La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

sábado, 5 de mayo de 2012

Un grupúsculo de jujeños pretende reavivar la llama de la herejía

Esta historia podría comenzar con Edmundo Villarreal tallando la imagen de la Virgen de Copacabana del Abra de Punta Corral, encargada cuando las procesiones pascuales bajan ya separadas, en los albores de la década del 70, a Tumbaya y a Tilcara. En la madrugada del 22 de agosto de 1972, en una base naval cercana a la ciudad de Trelew, provincia de Chubut, es fusilada su hija, Ana María, que se había casado con Mario Roberto Santucho, fundador del ERP, del que también formaba parte. Cuando le llega la noticia a su padre, estaba tallando el Cristo, y estos son datos que ayudan a entender, en parte, una memoria de la que se cumplieron diecisiete años el domingo último, aniversario de aquel 29 de abril en el que apareciera destrozado el Cristo que tallara don Edmundo.

Poroto Vega recuerda que "talló la imagen de la Virgen, pero nos faltaba la imagen del Cristo, y cuando lo estaba comenzando fue que pasó todo esto de la hija. Así reflejó todo ese dolor en la imagen, por eso es que tenía esas dos facciones, de un lado de tranquilidad y de dolor, pero del otro sonreía."

Recuerda que Villarreal les había dicho que "nunca más podría volver a hacer una cosa así, porque lo hizo en un momento muy especial. Ya teníamos pensado que se iba a llamar El Señor de la Quebrada, pero con todo esto se lo empezó a llamar El Cristo Guerrillero. Por detrás de la imagen", sigue la memoria viva de Poroto Vega, "llegó la policía diciendo que ustedes tienen una imagen así y así, y nosotros la habíamos exhibido en la calle, orgullosos, y le pusimos el letrero que decía: homenaje a Ana María, trágicamente desaparecida en Trelew."

Dicen que los estigmas de ese Cristo eran heridas de bala, recordando con uno el otro dolor, y Poroto Vega recuerda que cuando llegó la policía ya las religiosas habían hecho sacar el cartel. "Esa noche nos reunimos para ver qué podíamos hacer", nos cuenta, "porque temíamos que se lo llevaran y lo llevamos hasta Cerro Chico, donde tenía mi casa. Al otro día, como seguíamos pensando que lo iban a encontrar, sacamos el Cristo del altar y lo pusimos ahí." Seguían las pesquisas, "así que nos organizamos", recuerda, "y a la noche salimos para Punta Corral, así que cuando han ido a la iglesia, han revuelto todo y no había nada. Nosotros éramos un grupo de jóvenes que nos habíamos dado en llamar los Cruzados de la Virgen", recuerda Vega.

"Los que estaban al frente de la construcción de la capilla era gente mayor, entonces el párroco formó un grupo de jóvenes para que pueda ir las veces que se necesite, y estuvimos en todo lo que fue la construcción de la capilla y de los albergues." Para el "76, el cura "se tuvo que ir", recuerda Vega. "Se fue una noche, y al otro día estuvieron buscándolo. En tanto, el Cristo siempre estuvo cuestionado, y a partir del "76, ni hablar, y uno veía que aparecía gente desconocida acá y en el Abra para Semana Santa. Estaba el regimiento aquí, y nosotros necesitábamos llevar cañas así que hemos ido a hablarles y han ido, pero han ido armados y con una hoja de ruta con todos los detalles del camino. Decían que ahí había reuniones de gente de Chile, de gente con pensamientos izquierdistas. Llaman a una religiosa y le preguntan: ¿cuáles son las heridas de bala del Cristo?, y han rodeado casitas en Chilcaguada buscando rastros, buscando huellas." El relato salta hasta el año 1995, cuando "se había decidido llevar una réplica de la imagen de la Virgen y dejarla allá. Cuando llegan al mediodía del 29, se dieron con esto. Estaba hecho pedazos", dice Vega. "La cabeza no estaba y nunca apareció." La imagen, como había quedado, fue representada en una ermita pascual de la familia Vega.

"El obispo conformó a la gente", sigue Poroto Vega, "diciendo que se hace otra imagen porque nuestra fe está intacta, y se lo llamó al escultor Alfredo Yacusi, que inmediatamente vino de Buenos Aires y cuando vio eso lloró." Fue Yacusi quien sugirió que se hiciera una nueva imagen y se ofreció para hacerla, "por la comida y por la pensión. Estaba muy enfermo", recuerda Vega. Dice que "de los restos del Cristo de Villarreal, con el tiempo ya nadie sabía donde estaban. Se lo había traído en una urna y estuvo unos días exhibido, y luego se lo arrumbó en un depósito. Cuando van a limpiar lo encuentran y lo llevan a la torre, cerca del coro, donde aún creo que está en una caja." Entonces los deseos, porque hace tiempo que hay quienes vienen pidiendo poder darle sepultura a esos trozos del cuerpo del Cristo crucificado que, de sólo acompañar a su pueblo en esos años difíciles, sufrió lo que tantos. Acaso ese merezca ser el final de esta historia.

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1 comentario:

  1. A ese pedazo de basura herética no deberían de enterrarla, para no ensuciar la tierra con la semilla de Satán. Deberían prenderle fuego directamente.

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