La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 18 de septiembre de 2011

La vigencia del Milagro: una mirada sobre el Catolicismo y el Pueblo en la Salta contemporánea

La historia

A San Francisco Solano se le atribuye una profecía en donde anuncia que “Salta saltará y Esteco perecerá”. En 1692, a 82 años de la muerte del famoso santo taumaturgo, un terrible sismo sacudió al norte argentino. La ciudad de Esteco, emplazada a la vera del río Juramento, fue totalmente devastada a causa del terremoto, mientras que la ciudad de Salta, ubicada a sólo unos pocos kilómetros de distancia, padeció de un daño ínfimo comparado al que había sufrido su semejante. Los vecinos salteños atribuyeron su suerte al poder milagroso de dos imágenes que la localidad atesoraba desde hacía mucho tiempo pero a las cuales no les demostraban suficiente admiración: una era la imagen de un Cristo Crucificado, donada por el Obispo Francisco de Victoria, que tuvo la particularidad de llegar flotando al Puerto de Lima (ciudad actualmente denominada “Callao”) dentro de un cajón tras el naufragio del barco que la transportaba, y la otra era una imagen de la Virgen María, también de procedencia peruana. Cuando la tierra colapsó y todo sobre su superficie deseó desmoronarse, los salteños oraron temerosa y fervorosamente ante las imágenes de Cristo y María, que recorrieron las calles de la vieja urbe en una procesión multitudinaria. El cataclismo no aconteció. Esteco, en cambio, no contó con el resguardo de imágenes tan poderosas, por lo que el milagro por el que sus moradores imploraron nunca ocurrió, y toda su población debió ser reubicada en otras áreas.

Con el tiempo se llegó a la conclusión de que Esteco había sido destruida a causa de sus pecados. Como si se tratase de una Sodoma situada en lo que actualmente es la región del NOA, la leyenda asegura que habrían sido sus propios pobladores los causantes de la desgracia. En ese mismo año 1692 la ciudad de Port Royal en la isla de Jamaica, un auténtico nido de piratas ingleses (tal y como lo describe el formidable capítulo 6 de la novela Caribe de James Michener), aceptó un terremoto violentísimo como destino autoimpuesto por la vida licenciosa y la falta de piedad de la mayoría de sus habitantes. Esteco, que muy lejos estaba de asemejarse al infame asentamiento jamaiquino, terminó sumergida en la misma tragedia. La posterioridad acusó a los estequeños (muchos de ellos bravos defensores de la frontera virreinal en contra de la indiada del Chaco) de libertinos, aunque su mayor falta parece haber sido la soberbia.

Al mismo tiempo que Esteco se desvanecía para convertirse en un fantasma que recordaba el peligro de omitir los preceptos cristianos como guía de la vida cotidiana, Salta consolidaba su íntimo compromiso con la Santa Iglesia de Roma. A partir de entonces, según los devotos, la ciudad de Salta ha quedado bajo la protección de Dios. La región vivió fuertes sismos en 1826, 1844, 1863, 1871, 1874, 1899, 1908, 1930, 1948, 1959, 1966, 1973, 1974, 1993 y 2010, pero ninguno de ellos logró quebrantar el espíritu cristiano de su gente. A manera de agradecimiento, el pueblo salteño conmemora durante el mes de septiembre a los hombres salvados a través de los milagros y renueva su pacto de fidelidad con el Altísimo, demostrando que entre lo celestial y lo terreno no hay divorcio sino unión.

El compromiso

El sismo experimentado en 2010 fue anómalo. Debido a su intensidad y profundidad, los expertos coinciden en que la ciudad de Salta debió de haber sufrido daños mucho más severos que los que sufrió. En algunos lugares la situación tendría que haberse asemejado a Haití, dado que allí la Salta gobernada por Miguel Isa parece un espejo de la isla antillana. Sin embargo ello no sucedió. Monseñor Pedro Lira sugirió que algo así se logró gracias a la fidelidad del pueblo salteño a Dios renovada año tras año, y propuso organizar una cruzada de oración para frenar los terremotos.

El actual Arzobispo de Salta, Monseñor Mario Cargnello, durante las celebraciones enfatizó el deber católico de defender a la cultura vida y rechazar a la de la muerte, e instó a los fieles a repudiar a todo aquello que atenta contra el don de la existencia, especialmente contra la vida de los seres más indefensos y vulnerables. Cargnello y Lira, de alguna manera, coincidieron: a las vidas se las salva mediante un auténtico compromiso con Dios, tanto para defender el orden natural como para llevar consuelo al afligido.

La libertad y los libertinos

La festividad movilizó a más de medio millón de personas en la ciudad de Salta, y tuvo sus replicas de menor escala en muchas otras localidades (San Salvador de Jujuy, Perico, Campo Santo, Tartagal, Orán, San Miguel de Tucumán y un largo etcétera). Ninguna marcha de aberrosexualistas, de hembristas, de izquierdistas mamporreros ni nada anti-cristiano puede llegar a convocar tanta gente en tan diversas partes. Y ello es así pues la Fiesta del Milagro expresa el triunfo de la comunidad por sobre el individualismo atomizante de sus detractores. Es decir, durante el 6 y el 15 de septiembre es el pueblo salteño el que sale a las calles a demostrar su unidad y su coincidencia; en cambio, cada vez que se hacen las marchas de provocación sólo se consigue concentrar a un puñado de póngidos con sus sexos al viento que, paradójicamente, se amparan en una doctrina llamada “derechos humanos” para reunirse. Porque recordemos que la Fiesta del Milagro no se trata de un evento que llama a la lucha a un montón de gente rencorosa y malentretenida para que, a través de una acción conjunta, se sientan mejor con ellos mismos y con el estilo de vida repugnante que llevan; por el contrario, la Fiesta del Milagro es un evento de paz y agradecimiento, de arrepentimiento y de devoción.     

A los cretinos de siempre les cuesta aceptar lo innegable: Salta es profundamente católica. Igual que todo el NOA. Muchos se quejaron de una ordenanza que disponía la suspensión de algunas actividades artísticas durante los días de celebración (aunque, en el caso del recital de poesía del español José Sacristán, la gente debería estar eternamente agradecida con las autoridades municipales). Lo que arguyeron estos personajes es que la libertad de unos no puede limitar la de otros. Tal argumento, en países como Israel o Arabia Saudita, resultaría absurdo a la hora de ser planteado, pero en Argentina –al igual que en todo Occidente– resulta sencillo, y hasta políticamente correcto, rasgarse las vestiduras para defender a todo aquello que atente contra la idea de Libertad. Empero no hay que olvidar que esa idea de Libertad está diseñada según el gusto de quienes la evocan, pues si se utiliza el mismo principio para defender algo que la policía del pensamiento no ve con buenos ojos entonces uno no puede ampararse en la Libertad. De esa manera uno no puede, por ejemplo, manifestar sus sospechas sobre la veracidad del relato de Anne Frank -la campeona europea de escondidas durante el periodo 1942-1944- porque al hacerlo recibiría toda clase de improperios, pero uno si puede, en cambio, hablar pestes tranquilamente sobre los católicos, los fumadores y los cazadores, pues ninguno de esos grupos están protegidos por la dictadura de la corrección política. Del mismo modo uno no puede pedir pena de muerte para los criminales que ejecutan delitos de lesa humanidad (como el narcotráfico), pero si puede manifestarse abiertamente a favor del más vil genocidio (el que toma como víctima a los niños por nacer). Y ni se le ocurra a uno suspender actividades seculares para que lo sacro se manifieste sin contradicciones, porque con ello recibirá la queja y lloriqueos de los libertinos de todo color y pelaje. Para expresarlo de un modo breve: según estos fariseos, todo lo que contrinbuya con la idea de unidad y aproximación entre las personas tiene que ser repudiado, y todo lo que aporte para aislar e incomunicar a la gente es celebrado. 

La palabra clave en toda esta disputa es "tolerancia". Lo que transforma a la libertad en libertinaje es, precisamente, esta idea de la tolerancia mal entendida. "Tolerar" significa aceptar al otro en su diversidad, aunque esté uno profundamente en contra de lo que hace. "Tolerar" no significa aprobar todo lo que el otro hace y aplaudirle eso que atenta en contra de la propia identidad. Dicho de otro modo, "tolerar" es tener la posibilidad de aniquilar a alguien -porque se es más fuerte- y abstenerse de hacerlo -porque se es más bondadoso. En Argentina a muchas minorías, vale decir a muchas de las personas que no adhieren al mayoritario catolicismo, se las tolera. ¿Y cómo retribuyen ellas ese gesto magnánimo de la tolerancia? Con odio, con quejas, con la boca llena reclamos sin fundamento. Piden que su culto a la violencia sea respetado, pero no respetan el culto a la vida... En este punto habría que volver sobre el comienzo del párrafo y reformularlo: la palabra clave en toda esta disputa es "hipocresía".  

De las peregrinaciones al turismo religioso

En una columna del diario El Intransigente, José de Álzaga habla de la Fiesta del Milagro en contraposición con las jornadas de la Virgen del Cerro. Expone el asunto como una disputa en torno al turismo religioso, dando a entender que la Iglesia local, avalada por el Vaticano, genera mucho menos ingresos anuales frente a la supuesta advocación mariana que monopoliza el matrimonio Obeid. Su texto sólo saca a la luz una disputa interna que mantienen en el seno de la Iglesia Católica de Salta.

Oficialmente, la Virgen del Cerro no es considerado un fenómeno estrictamente católico. René Lauretín, un famoso investigador (aunque no el mejor en su campo) enviado por el Papa, analizó el caso y concluyó que lo que hace doña Livia Galliano de Obeid no se contrapone ni contradice a la doctrina cristiana, por lo que –según sugiere este sacerdote– cualquier católico es libre de participar de los encuentros si así lo desea. A raíz de esto, muchos clérigos buscan acercarse a los Obeid y alejarse de Cargnello, quien, desde un principio, fue tan cauto con el asunto que terminó pareciendo un abierto enemigo.

Lo que esta cuestión plantea de fondo es el tema de las raíces católicas del pueblo de Salta. Si se toma a las ideas de “pueblo” y “catolicismo” y se las estudia en su desarrollo histórico dentro de un marco norteño, se pueden obtener tres concepciones, que responden a tres maneras de abordar el asunto. En primer lugar está la perspectiva “purista”, que vendría a sostener que las manifestaciones de religiosidad popular deben ceder paso a verdaderas expresiones católicas, puesto que el objeto de la aceptación parcial en el cristianismo americano de fenómenos que rozan el paganismo sólo se habría producido para que el acceso a la religión verdadera se produjera de manera paulatina y completa. La segunda perspectiva es la que podríamos denominar “populista”, ya que, de acuerdo a la misma, el pueblo jamás se equivoca, por lo que toda cuestión religiosa que se muestre (aunque sea) incipientemente cristiana, debe ser aceptada como digna de pisar y ser acogido en una ermita, capilla o basílica católica. Finalmente, la tercera perspectiva es la de aquellos “laicistas” que son los que se declaran católicos pero que no entienden o no les interesa entender cuál es el significado de ello, y se contentan con mantenerse fieles a lo que la Iglesia dice. El problema de esta última mirada es que así como no opina sobre lo positivo o lo negativo que pasa alrededor de la Iglesia, tampoco opina sobre lo positivo o negativo que pasa en su interior. De esa manera se alinea automáticamente con lo que la Iglesia actual –cada vez menos católica y menos apostólica– sostiene. Así, las milenarias peregrinaciones se van convirtiendo en las novedosas escapadas para hacer turismo religioso, y el Milagro concedido por Dios para salvar a los salteños de los terremotos deviene una tradición pintoresca que de nada servirá cuando el Proyecto HAARP escoja por objetivo a nuestra patria.

Zain el-Din Caballero