La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 22 de abril de 2012

La mancha sobre Manchalá

Los imberbes al poder

El año pasado el pueblo de San Miguel de Tucumán tuvo que soportar que un petulante concejal de la ciudad agitase a la prensa con su propuesta de humillar al General Julio Argentino Roca pidiendo el cambio de denominación de las calles que llevasen el nombre de “genocidas”. El proyecto de Ignacio Golobisky (tal es el nombre del imberbe al que referimos) afortunadamente no prosperó, pero dejó asentado que la corporación partidocrática contemporánea no está dispuesta a reconocer a hombres honorables que más de un homenaje merecen –como es el caso de Antonio Domingo Bussi o de Acdel Vilas, hoy en día tildados ridículamente de “genocidas” por aquellos a los que vencieron durante las guerras de la década de 1970 y cuyos sobrevivientes actualmente nos gobiernan.

Poco tiempo después del exabrupto del miembro del Frente para la Victoria, un tal Marcelo Ditinis –hombre de la misma tribu que Golobisky– logró desde la Legislatura Provincial que la Escuela Nº 374 “Teniente General Pedro Eugenio Aramburu” de El Potrerillo sea rebautizada con la denominación de “Teniente General Juan José Valle”. Es decir que este ignoto personaje, producto político del nepotismo étnico que padece Tucumán desde 2003, eliminó el nombre de un individuo que fuese asesinado por la pandilla terrorista Montoneros para imponer el nombre de otro individuo que fuese fusilado por disposición del Poder Ejecutivo de la Nación (en rigor Aramburu no fue asesinado por nadie, sino que falleció de un paro cardíaco tras caer en manos de sus enemigos –del mismo modo que Rodolfo Walsh y Francisco Urondo se tragaron una píldora de cianuro al momento de ser capturados–). Uno pensaría que es el más rancio revanchismo lo que funciona aquí, pero lo cierto es que Ditinis es un mero paracaidista que no hace mucho cayó dentro del pejotismo y, como es de esperarse de alguien que es un completo inmigrante, quiere mostrarse como un militante más papista que el Papa para que nadie le cuestione su evidente infiltración y su obvia falta de mérito para oficiar como representante de una fuerza política con la que nada tiene que ver.

Golobisky y Ditinis están más que dispuestos a arrasar con el pasado argentino y tergiversar la historia en función de sus intereses del presente, pero sería difícil esperar de estos sujetos que en nombre de esos mismos “derechos humanos” que dicen defender sugieran, por ejemplo, buscarle una denominación diferente a todas esas calles, escuelas y plazas que en la provincia de Tucumán llevan el nombre de “Estado de Israel”, un Estado que ha estado ejecutando un sistemático genocidio en contra del pueblo palestino desde hace por lo menos 45 años.

Héroes agraviados

En este grupo de nuevos imberbes que se están apoderando de la partidocracia se incluye, por supuesto, al concejal salteño Martín Ávila del partido Memoria y Movilización Social. Este abogado –famoso por haber sido la cara más visible de aquellos que consiguieron la venganza por la muerte de Miguel Ragone– planteó la urgencia de destruir el monumento “Bravos de Manchalá”, emplazado actualmente sobre la intersección de las avenidas General Arenales y Juan Domingo Perón de la ciudad de Salta, en terrenos pertenecientes a la Compañía de Ingenieros Nº 5 del Ejército Argentino (compañía antiguamente llamada “General de División Enrique Mosconi”, la cual, a partir de 1993, fue rebautizada con el nombre del combate).

Aparentemente a Ávila, como a muchos salteños progrecínicos, le molesta que la sociedad recuerde la heroica resistencia que un puñado de militares salteños (la mayoría de ellos simples colimbas) le presentaron a una centena de guerrilleros que buscaban derrocar a un gobierno constitucional y tomar el poder con las armas.

Desde hace ya varios años que iniciativas agraviantes contra los Bravos de Manchalá (y, por extensión, contra la nación argentina) se multiplican, algunas promovidas por meros ciudadanos sin conciencia patriótica, y otras nacidas de la mente de algún funcionario cretino. Entre las más graves de esas iniciativas estuvo la propuesta de varios diputados nacionales del Partido Socialista de cambiarle el nombre a una escuela rural de Entre Ríos que orgullosamente se denominaba “Combate de Manchalá”. Parece mentira: el triunfo de 150 británicos contra los más de 3000 zulúes que los atacaron en la batalla de Rorke’s Drift en 1879 produjo una estupenda película en 1964 protagonizada por Michael Caine y Stanley Baker, sin embargo parece que para algunos argentinos una exitosa defensa de plaza en los montes tucumanos tan emotiva como aquel enfrentamiento en tierras africanas no es digna ni de un manojo de humildes símbolos conmemorativos.

A Ávila lo secundaron 16 de los 21 concejales que integran el Concejo Deliberante de la Ciudad de Salta (se opusieron valientemente los ediles Martín Pérez Estrada, Carlos Zapata y Ángela Di Bez, pues los otros dos votos no positivos provinieron, en realidad, de dos ausentes –aunque Aroldo Tonini había manifestado su voluntad de rechazar el proyecto de Ávila–), y el propio gobernador Juan Manuel Urtubey, siempre tan pendularmente oportunista, se declaró a favor de la iniciativa demoledora.     

El principio del fin

Antes de proseguir con el relato de esta infamia, conviene abrir un paréntesis para hablar acerca del Combate de Manchalá, pues es importante recordar exactamente a qué es a lo que los progrecínicos atacan.

El escenario era la selva tucumana. Corría el año 1975. Un grupo de guerrilleros autodenominados “Compañía del Monte ‘Ramón Rosa Jiménez’” y pertenecientes a la organización terrorista Ejército Revolucionario del Pueblo –con el apoyo de un nutrido batallón de miembros de la también organización terrorista Montoneros– desarrollaban en la zona una campaña de asesinatos, secuestros, extorsiones, sabotajes, robos y vandalizaciones con el objetivo de imponerse en el marco de una guerra civil promovida por ellos en contra del Estado argentino. La Presidente María Estela Martínez de Perón, plenamente consciente de lo peligroso que era la presencia de esos grupos subversivos armados acosando el Norte del país, firmó un decreto autorizando el despliegue del Operativo Independencia, que no fue más que una articulación de las Fuerzas de Defensa y de Seguridad junto a los diversos Ministerios para aniquilar el problema.  

El glorioso Operativo Independencia se constituyó así, ante todo, como una gesta civilizadora. Es decir debido a que el ERP era una fuerza militar cobarde e innoble, su estrategia consistía en someter mediante sus armas al humilde campesinado que habitaba Tucumán mientras aprovechaban las sombras para golpear en contra de las espadas argentinas. Fue eso lo que motivó a que los responsables de la campaña nacional optaran por complementar la acción bélica con actividades de trabajo social y de desarrollo de infraestructura. Es en ese marco que tiene lugar el famoso Combate de Manchalá.

El 28 de Mayo de 1975 una docena de soldados salteños, acompañados por dos oficiales, se encontraban en la diminuta localidad de Manchalá, realizando tareas de refacción en una escuela rural. Mientras los hombres trabajaban, un centenar de guerrilleros se desplazaba por la ruta 99 rumbo a Famaillá. Los subversivos habían tomado la finca Sortheix, apresando a dueños y peones mientras preparaban el ataque a la sede del Comando Táctico que operaba en el sur de Tucumán. Para su misión contaban con el apoyo de unos cincuenta hombres más, que, camuflados como civiles, aguardaban la llegada de los uniformados a Famaillá para sumárseles en el combate. Según sus cálculos, los guerrilleros esperaban encontrar unos cincuenta hombres del Ejército Argentino al momento de iniciar el ataque, por lo que pretendían aprovechar la ventaja numérica para lograr el triunfo ante su enemigo (ya que por cada soldado argentino habría aproximadamente unos tres subversivos). Una vez tomada Famaillá, las fuerzas guerrilleras fusilarían a todos los oficiales, secuestrarían a los comandantes de la brigada para utilizarlos como material de intercambio de prisioneros, desarmarían y licenciarían a todos los soldados, liberarían a todos los detenidos y proclamarían internacionalmente la gran victoria del socialismo armado lograda en Tucumán. También presionarían a la población local para aprovisionarse, anularían el potencial de fuego de la policía e intensificarían sus acciones de reclutamiento para incrementar el número de sus tropas. Su objetivo a largo plazo consistía en lograr el control total del Noroeste argentino. Sin embargo los grandilocuentes planes golpistas y secesionistas de la guerrilla se frustraron gracias a la acción heroica de un grupo de bravos jóvenes salteños.  

Durante aquel 28 de Mayo de 1975 el ERP avanzó a través del territorio tucumano sobre cuatro vehículos. Su intención era penetrar en la ciudad de Famaillá en horas de la noche, para que al día siguiente –día en que se conmemora la creación del Ejército Argentino– se pudiese anunciar que las “armas del pueblo” habían derrotado “al brazo armado de los opresores”. De todos modos, al aproximarse a Manchalá, los guerrilleros observaron que había hombres armados en la escuela del paraje; creyendo que se trataba de un control militar rutero, abrieron fuego indiscriminadamente. Los soldados atacados contestaron la agresión. A los pocos minutos, un centenar de guerrilleros rodeaba el edificio escolar en el que se habían atrincherado catorce hombres del Ejército Argentino. Lo que pasó después es prueba de la enorme valentía de nuestros soldados y de la demencial improvisación con la que se manejaban los delincuentes del ERP.

Un viejo camión de la brigada nacional que transportaba herramientas y materiales de refacción se acercó a la escuela después de iniciado el combate. El ruido del viejo chasis hizo pensar a los subversivos que se trataba de un tanque de guerra, por lo que muchos abandonaron sus posiciones presos del pánico y huyeron hacia los cañaverales cercanos. En ese lapso, un oficial que estaba en el interior de la escuela rompió el cerco y corrió más de una decena de kilómetros hacia Famaillá. Allí dio aviso de lo que sucedía en Manchalá, y tres camionetas se dirigieron a la plaza sitiada. Las luces de esos vehículos asustaron al resto de los guerrilleros, y se produjo el desbande definitivo. Unos minutos después llegaron nuevos contingentes militares junto a un escuadrón de Gendarmería Nacional que se encontraba patrullando la zona. Los hombres iniciaron una persecución para capturar a los subversivos, pero la noche jugó a favor de los que huían. Al final nadie fue detenido por las Fuerzas Armadas ese día, empero, al revisar los camiones y las camionetas en las que se desplazaba el ERP, se hallaron armas de fuego, explosivos, y varios cuadernos en los que los líderes del grupo guerrillero llevaban el registro de sus actividades y el inventario de sus recursos en la selva tucumana. El análisis de esa información permitió en los meses subsiguientes dar con el paradero de muchos integrantes del ERP y de Montoneros que mantenían operativa la estructura militar clandestina de sus organizaciones armadas. 

El impacto que tuvo el Combate de Manchalá fue importantísimo. La guerrilla siguió operando durante un tiempo más después de aquella acción bélica, pero la población civil argentina supo que la amenaza marxista sólo estaba capacitada para el terror, pues ellos eran buenos para golpear por la espalda y entre las sombras, pero carecían de aquel valor para pelear cuerpo a cuerpo que se espera que cualquier soldado dispuesto a dar su vida para defender a sus valores e ideales tenga.
  
El cóndor que no pasó

La iniciativa demoledora generó repudio entre la ciudadanía salteña. Los diarios locales se vieron inundados de cartas de lectores en las que sus autores manifestaban el rechazo absoluto a la propuesta de Ávila. Una mujer, por ejemplo, rememoró lo traumático que fueron para ella y su familia los años en los que les tocó sobrevivir en el Tucumán invadido por los subversivos. Pero, por supuesto, el testimonio de los que les tocó ser víctima en aquella época no cuenta, ya que hay un relato perversamente construido sobre los años de la guerra que resulta más agradable, ventajoso y favorable para los delincuentes derrotados.

Ávila, defensor y promotor a ultranzas de aquel relato, pretende inocularles culpa y vergüenza a los argentinos. Para el concejal todo aquel que no opine exactamente igual que él sobre el pasado nacional resulta ser una desgracia, desgracia que es profundamente lamentada por todos los argentinos amantes de los “Derechos Humanos” y de la “continuidad democrática”. Y si alguien colaboró, o apoyó, o tan sólo se alegró con la llegada de un grupo de militares al poder en el año 1976 entonces –según Ávila– tiene que golpearse el pecho eternamente como señal de castigo autoinfligido por ser culpable de haber provocado el horror que se supone que “nunca más” debe repetirse. Y si no lo hace, entonces es un cretino que merece el escarnio público y el completo rechazo, como si fuese miembro de una casta a la que hay que discriminar si o si.

No resulta extraño, en consecuencia, que el propio Ávila haya escrito un comunicado en el cual no sólo intente refutar a todos sus críticos, sino que además lo emplee para reforzar todas las tergiversaciones que existen sobre el asunto. Y todo ello sin sentir un mínimo de vergüenza o culpa.

Concretamente, Ávila infla la cifra de bajas en las filas de la subversión, sostiene que todos los soldados heridos o muertos en el cumplimiento del deber no fueron víctimas de quienes los atacaron sino de sus superiores “genocidas” que los enviaron a pelear, declara que todo aquel que critica a la democracia actual necesariamente vindica al Proceso de Reorganización Nacional, y afirma que no hubo una guerra, ya que un grupo de miles de inocentes victimizados lejos están de haber sido un demonio.

Todas esas patrañas son fácilmente rebatibles, pero no porque el mismo peso de la historia las haya ya vencido, sino porque cada día hay más gente que se da cuenta de ello. Es decir desde hace más de una década (incluso desde antes de que Néstor Kirchner llevara a cabo la farsa de descolgar un par de cuadros del Colegio Militar de la Nación) el revanchismo dedehachehachista puso en marcha su plan de venganzas, avalado, en cierta medida, por los poderes legítimos del Estado. Esto tuvo repercusiones en la sociedad argentina, especialmente cuando la avanzada progresó y el número de presos políticos comenzó a multiplicarse alarmantemente. Y si bien hubo una campaña propagandística muy poderosa desplegada por el gobierno para mantener vivos a los mitos de la post-dictadura, la mera curiosidad de muchos que se resisten a vivir en un mundo de falsedades obligó a revisar al número real de desaparecidos, a la supuesta inocencia de los subversivos caídos, a la posición en el espectro político del procesismo (ya que es obvio que las Juntas Militares fueron una iniciativa de centro republicano y no una aventura de la ultraderecha), y hasta a la exagerada idea de que la lucha contra el terrorismo se trató de un “genocidio”. Ciertamente hoy en día hay miles que no están dispuestos a permitir que la historieta sea corregida por la verdad fáctica, pero día a día esos personajes se van convirtiendo en una parodia de si mismos –esto es notorio, sobre todo, en los jóvenes, que por moda o/y por interés vindican a todos los delincuentes de la década de 1970 como si se tratase de miembros de ONGs defensoras de los derechos humanos, que cuando no estaban protegiendo el medio ambiente o trabajando por conseguir la igualdad entre el hombre y la mujer, se encontraban promoviendo los matrimonios entre aberrosexuales, enseñando a cultivar marihuana o luchando contra los bravucones en las escuelas, cuando, de hecho, no fueron más que el voluntarismo tinturado de mesianismo gracias a una precario entrenamiento militar que les ofrecían unos cuantos hispanoamericanos que mantenían fuertes lazos con el gobierno comunista de Cuba.

De cualquier manera lo peor en el discurso de Ávila es aquello que, al mismo tiempo, resulta ser su principal argumento para mancillar la memoria heroica del país: el monumento –según la revisión histórica del concejal– no se trataría de un homenaje a los Bravos de Manchalá que repelieron un ataque guerrillero en condiciones completamente desfavorables, sino que, en realidad, se estaría en presencia de un hito que rinde culto al intervencionismo imperialista de los EEUU, algo intolerable para un país como el nuestro. Así como suena.

Evidentemente Ávila no tiene idea de que se supone que fue el llamado Plan Cóndor, que sólo él y los mentecatos de su estirpe ven como lo que resulta homenajeado por el monumento que está en Arenales y Perón. En la imaginación de muchos progrecínicos argentinos, sucedió que un día un directivo de la CIA se reunió con líderes militares de diversos países suramericanos y les dio la orden de que ejecutasen golpes de Estado en sus respectivos hogares, para que de ese modo la hegemonía norteamericana creciese y los soviéticos sufriesen una dura derrota en el marco de la Guerra Fría. Así, para muchos ignaros, es que Hugo Banzer en Bolivia, Augusto Pinochet en Chile, Jorge Rafael Videla en Argentina y otros hombres de armas accedieron al poder. Ávila, según parece, defiende esta descabellada idea conspiracionista. Lo que el concejal aparentemente no sabe es que el Plan Cóndor se materializó en noviembre de 1975 –varios meses después de acontecido el Combate de Manchalá– y que su objetivo fue coordinar acciones de inteligencia militar con el propósito de evitar que los exiliados de los diversos regímenes dictatoriales pudieran asentarse en países de la región sin ser vigilados. No caben dudas de que eso es ilegal, pero fue por ello que se efectúo un acuerdo secreto entre diversos Estados para cumplir con su objetivo sin tener que estar violentándose su soberanía entre si.

Asociar al cóndor –un símbolo de la argentinidad andina que desde hace mucho es parte de la heráldica nacional– con un circunstancial pacto de inteligencia militar es cinismo o estupidez. Cuando Buenos Aires intentó ser sede de los Juegos Olímpicos del 2004 usó un cóndor como logotipo; afortunadamente Ávila, en aquel entonces, era todavía un estudiante discípulo de Onán, o de lo contrario el país hubiese tenido que tolerar a este mequetrefe confundiendo las cosas y hablando desde un púlpito que sólo él percibe.  

La fealdad de la mentira

Los monumentos, debido a su habitual emplazamiento en el espacio público, son obras cuyo valor nace de si mismos, esto es son obras que experimentan la lejanía de sus autores. Un monumento tiene que representar algo concreto, y no ser una simple manifestación del talento de aquel que lo hizo (como si sucede con otro tipo de obras artísticas). Es por ello que la opinión de Mario Vidal Lozano, el artesano que fabricó el monumento a los Bravos de Manchalá, es completamente irrelevante en esta discusión sobre si hay que quitar o dejar a la obra en su lugar. De todos modos no deja de ser interesante lo que este sujeto tiene para decir, porque ilustra bastante bien el escaso nivel argumentativo que manifiestan los que se oponen a que se glorifique el pasado nacional: cuando Vidal Lozano fabricó a principios de la década de 1980 a la estatua del soldado que se ve al pie del monumento, él era un muchacho que estudiaba Bellas Artes; tal vez en ese entonces ya era el izquierdista que es ahora, pero eso no le impidió cumplir con la tarea que uno de sus profesores le había asignado. Sin embargo, para Vidal Lozano ese hecho tan trivial como hacer lo que a uno le piden que haga es hoy en día un motivo de culpa. Por ello este sujeto le dijo a la prensa que él está dispuesto a demoler el monumento hasta con sus propias manos. Para justificar el desprecio por su propia obra, Vidal Lozano no vaciló en calificar a la misma de “estéticamente fea y simbólicamente mala”.

La discusión en torno al monumento a los Bravos de Manchalá es forzosamente simbólica, pues lo estético, en este caso, no tiene lugar. Puede ser que a alguno le desagrade visualmente la combinación de un soldado, un globo terráqueo, un cerro y un cóndor, pero todas las piezas escultóricas son de correcta ejecución y sentido unívoco. Por tanto hablar de fealdad en este contexto, necesariamente, es hablar también de verdad. Lo que a sujetos como Vidal Lozano les resulta feo del monumento no vendrían a ser sus componentes, sino su simbolismo patriótico y el hecho histórico que conmemoran. Lo feo sería la verdad.

No obstante creo yo que la mentira es más próxima a la fealdad que la verdad. Cuando una mujer como Nora Leonard, salida de un nido de subversivos, sostiene que debajo del monumento a los Bravos de Manchalá se encuentran los restos mortales de unos terroristas desaparecidos está afeando deliberadamente algo bello, sólo para convertirlo en una cuestión horrenda y horrorosa. Y esta perversa acción no es exclusiva de Leonard, ya que no faltan progrecínicos dispuestos a injuriar y calumniar para imponer sus tergiversaciones (en estos días hasta he leído a gente que ha llegado a negar la existencia del Combate de Manchalá, sugiriendo que todo se trató de una ejecución sumaria que luego hicieron pasar como un episodio bélico).

Una oportunidad patriótica

No caben dudas de que hubo una guerra entre subversivos y argentinos en la década de 1970, ya que esa fue la posición tanto de las Fuerzas Armadas nacionales como la de los propios guerrilleros (que ellos después se hayan arrepentido de haber iniciado la disputa bélica es otra cuestión, pero nadie puede negar que los guerrilleros juzgaban a lo suyo como un enfrentamiento armado que, de haber contado con una mayor adhesión de la que contaron por parte de empresarios, militares, políticos y trabajadores, podría haber concluido con la conquista del poder). Los subversivos –a diferencia de los chilenos y los británicos que nos robaron nuestras islas en los mares del sur– eran argentinos, pero su idea de argentinidad difería tan groseramente de la idea de argentinidad del resto del pueblo argentino que tuvieron que recurrir a las armas para intentar imponerla. Fracasaron no tanto por las bajas que sufrieron, sino más bien porque no consiguieron que la mayoría de la gente fuese tan imbécil como para apoyarlos.

Hoy en día los subversivos siguen vigentes. Ya no portan armas ni ponen bombas, pero continúan su campaña para tergiversar el sentimiento nacional y obligar a la gente a que renuncie a los ideales de virtud, justicia y libertad para que ellos –que son incapaces de cultivar esos ideales– puedan dejar de ser percibidos como criaturas de los márgenes que usurparon el poder para convertirse en los legítimos nuevos reyes.

“¿Qué hacer?” es la pregunta. Y creo que la respuesta es obvia: combatir. Ciertamente el combate a librar debe ser un combate espiritual y no material, pero como la cultura materializa las obras del espíritu, es importante también realizar los gestos adecuados para detener la violencia que ellos proponen.

A nadie extrañaría que el día de mañana se destruya el monumento a los Bravos de Manchalá y en su lugar, con absoluto espíritu revanchista, se coloque un monumento para homenajear a Víctor Brizzi o a sujetos de esa calaña. Por tanto creo yo que la defensa del monumento al Combate de Manchalá es la oportunidad para que todos los salteños, los jujeños, los tucumanos y demás argentinos que aman a su patria se reporten para cumplir con su deber cívico.

Probablemente los subversivos planeen ritualizar la demolición del monumento, para de ese modo intentar convencer a la gente sobre la legitimidad de lo que hacen (lo otro, que también es probable, es que en silencio y por la noche, destruyan el monumento y lo hagan desaparecer, sin dignarse a dar explicaciones después sobre su paradero). Es ante ello que deben emerger las reservas patrióticas del país para detener el atropello. Y cuando lo enuncio, estoy sugiriendo una acción concreta, como la de reunir la mayor cantidad de gente posible e intentar formar un cordón humano frente al monumento. La idea sería convertir la destrucción que ellos imponen en un acto de construcción, el cual, bien gestionado, hasta podría significar el renacimiento político del nacionalismo en la Argentina.

Por ello sugiero a todo argentino bien nacido y orgulloso de serlo que tenga sus ojos abiertos y le preste un oído a este asunto. Por el bien de la Patria.



Zain el-Din Caballero 

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