La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 25 de septiembre de 2011

De la educación sexual a la revolución educativa

Las víctimas de las guerras

Debido a una encarnizada disputa política entre Juan Manuel Urtubey y Juan Carlos Romero, El Tribuno –es decir el diario más influyente de la provincia de Salta– ha buscado la manera de embestir en contra del gobernador. Esta ofensiva romerista dirigida hacia Urtubey se caracteriza por emplear el poder comunicativo de la prensa para resaltar todos aquellos puntos de la agenda gubernativa en los que sea posible detectar una seria falencia. Así, El Tribuno ha martillado al oficialismo político poniendo a consideración de la opinión pública a una serie de problemáticas sociales frente a las cuales la gestión de Urtubey no ha podido ofrecer una solución satisfactoria. En esa lista se encuentran, por ejemplo, el tema del subdesarrollo de las comunidades aborígenes, los graves cuadros de desnutrición de niños pequeños y los manejos incompetentes de las situaciones críticas en la zona norte de la provincia durante los tiempos de catástrofes naturales. Otro tema impuesto por El Tribuno con el fin de lacerar la credibilidad de Urtubey ha sido el de la deficiente educación sexual impartida en las escuelas provinciales.

Es en este último tópico en donde el romerismo ha provocado el mayor daño, pero no en contra de Urtubey sino en contra del pueblo salteño. En efecto, en su afán de fustigar al gobernador, El Tribuno le ha dado un tratamiento casi irresponsable a un asunto tan delicado como este. En concreto, lo que ha estado haciendo el diario de la familia Romero es atacar al Ministerio de Educación de la provincia de Salta por no desarrollar los programas de educación sexual según las directivas impuestas desde el gobierno nacional. Pretenden, de ese modo, exponer una contradicción en el discurso de Urtubey, quien, por un lado, dedicó su reelección a la memoria de Miguel Ragone –aquel gobernador depuesto en 1974 a causa de sus excesos socialistas y desaparecido un par de años más tarde–, y que, por el otro, se alinea a las posiciones vaticanas en temas moralmente controversiales. El propósito de El Tribuno sería el de mostrar a Urtubey como un oportunista, que maneja un discurso a nivel provincial y otro muy diferente a nivel nacional.

Sin embargo esa actitud veletista, mercenaria y ruin de Urtubey no es una exclusividad suya: hoy por hoy casi todos los políticos oficialistas se comportan del mismo modo, puesto que todos deben asumir su función en un país donde el federalismo es sólo un principio teórico y no una práctica real. (Han sido muy pocas las ocasiones en las que los políticos del NOA han podido expresar el auténtico sentimiento del pueblo de la región. Un caso así se dio cuando se votó la infame modificación de la ley de matrimonios para permitir que los aberrosexuales contraigan nupcias entre ellos. En esa oportunidad, mientras la mayoría de los jujeños, patéticamente, votaban con el kirchnerismo más demente y en contra de las convicciones de casi toda la gente de su provincia, los delegados de Salta se manifestaron coherentemente con el sentir popular y votaron, todos ellos, en contra de semejante descarrío. Por ello Matías Hessling, un activista de la perversa causa aberrosexualista, se quejó de que Salta no tuviese a su patética Stella Maris Córdoba o a su vergonzante Liliana Fellner para invitarla a sus celebraciones de la decadencia y sentir que alguien diferente a los suyos les brinda su real apoyo.)   
Hiroshima mon horreur

Juan Carlos Romero, en lugar de trabajar para el volteamiento de un régimen corrupto y corruptor como el nefasto cristinismo, trabaja sólo para acorralar a Urtubey. Intenta arrojar a la basura a los frutos, cuando lo que debería de hacer es cortar a las ramas y al tronco de donde brotan. Al ejecutar ese movimiento lo único que ha conseguido el senador es poner al pueblo de Salta en una situación incómoda. Ahora, culpa de la campaña de El Tribuno, la educación sexual planteada por las mentes más corruptoras, degeneradas y depravadas del país puede llegar a efectivizarse en La Linda, causándole un serio daño a miles de jóvenes salteños. Lo que hace Romero frente a Urtubey es similar a lo que hizo EEUU frente a Japón cuando le lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima: tan inconmensurado es su deseo de triunfo, que una infinidad de inocentes termina pagando un precio altísimo por la lucha de poder entre ellos.

En El Defensor del Norte Argentino ya se ha publicado bastante acerca de que trata la educación sexual que intentan imponer los progresistas, y por qué todo buen argentino debe rechazar tan repugnante adoctrinamiento. Pero el esfuerzo hecho desde aquí es minúsculo –como suele ser todo esfuerzo hecho por gente decente que sólo anhela garantizar el bien común–, pues desarticular la propaganda no sirve para nada si esa acción no da paso a una discusión sobre cuestiones de fondo.

Hacia un conservadurismo revolucionario

Durante la última semana, una ONG llamada “Grupo Sólido” visitó San Miguel de Tucumán y Yerba Buena con el objetivo de brindar charlas a los jóvenes de la provincia. El tema que abordaron en los encuentros fue el de la sexualidad. Valiéndose de estrategias de mercadotecnia y empleando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, lo que la gente de este grupo proyecta es impulsar una “revolución del amor” que se contrapondría a la “revolución sexual” posmoderna.

La mentada “revolución del amor” no sería otra cosa más que buscar la recuperación de todos aquellos valores erosionados por tantos años de tergiversaciones urdidas por los promotores del control demográfico, de la naturalización de conductas sexuales desviadas y de la iatrificación de la vida cotidiana (miembros, todos, del mismo poder sinárquico). Lo interesante del concepto del Grupo Sólido es que la propuesta sugiere utilizar las innovaciones para evitar que éstas destruyan un orden, es decir se estaría en presencia de la incitación a una “revolución conservadora”.

Tal actitud, la de revolucionar conservadurísticamente, es la actitud más productiva frente a la violencia progresista. En efecto, mientras que el conservador clásico se limita a bloquear o demorar el cambio propuesto por la innovatividad de los elementos desviados de la sociedad, el conservador revolucionario se propone utilizar lo generado por esos elementos para contraatacar. De esa manera, por ejemplo, ante la discusión acerca de la conveniencia o inconveniencia de los nefastos casamientos homosexuales, la postura del conservadurismo revolucionario consiste en ir hacia la problematización de la premisa, planteando la pregunta más fundamental a la que nadie da respuesta: ¿cuál es la causa de la homosexualidad? La evacuación de esa duda resulta más importante que cualquier palabrería para atacar o defender aquello que, ante los ojos de cualquiera, es una anormalidad abominable.

Acerca de los casos de abusos

Pues bien, analicemos ahora casos concretos asumiendo esta perspectiva que hemos enunciado.

El pasado sábado 21 de agosto ocurrió un hecho lamentable en la localidad de San Pablo, provincia de Tucumán. Un hombre se enteró que un joven veinteañero que había abusado sexualmente de su sobrina de 11 años hacía apenas unos meses, había sido puesto en libertad. Indignado, el hombre buscó al joven, peleó con él, y terminó disparándole en la cabeza.  

Por otra parte, en Rosario de Lerma, provincia de Salta, el 15 de junio de 2010, un hombre llegó a su hogar tras cumplir con su jornada laboral. Allí encontró a su hija, una menor de 16 años, gozando del coito con su novio, otro menor de 16 años. El hombre montó en cólera al presenciar la escena, tomó una barra de hierro, y no sólo la usó para apalear al joven sino que también se la introdujo parcialmente por el ano, ultrajándolo.

Los dos casos son diferentes, pero en ambos el disparador del delito es una conducta sexual inapropiada por parte de las víctimas de la agresión. Mucha gente comprende y hasta aprueba la reacción del tucumano, pues socialmente está instalada la idea de que el abuso sexual por parte de un hombre mayor de edad hacia una menor es repulsivo. Sin embargo los casos contrarios en los que una mujer mayor de edad abusa de un menor de edad son menos difundidos, porque son menos denunciados. Y, al ser consultada, mucha gente no sabe que opinar ante un evento así, ya que consideran que esa situación es menos traumática que aquella que involucra a hombres mayores y mujeres menores.  

Ahora bien, sucede que cuando se indica que un hombre mayor de edad ha abusado sexualmente de otro hombre, pero menor de edad, la indignación suele ser igual que cuando la víctima es una niña. Empero, tales casos de abuso, lamentablemente, tampoco son denunciados lo suficiente, y por tanto reciben poca difusión.

De cualquier modo resulta curioso que si se consulta a los miembros de la comunidad homosexual masculina, y se indaga acerca de la edad de sus iniciaciones en la actividad coital, una abrumadora mayoría confiesa que éstas ocurrieron durante los años de su tierna infancia o de su temprana pubertad. ¿Acaso allí no hubo abuso? La gran mayoría de los homosexuales varones han sido abusados de niños o de adolescentes, y sin embargo ellos no se identifican como víctimas de sus abusadores. Tampoco relacionan el hecho de la vejación de su cavidad anal al desarrollo de su orientación sexual. Un momento tan tremendo de ruptura del orden natural, ¿no es ese acaso el momento propicio para transmitir un hipotético germen que ocasionaría esa conducta sexualmente anormal de la sodomía? ¿No estaría, por tanto, la sangre de los homosexuales peligrosamente contaminada? No lo sabemos, y tampoco lo podemos saber porque la tendencia actual y posmoderna es imponer la idea de que un homosexual no está enfermo y por tanto no necesita de una cura. De esa manera, averiguar el verdadero origen de la afección conocida como “homosexualidad” se torna dificultoso o casi imposible.

Culpa y vergüenza

Veamos ahora el caso del padre que ultrajó al novio de su hija. En otra época, quizás, la resolución del caso hubiese sido distinta: el muchacho, avergonzado por haber sido herido en el ano, habría callado su dolor, evitando así hacer la denuncia ante el hecho ocurrido en la privacidad del hogar de otra persona, y habría asumido que su comportamiento –encamarse con la hija de alguien en la casa de ese alguien– no fue el más decente. Pero la decencia se perdió, y hoy se vive en un mundo en el que todo vale.

Es en este punto en donde entra en juego la idea de discutir las cuestiones de fondo a las que aludíamos anteriormente. El tópico que salta a la vista es el del papel de la vergüenza y de la culpa en la sociedad actual.

La antropología cultural ha descripto dos paradigmas en torno a la fijación de un orden de conducta: la vergüenza y la culpa. En las sociedades de la vergüenza, se espera que las personas tengan un comportamiento íntegro y decente. Si no lo hacen, es decir si violan los códigos legales y también los morales, son castigados, pero castigados socialmente. Es decir, si, por ejemplo, una mujer casada comete adulterio y ello se hace público, entonces esa mujer pasa a ser despreciada por el resto de la gente, lo que la somete a un agobiador sentimiento de vergüenza del que es muy difícil salir (en los países islámicos se suele apedrear hasta morir a alguien así, o, en el mejor de los casos, expulsarla fuera de la comunidad). Por otro lado, en las sociedades de la culpa, se espera de las personas lo mismo que en las otras sociedades, pero con la diferencia de que en estos casos quienes no cumplen con las expectativas no son sentenciados (al menos no formalmente) por el resto de la comunidad. En las sociedades de la vergüenza las personas evitan hacer cosas reprobables para no sentir la vergüenza de ser juzgadas y condenadas por los otros, en tanto que en las sociedades de la culpa las personas se abstienen de las malas acciones para no cargar con la culpa de no haberse comportado debidamente. En el último tipo de sociedad, nos atreveríamos a decir, la empatía está mucho más desarrollada.

Mientras las sociedades de la vergüenza externalizan el orden moral, las de la culpa lo internalizan. Esa diferencia es clave, pues unas apuestan a lo comunitario mientras que las otras lo hacen a lo individual. La gran diferencia ética entre Occidente y Oriente subyace en la manera en que unos y otros impulsan el autocontrol. En Oriente uno debe autocontrolarse para no poner en riesgo a la familia, ya que a las faltas de uno las pagan también los otros. En Occidente, en cambio, no sólo pasa lo mismo que en Oriente, sino que además el propio honor está en juego. Dicho de otro modo, el oriental es una persona que no hace el mal para evitar ser castigado por los demás (denle un anillo que lo haga invisible y, en consecuencia, impune, y se convertirá en la criatura más maligna del universo), mientras que el occidental, el producto de la civilización grecorromana y de la judeocristiana, no sólo no hace el mal para no ser castigado sino también porque está convencido de que la opción más adecuada es asumir la obligación de hacer el bien. No en vano el cristianismo es la (única) religión del amor [1 Juan 4:16].   

En rigor, la descripción que hemos hecho de la culpa en Occidente se aplica al periodo premoderno. A partir del periodo moderno, el factor comunitario del autocontrol comienza a desvanecerse en favor del engrandecimiento de la responsabilidad individual: la mirada amonestadora del otro ante una falla es una nada comparada a la propia mirada amonestadora ante el mismo evento. Desde el siglo XV en adelante la idea es que cada hombre pague por sus faltas pero no así sus familias. Un hombre o una mujer que roben serán juzgados como ladrones, pero su familia no deberá ser tratada como la criadora de ladrones. Si bien ese precepto es antiquísimo, la voluntad de establecerlo efectivamente se torna una necesidad durante el periodo moderno, y se intentan diseñar diversas estrategias jurídicas, educativas y culturales que consigan ponerlo en práctica (de todos modos aún hasta el día de la fecha es común ver como los miembros de un vecindario se enemistan, a veces ferozmente, con la familia de alguien que ha violado gravemente a la ley).

A medida que se fue consolidando la separación entre la esfera de lo público y la esfera de lo privado en Occidente, esto es, a medida que se fue acentuando el individualismo en detrimento del comunitarismo, la exigencia de inculcar culpa se volvió más necesaria. El concepto de pecado, instrumento privilegiado para generar culpa, adquirió un rol predominante en la vida volitiva de los seres humanos, puesto que se convirtió en la forma más óptima de garantizar el autocontrol. La confesión, casi innecesaria en las sociedades de la vergüenza, cobró una dimensión gigantesca, proliferando no sólo las consultas con sacerdotes, sino también prácticas similares como la redacción de diarios personales y las sesiones con los psicoterapeutas. Para ponerlo más claramente: toda persona en Occidente, para vivir como gente de bien, debe mantener el equilibrio entre el honor personal (elemento social) y la culpa o cargo de conciencia (elemento individual), evitando el pecado, que es el lugar en donde lo social y lo individual se articulan. Al pecar, un occidental dilapida su honor social, pero sobre todo se carga de culpa individual. El occidental evita el pecado no sólo para no perder el honor, sino, y principalmente, para no sentir culpa. Tomás de Aquino, un pensador premoderno, ponía al Mundo entre Dios y el Hombre; Descartes, un pensador moderno, pone a Dios entre el Hombre y el Mundo: de ese modo para el moderno todo acto que cause daño será reportado inmediatamente ante Dios y no ante los otros hombres, mientras que para el premoderno sucedía al revés.  

De cualquier modo, Occidente ha ido perdiendo poco a poco su identidad como un producto esperable de la lógica de la modernidad. Que en Occidente se juegue cada vez más seriamente a ser Dios no es una casualidad. No obstante, el problema aquí es que la idea de culpa, que antaño era un principio regulador de la acción individual, se ha convertido hoy en día en un principio regulador de la acción colectiva, o más bien de las decisiones políticas. Se puede señalar a cierto relato muy popularizado por Hollywood –y que se tradujo en la instalación de un portaaviones norteamericano en Medio Oriente–  como un motor global de la culpa a nivel político. Con la posmodernidad, la idea de honor personal comienza a desvanecerse (por ejemplo ahora es más aceptado que antes la deshonra de que una mujer no llegue virgen al matrimonio; el motivo de ello es el perfeccionamiento en los intentos de jugar a ser Dios: la idea de que la mujer se casase virgen se correspondía a la idea de que ese estado garantizaba que no era madre ya, y que, por tanto, los hijos engendrados por la pareja eran productos del marido legítimo; las pastillas anticonceptivas les permiten ahora a la mujeres copular sin quedar embarazadas, lo que hace que una mujer pueda decidir cuando procrear descendencia, consensuándolo o no con su pareja). Al mismo tiempo que el honor personal empieza a quedar en desuso, en Occidente la culpa, poco a poco, pasa a ser un problema colectivo mas no individual. Nadie en Occidente se siente culpable por nada, sino que la culpa es casi siempre transferida a otra instancia, generalmente al Estado. Un caso ilustrativo: hace muy poco, unos adolescentes visitaban durante la madrugada una zona obscura de Bella Vista, ciudad del sur tucumano, con la intención de encontrar un lugar para compartir un momento íntimo, pero unos malvivientes los interceptaron, les robaron sus pertenencias, y sometieron sexualmente a una menor del grupo. La reacción más común es indignarse por la inseguridad en la que se vive, culpando por ende al Estado, que falló en sus funciones; empero el hecho de que un grupo de adolescentes haya estado circulando a esas horas de la noche y por esos lugares con el único propósito de vivir una experiencia amorosa riesgosa, indica que ellos también son culpables de la situación que vivieron.

El patriarcado, el matriarcado, el mercado

Culpar a la víctima es algo que está mal visto en nuestra sociedad contemporánea. Para el imaginario popular, toda víctima es un ser indefenso avasallado por un actor ebrio de poder que se cree impune. Si se piensa en las vicisitudes de la subversión setentista, ¿no es esa la posición oficial? ¿No se habla hoy en día de ese ejército de cretinos terroristas como si hubiesen sido víctimas indefensas de un “genocidio”?

La construcción de la víctima, la distribución de la culpabilidad, el grado de responsabilidad por las propias vivencias: tales son las cuestiones de fondo que el gobierno debería instalar para su discusión. Pero, al no estar articuladas como una demanda social, el gobierno omite hacerlo.

El psicoanalista Gérard Pommier, en un Congreso de Psicología que se realizó hace poco en Tucumán, dio una conferencia en la que hacia una lectura psicoanalítica de la realidad social contemporánea. Según este autor, se vive un recrudecimiento de las neurosis, lo que significa que hay un desfasaje cada vez más pronunciado entre la satisfacción de las inclinaciones naturales y el orden social que cada individuo debe interiorizar. Vale decir, la época de la posmodernidad sería una época en la que se vive a una distancia mayor del orden natural que en épocas anteriores. Pommier atribuye este fenómeno a la caída del orden patriarcal, que, desde nuestro punto de vista, se habría originado gracias a la transformación de la culpa en un parámetro del trabajo político. Así, en un mundo en donde la masculinidad es cercenada por la culpa, en donde se impone un ideal de paz internacional al mismo tiempo que se ejecutan toda clase de guerras sucias y asimétricas, la paternidad no logra completarse. Pero así como la paternidad fracasa, también lo hace la maternidad, producto femenino naturalmente más débil y frágil que su par masculino. Sin padres ni madres, sin órdenes patriarcales y sin órdenes matriarcales, es decir sin familias, las personas quedan huérfanas. Y esas generaciones de huérfanos son adoptados por los mercados. Los jóvenes de ahora no crecen para ser como sus padres o sus madres, crecen para ser ellos mismos. ¿Y qué son ellos mismos? Pues simples paquetes de identidad diseñados por alguna corporación empresarial y que ellos compran en los supermercados.   

En este escenario, las políticas educativas deberían implementarse no para legitimar situaciones decadentes, como sucede actualmente. Por el contrario, si se va a permitir (y a obligar a) que todo ciudadano argentino se someta a un proceso de educación común, público y que excede el marco familiar, entonces las políticas educativas deberían partir del principio de que es necesario educar para la virtud, reubicando al sentimiento de culpa en el ámbito de la conciencia individual, recuperando la idea de honor como fundamento de la dignidad y trabajando arduamente para demostrarle a los jóvenes la importancia de sentir vergüenza y de obrar de un modo que sobrepase el egoísmo.   

Antonella Díaz

2 comentarios:

  1. Es cierto, la gente ya no siente ni vergüenza ni culpa. Eso pasa en todos los niveles sociales. Pongo un ejemplo: nuestras universidades actuales se caracterizan por ser un criadero de ñoquis, entonces es muy común que salte un ñoqui y pida dinero público para "investigar". Por supuesto que su investigación no es más que un conjunto de sandeces que no contribuyen en nada a la ciencia, sin embargo ese ñoqui no tiene vergüenza de pedir plata, ya que piensa "todos son igual que yo, o sea todos son unos chantas que hacen la misma". Al no haber sanción por parte de sus pares, no tienen vergüenza. Y allí es donde debería entrar la culpa, pero no, no tienen tampoco nada de culpa. Gente así cree que a la plata la sacan de los árboles, que ningún jubilado se quedó sin el sueldo que le correspondía. Gente sin vergüenza y sin culpa es gente que da asco.

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  2. Yo creo que la estigmatización es un mecanismo de defensa necesario para mantener el orden social. Lo bueno que tiene el cristianismo, a diferencia de otras religiones inferiores, es que pone el énfasis en el perdón. O sea viene alguien en una sociedad cristiana y hace algo malo, por lo que recibe el rechazo de la comunidad. Sin embargo si esa persona siente la culpa por lo que hizo y si empieza a cambiar para resarcir su falta, entonces la comunidad lo perdona y lo acepta de nuevo (eso es algo que casi no pasa en sociedades con otra matriz religiosa).
    Hoy en día se intenta que la gente ya no estigmatice ni condene, o sea que se intenta eliminar el sentimiento de vergüenza. Y para colmo se intenta también eliminar el sentimiento de culpa, entonces ni la sociedad ni uno mismo se condena por el mal que uno hace. Así se cae obviamente en el fin de la virtud, lo que significa el fin de la justicia y el triunfo de la injusticia (donde cada uno recibe no lo que merece sino más o menos, pero nunca lo justo).

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