La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 13 de noviembre de 2011

Ser gaucho es ser tradición

Una opinión sobre el Día de la Tradición

El 10 de noviembre pasado, el diario El Tribuno de Jujuy publicó un artículo en el que alguien –sin dar el nombre– opina acerca del Día de la Tradición. El texto empieza loando a José Hernández (el prócer que inspiró la celebración) y a su obra El gaucho Martín Fierro, empero luego agrega:

Pero la tradición, como tal, es mucho más que esa exaltación del gaucho pampeano: es el conjunto de ritos, creencias, costumbres que conforman la cultura que cada pueblo transmite de generación en generación. Nosotros, los jujeños, a este día, lo vemos como la fiesta de los gauchos, y nos deleita de corazón mirarlos pasar montados en sus caballos, vestidos con sus galas de sus corraleras y sosteniendo la Celeste y Blanca. Pero, a fuerza de ser sinceros, deberíamos ser mucho más amplios y consecuentes con todas las tradiciones jujeñas, que son mucho más que el hermoso universo de gauchaje.

Y prosigue:

Nuestra provincia, con su diversidad cultural tan grande, no honra sin embargo, en este día, la tradición de la Puna, donde la riqueza de sus pueblos originarios mantiene vivo el culto a sus dioses, la tradición de sus comidas, su culto a la muerte, su interpretación de otros mundos que existen más allá. […] De alguna manera, el universo de los gauchos de a caballo, con todo el encanto y la fuerza de esa parte de la tradición, ha monopolizado la celebración de este día, desplazando a otras tradiciones tanto o más fuertes. Claro, se debe entender que este “Día de la tradición” fue pensando, elaborado y lanzado en el epicentro de la pampa húmeda, como tantas otras cosas, teniendo sólo en cuenta lo que para ellos importa como trascendente, y lo “exportaron” al resto del país, para que sea cumplido.

Las palabras del autor dan a entender que al celebrar el Día de la Tradición evocando a la figura del gaucho se estaría cayendo en una especie de colonialismo mental, en donde una realidad inventada en Buenos Aires se impondría por sobre la realidad vivida en el norte de la República Argentina. Nada más desacertado.

Sentir indiano y sinarquías indigenistas  

El artículo de El Tribuno plantea dos temas: (1) los “pueblos originarios” son ignorados por la “tradición argentina” y (2) lo “gaucho” es más propio del sur del país que del norte. Dejemos para más tarde el segundo asunto y desarrollemos ahora el primero.

Vindicar a los “pueblos originarios” (aquellas personas conocidas antaño como “indios” y que, por razones de decoro verbal –o de “programación neurolingüística” o vaya uno a saber que otra tilingada–, ahora reciben otro nombre) parece ser una de las acciones más progresistas de nuestros días. A su vez, la promoción del progresismo es interpretada como la actitud humana más noble y magnánima capaz de realizarse sobre la faz de la tierra. De allí es que el retorno de lo precolombino en Iberoamérica sea visto, en este escenario, como una de las medidas más óptimas para lograr el progreso. Aunque parezca confuso, expliquémoslo: sucede que en un mundo de creciente homogenización capitalista (un mundo controlado por McDonald’s, Microsoft, Monsanto, etc), hay sólo dos opciones que son consideradas como “válidas”, a saber o bien puede uno convertirse en un tecnofílico cosmopolita, que desconoce las profundas aguas de la meditación pero que adora las superficies de la novedad, cuyo pensamiento es siempre políticamente correcto aunque caiga en flagrantes contradicciones, y que se escandaliza ante alguien quien no concuerda con él (y al que llamará, considerándolo un ser inferior, “un retrógrado”), o bien se puede optar por ser alguien que, con el propósito de frenar la pérdida de identidad, exhume viejos cadáveres mitológicos de la tierra en que nació o en que nacieron sus antepasados para rendirles culto en altares cuasi paganos. La segunda opción, como ya se habrá dado cuenta el lector, es la que contiene al indigenismo.  

El imperialismo del dinero propone dos alternativas: puede uno convertirse en parte de la mayoría que usa las redes sociales para fisgonear la vida de sus contactos y que vota cada vez que hay elecciones para darle su apoyo a la minoría “ilustrada” que nos gobierna, o, si se es un “indignado”, puede uno apostar por la introspección hasta encontrar en su genealogía, en sus prácticas sexuales, en sus genitales o en cualquier otra cosa una causa a la cual adherir y distanciarse así de la mayoría (aunque no necesariamente rompiendo con ella). Es decir, el nuevo orden mundial nos da a elegir entre el anonimato o la atomización, entre la falta de identidad o el exceso de la misma, entre ser parte de la mayoría anestesiada o de la minoría hiperactiva. El justo medio, la tercera posición, queda, por supuesto, fuera de toda consideración.  

Es evidente que los mercaderes quieren destruir a las naciones y a sus Estados. Dicho de otro modo el gran enemigo del capitalismo contemporáneo es la Comunidad. Entonces, ¿para qué evocar a la figura del gaucho en Tierra del Fuego, San Juan, Misiones o Jujuy durante el mismo día, si es posible echar mano al pintoresquismo local y al costumbrismo vernáculo? El interrogante se sustenta en la idea de que, una vez planteado el recurso al indigenismo, éste no puede ser objeto de crítica, ya que se procedió de la manera más “democráticamente” correcta al invocar el poder de las minorías y se corre el riesgo de ser demonizado por objetar algo en contra de esas “pobres víctimas”.   

El indigenismo, así como se lo promociona hoy en día, nos llega a estas latitudes desde el norte del continente. Es una moda-ideológica como ser rapero, swinger, hipster, gótico o wachiturro. Las teorías anglosajonas, basadas en sus usos y costumbres y en sus tradiciones legales, nos sugieren que los pueblos originarios son minorías que deben quedar al resguardo paternal de la mayoría. Así, por ejemplo, se gestó el “Estado Plurinacional de Bolivia”. Sin embargo ese “plurinacionalismo” resultó un verdadero tiro por la culata cuando el presidente Evo Morales trató de ponerlo en animación suspendida para efectuar un negocio multimillonario con Brasil que requería violentar los dominios territoriales de varias naciones indígenas. EEUU, que en realidad se preocupa muy poco por Morales, sintió la necesidad de aprovechar la oportunidad y castigar al gobierno boliviano por su expreso apoyo a Irán, y se puso del lado de los indígenas. En el episodio de Bolivia los estadounidenses no operaron en contra de los suramericanos sino en contra de sus aliados asiáticos. Pero, en el fondo, la premisa de Washington pareció ser: “acéptense todos como indígenas, así serán una megaminoría y nosotros, desde nuestra posición, podremos tratarlos como a nuestros hermanos menores”. Ese es el mapa propuesto por quienes controlan el mundo: hermanos mayores “ayudando” a hermanos menores, pues la idea de que haya Estados independientes y con el mismo grado de soberanía que las potencias atenta contra la expansión de los mercados y contra la hipercomercialización de la vida cotidiana.

Toda la avanzada indígena que reclama tierras y dinero (o el dinero que dan las tierras, ya que, como se sabe, el capitalismo sólo pudo existir gracias al concepto de “hipoteca”), que frente a la “celeste y blanca” pide enarbolar un trapo multicolor, tiene por único propósito destruir la poca unidad nacional gestada en esta parte del planeta durante los últimos 500 años, con el objetivo último de convertirnos en un cúmulo de regiones, en Estados “plurinacionales”, que serán “altruistamente” apadrinados por los gigantes del norte.   

Que quede claro: una cosa es la identidad primaria que nos confiere el Estado-nación al que pertenecemos y otra cosa es la identidad secundaria que le pertenece a cada uno. O sea una cosa es ser argentino y otra cosa es, además, sentirse un poco italiano, español, judío, árabe, indio o coreano porque los propios antepasados provienen de otros lugares o de otros tiempos. El sentirse indio (o árabe, o judío, o italiano, o coreano, etc) no es nada reprochable, sin embargo el querer que lo indio se imponga comunitariamente –sin reclamar lo mismo para lo árabe, lo judío, lo italiano, etc.– es sólo una muestra de que quien propone ello juega, cínica o ilusamente, del bando del nuevo orden mundial.

La patria criolla

Además de esa vindicación del indigenismo en clave novordista, el artículo de El Tribuno sostiene, asombrosamente, que lo gaucho fue inventado en la pampa húmeda y “exportado” hacía el resto del país. Es difícil saber si el autor obra de mala fe o si es simplemente ignorante, pero cualquiera de las dos opciones es preocupante.

“Gaucho”, en la Argentina, es un término vinculado a “criollo”. Un criollo es aquel hombre americano que posee una cosmovisión particular (vale decir una visión totalizadora del hombre, del mundo y del modo en que ambos se relacionan), la cual termina produciendo una idiosincrasia común a todos. Hay dos tipos de criollos: los biológicos y los espirituales. En el primer grupo se cuentan a todos aquellos conquistadores y primeros pobladores europeos llegados a América, que se afincaron en esta parte del planeta y que en gran número terminaron mestizándose con los indios que habitaban en algunas de las partes del continente. En el segundo grupo, en cambio, están todos aquellos que, siendo nativos americanos o siendo inmigrantes de cualquier parte del globo arraigados en el territorio que cambió la perspectiva del mundo occidental a partir de 1492, han aprendido a amar la cultura de esos criollos, la cual no es otra cosa más que los desarrollos naturales de vivir con la Cruz de Cristo junto al corazón.    

El criollo es aquel que siente orgullo por lo propio, que aprecia más lo auténtico que lo inauténtico. El pobre o el rico pueden ser criollos; los hombres, las mujeres, los niños, los ancianos, todos tienen derecho a lo criollo. Lo criollo es nada más y nada menos que lo genuino que una persona argentina manifiesta.

Los gauchos del norte

El gaucho, se podría decir, es el biotipo del criollo. Es en el imaginario cultural su forma más característica. Por ello el gaucho es el epítome de lo criollo (de lo patriota). Y esto se lo debemos no a José Hernández, ni a Leopoldo Lugones, ni a Ricardo Rojas, sino a un norteño anterior a ellos: el General Martín Miguel de Güemes.

En efecto, antes de Güemes la palabra “gaucho” cargaba con una connotación peyorativa, pues se la usaba para designar a aquellos hombres de campo que osaban rebelarse en contra de las normas sociales establecidas por los emisarios del monarca español. Hoy en día sería como llamarlos “malandras”, “chorros” o algo parecido. La palabra circulaba especialmente en la región pampeana de nuestro país, como también en el área de la Mesopotamia, la Banda Oriental y –en menor medida– el sur de Brasil, mientras que en todo el norte del país “gaucho” era un término poco conocido. Pues bien, sucedió que mientras Güemes comandaba a los ejércitos locales en contra de los realistas, varios oficiales experimentados provenientes del sur del país se incorporaron a su empresa. Éstos se encontraron con que el grueso de las milicias güemesianas estaba compuesto por negros, indios, mestizos y criollos pobretones a los cuales los militares denominaron, como una chanza entre ellos, “gauchos”. Güemes sabía qué significaba en realidad el término “gaucho”, ya que el famoso general había vivido en Buenos Aires durante la época de la Invasiones Inglesas (a las que bravamente combatió). Entonces, al enterarse del trato discriminatorio que se gestaba en el interior de su fuerza, decidió disciplinar a toda su tropa adoptando abiertamente para sí la denominación de “gaucho”. De esa manera, al hacerse Güemes llamar “gaucho”, un término que era peyorativo en el sur del país pasó a ser laudatorio en el norte, particularmente en la zona de lo que hoy es Salta, Jujuy y Tarija.

Fuera de la región norteña, la palabra “gaucho” siguió sirviendo para referirse a personas de malos modales, incultos e ignorantes. Tal significado es aún hoy en día común en el habla popular de Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Luís y otras provincias del país. Pero allí, en las escuelas, se enseña que lo “gaucho” es lo contrario. Esta contradicción se debe a que el enaltecimiento escolar del gaucho es una operación cultural que en realidad tiene un poco menos de 100 años.  

La apoteosis del gaucho llegó no con la publicación de El gaucho Martín Fierro de Hernández, sino varias décadas después, durante la época del Centenario, con la lectura épica que hicieron del poema Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones. Rojas y Lugones, dos nacionalistas provincianos, veían en Güemes al auténtico héroe gaucho. Gracias a ellos, la tradición cultural criolla adquirió un hito fundacional. Pero fue Juan Alfonso Carrizo quien unos años después se ocupó, pacientemente, de rescatar la voz criolla y consagrarla como eje de la tradición argentina. A este famoso investigador catamarqueño lo siguieron muchos hombres y muchas mujeres que lograron plasmar la idea de que el gaucho no es una invención literaria que invade el norte desde el sur sino una realidad auténtica que surge del suelo patrio y va a parar a las bibliotecas. Por tanto queda claro que la verdadera cultura argentina fundacional es la tucumanense, de eso no caben dudas. Y de esa cultura el gaucho no es un invasor, sino un hijo directo.

Herencia, conservación, tradición    

Antes de terminar, quizás sea útil hacer una aclaración conceptual: “herencia”, “conservación” y “tradición” son tres asuntos distintos. La “herencia” es todo aquello que se les deja a las criaturas del futuro o que se recibe de los seres del pasado. La “conservación” es la retención de algo que ya existe (sea bueno o malo) durante la mayor cantidad de tiempo posible. Y la “tradición” es el traspaso generacional de todo aquello que se considere como algo valioso. Al heredar o al herenciar uno recibe o deja aquello que se tiene (a veces se puede tener suerte y recibir de herencia una mansión, o a veces se puede carecer de ella y dejarle como herencia a su prole el síndrome de Marfan). Al conservar, por su parte, uno evita que algunas soluciones ingresen a los sistemas, pero también consigue frenar la creación de nuevos problemas que serán más destructivos que los ya vigentes. Al traditar, finalmente, uno entrega valores que les servirán a todos para vivir en la virtud, el amor y la justicia. Esa acción, esa entrega de valores vivos, es lo que encarna el gaucho.       

Zain el-Din Caballero

3 comentarios:

  1. Desde el inicio de la gesta Güemes formó sus cuadros por orden de Diego Pueyrredón sumando a los indios de la Puna y de la Quebrada de Humahuaca, seleccionados por el Cura Alejo de Alberro, y los puesteros con Francisco Pastor en la Quebrada, quienes se sumarían a los jinetes de los valles de Salta, formando un cuerpo de observación con los que tendrá su bautismo de fuego en las primeras acciones por la revolución en Cangrejillos y Yavi contra las
    avanzadas realistas, luego Cotagaita y Suipacha.

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  2. El gaucho es lo que une al Norte con lo Porteño no a lo Porteño con el Norte. Sin gauchos el sur no tendría nada que ver con nosotros, serían completamente distintos.

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  3. Coincido con Zain: la disyuntiva parece ser o adherir a un universalismo anónimo del consumo o convertirse en un extremista hermético de lo regional. El localismo parece no tener lugar en el discurso del Nuevo Orden Mundial.

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