La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

sábado, 7 de julio de 2012

El puente Lucas Córdoba: un testimonio de la historia de Tucumán

En mis comienzos, estuve hecho de puro quebracho colorado, por disposición de Domingo Sarmiento, mandato que cumplieron al pie de la letra los ingenieros Delacroix y Dode. Por debajo aguanté voluminosas correntadas de mi río Salí, y por arriba soporté toneladas de peso sobre mis espaldas, hasta que en los años 30 se apiadó de mí el entonces senador nacional Ramón Paz Posse, para gestionar que me reemplazaran por un moderno y seguro armatoste de hormigón de 200 m de largo por 16 m de ancho. 

Fui un espacio público que se pasaron de mano en mano y de tiempo en tiempo la Nación, la Provincia y las municipalidades (Capital y Banda del Río Salí), y como ninguno me quería adoptar, un anónimo descubrió que era "tierra de nadie" para que tomaran posesión los disconformes de siempre que nunca faltarán. 

Mi bautismo de fuego ocurrió en 1904 durante la primera huelga azucarera iniciada por el ingenio Cruz Alta. Luego fui mudo testigo de la larga huelga azucarera de 40 días del año 49 para desafiar al propio "líder de la clase trabajadora" (Perón). 

Aún recuerdo que en 1974 me atravesaron unas novedosas y portentosas máquinas cosechadoras, que marcaron la casi extinción de los zafreros de machetas y cuchillos, y el advenimiento de la gran desocupación. 

En mi estrecho y largo territorio de más de un siglo de vida ocurrieron batallas campales, reyertas, conflictos, enfrentamientos, desacuerdos, deliberaciones, discusiones, amenazas, provocaciones. Por ello conocí el rostro de policías bravos, militares autoritarios, anarquistas, caciques, políticos oportunistas, gremialistas de todas layas, activistas, punteros, caudillos, piqueteros, ocupados, desocupados y ya aparecerán los indignados. 

Por muchos años, la "patrullera" me cubrió las espaldas del Este, y el escuadrón a caballo hacía flamear sus látigos, tratando de sofocar a los rebeldes de ocasión por el Oeste. En más de una vez vi a la distancia piquetes de huelguistas arremangarse cargando sus bicicletas al hombro para atravesar el río, evitando enfrentarse con la policía que me custodiaba. Lo mismo lo hacían las decenas de obreros que se conducían diariamente a sus lugares de trabajo en bicicletas, para evitar que les secuestren el rodado por falta de la "chapa patente" y el "ojo de gato". 

Sí, soy yo, el puente Lucas Córdoba que usted conoce; el mismo que se cubre de pasacalles y pancartas en tiempos de la política. 

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