La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 12 de febrero de 2012

La numismafia

Temor decimal 

Todos los consumidores argentinos, en más de una ocasión, nos hemos encontrado en algún comercio en donde se nos ha mezquinado las monedas del vuelto. En los kioscos, generalmente, se compensa la falta de estas minúsculas piezas metálicas con el ofrecimiento de incomibles caramelos que estamos obligados a aceptar para no regalarle el dinero al kiosquero. Y rara vez podemos obrar a la inversa y pagar lo que consumimos entregando una bolsa de caramelos por el mismo valor del monto que se nos solicita, pues el trueque no resulta ser un sistema de intercambio comercial muy convincente por estos días.

En otras situaciones, peor aún, ni siquiera obtenemos esos caramelos. Tal es el caso emblemático del transporte público, donde taxistas y colectiveros se han enfrentado en incontables oportunidades a sus pasajeros por culpa de las pequeñas inhallables.

La ausencia de las monedas de menor denominación beneficia principalmente a todos aquellos comerciantes cuyas operaciones son las más pequeñas del mercado. En rigor sólo beneficia a los más inescrupulosos de ese grupo, los que terminan acumulando un dinero extra por sus ventas (los comerciantes honestos prefieren perder la venta y ganarse la antipatía de los clientes, o también optan por resignar lo que les corresponde y empobrecerse poco a poco).

En la Argentina contemporánea se nos ha inculcado un temor ante lo decimal, por lo que se busca siempre que los vueltos se redondeen o entre números enteros o entre mitades de números enteros. La consigna parece ser el evitar invocar a las “ausentes” moneditas de 5 y 10 centavos. ¿Pero están realmente desaparecidas?

El de$aparecido Pellegrini

La escasez de monedas parece ser algo crónico. Todos los años la prensa dedica espacio para “denunciar” la situación, aunque en 2011 –debido a la escalada inflacionaria y a los violentos aumentos de los precios de muchos productos– este tema no recibió tanta cobertura como en años anteriores (aún así en enero La Gaceta de Tucumán publicó un artículo al respecto y en julio lo hizo también La Unión de Catamarca, mientras que en noviembre Canal 9 de Salta subió en su sitio web una foto que alguien les pasó por Facebook, en la que se ve que una pollería permuta $ 300 en monedas a cambio de tres billetes de $ 100 y un pollo entero de regalo).  

La carencia de monedas es un fenómeno kirchnerista, pues en otras épocas lo común siempre fue el exceso. En efecto, desde que salió de circulación el billete de 1 peso (aquel que llevaba la efigie de Pellegrini) la cantidad de monedas en uso, en contrapartida, creció significativamente, ya que todos los billetes en vigencia debieron ser reemplazados por una moneda equivalente.

Ahora bien, ¿quién fue el responsable de la desaparición, en plena democracia, del Pellegrini? Todos los indicios apuntan a IBM. Durante los años del menemato, esta corporación hizo un feroz lobby para implementar las máquinas expendedoras de boletos; conseguido este objetivo, a nadie sorprendió que la gigantesca multinacional ganara innumerables licitaciones para brindar el servicio. IBM, por tanto, fue uno de los principales grupos que alentó al Estado para que los Pellegrinis desaparezcan y la venta de máquinas expendedoras se tornase una necesidad, desencadenando también una consecuente urgencia de monedas para poder utilizar dichas máquinas.

Tras la desaparición del Pellegrini reapareció un fenómeno que en Argentina se había extinguido hacía casi un siglo: la falseación. El fin de la inflación durante la década de 1990 y el tipo de cambio equilibrado con el dólar contribuyó a desatar una fiebre falseadora de monedas cuyas consecuencias aún hoy se perciben. Se estima que, actualmente, en un conjunto de 1.000 monedas argentinas (hechas, supuestamente, de aleaciones de cobre y aluminio o de cobre y níquel) es posible encontrar al menos 5 monedas falsas (fabricadas a base de cobre y otros metales, entre los que se incluye el zinc, el estaño, el antimonio y el plomo). Las monedas falsas, producidas con moldes de joyería, son reconocibles porque suelen desteñirse o borrarse sus relieves fácilmente.

Los bancos, según sus propias palabras, no aceptan este tipo de monedas, pero ellas no son complicadas de encontrar en todos los sitios donde se paga en efectivo con sumas pequeñas, lo que incluye supermercados, almacenes, kioscos, locutorios, agencias de lotería, transportes públicos, etc.

Las secuestradas

Desde la consolidación del kirchnerismo en el poder, las noticias de falseación de monedas cesaron de circular. La realidad es que ya desde el abandono del uno-a-uno cambiario el negocio de la falseación de monedas se había tornado poco lucrativo. Sin embargo la prensa pronto empezó a alertar sobre la nueva modalidad que habían adoptado los delincuentes en torno a las monedas: el secuestro.

Tiene que tomarse en cuenta que aquí no se está hablando de las monedas más pequeñas (las de 1, 5 y 10 centavos) sino de las más grandes (las de 25 y 50 centavos, y las de 1 peso). Las primeras monedas que empezaron a escasear fueron aquellas cuyos valores son los más elevados. El fenómeno fue denunciado y tiempo después cayó uno de los responsables: las transportadoras de caudales. Estas empresas sólo existen con la excusa de que ellas pueden garantizar la seguridad y la integridad de las cifras que otras empresas ingresan en los bancos. Sin embargo muchas transportadoras de caudales se jactan también de poder asegurar un amplio abastecimiento de monedas a quienes lo soliciten. Es decir, si una empresa (generalmente un comercio) precisa monedas, puede contratar los servicios de una de estas transportadoras y convertir, de paso, sus papeles en metales; de lo contrario la empresa deberá insistir con un mínimo de éxito garantizado en el Banco Nación para conseguir cambio, o visitar el mercado negro para obtener las monedas de las empresas de transporte de pasajeros o de las iglesias.

De todos modos las transportadoras de caudales son el eslabón más débil de la numismafia. Valiéndonos de una analogía, se puede decir que son como los punteros a los que se los acusa de ser los ejecutores del negocio del narcotráfico, con el único propósito de señalar a algún culpable, llevarle algo de tranquilidad a la población preocupada por la situación y proseguir mientras tanto con la organización del delito. En casos como este nadie cuestiona a los auténticos responsables, puesto que hacerlo sería ir en contra de quienes ostentan el poder hoy en día.

Cabe, entonces, la pregunta: ¿quién es el mayor responsable de todo esto? La respuesta oficial, la que vergonzosamente reprodujeron los miembros de la prensa nacional y de la internacional, es casi descabellada: “el constante aumento de precios debido a la inflación hace que el cobre y el aluminio del que las monedas están hechas tengan más valor que su denominación.” Creer en algo semejante sólo puede ser testimonio de una preocupante ignorancia.

Ningún periodista, según parece, se ha tomado la molestia de comparar precios y utilizar el sentido común. Quizás los que han escrito sobre el tema no sean buenos para las matemáticas. Hagamos aquí el cálculo que ellos no han hecho: una moneda de 50 centavos pesa 5,8 gramos; para tener un kilo de monedas hay que juntar 173 unidades, las que equivalen –según su valor nominal– a $ 86,50. Ahora bien, el kilo de cobre, actualmente, cuesta alrededor de $ 37 en el mercado oficial (en el mercado negro el valor tiene que ser aún menor). Hace dos años atrás, cuando faltaban tantas monedas como ahora, el precio rondaba los $ 24. Evidentemente juntar monedas para fundirlas y vender el cobre es, tanto ayer como hoy, una flagrante pérdida de dinero.

El siguiente cuadro repite el cálculo para todas las monedas en vigencia legal en la Argentina, exceptuando la de 1 centavo y la de 2 pesos:


Como queda claro, el único negocio sería acopiar monedas de 5 centavos y fundirlas para obtener una ganancia que rondaría entre los 10 y los 15 pesos por cada kilo de unidades. Sin embargo si se toma en cuenta el costo de fundición, y si se le suma el hecho de que el cobre de las monedas no es totalmente puro (ya que el 10% de esas monedas están hechas de aluminio), queda en evidencia que no hay nada de lucrativo en el asunto, y que esta hipótesis no nace de la incompetencia sino de la mala fe de quien la formuló, probablemente algún “periodista militante”. Quienes la repiten son o comunicadores cómplices o periodistas incapaces.

Las monedas en juego

Descartada la absurda hipótesis de vendedores de cobre, es más sencillo encontrar a los culpables de la escasez de monedas: la industria del juego. Cualquiera puede constatarlo: elija uno de esos antros conocidos como videopokers, ingrese con un billete de $ 50 con la excusa de que lo quiere cambiar para jugar en sus maquinitas, y acto seguido tendrá en sus manos 50 monedas de 1 peso, 100 de 50 centavos o 200 de 25; las entregan entubadas en paquetes de 10 unidades. La escasez de monedas no existe en esos lugares (pero si abundan los usureros, las prostitutas y sus proxenetas, los punteros que venden drogas, etc).

Los tucumanos de memoria más activa recordarán que hace unos años muchos vecinos intentaron resistir la apertura de locales de juego en la provincia. Que esa lucha fue un fracaso lo atestigua la cotidiana falta de monedas. También la veloz multiplicación de las máquinas tragamonedas en Salta y Jujuy ha contribuido a afianzar este fenómeno en el NOA. 

La industria del juego concentra las monedas de mayor denominación, y arregla con bancos y transportadoras el funcionamiento de la numismafia. La desaparición de las otras monedas responde a un eco oportunista de los comerciantes (como ya está instalada oficialmente la cuestión de la escasez, es más simple negar vuelto).

En diciembre pasado el Banco Nación, después de muchas idas y vueltas, puso en circulación las monedas de 2 pesos. Dichas monedas resultaban imperiosas para las casas de juegos de azar, debido a que la inflación obliga a manejar cifras más altas en todos los ámbitos. Al día de la fecha las monedas de 2 pesos también escasean entre quienes no se dedican al juego.


Pablo Ulises Soria

4 comentarios:

  1. Si el precio del cobre sigue subiendo, entonces si se va a convertir en negocio acopiar y fundir monedas de 10 y de 25 centavos. Hay que ver que pasa con la inflación.

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  2. Llama la atención también la cantidad de monedas conmemorativas que se hicieron en Argentina desde que están los Kirchner. Ya durante los últimos años de Menem y durante el gobierno de De la Rúa aparecían esas monedas, pero con los Kirchner se hicieron un montón de anuncios sobre las conmemoraciones a través de un circulito de bronce. ¿Negociados con los fabricantes de monedas?

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  3. yo trabaje un mes de camarera en un videopoker de tucuman y doy fe de que es como dicen en la nota

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  4. Y que tal si Cristina anuncia el plan Monedas Para Todos. Seria por fin algo que todos los argentinos disfrutariamos. Que sancionen a los kiosqueros que pijotean monedas, es indignante que te obligan a comprar de mas o a ir a otro lugar para que te den monedas.

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