La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 4 de marzo de 2012

Salta se prepara para afrontar su propia Cristiada

Un fallo insólito: ¿un juez masón?

En junio de 2010 una ONG llamada “Asociación por los Derechos Civiles” patrocinó a un grupúsculo de salteños en la presentación ante la justicia provincial de un amparo que cuestionaba el hecho de que en las escuelas de educación primaria de gestión pública se obligase a los niños a rezar y asistir a clases de religión. A fines de febrero de este año, el juez Marcelo Domínguez emitió un fallo referido a este asunto. En el mismo, básicamente, se establece que el Estado salteño a partir de ahora deberá adoptar las medidas necesarias para que las escuelas públicas de la provincia suspendan la imposición de prácticas católicas a sus alumnos, y también dispone que la enseñanza religiosa que se imparta a futuro deberá realizarse de manera neutral, imparcial y objetiva, respetando la libertad de conciencia de los estudiantes sin que necesariamente éstos se vean obligados a revelar sus creencias religiosas. 

La medida causó revuelo. Una coalición de descarriados y cristofóbicos salió a festejarla como un paso más para la implementación de su particular agenda sociocultural. Al mismo tiempo, representantes de la Iglesia Católica y Apostólica de Roma emitieron un documento en donde manifestaron su desagrado ante las acciones impulsadas por Domínguez. Ramiro Simón Padrós, el Fiscal de Estado, intervino en nombre del gobierno provincial promoviendo un pedido de aclaratoria, con el propósito de que el juez Domínguez especifique según su interpretación qué es exactamente aquello católico que debe ser erradicado de los centros educativos que dependen directamente del Estado salteño. 

Algunas aclaraciones

Muchos católicos aprovecharon la oportunidad para opinar públicamente acerca de este asunto. El Padre Jimeno, sabiamente, dijo que si el estado de catolicidad del pueblo salteño está actualmente en un periodo crítico, una medida como la sugerida por el juez Domínguez sólo serviría para agudizar la decadencia en la que vive toda una sociedad que, influenciada por poderes siniestros, le da la espalda a Dios y cierra sus corazones ante Cristo.

Por su parte el Padre Méndez advirtió que Domínguez –un profesor de la carrera de Derecho en la Universidad Católica de Salta– estaría incurriendo en una suerte de curioso vedetismo al generarles prensa a los provocadores que trabajan por la abolición de la búsqueda de la virtud individual y de la justicia social. Concretamente este sacerdote católico diferenció entre “prácticas religiosas” y “prácticas de culto”, señalando que si bien no hay obligación de que las últimas tengan espacio en las escuelas, es algo que está tolerado en la costumbre y en la tradición, y no afectan a los terceros ya que éstos están habilitados para omitirlas sin correr el riesgo de recibir algún tipo sanción. Textualmente el Padre Méndez dijo: “el fallo del juez no modifica nada, solamente genera una confusión entre las prácticas religiosas y las de culto y no queda claro a qué tipos de prácticas se refiere, pero la legislación sigue siendo muy clara y es la que estaba”. Con ello dio a entender que, desde su posición de juez, Domínguez está tomando decisiones equivocadas e incitando el conflicto entre católicos y cristofóbicos.

La propia ONG Asociación por los Derechos Civiles avaló parcialmente al Padre Méndez tras manifestar que el pedido realizado por ellos (que consistía en el requerimiento de cese inmediato de las clases de religión y la eliminación definitiva de la materia de los currículos educativos) no fue considerado por Domínguez tal y como ellos lo habían planteado.

Entonces es obvio que nos encontramos aquí ante el caso de un juez que quiere quedar bien con Dios y con el Diablo, y termina fallándole a ambos por optar permanecer gravitando sobre la zona gris de la indecisión disfrazada de neutralidad. Tomando en cuenta esto, se podría afirmar que para Domínguez la justicia no se trata de que cada uno reciba lo que merece, sino más bien de que nadie reciba nada.

Laicidad o Muerte

Quienes festejaron con bombos y platillos el polémico fallo fueron los representantes de la colectividad judía sionista de la provincia de Salta. Al igual que los judíos sionistas de Tucumán que presionaron incansablemente para que la imagen de la Cruz y la imagen de la Virgen María fuesen suprimidas del pabellón provincial, los judíos sionistas de Salta –junto a la masonería local y a sinarquías semejantes– habían convertido a la eliminación del catolicismo de las escuelas públicas en una causa inclaudicable.

Todos estos sectores se encolumnan detrás del estandarte del laicismo. El laicismo es un concepto inventado por la masonería con el fin de atacar a la Iglesia Católica, restarle influencia y allanarse así el camino al poder aniquilando a sus objetores. En efecto, históricamente liberales y socialdemócratas han apelado a esta idea para producir lo que se conoce como “separación de la Iglesia y el Estado”, especialmente en aquellos países en donde la mayor parte de la población es católica. Así sucedió en Francia en 1905 y luego en España durante 1931. Ambos eventos, ambas “revoluciones laicas”, no escatimaron en cristofobia, pues los promotores de la acción se apoyaron en un violento sentimiento anticlerical que se tradujo en auténticas persecuciones a cristianos por el solo hecho de profesar su fe. En México incluso se llegaron a desarrollar las guerras cristeras entre 1926 y 1929, que no fueron otra cosa más que combates fraticidas motorizados por el odio anticristiano de la élite que en aquel momento gobernaba al país centroamericano.

En la Argentina la mentada “separación de la Iglesia y el Estado” fue un proceso que tuvo lugar a partir de 1880, durante la presidencia del tucumano Julio Argentino Roca. Aquí la masonería no obró de un modo tan hostil a como lo había hecho en otras partes del mundo, pero ello no implicó automáticamente colaboración entre las partes.

En los países de mayoría protestante la historia fue diferente. La Iglesia de Suecia permaneció adherida al Estado hasta el año 2000, la Iglesia de Inglaterra, en cambio, jamás se ha separado. Cabe la pregunta entonces: ¿por qué sucede esto? Y la respuesta está vinculada al desarrollo del capitalismo. En la Ética protestante y el espíritu del capitalismo, el pensador alemán Max Weber demuestra que algo como el capitalismo sólo podría haber emergido exitosamente en países que defendiesen los valores protestantes, puesto que los valores inculcados a la gente en los países católicos difícilmente podrían degenerarse en algo tan perverso como el sistema capitalista.

El autor francés Alexis de Tocqueville se hizo célebre luego de haber redactado un informe sociológico acerca de la sociedad estadounidense de la primera mitad del siglo XIX. Lo que maravillaba a este hombre era el hecho de que en ese país (de tradiciones protestantes) la política y la religión tendían siempre a cooperar la una con la otra, en lugar de oponerse. La fundación de la República en Norteamérica no incluyó enfrentamientos significativos contra las autoridades religiosas, como si había sucedido con la fundación de la República en Francia por culpa de los nefastos eventos de 1789.

De ello se deduce que el motivo por el que el catolicismo y el capitalismo han chocado está en que el uno no tolera al otro, puesto que cada uno se construye sobre un conjunto de valores que, en muchos casos, son antitéticos: mientras el catolicismo quiere la salvación del hombre, el capitalismo pretende lo contrario. Los fundamentalistas de la laicidad son los que adoran el carnero de oro más cercano; ellos sólo constituyen una gran masa de lacayos del Maligno que hacen voluntariamente el trabajo sucio por él.

El peso de la identidad

El periodista Luis Caro Figueroa es uno de los tantos saduceos que han felicitado a Domínguez por su decisión de emitir un fallo confuso que aparenta jaquear al catolicismo en Salta. Sus argumentos repiten todos los clichés de los desviados que se hacen llamar “progresistas”. Por ejemplo Caro Figueroa dice:

De esa sociedad uniforme, casi monolítica, de la que antaño formamos parte, apenas si quedan rastros. El pluralismo, la diversidad y la fragmentación son los signos de los tiempos, y por ello ya no es legítimo pensar que el peso de las minorías en el conjunto -aun el de las más minúsculas- es tan insignificante como pretenden las mentalidades uniformadoras, por no llamarlas totalitarias.”

Según esta lectura, el pasado habría sido una época de homogeneidad y el futuro, en cambio, será una época de heterogeneidad. El problema de esta postura (que es el caballito de batalla de los progresistas contemporáneos) es que resulta absurdamente simplista. En primer lugar porque interpreta al pluralismo y a la fragmentación como algo en esencia positivo, ocultando que aquí funcionan como sinónimos de algo infausto como lo es la “atomización”; y, en segundo lugar, porque una mirada como esa legitima al relativismo, que no es más que un vicio teorético al cual las mentes más luminosas de la cultura occidental vienen intentando eliminar con el desarrollo de algo llamado “ciencia”.

Pero lo peor del discurso de Caro Figueroa (y de aquellos muchos que piensan como él) es este tipo de expresiones:

El juez ha honrado su profesión al enseñarnos que las leyes existen precisamente para gobernar a las costumbres y evitar que éstas, por muy extendidas y antiguas que sean, se coloquen por encima de los valores de la racionalidad legal sancionada por la soberanía popular.

Las leyes no existen para gobernar las costumbres. Las leyes existen para que comportamientos indeseables no se conviertan en costumbres. Cuando una ley apunta a prohibir algo que es una costumbre ampliamente aceptada entonces se está en presencia de un totalitarismo (del mismo modo que las leyes que están pensadas no para prohibir sino para obligar a hacer algo también manifiestan una vocación totalitaria en quien las emite).

Lo más preocupante de este tipo de enfoques es que atentan abiertamente en contra de las identidades vigentes, con el único objetivo de abrir grietas a través de las cuales puedan florecer nuevas identidades, identidades diseñadas en los últimos cincuenta años para que los mercados puedan diversificarse y tener mayor alcance. La identidad es, recordémoslo, la suma de las costumbres más aceptadas y de las tradiciones más sólidas. Costumbres y tradiciones tienen un fundamento histórico, es decir son fenómenos que llevan años, décadas o hasta siglos de existencia, por lo que una simple ley nunca es razón suficiente para que una multitud deje de hacer que determinados rituales, determinados símbolos y/o determinados conceptos formen parte de sus rutinas.

La ilusión de la igualdad

Uno de los báculos sobre los que se sustenta el discurso de los fundamentalistas del laicismo es la engañosa idea de igualdad. Desde su perspectiva, que el catolicismo sea la religión mayoritaria en la Argentina es sólo un detalle sin importancia; ellos presionan por un Estado sin religión, o, en su defecto, un Estado en donde todas las religiones tengan más o menos la misma dimensión y, por supuesto, un rol secundario e insignificante en la vida diaria.

El fundamento sobre el que basan sus ideas es, como ya se ha apuntado, la igualdad. Para los progresistas todas las religiones son o serían iguales. No importa la incompatibilidad de las doctrinas, en el fondo todas hablarían de algo así como lo “espiritual” y por ende todas transmitirían el mismo mensaje. A raíz de ello cada religión (así sea el catolicismo o el umbandismo, el islamismo o la cienciología) sólo tiene derecho a ocupar un determinado espacio dentro de la vida pública. El resto está reservado a la “neutralidad”. El problema más evidente es que esa neutralidad que postulan los progresistas rompe con la igualdad religiosa, pues mientras todas las religiones están –según esta manera de pensar– a la misma altura, la neutralidad es superior a todas ellas. En efecto, en la concepción progresista del mundo, el laicismo vendría a ser la versión predeterminada de la religión en toda la población mundial, siendo cada religión particular una desviación que cada ciudadano del mundo hace a título personal y bajo su propia responsabilidad.

La igualdad construida desde la visión de una minoría (la de la minoría laica y progresista) no es más que la impostura de la ideología de esa minoría sobre el resto de la sociedad. Desde el punto de vista de estos cuestionables personajes es perfectamente normal sostener que aquellos padres que quieren una educación con contenidos y valores religiosos para sus hijos deberían enviar a esos jóvenes a una escuela privada religiosa, pero es, por el contrario, algo descabellado el sugerirle a aquellos padres que quieren una educación propiamente laica para sus hijos que envíen a éstos a una escuela privada laica.     

Ellos pregonan la “libertad de religión” pero en realidad apuestan por una sociedad “libre de religión”. A los progresistas no sólo les repugna que se hable de lo religioso, sea en los términos que sea, sino que suponen que impulsando el silencio sobre el tema, entonces la religión habrá de desaparecer. De allí sus esfuerzos por aniquilar todo lo que sepa a religión.

El Ministro de Educación de Salta Roberto Dib Ashur llamó la atención sobre el hecho de que en la provincia hay al menos 162 escuelas públicas de educación primaria que han sido bautizadas con nombres estrechamente relacionados a la religión católica. Si la oración católica habrá de ser eliminada primero, si la materia religión habrá de ser depurada para eliminar todo contenido estrictamente católico después, ¿acaso no se proseguirá eliminando crucifijos y renombrando a las escuelas? Todo ello es una ofensiva totalmente caprichosa, en donde un grupo de inadaptados sociales utiliza como arma de ataque aquellos artilugios que la mayoría bondadosa le confirió para que se defiendan ante un posible atropello.

Las paredes en blanco, el vaciamiento de símbolos, es una declaración ideológica completamente violenta. En un país con amplia mayoría cristiana, quitar crucifijos de edificios públicos equivale a obligar a los ateos a llevar cruces alrededor del cuello. La consulta popular daría el triunfo a la tradición, pero una decisión democrática en este ámbito aterra a los profetas del laicismo.  


Antonella Díaz

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