La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 27 de noviembre de 2011

Mujeres que mienten

Se nos ha perdido una niña

En los últimos meses las redes sociales y los medios masivos de comunicación del noroeste argentino han sido utilizados para solicitarle a la gente información acerca de jóvenes mujeres desaparecidas. Semejantes convocatorias han generado rápidas respuestas por parte de la sociedad, la cual no vacila en solidarizarse con quienes atraviesan la angustiante situación de no poder conocer el paradero de un familiar. Tal ha sido el caso de, por ejemplo, la familia de María Cash, una mujer de casi 30 años que intempestivamente un día decidió dejar su hogar en el sur del país para viajar a Jujuy, pero que nunca llegó a su destino. Hasta el día de la fecha Cash no ha aparecido ni viva ni muerta (aunque ello no ha impedido que su familia siga vendiendo, y en grandes cantidades, la indumentaria que la mujer diseñaba).

También se registraron otros casos en donde, afortunadamente, la joven buscada reapareció con vida. Empero el final feliz de dichos casos se vio muchas veces enturbiado por los detalles que se dieron a conocer y que develaron situaciones infaustas.  

Los hechos hablan por si solos:

(1) Yésica Müller, 21 años, de Metán, Salta. Su madre la denunció como desaparecida, y luego se supo que la joven –que padece de problemas neurológicos– estaba en Tucumán, con un aparente novio de 30 años.
(2) Celeste Ayelén Acosta, 14 años, de Simoca, Tucumán. Su familia realizó una campaña para encontrarla tras su fuga, y al poco tiempo fue hallada en Termas de Río Hondo junto a su novio de 26 años.
(3)  Stefanía Jiménez Galarza, 14 años, de Alderetes, Tucumán. Tras 40 días de ausencia de su hogar, fue encontrada en El Colmenar, amancebada con un muchacho mayor de edad.
(4) Marisol Calderón, 15 años, de San Miguel de Tucumán. Desapareció al salir de la escuela después de una clase de educación física. Reapareció en Simoca, acompañada por su novio de 20 años.
(5) Hija de María Alejandra Flores, 15 años, de Salta capital. En conflicto doméstico con su madre, la joven no regresó desde la escuela a su hogar y fue encontrada un par de días después deambulando por el Parque San Martín. 

Estos cinco casos aquí enumerados constituyen apenas un puñado de las cuantiosas denuncias por desaparición que se hacen mensualmente en las comisarías del NOA. Pues bien, si dejamos de lado al último caso –sobre el cual no se informó con exactitud el motivo de la fuga–, se podrá apreciar como en los cuatro anteriores hay un común denominador: el deseo de las jóvenes de estar con sus novios, conviviendo con ellos en una suerte de concubinato que evade la ley (ya que, según la legislación argentina, una persona debe ser mayor de 16 para poder tener relaciones sexuales con un adulto sin que acontezca el delito del estupro).   

Pastorcillas mentirosas

Lo que se infiere de casi todos los casos de desaparición últimamente denunciados es, por un lado, la insuficiencia comunicativa que padecen las familias y, por el otro, la voluntad de las jóvenes de entregarse a sus impulsos amatorios sin responsabilizarse de lo que se genere a partir de ello. En ocasiones esa combinación lleva a situaciones incómodas, como las que sucedieron recientemente en Tafí Viejo (Tucumán) y en San Luís (Salta), en donde dos jovencitas que se demoraron al retornar a su casa manifestaron haber sido secuestradas –movilizando gracias a ello a la policía– cuando en realidad estaban retozando con sus respectivos novios.  

Mucha gente suele indignarse con quienes fingen ser víctimas, pues algo así resulta ser una verdadera estafa moral. Exceptuando a los perversos y a los inescrupulosos, es lícito sostener que todo el mundo está dispuesto a defender a una víctima inocente, pero son pocos los que están del lado de la víctima no inocente y menos aún los que apoyan a quien sólo se disfrazó de víctima.

Lamentablemente esto de la victimización oportunista suele ser más frecuente de lo que uno puede llegar a creer. Un ejemplo paradigmático en está línea sería el caso de Verónica L’Argentière. L’Argentière es una locutora tucumana que hace unos meses se promocionó en los medios de comunicación de su provincia denunciando un intento de secuestro por parte de un taxista. Su relato estaba lleno de lagunas, lo que hizo que mucha gente sospechara sobre la veracidad de sus palabras. Un tiempo después el taxista descripto por L’Argentière como posible secuestrador fue detenido, pero terminó siendo dejado en libertad a las pocas horas por falta de méritos. El hombre no tenía antecedentes delictivos, sólo un grupo de mujeres (con cierto grado de cercanía a L’Argentière) lo incriminaban por un supuesto comportamiento inadecuado mientras prestaba el servicio.

Quizás L’Argentière realizó un bien social denunciando a un criminal en potencia, pero probablemente haya sido mayor el mal que ocasionó al acusar a un inocente y armar una campaña comunicacional en su contra. Lo peor de todo es que actitudes como la suya contribuyen a instaurar el efecto de las “pastorcillas mentirosas”. Ciertamente, por culpa de algunas mujeres que no miden las consecuencias de las cosas que hacen para ocultar lo que en verdad estuvieron haciendo o para ganar fama repentina, otras mujeres que si son auténticas víctimas de personas infames pierden credibilidad ante quienes deben protegerlas, ya que éstos –con sus oídos acostumbrados a un bombardeo de verdades a medias– vacilan a la hora de prestarles atención.

El negocio de la victimización no es nuevo, pero tampoco es bueno. A la larga los únicos beneficiados de todo esto son los grupos sinárquicos feministas, quienes aún ante los casos de falsedad más evidentes se las arreglan para dibujar un discurso tergiversador de la realidad y obtener más combustible para su motor de perversidad.

Situaciones confusas

Tanta publicidad sensibiliza a la gente. Siempre es bueno que aquella persona que atestigua un delito no se sienta indiferente ante el mismo. Pero hay ocasiones en que los hechos son confusos. Como ilustración de esto último se puede citar lo que ocurrió el jueves 18 de noviembre en la ciudad de Salta: un ciudadano bien intencionado vio que una mujer era subida por un hombre de una manera poco amable a un auto, y creyó estar presenciando un secuestro, por lo que alertó a la policía que se largó a perseguirlos hasta detenerlos. Al final se supo que el hombre y la mujer eran pareja, y sólo habían estado discutiendo en la vía pública.

En la Argentina el artículo 19 de la Constitución Nacional ampara, supuestamente, a un gran número de personas cuyas vidas son cuestionables pero contra las que poco se puede hacer. Puntualmente, el texto constitucional dice: “las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados.” Aquí es evidente que los conceptos de “orden y moral pública” y de “perjudicación de un tercero” representan una zona nebulosa. Una pareja que discute de tal manera que alguien confunde su disputa con un secuestro están, evidentemente, alterando el orden y la moral pública. Y probablemente estén también perjudicándose directamente el uno al otro –lo que abre el terreno para una posible perjudicación de un tercero. Pero nuestra sociedad es tolerante y sabe que las relaciones perfectas son sólo una expresión de deseo y no una realidad, y que las discusiones (algunas más acaloradas que otras) acontecen permanentemente en el ámbito familiar. Aunque nos duela admitirlo, la naturaleza humana es así, por lo que la agresividad y la violencia (en casi todas sus formas) es inerradicable.

Ahora bien, no olvidemos que la línea que separa a la agresividad tolerable y a la violencia doméstica es muy fina, y por ello aquí vuelve a escena el asunto de la victimización. Si en el apartado anterior hablaba de las mujeres que mienten para victimizarse y conseguir la aprobación de los demás, aquí me interesa hablar sobre las mujeres que se mienten sobre su condición de víctima para negarla y se sumergen en un escenario destructivo.

Afortunadamente hay muchas mujeres que saben romper el círculo de la violencia y permiten que la ley se interponga ante sus parejas antes de que sea demasiado tarde. Muchas consiguen de esa manera preservar su integridad física ante hombres que, cegados por la pasión, pueden llegar incluso a asesinarlas. Pero así como hay féminas que utilizan los instrumentos legales para evitar catástrofes, hay también muchas otras que se valen de los mismos sólo para negarse a ceder en sus posiciones e impedir resolver situaciones que son resolubles con la cantidad suficiente de diálogo y concesión. Esa actitud es la que provoca que un buen número de familias colapsen, desatando todos los problemas que se suelen desatar cuando ello sucede.  

Un tema aparte es lo que se verifica en las relaciones de pareja del universo aberrosexual. Las dinámicas amatorias son muy diferentes cuando se trata de gays, travestis o lesbianas, pero en todos estos casos siempre se observa un grado mayor de violencia que en las relaciones heterosexuales, propio del acto de cosificación intrínseca que supone la aberrosexualidad. Recordemos que en la ciudad de Salta, durante el mes de mayo de este año, fue detenida Sandra Díaz, una lesbiana de 40 años que convivía en un cuarto que era una total inmundicia con una jovencita de 16 años a la que, según la madre de la adolescente, había secuestrado. En el universo de los aberrosexuales (tanto hombres como mujeres) es muy común, casi reglamentario, que una persona adulta abuse cruel y sádicamente de un menor, convenciendo a este último de que esa mezcla de violación y humillación a la que se somete es lo que una persona sana entiende por amor. La madre de la adolescente salteña se enfrentó a la lesbiana y consiguió, al menos momentáneamente, rescatar a su hija de las peligrosas garras de la espiral de decadencia sáfica. Ese episodio fue parte de una lucha que una madre preocupada llevó a cabo contra una pervertidora y degenerada mujer, pero, tristemente, no todos los padres se comprometen tanto con el bienestar de sus hijos, puesto que muchos de ellos no llegan a enterarse a tiempo de que algún ser depravado les ha arruinado la vida con la ferocidad de sus genitales. 

En la mente de las lesbianas, mujeres que se mienten a sí mismas más que ningunas, todo ese salvajismo que a diario viven es sólo el modo en que ellas sienten el amor. A cualquier persona bien nacida todos esos códigos y todas esas prácticas que promueven y refuerzan las lesbianas en el terreno de la vida de pareja le parecerán un espanto, pero desde la perspectiva de alguien con la percepción gravemente distorsionada opinará lo contrario. Los polémicos manuales de educación sexual con los que insiste el Ministerio de Educación de la Nación como panacea contra la violencia sexual y otros males parecidos no sólo aprueban las acciones de Sandra Díaz sino que enseñan a invisibilizarlas, a acostumbrarnos a aquello que, por naturaleza, nos causa rechazo. 

La mentira más cruel

En este breve análisis social de la mentira que venimos haciendo nos resta hablar de la peor de las mentiras: el aborto. El aborto asocia las dos modalidades de mentiras que ya hemos señalado, a saber una mujer abortista le miente a los demás para ocultarles el hecho de que es una asesina (miente para evitar la vergüenza que sentirá frente a quienes repudiarán sus actos) y se miente a si misma con el fin de autoconvencerse de que ha matado no a una persona sino a un montón de células sin identidad (miente para evitar la culpa de haber planificado el asesinato de un inocente).

Esta semana Salta fue protagonista de un debate sobre el aborto, el cual parece que se repetirá a lo largo del año próximo (a menos, claro, que la crisis económica en la que nos metieron los kirchneristas se agrave sobremanera y la opinión pública se dedique a discurrir sobre ese tema). La discusión se produjo cuando corrió la noticia de que una nena de 13 años murió a causa de un aborto séptico. Fue gracias a una llamada anónima que la policía pudo anoticiarse del asunto, y comenzar de ese modo la investigación que develó una serie de turbiedades, como la actitud sospechosa de una ginecóloga de una clínica privada o el grado de involucramiento de la madre de la menor en el homicidio de su nieto.

Frente a esta tragedia no se puede pensar más que en otra mujer salteña, Graciela, una señora de 40 años, que en el mes de octubre dio a luz a su noveno hijo y decidió entregárselo a la policía diciéndoles que lo había recibido de brazos una extraña. No obstante, la mujer luego confesó cuál era su situación y, aún con el riesgo de ser denunciada por abandono de persona y negación de identidad, pidió que alguna familia de bondadoso corazón se hiciese cargo de la criatura recién nacida, puesto que su posición económica le impedía mantener un nuevo hijo.    

Las Tejerina

Tucumán proveyó otra polémica interesante en estos últimos tiempos. El mes pasado la Justicia de esa provincia dictó sentencia contra Mirtha C., una mujer que hace unos años, siendo ya mayor de edad y estudiante universitaria, parió a una hija en el monte tucumano para dejarla abandonada allí, inventó una historia de un secuestro para justificar su ausencia y, cuando las revisaciones médicas develaron la verdad, terminó quebrándose y admitiendo la atrocidad que había cometido. A la niña se la pudo rescatar con vida, pero lamentablemente falleció en el hospital, como una víctima de la terrible situación de abandono a la que había sido sometida durante sus primeras horas de vida. A Mirtha C., una desalmada homicida, sólo le dieron 8 años de prisión, los cuales, gracias al sistema de castigo vigente en la Argentina que se ocupa de premiar a los criminales, seguramente no van a cumplirse de manera efectiva, gozando esta monstruosa persona de salidas transitorias o pena domiciliaria dado que ahora es madre de otra nena.

Lo que hizo Mirtha C. es muy similar a lo que en 2003 esa otra infame mujer llamada Romina Tejerina hizo con su hija en la ciudad de San Pedro, provincia de Jujuy. Y lo peor no es que existan seres despreciables como Mirtha C. o Romina Tejerina, sino que lo más calamitoso de toda esta historia es que haya gente que no sólo defienden a estas mujeres asesinas, farsantes, perversas y/o nefastas, sino que además pretenden que se apruebe y festeje a las cosas que hicieron, procurando erradicar la idea de vergüenza, buscando aniquilar la idea de culpa, hundiendo a nuestra patria en la misma decadencia que su falta de virtud les empantanó su existencia, haciéndonos pagar a todos por los errores de su vida mediocre y licenciosa.        


Antonella Díaz

7 comentarios:

  1. El artículo tiene muchas cosas interesantes, pero quiero apuntar una cosa: las mujeres que sufren letalmente la violencia familiar, es decir las mujeres que son asesinadas por sus maridos, son víctimas de "uxoricidios" no de "femicidios". La prensa tiene que dejar de hacerles el juego a las feministas y se tiene que empezar a usar el término "uxoricidio" para referir esos casos.

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  2. Coincido en lo que dice Vinko. Hoy El Tribuno de Salta publica esto: "El femicidio agravia y desafía a Salta" (http://www.eltribuno.info/salta/101341-El-femicidio-agravia-y-desafia-a-Salta.note.aspx). Habla de los 15 casos de "femicidio" registrados en Salta durante este año, y dice que el número duplica al del año pasado. Están presentando todo como si fuese una novedad, como si el acto en el que un hombre mata a su mujer fuera una suerte de macabra moda que se extiende epidémicamente sobre el país. Pero no es así: cretinos que matan a sus mujeres existieron siempre, y probablemente sigan existiendo más allá de todas las leyes hembristas que inventen.
    Entonces es tiempo de decir las cosas por su nombre: no es "femicidio" sino "uxoricidio", o de lo contrario cuando una mujer mate a otra entonces esa mujer será "femicida", cuando un hijo mate a su madre, ese hijo será "femicida".

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  3. Y me acabo de dar cuenta de algo: no me extrañaría que las hembristas (con su mente tan distorsionada) digan que el hijo abortado por la niña de 13 años era varón, y por tanto no era una criatura inocente sino un culpable de "femicidio".

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  4. Uxoricidio me suena como a matar a una serpiente, será por eso que lo cambiaron.

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  5. No son sólo las mujeres las que tienen problemas de comunicación. Acuerdense de ese invertido que se hace llamar "Celeste" que hace poco fue noticia en "El Tribuno": todo Salta buscándolo y resultó que el tipo estaba en Capital Federal haciéndose romper bien el cu-

    Deberían hacer algo en casos así. Algo tipo obligar a la familia a ir a terapia o a las chicas que se fugaron con los novios obligarlas a hacer una probation en un orfanato para que vean lo afortunadas que son por tener padres. Algo que castigue a esa gente por jugar con la buena predisposición de nosotros.

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  6. Yo creo que así como deberían bajar la edad de imputabilidad para los chicos que cometen delitos, tambien deberían bajar la edad para el consentimiento de las relaciones sexuales. De ese modo se podrían atrapar a adolescentes abortistas y hacerlas pagar por sus crímenes.

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  7. El diputado Biella salió a hablar salió a denunciar que hay muchas farmacias que venden medicamentos abortivos sin receta médica. Terrible situación.
    Lo cierto es que hay una droga genérica que está al alcance de todos para evitar abortos y embarazos: el nitrato de meterla, je je je

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