino bien nacido no utiliza esa terminología inmunda y en su lugar dice, simplemente, “pueblo”. Jujuy no debe integrar clases sociales y etnias como quieren estos personajes (ni tampoco tiene que disgregarlas como quiere Milagro Sala), Jujuy tiene que procurar la unidad de su pueblo. Nada más y nada menos que eso.

Evidentemente la unidad popular no se logra con dos banderas.


Zain el-Din Caballero

4 comentarios:

  1. Hay muchos indigenistas que proponen que la bandera de Jujuy tiene que ser el escudo de la Libertad civil sobre la wipala. Esa idea es maliciosa. Belgrano eligió el blanco a propósito. Pudo haber elegido el rojo, el verde, el celeste o el amarillo, pero eligió el blanco por algo y hay que respetarlo.

    Juan José

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  2. ¿Y qué dicen sobre el proyecto de convertir a la bandera de Jujuy en bandera del parlamento del Noa? ¿Están a favor o en contra?

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    1. Ese proyecto lo que pretende, en realidad, es convertir a la Bandera de la Libertad Civil en bandera no sólo del parlamento, sino de todo el NOA. Yo me opongo a eso, porque Belgrano la diseñó para que sea una bandera nacional, y como tal debe ser representativa de todo el país, no sólo de una región y mucho menos de una provincia.
      Yo prefiero que se adopte a la Bandera de Macha como bandera del NOA -ya que la bandera incluiría necesariamente a nuestra Tarija-, así Tucumán se queda sin bandera y se recupera La Linajeña, bandera que fuese derogada por Alperovich por mera cristofobia.

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    2. Pero hay que tener en cuenta que una cosa es rendirle un justo homenaje al General Belgrano y otra muy diferente es promover el "belgranismo". El belgranismo no se remite a Belgrano, sino a la gente que intoxica la vida y obra de él con sus propias ideologías y lucran a partir de ello.
      La masonería argentina, por ejemplo, estuvo estos últimos meses en Jujuy, Salta y Tucumán promoviendo una campaña para defender la idea de que Belgrano era masón; los representantes del belgranismo al que refiero (todos ellos nucleados en sus correspondientes institutos belgranianos, recibiendo fondos del Estado) ni siquiera emitieron un documento de repudio contra semejante mancillación de la figura del noble General.
      En Tucumán esta vinculación entre el kirchnerismo y el belgranismo es notoria: hace poco en la sede de la Intendencia se presentaron dos libros sobre Belgrano, uno escrito por un kakista concejal de Lomas de Zamora o algo así, y el otro escrito por un revisionista católico. Por supuesto que el Presidente del Instituto Belgraniano local fue a acompañar al kakista -junto a un montón de otros funcionarios-, mientras que no pasó lo mismo con el otro tipo.

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