La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 11 de septiembre de 2011

La basura al basurero

De burros y perros

En julio del año pasado, la corporación politiquera de la Argentina ejecutó uno de los más violentos atentados de toda su historia en contra de la racionalidad. Su magnitud es casi tan catastrófica como la infame Ley de Divorcio de 1987. Nos referimos, como es evidente, a la legalización de las bodas gays. De tan calamitoso error, como es la costumbre, nadie se hizo cargo. Sus principales responsables no recibieron castigo alguno, pese a que las sugerencias por ello no faltaron (un ejemplo vino por iniciativa de un abogado de Jujuy, el Dr. Fernando Bóveda, quien le propuso a la Iglesia Católica que tome algún tipo de sanción significativa contra los legisladores de su provincia que produjeron la aberración legislativa; el Obispado local, como era de esperarse en estos tiempos de vigencia del Concilio Vaticano II, no hizo absolutamente nada). Como suele suceder, los políticos transfirieron a la sociedad el escarmiento que les correspondía por sus excesos. Por tanto fue la sociedad argentina la que terminó siendo castigada por culpa de la decisión de unos pocos.

Entre los norteños que estuvieron a favor de las bodas gays, se cuentan a las senadoras Liliana Fellner (la hermana del “Ruso”) de Jujuy y Beatriz Rojkés de Alperovich (la esposa del otro “Ruso”) de Tucumán, y al ex-candidato a vicepresidente Gerardo Morales. En contra votaron los pejotistas Guillermo Jenefes y Sonia Escudero, de Jujuy y Salta respectivamente, el renovador Juan Agustín Pérez Alsina de La Linda, y el ucerista José Cano del Jardín de la República. Juan Carlos Romero, en una maniobra que imitaron Carlos Menem, Carlos Reutemann y Adolfo Rodríguez Saá, se ausentó. El otro que también se ausentó –convirtiéndose así en cómplice por omisión– fue el tucumano Sergio Mansilla, un típico puntero pueblerino del pejotismo al que apodan “La Burra”. La Burra fue uno de esos personajes que antes de la votación manifestaron su deseo de impedir la sanción de la ley, pero que después, repugnantemente, cambiaron de opinión. En ese sentido, Mansilla se asemeja al senador fueguino Jorge Colazo, quien el día de la votación se unió a la banda (o pandilla) ganadora, pese a que ya se había manifestado públicamente en contra de la aprobación de la medida. Antes de cambiar su voto, Colazo incluso había llegado a decir que el reconocimiento institucional a las bodas gays allanaba el camino para que el día de mañana se pueda casar “un perro con un burro”.

Afortunadamente los matrimonios entre burros y perros no están permitidos aún. Sin embargo lo que si se permite (o, más bien, se acepta sin manifestar el suficiente rechazo) es que burros y perros tomen decisiones que afectan la vida de millones de argentinos.       

Mentiras para todos

La legalización de las bodas gays no tuvo más objetivo que el de erosionar la institución del matrimonio, puesto que a los progrecínicos de pacotilla que gobiernan no les interesa atentar, como históricamente los progrecínicos hacían, contra el concepto de “propiedad” (sobre todo porque ello afectaría su minuciosa labor para incrementar sus patrimonios realizada con tanto entusiasmo y dedicación durante estos últimos ocho años).

El 2010 fue el año de las sinarquías aberrosexuales aliadas estratégicamente a los kirchneristas. Al parecer, el golpeado régimen K deseaba levantar una bandera para “liberar” de la “opresión” a un grupo de “víctimas”. Y como liberar a los ciudadanos de escasos recursos del clientelismo político parece ser una medida anti-democrática, entonces el kirchnerismo optó por ayudar a ese grupo de personas cuyas peculiares prácticas sexuales son poco comunes entre la mayoría de la gente. Pero en lugar de ayudarlos verdaderamente, comprometiéndose a darles una solución real al grave problema de la orientación sexual que les condiciona penosamente su vida, lo que hizo fue tomar medidas para que aquello a lo que se lo considera profundamente problemático se le borronee tal característica. Es decir, el kirchnerismo no contribuye a erradicar el mal de la homosexualidad que tanto sufrimiento le causa a miles de personas (especialmente a personas jóvenes), sino que simplemente se limita a obligar a todo el mundo a que finja que no representa un problema la desgracia de padecer las degeneraciones aberrosexuales conocidas como “sodomía” y “lesbianismo”. Su compromiso es con la mentira.

Y como la mentira no se puede imponer si no es a fuerza de incansable repetición, censura cobarde y todas las demás prácticas que contribuyen a lavar cerebros, entonces es necesario desarrollar todas las estrategias posibles para ocultar a la verdad. De allí es que los aberrosexuales, tras haber conseguido beneficios estatales para los suyos, procuran continuar con su avanzada sociopolítica. Su objetivo es el más obvio: la educación.

En efecto, el aberrosexualismo no se conforma con conseguir la tolerancia: ellos pretenden el amor. Los aberrosexuales no sólo quieren que una persona normal y saludable no critique su perversidad sexual, sino que también pretenden que éstos los aplaudan, los feliciten, los premien por su destreza genital y le reconozcan su superioridad humana.  

Los rehenes

Es sabido que no es un signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma. Nuestra sociedad, con sus matrimonios entre homosexuales, su tolerancia para con los abortos y la exigencia de algunos sectores de la implementación de la eutanasia, muestra signos de enfermedad cada vez más agravada. La proliferación de la droga es el otro gran estrago. En ese escenario aterrador, en la triste decadencia, emerge un hombre argentino que es instruido para que no pueda rebelarse, para que acepte pasivamente la atomización social, la falsedad y la culpa. Buenos ciegos que no quieran ver, buenos sordos que no quieran oír y buenos mudos que no quieran hablar.

La escuela, que alguna vez fue un instrumento para beneficiar a la sociedad, es hoy en día la principal arma que se tiene para dañarla. Las sinarquías más pervertidoras lo saben, por lo que apuntan a apropiarse de ellas.

Resulta curioso observar que si se revisa la bibliografía pedagógica latinoamericana de la década de 1960 se percibirá una tendencia a la desintitucionalización. Hace cincuenta años, los umbrales de integración socioeconómica eran tan bajos que todo aquel que no era conservador recomendaba construir un proyecto paralelo al propuesto por el Estado. Es en esa época que comienza a imponerse una idea que luego se mostrará desastrosa: la “comunidad educativa”.

En un principio, una idea como la de comunidad educativa se vislumbraba como una posibilidad de mejorar la calidad de la educación. Posteriormente, a medida que procesos como el de la escolarización comenzaron a volverse socialmente más abarcativos (puesto que países como el nuestro, sin más alternativas, debían demostrar ciertos índices de desarrollo para volverse económicamente viables), la idea de comunidad educativa fue una de las causantes de la tragedia educacional en la que se vive. El conflicto fue el siguiente: la inclusión de los padres en los procesos de instrucción pretendía lograr establecer un diálogo que sirviera tanto a las escuelas para garantizar la formación intelectual de los estudiantes, como a las familias para conseguir una formación moral más sólida; sin embargo, a medida que los sucesivos gobiernos comenzaron a promover el asistencialismo más descarado con el propósito de construir una clientela política que les asegure el voto (desde las Cajas PAN alfonsinistas en adelante), los núcleos familiares comenzaron a volatilizarse, lo que hizo que los ciudadanos del país se volviesen cada vez más propensos a renunciar a sus perspectivas de movilidad social y a aceptar la intromisión estatal en los asuntos antes concernientes únicamente al ámbito familiar. Dicho de otro modo, la idea de la comunidad educativa en la que las escuelas compartían la educación de los jóvenes junto a sus familias, se pervirtió ante una versión de la misma en la que los padres de familia renuncian a responsabilizarse por sus propios hijos e hijas, y le dejan a los maestros y profesores la tarea de formarlos en los aspectos que naturalmente les corresponden como sus compromisos maternales y paternales. Hoy en día la escuela –sobre todo entre los sectores pobres (denominados “vulnerables” por los que creen que el llamar a las cosas por sus nombres es ofensivo)– ya no sólo se limita a impartir contenidos como hacía antaño, ahora también alimenta, viste, cura y hasta entretiene. De hecho, los docentes de hoy en día están tan ocupados en resolver situaciones familiares elementales, que apenas consiguen tiempo para transmitir conocimientos.

El pueblo se ha vuelto rehén del Estado. En la última década esta situación se ha agravado violentamente, dado que el rol protagónico que el Estado ha adquirido desde el inicio del kirchnerismo ha sido exageradísimo. La gente es cada vez más incapaz de manejarse por si misma, ya que ni siquiera tienen capacidad para elaborar sus propios criterios. Y se está en presencia de una cadena, puesto que a las personas criadas con esas ideas pervertidas de escuela y de familia les resulta dificilísimo plantear algo alternativo, por lo que se dedican a tratar a su descendencia del mismo modo que los trataron sus progenitores.     

Perros obedientes

En ese escenario patético en el que el Estado, a través de sus agentes, tiene que ocuparse de asumir los roles básicos de la vida de una persona para que la gran mayoría de la población argentina no naufrague ante su propia existencia, la manipulación de la verdad resulta más sencilla. Acostumbrados a no cuestionar todo lo que se les otorga de manera gratuita, los pobres del país, tanto los materialmente como los espiritualmente pobres, se tragan cualquier fruta podrida que enferma al cuerpo social argentino cada día un poco más.

Las sinarquías más peligrosas comprenden todo esto a la perfección y lo utilizan para su propio beneficio. Un ejemplo bien claro lo encontramos en Salta. En esta provincia, recientemente, se pasó en pocos días de afirmar orgullosamente la identidad cultural regional a negarla funesta y groseramente.     

El caso de los manuales producidos por el Programa Nacional de Educación Sexual Integral (ESI) saca a la luz la presión que organismos genocidas como la nefasta UNFPA ejercen sobre un país como el nuestro. El ESI, con la excusa de brindar educación sexual a un vasto sector social carente de ella, distribuyó una publicación –con una tirada de nada más y nada menos que seis millones de ejemplares, financiados, claro, con dinero del tesoro público– para introducir la execrable agenda neomalthusiana y darle mayor apoyo a la penetración y consolidación de la ideología aberrosexualista (o elegebetismo). Sospechando de esto, algunos funcionarios del gobierno salteño optaron por darle la espalda al ESI y abordar el delicado tema de la educación sexual desde una perspectiva más coherente con las particularidades idiosincráticas de la sociedad salteña, como ya lo venían haciendo desde hace un buen tiempo. Empero, aquello que parecía un triunfo del sentido común y del buen juicio, pronto se vio revertido: el Ministerio de Educación provincial, tras recibir presiones desde diversas direcciones, aceptó acopiar y entregar los panfletos.

Los únicos perjudicados son los niños
    
La educación sexual que promueve el Ministerio de Educación se caracteriza por carecer de sentido moral. Ello es irónico dado que le han agregado el calificativo de “integral”, cuando su enfoque es fundamentalmente biologicista. Quizás la gente del ESI erró al elegir el término “integral” para especificar su tarea, y debió de haber optado por la palabra “invasiva”.

La educación sexual invasiva que imparte el Ministerio de Educación de la Nación no procura nunca hablar del hecho evidente de que la sexualidad está vinculada (y subsumida) al amor, ni tampoco relaciona a la sexualidad con el milagro de la vida. Esto salta ante la vista cuando al abordar el asunto del embarazo, éste es presentado no como la culminación del amor entre hombres y mujeres, sino como una situación de riesgo, casi equivalente a la adquisición de una enfermedad venérea. Desde esta perspectiva siniestra, los seres humanos seríamos tan sólo accidentes.

Hijos que llegan sin ser deseados, familias que se constituyen por necesidad y no por elección, personas que crecen con la idea de que el amor es sólo una invención de la televisión, tal es el panorama actual. Y en lugar de realizar una verdadera campaña en contra de todo ello, en lugar de intentar reconstruir valores para recuperar la dignidad, se promociona la aceptación del estado de cosas tal y como se da. Es igual al tema de la homosexualidad: el gobierno no trabaja por resolver el problema, simplemente se limita a impulsar la desproblematización en el plano del discurso. Se parte de la situación deplorable en la que se encuentra, y no se trabaja para mejorar las cosas sino para legitimar y aprobar aquello que se considera ilegítimo y repudiable. Pero los poderosos ignoran que el hecho de que se le impida a la boca pronunciar la verdad no supone el hecho de que la verdad se nuble en la mente de quien la percibe.

La mera transmisión de la información es insuficiente como política educativa. A ella debe acompañarla una sólida formación en valores, que actúe sobre el desarrollo de la vida volitiva, la vida emocional y la vida sentimental de las personas. Durante mucho tiempo se comprendió que lo primero correspondía a la escuela y lo segundo a la familia, y hasta se llegó a aceptar que podía haber cooperación entre ambas instancias a fin de no contradecirse, pero hoy en día la familia es una especie en extinción.

Resulta lamentable, entonces, ver que cretinos de primera como los integrantes de la ONG Foro en Defensa de la Educación Pública se enfurezcan ante el gobierno salteño porque la cartera dependiente de Adriana López Figueroa hace poco para que el ESI ultraje a su provincia. En dicha ONG se nuclean un grupo de padres y docentes. De los docentes es posible esperar planteamientos como estos, puesto que la gran mayoría de ellos son profesionales enormemente mediocres que no saben resolver situaciones básicas y necesitan que alguien más se haga cargo de sus fallas; además muchos temen que si se guían de acuerdo al sentido común y a la lógica digan verdades evidentes que, a la luz de la legislación actual, resultan actos delictivos. Pero cuando corre la noticia de que los padres están sumados al reclamo, el tema se tintura de indignación: ¿acaso un padre y/o una madre no pueden enseñarle lo básico sobre el sexo a sus hijos? Y no me refiero a que le expliquen el tema del coito o les enseñen el Kamasutra (que es, más o menos, lo que el ESI hace), sino que apunto al tema de la formación en torno a la aproximación con otras personas. Un padre molesto porque la escuela no le enseña a su hijo eso tan simple de la sexualidad y el amor, no merece ser padre. A una persona así deberían quitarle la tenencia de sus hijos para que éstos sean enviados a familias que si pueden responsabilizarse cabalmente por un menor, y hacer de paso que entregue una generosísima cuota de manutención para que no sea el Estado el que se termine haciendo cargo de los errores de los individuos.

Las cosas en su lugar

No es exagerado afirmar que lo producido por el ESI es una obra maestra de la distorsión. Minimizan a la importancia del embrión humano, intentan hacer irrelevante a la orientación sexual (como si el niño homosexual pudiera experimentarla así cuando descubre su tragedia y siente que ha defraudado a todos, incluyendo a si mismo) y normalizan a la promiscuidad. Todo aquello que normalmente se rechaza en materia sexual, es presentado como si no fuera condenable. Al parecer, según las luminarias encargadas de la educación en Argentina, la humanidad ha vivido equivocada. Eso explicaría por qué muchos de ellos estarían convencidos de que nuestra especie se extinguió hace muchos miles de años y de que nosotros no seríamos más que espectros producidos por tantos siglos de obscuridad.

Mientras tanto, los que vivimos en el mundo real, los que habitamos el mundo que se maneja de acuerdo a las leyes naturales, debemos hacernos cargo de poner las cosas en su lugar. Si se está en Jujuy, Salta, Tucumán o cualquier otra provincia de nuestra querida patria, recomendamos lo siguiente: acomode la obra del ESI en el lugar que le corresponde, es decir tire el manual que encuentre al basurero más cercano.

Antonella Díaz

2 comentarios:

  1. "ya no sólo se limita a impartir contenidos como hacía antaño, ahora también alimenta, viste, cura y hasta entretiene"

    Cuan cierto esto. Yo conozco el caso de una escuela cerca de Tafi Viejo en donde los sabados unas profesoras hippies hacen talleres de murgas con los chicos del barrio. Por un lado esta bien que les den algo para hacer a los chicos, asi no se quedan sentados en una esquina tomando y drogandose o asi desvian los ojos de esas pantallitas de mierda a las que miran todo el dia. Pero por otro lado el hecho en si es bastante chocante: una murga siempre represnto la manera en que la gente se burlaba de las instituciones, la manera en que la picardia encontraba un canal para manifestarse. Que haya una murga en una escuela es contradictorio.
    No estoy en contra de las murgas (aunque me parecen apestosas) pero si de que una escuela las impulse. Se entiende? El homo barrialis argentino es tan esclavo del estado, que hasta llegan a que el estado les enseñe a ser rebldes.

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  2. la escuela ya no educa,ahora solo adoctrina. lo unico ue aprenden los chicos al terminar son todas esas tonterias del inadi pero no aprenden nada util.

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