La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 4 de septiembre de 2011

Vergüenza tucumana

El voto botado

El pasado 28 de agosto la provincia de Tucumán tuvo sus tan anheladas elecciones. El gran ganador fue José Alperovich, quien, a esta altura, es llamado “El Zar” debido a todo el poder que ha concentrado sobre sí (aunque en rigor debería ser llamado “El Melek” –o más bien “El Molek” o “El Moloch”–, término que se asemeja al epíteto de “Tirano Hebreo” con el que alguna vez lo bautizó un político de la oposición). 

Su triunfo fue tan amplio que puso en evidencia a la trágica comedia electoral que el sistema democrático monta periódicamente. Ocurrió todo lo que quienes sospechamos de las promocionadas virtudes milagrosas de la democracia tememos que ocurra a la hora de sufragar: miles de autos y colectivos contratados por punteros para acarrear a los votantes que de otro modo ni siquiera se acercarían a las urnas; entrega de dádivas (mercadería o dinero en efectivo) para comprar votos a través de la cadena de electores; típica detención y desaparición forzada de boletas; fiscales opositores “convencidos” a último momento de abandonar sus convicciones ideológicas y solidarizarse con los ganadores; vecinos santiagueños, salteños y catamarqueños votando en mesas fronterizas (en La Candelaria, departamento del sur de Salta, una maniobra de este tipo le costó no hace mucho la banca a un senador provincial); cientos de mesas con más votos que votantes; muertos que votan y avivados que votan en lugar de los vivos; y hasta el insólito caso de un “cuarto claro” en Banda de Río Salí, en el cual dos mesas utilizaban la misma aula de una escuela y se podía pasar en parejas a elegir la boleta.

El manoseo de las elecciones le permitió al Moloch Alperovich ensanchar su triunfo, ¿pero también le ayudó a conseguirlo? Muchos analistas sostienen que no. Es decir, para los politólogos, Alperovich, antes de las elecciones, era el candidato favorito de los tucumanos y por tanto el probable ganador. Si se le descontasen unos 20 puntos (los puntos que habría obtenido a través de las operaciones fraudulentas), el actual gobernador –sostienen estos comentaristas– hubiera ganado de todos modos, con el apoyo de casi la mitad del electorado provincial. Tal opinión es un tanto débil. Si en el imaginario social existiera la idea de que cada voto emitido es respetado bajo cualquier circunstancia, la idea de que el sobre depositado va a ser tenido en cuenta durante el escrutinio final, la idea de que se elige para apoyar propuestas y no para canjear la ciudadanía (y la dignidad) por una canasta de alimentos, celulares nuevos o drogas, entonces probablemente Alperovich no hubiera gozado de tanta facilidad para ser elegido gobernador de Tucumán por tercera vez consecutiva.

La astucia de los demonios es no admitir que son demonios

Se embiste contra la oposición, acusándola de no jugar con las mismas cartas con las que juega el oficialismo. Y eso tal vez es cierto. Mientras que la oposición pretende ceñirse a las reglas de la política republicana, el oficialismo se ocupa cada día de profundizar su rol de fuerza armada dispuesta a conservar el poder a través de la ejecución de una guerra cobarde e innoble. En ese sentido se asemejan a esos militares que en 1976 tomaron el gobierno y justificaron su permanencia aduciendo la “lucha contra la subversión”, mientras colaboraban con la plutocracia para arruinar la posibilidad de la justicia social. Los kirchneristas, a diferencia de sus infames colegas culpables de la dictadura cívico-militar del Proceso de Reorganización Nacional, no combaten la subversión sino que la llevan a cabo.  

El problema del kirchnerismo es que este nefasto movimiento político representa la refutación a la refutación de la Teoría de los Dos Demonios. En efecto, en 1984 la CONADEP emitió un informe que llevaba como prólogo un texto del ya fallecido escritor Ernesto Sábato. En el mismo se sostenía que Argentina había sido víctima de dos demonios, es decir de pandillas de izquierda y clanes de derecha, que sometieron a la población de todo el país a una violencia injustificada. Tal tesis, desde el punto de vista ético, resultaba impecable, pero políticamente era problemática, ya que al “demonizar” a los actores sociales terminaba por menospreciar a las luchas populares organizadas a favor de la búsqueda de justicia social. Antes de 2006 –año en que Néstor Kirchner rompe definitivamente con la civilización duhaldista y comienza a fabricar el monstruo en vigencia– se podía afirmar que esos oprimidos y reprimidos de la historia, es decir el movimiento popular, jamás había estado en el poder, por lo que jamás el país había experimentado la suerte de ser gobernados por esa facción altruista e igualitaria. Pero en 2007 alcanzaron el gobierno, dibujaron su victoria, y accedieron definitivamente al lugar que, según sus puntos de vistas, sistemáticamente se les había negado (a través de la Ley de Residencia, del plan CONINTES, de la expulsión de Plaza de Mayo por imberbidad). ¿Y qué lograron? Lograron demostrar que son exactamente iguales a quienes combatían, aunque, eso si, con radicales diferencias en sus respectivas estéticas.

Tras rechazar la oportunidad de demostrar que lo que el kirchnerismo representa no era un demonio, se ocuparon de demonizarse ellos mismos al entrar en conflicto con el amplio sector de la sociedad que no acepta someterse a su hegemonía. El kirchnerismo fracasó como proyecto nacional y popular porque no partió de lo nacional y lo popular, sino que articuló un nacionalismo y un populismo a su conveniencia, y procedió, cual lecho de Procusto, a someter a la sociedad argentina a sus contornos.

Lo que hoy en día se vive, entonces, es la decepción, la tristeza de sentir que los que se vendieron como los “buenos” de la historia resultaron ser tan despreciables como los demás. Y, junto a esa sensación, está también la indignación de no saber si los que adhieren al kirchnerismo lo hacen por ser unos desafortunados ilusos o, por el contrario, unos deliberados cretinos.

“Fraude patriótico”

En la retórica kirchnerista existe “una guerra”, por lo que no faltan los que se autodenominan “soldados del kirchnerismo”. Curioso, pues la democracia es el régimen favorito de los tiempos de paz, ya que en momentos de guerra lo democrático (que no es más que una forma de gobierno históricamente considerada como transitoria) muestra sus serias limitaciones.

Ahora bien, los kirchneristas creen que, como se está en guerra, entonces todo vale para obtener la victoria (un concepto como el de “guerra noble” no cabe en la mente de miembros de bandas armadas entrenadas en Cuba para realizar acciones terroristas en sus países de origen). De esa manera han puesto a la moral en suspenso, y avanzan hacia su meta. Un soldado, en un campo de batalla, sabe que tiene que matar a los otros para no ser él quien muera; sin embargo, un soldado fuera de un campo de batalla sabe que su objetivo es no matar, pues debe constituirse como garante de la paz. Los soldados que matan generalmente viven con el cargo de conciencia, y muchos enloquecen un tiempo después de finalizados los conflictos bélicos. Teóricamente el kirchnerismo estaría transitando por esa senda, obligando a sus “soldados” a matar a sus enemigos, dejándolos al borde de una locura inminente. Por ello, para evitar el colapso mental de sus partidarios –y para seguir aumentando sideralmente sus patrimonios–, el kirchnerismo encuentra urgente el proseguir con su guerra.

Para un movimiento político sin ética, que ha optado por el combate antes que por el diálogo, y que cuenta con un apoyo minoritario por parte de la población (lo que permite afirmar que su presencia en el poder, a esta altura, es una toma de rehenes), es normal que procure imponerse mediante el fraude más descarado y evidente. Los kirchneristas robaron tanto, que hasta se llevaron la vergüenza y la depositaron en un paraíso fiscal fuera del país. Entonces carecen de eso: no sienten la más mínima culpa por todo lo turbio que hacen. Cada delito que ellos llevan a cabo es negado, y cuando la prensa lo expone en sus detalles más sórdidos entonces es denegado. Acto seguido sostienen que todas las críticas y denuncias que reciben son un producto de reaccionarios que quieren detener la profundización “del modelo”, el cual, según su cosmovisión, vendría a ser algo así como la construcción de un mundo más equitativo, justo y habitable. Es decir, el kirchnerismo no se hace cargo de sus errores. Y no es sólo eso: también los caracteriza el hecho de que transfieren toda la responsabilidad de sus fallas hacia los otros (hacia Macri con el asunto del Parque Indoamericano, hacia Duhalde con el tema de las tomas de terrenos en Jujuy, hacia el sindicalismo con el asesinato de Mariano Ferreyra, etc).

Dentro de ese sombrío panorama, el fraude digitado por el kirchnerismo tiene, según su narrativa, el tinte de “patriótico”. No adulteraron telegramas con el propósito de retener el poder otros cuatro años y evitar tener que ver el sol a través de unas rejas, lo hicieron porque de esa manera evitaban que la “vieja política” –léase el demonio que no son ellos– desactivara su obra. Estaban “salvando a la patria”.

Los kirchneristas son perfectamente concientes de cuan tétricas son sus acciones, pero –ajenos a la ética– pretenden que sea beneficioso todo aquello que el resto del mundo percibe como perjudicial. De nuevo, es difícil saber cuántos lo hacen desde la complicidad delictiva y cuantos son culpables de dejarse lavar el cerebro por su aparato de propaganda.

Alperovich, en Tucumán, no habla de guerras ni recluta soldados ya que no promueve la revolución imaginaria de Cristina Kirchner, pero si usufructúa sus resultados. Desde 1983 hasta, por lo menos, 2007, era imposible que un gobernador recibiera tantos votos, pues, hasta la llegada del Moloch, la concentración alevosa del poder público no era factible en el Jardín de la República. Ni siquiera Antonio Domingo Bussi, un gobernante con vocación de unicatista, pudo extender tanto su dominio. Ahora resulta que Alperovich obtiene un inverosímil 70% de apoyo popular, pero nadie se escandaliza ante una cifra tan abultada: todos conocemos el lado sucio de la democracia, a eso nos acostumbraron los Kirchner.

Tucumán arde

Tras las elecciones, Alperovich decidió tomarse una semana de vacaciones nada más y nada menos que en Israel. ¿Lo habrá hecho para desestresarse disfrutando del clima pacífico que se respira allá?    

Mientras tanto, mientras el gobernador retornaba al país del cual también es ciudadano (y del cual, probablemente, sepa entonar su himno nacional), Tucumán ardió de indignación. Ya el domingo mismo de las elecciones, en las localidades de Alto Verde (sur de la provincia) y El Chañar (noreste de la provincia), vecinos indignados ante el resultado de las elecciones que daban como ganadores a las autoridades oficialistas locales, se rebelaron y terminaron quemando las urnas. No se quejaban del triunfo del gobernador, sino del fraude que los comisionados rurales que acompañaban a Alperovich en la lista oficial habrían cometido para ser reelectos. Después, durante la semana, la protesta se multiplicó a lo ancho de la geografía provincial, bajo la misma acusación. En Delfín Gallo, El Sacrificio, Los Pérez, El Naranjo, 7 de Abril, Estación Araoz, Santa Ana y Nueva Esperanza los vecinos salieron a las calles a protestar, cortando rutas en algunos casos, en la novedosa modalidad de realizar piquetes contra el fraude. En localidades más grandes también hubo quejas: así pasó en la turística Amaicha del Valle y en la suburbana Alderetes, o en las agroindustriales Ciudad Alberdi, San Isidro de Lules y Aguilares.

El oficialismo sostuvo que muchas de esas protestas fueron estimuladas por la oposición (la misma oposición que sumó, toda junta, un 30% de los votos), mientras que los opositores, con el objetivo de no perder los pocos cargos que obtuvieron, pidieron públicamente que se acepte el resultado de las elecciones en las localidades sublevadas y se ponga fin a las protestas.   

El laboratorio improbable

La justicia electoral provincial ya decidió convocar a elecciones complementarias en aquellas localidades donde las urnas fueron quemadas. Ese gesto es el más coherente. Lamentablemente en las otras localidades en conflicto parece que no se seguirá ese camino.

Lo que Alto Verde y El Chañar nos demuestran es que la institucionalidad en la Argentina es una expresión de deseo y no una realidad. El país se jacta de estar gozando de casi 30 años de democracia ininterrumpida, llora a un inepto y vendepatria de la talla de Raúl Alfonsín como si se tratara de un mártir de la democracia, y su corporación política prosigue con las más bananeras prácticas clientelares.

En Tucumán circula la idea entre los intelectuales locales de que la provincia es una suerte de laboratorio sociopolítico, en donde cuestiones que después involucran a todo el país se dan primero. Así, por ejemplo, las políticas laboristas impulsadas durante la gobernación de Juan Luis Nougués habrían anticipado al peronismo, y el glorioso Operativo Independencia habría anticipado la estrategia militar del Proceso de Reorganización Nacional. Sin embargo soñar con repetir en todo el país el próximo 23 de octubre lo que aconteció en dos pueblitos del campo tucumano resulta una exigencia demasiado demandante para una sociedad adormecida como la nuestra

Francisco Vergalito

No hay comentarios:

Publicar un comentario

-AVISO-
En este blog creemos en la libertad de expresión y por tanto no ejercemos la censura. Sin embargo no nos hacemos responsables por los comentarios vertidos por nuestros visitantes. Por ello, antes de comentar, por favor piense en lo que va a decir.